Cristo Rey

«Necesitados de misericordia y llamados a hacer presente la misericordia»

El P. Eduardo Robles-Gil, LC envía la siguiente carta a los miembros del Regnum Christi con motivo de la solemnidad litúrgica de Cristo Rey, día en que el Papa Francisco clausura el Jubileo de la Misericordia. El P. Eduardo invita a reflexionar que necesitamos de la misericordia y al mismo tiempo estamos llamados a hacer presente la misericordia en la sociedad.

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¡Venga tu Reino!

20 de noviembre de 2016

A los miembros del Regnum Christi

Muy estimados en Cristo:

Hoy, solemnidad de Jesucristo Rey, fiesta titular del Regnum Christi, el Santo Padre clausurará el Jubileo de la Misericordia. Ha sido un año extraordinario en que toda la Iglesia se ha beneficiado de las gracias e indulgencias que Cristo nos regaló con su obediencia hasta la muerte en la Cruz.

 También en el Regnum Christi nos hemos beneficiado de los dones de la misericordia divina. Hace dos semanas algunos superiores legionarios estuvieron reunidos en Roma para un curso de formación permanente. Unos días antes, hemos hecho una visita del Comité directivo general del Movimiento al territorio de España y a Francia y Alemania, del territorio Europa occidental y central. Es muy consolador escuchar cómo en todos los países, la misericordia divina ha realizado este Año Santo verdaderos milagros: algunos visibles y otros, los más bellos, que ocurren en la intimidad de los corazones y en las conciencias y que manifiestan que el reino de Cristo está dentro de nosotros y que va cobrando fuerza.

En la misa de la solemnidad de Cristo Rey, la Iglesia nos invita a contemplar el pasaje de Jesucristo crucificado dialogando con el así llamado «buen ladrón» (Lc 23, 35-43). Esta conversación tiene también un sentido amplio, que tiene que ver con la capacidad de Jesús para salvar a las personas en concreto y a la humanidad en general. La multitud ahí presente le dice: «A otros ha salvado, que se salve a sí mismo». Los soldados lo desafían: «Si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Y finalmente uno de los malhechores, contagiado, le dice: «sálvate a ti mismo y a nosotros». ¿Puede Jesucristo salvarnos? ¿Puede Jesús redimirnos? ¿Cuál es la salvación que nos quiere dar?

En este contexto, impresiona la fe de Dimas –como la tradición lo ha bautizado– que, consciente de sus culpas y pecados que le han merecido el suplicio, pide con sencillez un simple recuerdo del Corazón de Cristo: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». La respuesta llega, Jesús actúa, y es que le basta el mínimo gesto, el mínimo deseo de cambiar de vida, de convertirnos con sinceridad, para abrir las puertas de su amor, de su perdón y de su misericordia: «Te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso».

Jesucristo tiene en sus manos el poder de salvarse, de dar su vida y de volver a tomarla, de volver al seno del Padre con la misma gloria que tenía antes de la creación del mundo. Como buen pastor que da la vida por sus amigos, Cristo es la puerta del cielo y tiene el poder de llevarnos con Él: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». La salvación eterna es el acto supremo de la misericordia de Dios con cualquiera de nosotros. Es un don inmerecido. Lo dice Dimas: «Nuestro suplicio es justo, recibimos el pago de lo que hicimos». Pero Dios, que es misericordia, nos da a cambio el cielo si lo buscamos y se lo pedimos.

Cuánto bien nos hace contemplar las parábolas de la misericordia (cf. Lc 15). Ahí descubrimos el cariño de un Padre que acoge a su hijo perdido, a un pastor que no tiene miedo de pasar en medio de las zarzas para rescatar a la oveja descarriada, a una mujer que no se resigna a haber perdido una moneda de poco valor. Y nos contagia la alegría que experimenta el Corazón de Dios cuando una persona, independientemente de su pasado, se abre a la reconciliación, al perdón, a una vida nueva.

El buen ladrón supo acercase con confianza al trono de la gracia, que es la cruz, y recibió de Jesucristo la promesa de vivir para siempre con Él en el paraíso. Jesús ofrece el reino a cada pecador que cree de verdad que Dios no se cansa de perdonar y que, al contrario, goza con vernos levantados, de pie con una vida renovada.

En este año jubilar hemos tenido la oportunidad de hacer la experiencia de la gratuidad y facilidad con que nos podemos beneficiar de esta misericordia inagotable y también de descubrir cómo la vida divina se fortalece en nosotros cuando nos acercamos con fe a su Palabra y a los sacramentos, especialmente a la reconciliación y a la eucaristía.

Jesucristo en la cruz acoge con generosidad al buen ladrón y a todos los que, como él, nos reconocemos pecadores. Todos estamos llamados a participar en su reino. El crucificado reina coronado de espinas y tiene el corazón y los brazos abiertos para enseñarnos cómo debemos acoger también a quienes nos han hecho sufrir, nos tratan injustamente, o nos resultan molestos. Dimas recibió el don de la misericordia al final de su vida, nosotros lo recibimos continuamente. Él ya no tuvo en su vida la oportunidad de ser misericordioso. Nosotros tenemos toda nuestra vida por delante para serlo.

La experiencia personal del amor misericordioso de Cristo Rey hace que resuene en nuestros corazones la invitación que ha sido el lema de todo este año jubilar: «Misericordiosos como el Padre». No podemos guardarnos el amor de Dios para nosotros mismos. No podemos oultar la vida divina que hemos recibido en el bautismo. No podemos callar lo que hemos visto y oído en el contacto con Cristo.

El prefacio de Cristo Rey nos describe de manera muy bella las características del reino de Jesucristo. Se trata de un «reino de la verdad y de la vida; reino de la santidad y de la gracia; reino de la justicia, del amor y de la paz». Estas señales manifiestan la presencia misteriosa pero real del reino de Cristo actuando en la historia. Jesús podría haber hecho que se manifestara su reino con todo su esplendor pero, en su misericordia, ha preferido invitarnos a colaborar con Él para que vivamos en la verdad, defendamos y celebremos la vida, busquemos la santidad, acojamos la gracia, trabajemos por la justicia, irradiemos el amor y colaboremos con todos los hombres de buena voluntad en la búsqueda de la paz.

Este reino de Cristo está dentro de nosotros pero estamos llamados a irradiarlo, a prestarnos completamente a Jesucristo para que su presencia viva pueda iluminar los lugares oscuros, consolar a los tristes y enfermos, saciar el hambre y la sed de nuestros hermanos, acoger a quienes no tienen hogar y, no menos, perdonar a los que nos han ofendido.

Termina el Año de la Misericordia, pero no se acaban las expresiones de la misericordia que el Corazón de Cristo espera de nosotros. Más bien, quiere que seamos sus colaboradores e instrumentos de su amor. Nos invita a que seamos presencia de Cristo misericordioso para nuestros hermanos en todo lo que hagamos.

Pienso que ir espiritualmente al Calvario y rezar con Jesús el Padre Nuestro nos puede hacer mucho bien. Las peticiones adquieren relevancia. Nos indica lo que es vivir su reino en este mundo. Y se lo pedimos, que venga su reino a nuestra vida, que nos dé fuerza para ser sus apóstoles y cumplir su voluntad, que nos libre de todos los males y tentaciones, que nos ayude a saber perdonar.

Queridos miembros del Regnun Christi, agradezcamos a Cristo Rey todas las gracias que nos ha concedido en este año de misericordia. Pido a Dios que todos, al haber vivido tantas y tan fáciles oportunidades de beneficiarnos de su misericordia, tengamos la profunda convicción de que Dios es un Padre misericordioso y de que, aunque somos pecadores necesitados siempre de su misericordia, también estamos llamados a hacer presente su reino siendo misericordiosos como el Padre.

Cuenten con mis oraciones especialmente hoy día de Cristo Rey. Su hermano en Cristo y el Movimiento,

 

 

Eduardo Robles-Gil, LC

 

P.D. Por favor, no dejen de encomendar a los 36 diáconos que serán ordenados sacerdotes el próximo 10 de diciembre en Roma, para que sean verdaderos signos e instrumentos de la misericordia divina para las personas que encuentren en su camino.