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| P. James McKenna, L.C. y uno de los médicos que le operaron, de la primera generación de la escuela Mano Amiga. | |
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México, 18 de julio de 2005. El P. James McKenna,
L.C., a raíz de una intervención quirúrgica, pudo palpar en
su propia vida los frutos del colegio Mano Amiga
en Monterrey que él había ayudado fundar. Pocas semanas después
de salir del hospital ecribió el siguiente testimonio sobre su
experiencia personal y sobre lo que fue la fundación de
Mano Amiga.
***
El 28 de enero pasado, por la
tarde, fui internado de urgencia en la unidad de cuidados
intensivos del Hospital San José, en Monterrey. Se trataba de
tenerme bajo vigilancia y protegido contra el Infarto que se
presentaba como inminente. En las siguientes horas me revisaron varios
cardiólogos y se hizo examen del corazón con ultrasonido. La
mañana del sábado se confirmaron las conclusiones de los médicos
con la “prueba del stress”. Dos arterias coronarias inferiores presentaban
evidencia de tener obstrucciones.
El equipo del Dr. Enrique Ochoa, con
más de veinte años de experiencia en intervenciones de corazón
abierto, se encargaría de mi caso. Pude saludar a la
mayoría de ellos, incluyendo al Dr. Luis Manautou, padre de
familia de cuatro alumnos del Instituto Irlandés, antes de la
primera intervención que se tuvo el sábado a mediodía y
duró hora y media. Se esperaba poder limpiar las obstrucciones,
pero se me advirtió que si se juzgara demasiado peligroso
se tendría que proceder a una operación de by-pass, programándola
para algún día después. Efectivamente, resultó que la arteria derecha
estaba obstruida en un noventa por ciento y la izquierda
tenía tres diversas obstrucciones. Se aprovechó para revisar también las
arterias que conducen al cerebro. La conclusión fue que se
procediera al by-pass el lunes a mediodía.
El resto del sábado
y el domingo se trataba de evitar el Infarto y
tenerme listo para la intervención el lunes. La operación de
doble by-pass duró cinco horas y media, utilizando dos arterias
de la región superior del tórax y una vena de
la pierna, lo cual es buen indicio para el éxito
de la intervención. Se pudo usar el método “off-pump”, es
decir, mi corazón nunca dejó de funcionar a lo largo
de la intervención y no se tuvo que usar circulación
de sangre externa.
Ya recuperado de la anestesia, venían a visitarme
los miembros del equipo, seis cardiólogos en total, de los
cuales trabajaban directamente en el corazón durante la intervención –
el Dr. Ochoa y otro a quien todavía no conocía.
La conclusión de uno, el Dr. Camid, fue “si esto
fuera un partido de futbol, estaríamos gritando todos ¡¡¡GOOOL!!!”.
Entonces llegaron
el anestesista y el segundo cirujano a quien no conocía,
hombre bastante más joven que los demás.
«―Soy el Dr. Antonio
Heredia. ¿El P. McKenna, verdad?
―Sí.
―Es que me suena
mucho el nombre. ¿Usted conoce el colegio Mano Amiga?
―Claro.
Fui el primer director en la fundación.
―Ya decía yo
que tendría que ser el mismo. Nos hablaban mucho de
usted. Yo soy de los primeros egresados de Mano Amiga».
Yo
me emocioné mucho. El doctor pidió disculpas, pero no tenía
por qué, y se lo dije. Y es que se
me agolparon muchísimos sentimientos. Recordé en un instante todo el
ambiente de esos inicios en el año 1974. Los niños
tan pobres, las esperanzas que les sembrábamos, las convicciones que
tuve que afianzar yo mismo para creer y esperar. Y
aquí, treinta años más tarde, uno de esos mismos niños
había colaborado en salvar mi vida como cirujano cardio vascular.
¡Qué caminos tan maravillosos de Dios!
Y es que para mí
la experiencia de la fundación del Instituto Mano Amiga de
Monterrey fue algo fundamental para toda mi vida legionaria, la
confirmación de mi vocación y la certeza de que el
carisma apostólico del Movimiento viene de Dios y realmente funciona.
Comenzamos
con un edifico de dos pisos con ocho aulas y
un edificio de un piso que tenía los baños, la
oficina del director, otra oficina y un salón multiusos. Había
un patio de cemento de unos 10 x 10 mts.
Todo en medio de un campo abierto de barro, al
pie del cerro “El Mirador”. La avenida “Las Torres” separaba
el colegio del Cerro La Campana, La Boquilla, la colonia
“Burócratas Municipales”... todas ellas colonias habitadas en su mayoría por
“paracaidistas” en condiciones de auténtica miseria. Según investigaciones de trabajadores
sociales, una población de alrededor de 300,000 personas, sin electricidad,
sin drenaje, unos cuantos grifos de agua en una zona
recientemente instalados...
[…]
Desde el día que dejé Mano Amiga nunca
volví a pisar el colegio, hasta hace nueve años cuando,
ya en el noviciado, aquí, comencé a apoyar como confesor
en los tres colegios Mano Amiga (Mano Amiga Sta. Catarina;
Mano Amiga La Cima y Mano Amiga de Monterrey). El
ambiente que rodea Mano Amiga de Monterrey es irreconocible, colonias
y residenciales de diversos niveles sociales, centros comerciales, negocios etc.
El colegio terminado por completo, con sus canchas, arboledas, hermosa
capilla... Ambiente de disciplina y aprovechamiento entre los alumnos. Equipo
de profesores integrados con su misión (promedio de antigüedad más
de dieciocho años)…
[El testimonio completo del P. James McKenna se
puede consultar en la página de Internet de la Fundación Altius. Te invitamos a que lo leas].