La misión es todos los días (Mc 6 7-13)

Evangelio: Mc 6,7-13
En aquel tiempo Jesús llamó a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni dinero en el cinto; sino sandalias y una única túnica. Y les dijo: “Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marcharos de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos”. Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Fruto: Ser apóstol con mi testimonio de vida cristiana

Pautas para la reflexión:
Este pasaje nos da pie para reflexionar en el misterio de la Iglesia. La Iglesia ha sido constituida sobre el fundamento de los apóstoles como comunidad de fe, de esperanza y de caridad. A través de los apóstoles nos remontamos al mismo Jesús.

1. La primera misión de los Doce
Jesucristo lleva pocos meses predicando por Judea y Galilea. Se ha ido formando un grupo de discípulos y seguidores, y el Maestro ha elegido a doce de ellos como apóstoles. Con ellos habla en intimidad, les explica las parábolas, les escucha y les enseña. Llega el momento de mandarlos a predicar. Es la primera misión de los apóstoles, una primera megamisión para preparar el camino de la predicación de Jesús. El Maestro les explica con detalle qué hacer. No les pide que den grandes sermones teológicos, ni que hablen de tal modo que dejen con la boca abierta a cuantos les escuchen. Simplemente tienen que anunciar la paz («La paz sea en esta casa»), y enseñar que está cerca el Reino de Dios, el Reino del Amor (con mayúscula). Con esta tarea, y con la confianza puesta en el Señor, los apóstoles salen a recorrer los pueblos y ciudades cercanos.

2. La fuerza de ser enviados
¿Dónde radica su fuerza, la eficacia de su acción? En que son enviados por Alguien. No anuncian un mensaje propio, sino el mensaje de Otro. Ahí está la fuerza del cristiano cuando predica a los demás. No soy yo, que quiere admirar al otro con mis ideas maravillosas; soy yo que quiere transmitir al otro la grandeza de Dios, la maravilla de Dios, la experiencia de sentirse amado por Dios. Pensemos que esta predicación no es algo exclusivo de unas misiones de evangelización. Predicamos con nuestro ejemplo cuando acudimos a misa en familia, cuando consolamos a un amigo que está necesitado. Predicamos con nuestro ejemplo cuando compartimos la alegría de vivir, el optimismo ante una situación difícil, las ganas de amar a aquel que no se siente amado, el entusiasmo por «hacer el bien sin mirar a quién».

3. Los frutos de la confianza
Los doce apóstoles salieron a predicar por los caminos y ciudades. Nos narra el Evangelio que regresaron llenos de gozo, felices al constatar los frutos de su misión. Es la experiencia común de quienes participan en una misión de evangelización: tres o cuatro días de predicación, de misión, días de trabajo, cansancio, sacrificio, pero días que nos llenan el corazón de alegría y satisfacción, la alegría que sólo Dios puede dar. Hagamos de nuestra vida una continua misión: misión en la familia, siendo la pieza que une y anima la convivencia familiar. Misión en el trabajo, con la honestidad, la profesionalidad, el gusto por las cosas bien hechas. Misión entre nuestros amigos y conocidos, con nuestro optimismo ante la vida, nuestro testimonio de cristianos alegres, entusiastas, fieles a los valores del Evangelio y de la Iglesia.

Propósito: Durante este día seré apóstol entre mis familiares, amigos y compañeros, con el ejemplo de mi alegría cristiana.