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De misiones con los legionarios de Cristo
| APOSTOLADO | TESTIMONIOS
Un joven de Michigan (Estados Unidos) nos cuenta sus aventuras en México con un grupo misioneros guiado por los Legionarios de Cristo.

Joe Carlson
Un joven de Michigan (Estados Unidos) nos cuenta sus aventuras en México con un grupo misioneros guiado por los Legionarios de Cristo. Como Josehp Carlson explica, el paisaje tan espectacularmente diferente fue una señal exterior de la fuerza con la que esta nueva experiencia impresionaría sus vidas.

Este verano pasado tuve la oportunidad de ir de misiones a México con los legionarios de Cristo. Había colaborado con la Legión de vez en cuando antes de este viaje, pero pronto me di cuenta de que tenía mucho que aprender sobre ellos y sobre mí. Conocí más de cerca a la Legión esta primavera pasada cuando fui a visitar a algunos de mis primos que están en el seminario. Fue allí donde me informaron sobre el viaje de misiones que iba a tener lugar en México y cuyos organizadores eran el P. Juan Guerra, L.C. y mi primo Patrick Leahy. Estaba muy entusiasmado con la idea de hacer ese viaje.

Al prepararme para la misión, tuve que hacer las maletas física, mental y espiritualmente. Físicamente, tenía que conseguir la ropa, objetos religiosos y caramelos para los niños, junto con las tan importantes toallitas de mano. Aquellos que ya han ido de misiones sabrán lo importantes que son. Mentalmente, quería prepararme para el trabajo, y estar preparado unas duras condiciones de vida en las que nunca había estado. Espiritualmente, esperaba ofrecer a la gente una fe más fuerte por medio de mi ejemplo al trabajar, al jugar y al rezar.

Comencé el viaje para estas misiones desde Petorskey, Michigan, en coche. Desde allí viajé a Detroit, Michigan. En el Detroit Metro Airport me encontré con el P. Juan Guerra, L.C. y con otros muchos misioneros. Allí tomamos un avión que nos llevó a Phoenix, Arizona. El cambio de clima fue considerable en comparación con el del norte de Michigan. Nos subimos los veinte a una furgoneta de quince plazas y nos dirigimos hacia la frontera. No había visto ningún paisaje semejante en mi vida. Se trataba de una zona amplia, árida y cubierta de arena con formaciones de rocas enormes que se alzaban sobre un área cubierta de cactus y de malas hierbas.

Después de alcanzar la frontera, nos subimos a un autobús que era muy especial porque cada parada que hacía era una sorpresa. Por ejemplo, era la primera vez en mi vida que tenía que pagar para usar los servicios y parecía que en cada parada la electricidad se iba por causa de las tormentas. Lo único que podíamos decir era “esto son las misiones”.

Diez horas después, llegamos a Los Mochis. Allí una familia del Regnum Christi nos invitó a su casa para que pudiéramos ducharnos, comer y beber algo. La estancia fue muy refrescante, pero breve. Después de dos horas en Los Mochis, nos pusimos de nuevo en camino, pero esta vez en tren. Fue una nueva experiencia para mí. Me gustaría repetirla y se la recomendaría muchísimo a los demás. Al dirigirnos hacia el norte de México, ya en el estado de Chihuahua, me esperaba el mismo tipo de paisaje y clima que habíamos tenido en Arizona, pero pronto me di cuenta de que era todo lo contrario. Imagínate encontrarte a 6.000 pies por encima del nivel del mar contemplando algunas de las montañas más altas del mundo cubiertas con follaje selvático fino y de color verde, y manteniendo el aliento mientras recorres el borde de esas montañas y contemplas valles más profundos que el Gran Cañón en los que se podía ver algunos vagones de tren que se habían caído por ir tal vez demasiado rápido. Me asaltó también el miedo de pensar que unos bandidos pudieran detener el tren y secuestralo. Sin embargo, era más fuerte la emoción de la vista que el miedo.

Después de catorce horas en tren y de dos días de viaje, llegamos a San Juanito, donde se encontraba la parroquia base desde donde iríamos a otros pueblos. A mí me enviaron a un pueblecito llamado Yeposo. Para llegar allí tuvimos que ir en un camión en el que tres personas iban sentadas dentro y las otras dando botes en el remolque. Yeposo se encontraba a dos horas, y pensé que los soportaría sin problema ya que había estado viajando durante dos días seguidos. Después de habernos perdido varias veces, de quedarnos atascados en el barro, de cargar con el equipaje y la comida bajando una montaña a pie hacia el pueblo equivocado, y de estar sentados en la parte de atrás de un camión con el equipaje empapado, llegamos por fin a Yeposo después de siete horas de viaje.

El viaje fue complicado, pero valió la pena. El pueblo estaba en uno de los valles más verdes y preciosos, rodeado por las montañas más pintorescas que había visto en mi vida. Aunque la vista era sensacional, nuestro grupo se encontró con las más duras condiciones de vida. El suelo de la casa era de tierra, el techo tenía goteras, no había electricidad, ni baños, ni ducha. Esto era lo que me esperaba. Para ello había rezado y me había preparado mentalmente: como puedes ver, había un montón de trabajo que hacer.

Nuestros objetivos en la misión en México eran dos. El primero era hacer que la gente volviera a la fe católica, darles dirección espiritual y guiarles para continuar profundizando en su fe después de que nos fuéramos. El segundo era descubrir cuáles eran sus necesidades físicas, y tratar de solucionarlas, o ayudarles con sus tareas diarias.Recorrimos las casas hablando con la gente sobre la fe e informándoles de las actividades que estábamos organizando como la misa y las catequesis para adultos y niños. Por ejemplo, en uno de los pueblos hicimos una representación del Buen Samaritano, y es algo que tanto adultos como niños dijeron que recordarían durante muchos años. Con los adultos leíamos la Biblia y reflexionábamos sobre los pasajes leídos. Todos los días reuníamos a la gente para el rosario diario y para hacer una procesión con velas presidida por la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.

Se podía ver en sus oscuros y profundos ojos el deseo de escuchar historias sobre la vida de Jesús y sobre lo que podían hacer para mejorar sus propias vidas de fe. Este tipo de actividades combinadas con la evengalización puerta a puerta nos permitió dejar una profunda huella en sus mentes y en las nuestras.

La mayoría de la gente era muy receptiva y se mostraba interesada en lo que les contábamos. Cuando llegamos allí nos dijeron que hacía tres meses que no asistían a misa. Era triste oír esto porque algunos se habían alejado de la Iglesia, pero al mismo tiempo era bonito constatar que nosotros pudimos lograr que regresaran a la Iglesia. Era un sentimiento muy especial y una recompensa el ver no sólo a los adultos regresar a la Iglesia sino también el palpar el entusiasmo y la emoción de los niños cuando estaban con nosotros. Fue una experiencia increíble para mí y para todos los que fueron a las misiones.

Para cumplir nuestro segundo objetvo de atender las necesidades físicas de la gente nos preocupamos por saber si necesitaban hojalata para los techos, cemento para el suelo, leña o cualquier cosa en la que pudiéramos ayudarles. Por ejemplo, un día construimos una nueva letrina excavando un agujero y rodeándolo con una caja de madera. En otra ocasión subimos a una montaña para conseguir leña para el fuego, ya que era nuestra única fuente de calor y un elemento esencial para poder cocinar. Cuando encontramos la madera, la cargamos sobre los hombros y la bajamos para llevarla a la casa. Poco a poco aprendimos a cortar troncos. Algunos de nosotros ayudaron a poner techos usando hojalata ondulada. Era fácil distinguir las casas cuyos techos habíamos construido nosotros, ya que había algunas abolladuras extras, pero protegían bien de la lluvia y eso era lo que importaba. Algunos de nosotros también tuvieron la oportunidad de esparcir cemento sobre los pavimentos de tierra de algunas casas. También ayudamos en muchas otras tareas: cocinar, limpiar, cargar con sacos de cemento o con hojalata. Todo ello formaba parte de nuestro trabajo misionero. Era un trabajo duro, pero todos lo encontramos gratificante. Me quedé impresionado al ver la generosidad de nuestros anfitriones a pesar de que no tenían mucho que ofrecernos. Pero créeme que me dieron mucho más de lo que yo podría darles jamás.

Si hay una cosa que he aprendido de este viaje de misiones a México es que nuestra fe católica es universal. No importa el idioma que hables, ni cuál sea tu nacionalidad, ni tu posición económica; nuestra fe es lo que nos une y la manera en la que podemos mostrar a los demás cómo vivir por medio de nuestro modo de trabajar, de jugar y de rezar. Aunque fui a este viaje sabiendo muy poco español, descubrí que a lo largo del viaje comencé a comprender su fe. Y eso, mis queridos amigos, es nuestra misión.

Joe Carlson


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2004-03-31


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