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La última misión
CHILE | APOSTOLADO | TESTIMONIOS
Era la casa más aislada del lugar más aislado que había estado jamás. Una choza de la que salía humo.

Mision familiar en Misiones, Argentina 01
Llevando a Cristo a todas las regiones, especialmente a los más desfavorecidos.

Chile, 23 de marzo de 2006. Publicamos aquí el testimonio de un miembro de Juventud y Familia Misionera de Santiago de Chile, que participó en las misiones de evangelización en la región de Las Sauces, Argentina, el pasado mes de febrero 2006.


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Estábamos en Los Sauces, un pueblo de la zona de Salta, al norte de Argentina. Nos había costado 4 días llegar hasta ahí. Veníamos de Santiago, primero llegamos a Guachipas, desde donde partiríamos a la montaña. Una vez ahí, supimos que los destinos de misión estaban incomunicados, pues, se habían cortado los caminos por derrumbes y lluvias. Para llegar tuvimos que caminar varios kilómetros, subirnos en tractores, cruzar ríos… Por algo el párroco sólo podía acudir dos veces al año. En pocas palabras, me encontraba en el lugar más aislado que había estado jamás: Los Sauces.

Faltaban sólo horas para que acabaran las misiones. Al día siguiente ya estaríamos emprendiendo el viaje de regreso. A las 7 p.m. salíamos de misa, a la que había acudido casi todo el pueblo, pero faltaba una persona. Necesitábamos llevarle la Eucaristía a una señora de 83 años que habíamos visitado con el P. Ignacio Cortés, L.C. Se hacía de noche y la casa quedaba a 2 horas caminando, por lo que le pedimos unos caballos a Don Venancio. Además de prestárnoslos, envió con nosotros a su nieta de 9 años, Fernanda. En el camino se nos unió Pati, que volvía de la capilla hacia su casa montando también. Nos dijo que además de Germana, existía una viejecita que vivía sola como una ermitaña… ¡Otra más! Por lo que después de la primera, le pedimos a Pati que nos mostrara cómo llegar donde se encontraba la otra abuelita solitaria.

Ya era de noche y la luna llena alumbraba mucho. Bordeamos el río para después subir un cerro. No podía dejar de pensar en que lo que estaba viviendo era una verdadera peregrinación del Santísimo. El caballo del padre llevaba a Cristo mismo, como un burro lo hizo dos mil años atrás. Llegado un punto, nuestra guía nos dijo que había que seguir a pie porque lo que venía era muy difícil para los animales. Los atamos a unos árboles y después de subir un difícil terreno, nos adentramos en un bosque. Caminamos por un sendero hasta llegar a la cima, y ahí estaba…

No podía creerlo. Era la casa más aislada del lugar más aislado que había estado jamás. Una choza de la que salía humo. Y al lado de ella, en medio de la oscuridad, la persona que faltaba. Era extremadamente delgada, de unos 80 años, pelo blanco y tenía una joroba en su espalda. Pocos del pueblo sabían de su existencia. Cuando la estaba ayudando a sentarse sentí una fuerte emoción. Su brazo sujetaba con confianza el mío, era tan frágil. En ese momento sentí que a quien sostenía era a Cristo. El P. Ignacio la confesó y después le dio la Comunión. Esa mujer no estaba sola. En la enfermedad, en la noche, en la soledad, en su vejez… era Dios quien la visitaba. Un Padre bueno que no se olvida de uno solo de sus hijos amados (cf. Is 49,15).

Mientras volvíamos, imaginaba cuándo alguien volvería a verla, me angustiaba la idea de dejarla sola. Por eso les pregunté a Fernanda y a Pati si querían ser misioneras. Me dijeron que sí y acordamos que todos los sábados irían a visitar a la abuelita y rezarían el rosario con ella. Al despedirme de la niña al lado del río, le entregué mi cruz que me había regalado un amigo y dos camisetas de Juventud Misionera para que las usaran los sábados. De esa forma sellábamos nuestro pacto. Hoy es sábado, y sé que en un lugar muy lejano de otro país hay 2 misioneras, una abuelita y nuestra Madre Santísima rezando juntas el rosario. Y yo me uno a ellas espiritualmente.

Invitamos a todos nuestros lectores a ir a las próximas misiones de evangelización, visite www.demisiones.com.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2006-03-23


 

 


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