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Encontré la verdadera felicidad y el amor de mi vida
ESPAÑA | APOSTOLADO | TESTIMONIOS
«¿Eres feliz?». «Sí... Bueno, totalmente feliz, plenamente feliz... no». Hasta bastantes años después no pude responder, en voz alta y en mi interior, «Sí, ahora sí soy feliz»

Elena de Andrés
«¿Eres feliz?». Fue la pregunta que alguien, no recuerdo bien quién, me hizo siendo aún niña. «», recuerdo que respondí en voz alta. Pero luego... en mi interior, me volvió a resonar la pregunta y me escuché a mí misma respondiéndome de nuevo: «Bueno, totalmente feliz, plenamente feliz... no». Hasta bastantes años después no pude responder, en voz alta y en mi interior, «Sí, ahora sí soy feliz, encontré la verdadera felicidad». Nací en Segovia, una pequeña ciudad española, muy bonita y entrañable, con monumentos romanos, góticos y barrocos que fueron dejando huella de la historia. Soy la mayor de siete hermanos de una familia sencilla, normal, en la que aprendí lo más valioso que se puede heredar: la fe. Como en cualquier familia, cada uno tenía su forma de ser, sus gustos y pasatiempos, había a veces peleas y enfados; pero todos los hermanos nos queríamos y, aún ahora que la distancia física nos separa, seguimos unidos a través de algo que es más fuerte: la oración. Recuerdo que mi madre nos reunía a todos para rezar el rosario y ofrecer las flores a María en el mes de mayo, dedicado a la Virgen. De mi madre aprendí también el orden, la limpieza, a ser organizada; pero sobre todo, recuerdo su capacidad de sacrificio y abnegación, su saber callar y guardar silencio, su testimonio de entrega, a pesar de la ingratitud inconsciente con que a veces respondíamos. De mi padre aprendí el arte de trabajar y aprovechar el tiempo; recuerdo que me invitaba a adelantar en el verano las materias del curso siguiente, cosa que nunca llegué a hacer; pero ahí quedó su lección: el día tiene muchas horas y si te organizas puedes sacar tiempo para todo. Le recuerdo activo, siempre haciendo o pensando en algo que hacer, alegre y con espíritu emprendedor, buen negociante y sin respeto humano para pedir que le regalasen, o rebajasen. Durante muchos años procuró que fuéramos todos juntos a misa los domingos, cuidó las amistades y ambientes en los que estábamos, buscando siempre darnos lo mejor. Como éramos tantos, cada uno tenía su responsabilidad en la casa, empezando por hacer su propia cama. Por las noches, antes de dormir, me enseñaron a rezar y a despedirme de Dios. Desde niña estuvo presente: acudía mucho a Él para pedirle por toda una lista interminable de personas e intenciones que terminaba en «por todos y cada uno de los hombres y lo que necesiten». En alguna ocasión hasta llegué a ofrecerme por la salvación de los hombres... pero le pedía que no me doliera. Fue una infancia realmente feliz. Cuando tenía 14 años, dos de mis hermanos se fueron con los Legionarios de Cristo –una congregación apenas conocida en España en aquel entonces– para ser sacerdotes. No nos hizo mucha gracia a ninguno de los hermanos, pero mis padres, sobre todo mi madre, siempre los apoyaron. Después de esa primera reacción de rechazo, pasé por la aceptación de lo que yo creí que era su elección; al igual que yo quería ser médico como mi padre, ellos querían ser sacerdotes. Y terminé envidiando a mis hermanos porque eran felices. Recuerdo que alguna vez llegué a pensar que si fuera hombre, sería sacerdote legionario. Pero no lo era, así que Dios tenía que tener otro camino para mí. Me encantaba el cine, la música, leer, coser y las labores manuales, y ¡bailar!; mi último descubrimiento, ¡el baile de salón!: el vals, el swing, pasodoble, rumba, rock,... Me encantaba mi carrera y estudiaba, y mucho, con gusto. Pero todo ello (carrera, amigos, trabajo, baile...) no me hacía feliz; había algo que me faltaba y no sabía qué era, no me sentía plena. En enero de 1994 mi hermano Nino –así le llamamos en casa al ahora P. Marcelino L. C. – me invitó a ir a Roma donde tendrían lugar unos eventos. Decidí ir para encontrarme con mi hermano, pues la verdad, no tenía ni idea de lo demás. Además de mi hermano, me encontré con mucha gente a la que veía feliz y con una certeza: la felicidad está en Dios, en encontrar la misión para la que Dios me ha creado, en descubrir la voluntad de Dios en mi vida y seguirla. Al regresar a Madrid y empezar la residencia, pues acababa de aprobar el examen para poder estudiar una especialidad médica, empecé a preguntarme qué era lo que Dios quería de mí. Un día, estando en el hospital, algo en mi interior me dijo que no era ese mi lugar, que había algo más, aunque no sabía qué era. Dios, valiéndose de la inquietud que tuve desde niña de ser misionera (aunque más bien había pensado en ello como médico), me llevó a México de misiones. Un libro que mi hermano Juan Ramón, hoy el P. Juan Ramón L. C., escribió y me envió por correo, «Pocos se atreven», fue el instrumento del que se valió para dar ese paso. Siempre había dicho que si terminando mi carrera no tenía la vida resuelta (novio, marido, hijos), me iría de misionera. Y por las misiones empecé a conocer más el Movimiento Regnum Christi y a Jesucristo. En una adoración nocturna, con el Santísimo expuesto, cuando llegó mi turno y me encontré sola con Él, descubrí, más bien experimenté con una gracia especial de Dios, Quién estaba detrás de la paz que sentía en las visitas al Sagrario, Quién era el que me daba fuerza, consuelo, ánimo... lo que necesitaba en el momento que lo necesitaba, a lo largo de toda mi vida. Reconocí de pronto su presencia durante tanto tiempo como un amigo fiel, como si antes hubiera sido un poco inconsciente, y empezó una relación personal con quien es realmente una persona. Regresé a casa verdaderamente feliz por la experiencia. A los pocos meses de empezar a acudir a actividades con el grupo con el que me había ido de misiones, todo me empezó a hablar de vocación, de la posibilidad de que yo tuviera vocación, de que Dios me estuviera llamando a seguirle más de cerca, con totalidad. ¿Y si era ése el camino, la voluntad de Dios para mí? Araceli Delgado, una consagrada del Regnum Christi que estaba trabajando en Madrid, me invitó a vivir con ellas el Triduo Sacro. Era un momento muy bueno para preguntarle a Dios. Mi única duda, mi única inquietud era que yo quería estar segura de que Dios me quería consagrada. No quería equivocarme, porque estaba en juego mi felicidad. Le pregunté muchas veces a Jesucristo durante el Jueves y parte del Viernes Santo si estaba seguro de querer que yo me consagrara, y su respuesta fue siempre la misma: una pregunta, no una afirmación como yo esperaba. «¿Quieres ayudarme a salvar a los hombres?, ¿quieres seguirme?, ¿quieres...?». Durante la ceremonia del viernes, en el momento en que Jesucristo estaba a punto de morir, y al volver a hacerle mi pregunta, me di cuenta de que su pregunta era la respuesta, era una invitación y la que tenía que responder si quería era yo. Entonces le dije que sí, y de la mano de María repetí con ella: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». En ese momento experimenté una paz inmensa como nunca había tenido, esa fue mi certeza. A María solía acudir para pedirle que me ayudara a encontrar un buen novio, y la lista de requisitos para el candidato cada vez era más larga, así que no tuvo más remedio que llevarme hasta su Hijo, que superó con creces mi listita. Encontré también el amor de mi vida. Hoy puedo decir que soy feliz, que encontré la verdadera felicidad que nada ni nadie me puede quitar, porque la felicidad es Cristo. Una felicidad que no libra de momentos de dolor, de sacrificio, de desprendimiento, porque amar exige donarse y donarse duele. La felicidad es un camino de rosas, bellas, pero con espinas. Si no estás dispuesto a clavarte alguna, no podrás tener la rosa, la verás de lejos, pero no la podrás disfrutar. Sólo puede amar el que está dispuesto a sufrir. La vida consagrada a Dios tiene exigencias, momentos de dificultad, de egoísmo, de pasiones, de debilidades y limitaciones, como la vocación al matrimonio, pero he encontrado en ella la plenitud del amor, la realización humana, espiritual... en todos los campos. Además, todo lo que haga en mi vida tiene un sentido de eternidad, estoy construyendo para el cielo, ayudando a Jesucristo a salvar sólo Él sabe cuántas almas. ¡En el cielo lo sabré! Ese cielo que será la plenitud del amor y la felicidad. Mª Elena de Andrés Núñez nació el 30 de julio de 1965 en Segovia, España. Es Licenciada en Medicina por la Universidad Autónoma de Madrid, con especialización en Medicina familiar y comunitaria. Cursó estudios de humanidades y filosofía en el International Center for Educational Sciences de Roma. Trabajó en la dirección de un centro educativo en Colombia. Actualmente trabaja en Roma, en la formación de mujeres consagradas a Dios en el Regnum Christi.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2004-10-13


 

 


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