P. Pedro Barrajón, L.C.
La Iglesia de México celebró
con gozo la canonización del primer santo obispo mexicano; y
no sólo de México sino de América Latina e incluso
de toda América: Rafael Guízar Valencia (1878-1938). El Papa Benedicto
XVI lo proclamó santo el 15 de octubre del año
2006 junto con Felipe Smaldone, fundador del Instituto de las
Hermanas Salesianas de los Sagrados Corazones, Rosa Venerini, fundadora de
la Congregación de las Maestras Pías Venerini y Théodore Guérin,
fundadora de la Congregación de las Hermanas de la Providencia
de Santa María “ad Nemus”. San Rafael, antes de ser
nombrado obispo de Veracruz, también realizó el intento de fundar
una Congregación religiosa, los Misioneros de Nuestra Señora de la
Esperanza (se les conocía como esperancistas), pero las vicisitudes históricas
de su patria no se lo permitieron.
Nació en Cotija
de la Paz, en el estado de Michoacán, tierra fecunda
en vocaciones sacerdotales, de una numerosa familia católica en el
año 1978, el mismo año en que sube a la
cátedra pontificia el Papa León XIII. A los nueve años
queda huérfano de madre, Doña Natividad, que se distinguió por
su piedad y su amor por los más pobres. A
los doce años comienza los estudios en el colegio San
Estanislao, dirigido por los Padres de la Compañía de Jesús
y un año después en el seminario auxiliar de Cotija.
Pero después de un período de tiempo, decide dejar el
seminario para ayudar a su padre en los trabajos de
la hacienda agrícola familiar. Una gracia especial e inesperada en
el santuario mariano de la Virgen de San Juan del
Barrio, cuando tenía 18 años de edad, lo lleva a
ingresar en el seminario de Zamora. El 9 de junio
de 1900 recibe el diaconado y un año después el
1 de junio de 1901, la ordenación sacerdotal en la
catedral de esta misma ciudad.
Inicia su ministerio sacerdotal acompañando al
obispo auxiliar de Zamora, Mons. José María Fernández en misiones
populares por las diversas poblaciones de la extensa diócesis y
se distingue por su celo ardiente por la salvación de
las almas, su predicación fogosa y llena de devoción por
el Sagrado Corazón de Jesús y a la Virgen Santísima
así como por un amor de predilección por los pobres
y pecadores. Al mismo tiempo es director espiritual y profesor
del seminario de Zamora. En 1903 gestiona todos los trámites
para la erección del primer colegio teresiano en la república
mexicana en Zamora. Con su hermano Antonio, también sacerdote, funda
la Congregación de Nuestra Señora de la Esperanza dedicada a
la formación de misioneros. En 1905 bajo su patrocinio se
abre un colegio en Jacona y algunos años después, en
1908, otro en Tulancingo.
Después de seis años de intensa y
exitosa actividad pastoral, en 1907, le llega de modo inesperado
la suspensión a divinis por parte de su obispo, motivada
por acusaciones calumniosas. El joven padre Rafael Guízar da en
este período testimonio de una fe fuerte y madura, de
una obediencia ejemplar y de un amor incondicional a la
Iglesia y a su obispo. Una vez levantada esta pena,
en 1909, se sigue dedicando a misionar, esta vez en
Tabasco y a la búsqueda de fondos para el periódico
católico La Nación.
Mientras tanto llegan a México vientos de revolución
y el padre Guízar debe salir de Zamora, acosada por
los diversos ejércitos revolucionarios. Entonces comienza a ejercitar su ministerio
sacerdotal en forma clandestina. En este período se distingue por
su arrojo para arrostrar los más graves peligros con tal
de atender espiritualmente a los moribundos y a los enfermos.
De modo especial muestra su valor y su caridad pastoral
en la asistencia a los moribundos en la decena trágica
de 1913.
Condenado a muerte en varias ocasiones, logra escapar providencialmente
con la ayuda de su vivo ingenio. Pero su permanencia
en el país no puede prolongarse y tiene que salir
rumbo al exilio, primero en 1915, al estado norteamericano de
Texas y de aquí a Guatemala, en 1916 y finalmente
a la isla de Cuba que será testigo de su
fecundo apostolado misionero por un período de tres años (1917-1920).
Mientras misiona en esta isla del Caribe en julio de
1919 el delegado apostólico para Cuba y el Caribe, Mons.
Tito Trochi, le comunica el deseo del Papa Benedicto XV
de nombrarlo obispo de Veracruz. En noviembre del mismo año
recibe la consagración episcopal en la iglesia de San Felipe
Neri de La Habana de manos del delegado apostólico. El
primero de enero del año siguiente sale de Cuba en
el buque La Esperanza con dirección al puerto de Veracruz.
La diócesis que le espera es inmensa con cerca de
setenta y dos mil kilómetros cuadrados de extensión y ochocientos
kilómetros de costa; su población llegaba en la época a
más de un millón doscientas mil personas de las cuales
un ochenta por ciento eran analfabetos. La población indígena era
muy elevada y vivía en extremas condiciones de pobreza. Muchos
no hablaban el castellano; se comunicaban en sus idiomas nativos:
el náhuatl, el totonaco, el huasteco, el popoluca, el otomí.
Faltaban vías de comunicación. A muchos lugares sólo se accedía
a caballo. Numerosos municipios carecían de luz eléctrica, de agua
potable y de los servicios más elementales.
Encuentra una diócesis arrasada
por las leyes persecutorias: el edificio del seminario ha sido
confiscado; los seminaristas no pueden cursar sus estudios en la
diócesis; deben ir a los seminarios de las diócesis vecinas.
Sólo hay unos 60 sacerdotes. La Iglesia carece prácticamente de
bienes materiales por las confiscaciones realizadas por las autoridades.
Al llegar
a Veracruz el 4 de enero de 1920 le dan
la noticia de que un terremoto de gran magnitud ha
asolado buena parte de los poblados ubicados en la Sierra
Madre Oriental. Mons. Guízar invita a los fieles a colaborar
para ayudar a los damnificados. Él mismo ofrece para este
fin su anillo episcopal y todo el dinero que la
diócesis había reservado para festejarlo como nuevo obispo. Sin perder
tiempo se dirige a las poblaciones más afectadas por el
terremoto para ofrecerles su consuelo espiritual y la ayuda material
que ha recogido para ellos en los primeros días. Aprovechará
esta visita para realizar lo que lo caracterizará su ministerio
episcopal: misionar.
En sus misiones populares, Mons. Guízar promovía los principales
medios para favorecer la vida cristiana: la oración, la recepción
de los sacramentos, la escucha de la Palabra de Dios,
la formación doctrinal a través de la catequesis. Sus misiones
dejaban renovada la fe de los pueblos y tocaba profundamente
los corazones. Al final de la misma, se levantaba una
gran cruz que conmemoraba la misión.
De los 18 años que
fue obispo de Veracruz sólo ocho pudo permanecer dentro del
territorio de la misma a causa del exilio que le
impusieron en diversas ocasiones las autoridades del estado. En esto
ochos años realizó tres veces la visita pastoral a un
territorio extensísimo, a pesar d las dificultades naturales de comunicación,
la escasez de caminos, las grandes distancias, las enfermedades que
lo acosaban y las inclemencias del tiempo.
Mons. Guízar tuvo que
sufrir en primera persona y en toda su diócesis las
duras leyes antirreligiosas del presidente Plutarco Elías Calles y del
gobernador del estado de Veracruz Adalberto Tejeda. Estas leyes negaban
los más elementales derechos de libertad religiosa, consideraban a los
ministros del culto como meros profesionistas, pero sin derechos civiles
para poder votar en las elecciones. Los estados federales podían
limitar a voluntad el número de sacerdotes y se impusieron
severas penas a quienes no se ajustaran a estas disposiciones.
Se expulsaron del país a numerosos sacerdotes extranjeros y se
impidió ejercer la enseñanza de la religión a los sacerdotes
en las escuelas, públicas o privadas, entre las que se
catalogaban los mismos seminarios. La llamada
Ley Calles de 1926
impedía ejercer el ministerio a sacerdotes no mexicanos. Ningún sacerdote
estaba capacitado por ley para dirigir colegios públicos ni ser
maestros de ninguna otra materia. Se suprimieron las órdenes religiosas.
Los monasterios y conventos pasaron a ser de propiedad estatal
así como los templos, las residencias episcopales, las casas parroquiales,
los seminarios, los asilos y colegios pertenecientes a la Iglesia
o a las órdenes religiosas. Los actos de culto debían
ser realizados exclusivamente dentro de las iglesias. Se prohibía usar
ningún tipo de distintivo clerical y se negaba asimismo la
libertad de prensa en materia religiosa. Algunos obispos y el
delegado apostólico fueron expulsados del país. Ante esta situación, Mons.
Guízar tuvo que abandonar su diócesis para establecerse, después de
diversas vicisitudes, en la Ciudad de México a donde trasladó
su seminario y desde donde, a través de numerosa correspondencia,
se mantuvo en continua comunicación con sus sacerdotes y fieles.
En
este contexto político, Mons. Guízar fue amenazado por las autoridades
políticas que le impusieron el destierro. El 23 de mayo
de 1927 tuvo que salir de su patria rumbo a
Laredo, Texas. En tierras de Norteamérica pasará unos seis meses
misionando en Austin y San Antonio con comunidades de hispanos.
De Texas pasará de nuevo a Cuba a finales de
1927, invitado por el obispo de Camagüey, Mons. Enrique Pérez
Serantes. De aquí se dirigirá a Bogotá, Colombia, en donde
la enfermedad y el agotamiento le imponen pasar un tiempo
en el hospital. Una vez recuperado, inicia también misiones en
varias ciudades del país. La gente le llama el “mueve
corazones” por su capacidad de inflamar en el amor de
Dios a las almas.
En 1929, habiendo dejado Calles la presidencia
a Portes Gil, Mons. Guízar volvió a México, pasando por
Guatemala. Pocos días después de su llegada se firmaron los
acuerdos entre la Iglesia y el Estado que pondrán fin
a la llamada guerra cristera. Lo primero que hizo al
llegar de nuevo a su diócesis después del exilio fue
tomar el pulso a la vida religiosa realizando una segunda
visita pastoral.
Pero la situación de aparente calma para la iglesia
veracruzana no duró mucho tiempo pues en junio de 1931
el gobernador del estado, Adalberto Tejeda promulgó leyes estatales que
limitaron arbitrariamente el número de sacerdotes a uno por cada
cien mil habitantes. El 25 de julio de 1931, agotadas
todas las posibilidades jurídicas y de acuerdo con el Delegado
Apostólico, Mons. Guízar decretó, como protesta por las injustas leyes,
el cese del culto público. Pocos días antes de esa
fecha había caído, víctima de la persecución religiosa, el joven
sacerdote Darío Acosta quien, a sus veintitrés años, recién cumplidos,
uno de los sacerdotes mártires más jóvenes de este sangriento
período.
Vino entonces un período difícil para la diócesis de Veracruz.
Su pastor debía vivir en el exilio, entre Puebla y
México D.F.; los fieles no podían contar con la asistencia
de sacerdotes, el gobierno había iniciado un programa de “desfanatización”
que enseñaba a los niños los principios contrarios a la
fe católica. El gobernador Tejeda emitió una orden de fusilamiento
para el obispo Guízar quien, desde la ciudad de México,
con gran valentía, al tener noticia de esta disposición, viajó
hasta Xalapa y se presentó en el palacio del gobernador
para que él mismo ejecutara tal orden. El gobernador Tejeda,
al ver el arrojo del obispo, lo dejó en libertad.
Aunque
Tejeda abandonó el poder en Veracruz en 1932, la situación
nacional continuó inestable durante todos estos años. Su actividad como
obispo siguió siendo muy precaria, limitada por las leyes anticlericales,
aunque él nunca perdió del todo el contacto con sus
fieles ni con sus sacerdotes.
En 1937 la muerte de una
joven obrera, Leonor Sánchez, en la ciudad de Orizaba es
la detonación para que los cristianos salgan a las calles
a exigir sus derechos de culto. Una serie de manifestaciones
en esa misma ciudad primero y luego en todas las
principales ciudades del estado, conducen a las autoridades a abrir
las iglesias que durante varios años han permanecido cerradas. Sin
embargo el gobierno estatal no aceptó registrar a Mons. Guízar
ni siquiera como sacerdote de la catedral de Xalapa. Sólo
le permitían vivir en el obispado sin poder ejercer el
ministerio. Por ello decide trasladarse provisoriamente a una ciudad cercana,
Coatepec y desde aquí visita las diversas parroquias del inmenso
obispado. A fines de 1937, con mermadas fuerzas físicas, inicia
una misión en la región de Córdoba. El 26 de
diciembre sufre un fuerte ataque de flebitis mientras predica en
esta ciudad. Para evitar molestias a sus feligreses va a
recuperarse a la ciudad de México, donde está ubicado su
seminario clandestino. En los primeros meses del año 1938 sus
fuerzas se van debilitando a causa de complicaciones cada vez
más serias de la diabetes.
Aunque muy débil, todavía el 19
de mayo de 1938 pudo asistir a la misa de
la peregrinación de fieles de su diócesis a la Basílica
de Guadalupe, celebrada por el obispo de Cuernavaca, Mons. Francisco
González Arias. El 6 de junio, lunes de Pentecostés, fallece
en una pobre casita de la ciudad de México, después
de haber recibido la Santa Comunión de manos de su
hermano Antonio, obispo de Chihuahua.
Al conocerse su muerte numerosos obispos,
sacerdotes, seminaristas, religiosas y fieles acuden a rezar por su
alma y a rendirle el último tributo. El cuerpo fue
trasladado, por voluntad suya, a Xalapa pues él quería reposar
en su diócesis. Al paso de la carroza mortuoria por
las diversas poblaciones de la diócesis, la gente se agolpaba
para verlo. Le arrojaban flores desde los balcones de las
casas y se acercaban para tocar el féretro en señal
de amor y de veneración a su Pastor. Finalmente pocos
kilómetros antes de entrar a Xalapa, los fieles quisieron que
el féretro entrara a hombros y bajo vítores de la
multitud al Pastor que había acercado sus almas a Dios
a través de la predicación y del testimonio de su
vida santa.
Durante mucho tiempo, hasta el año 1950, sus restos
reposaron en el cementerio viejo de Xalapa. El 28 de
mayo de este año su cuerpo fue exhumado y encontrado
incorrupto. Dos años después se inició el proceso diocesano de
beatificación. En 1974 el proceso pasó a Roma donde en
1981 se reconocieron canónicamente sus virtudes heroicas. En 1994 la
Congregación para la Causa de los Santos reconoció un milagro
por intercesión de Mons. Guízar, el nacimiento de un niño
de una mujer con una enfermedad que la imposibilitaba para
tener hijos. El Papa Juan Pablo II el 29 de
enero de 1995 lo proclama beato en la plaza de
San Pedro. El segundo milagro necesario para la canonización, el
nacimiento sano de un niño a quienes los doctores le
reconocieron en el seno materno el labio leporino y el
paladar hendido, fue reconocido oficialmente el 26 de abril del
2006.
Mons. Rafael Guízar fue en su vida ejemplo de numerosas
virtudes. Su fe sencilla y gigantesca le permitían vivir continuamente
el misterio de Dios con naturalidad y al mismo tiempo
con gran hondura. Su esperanza gozosa le ayudó a ser
fiel y perseverar en medio de las numerosas dificultades que
tuvo que afrontar en su ministerio. Su humildad evangélica le
permitía considerar su condición de creatura y a depender de
Dios en todo momento, buscando en todo momento la gloria
de Dios por encima de la suya propia. La pobreza
real y de espíritu con que vivió su sacerdocio sirvió
de modelo para su presbiterio y para todos los fieles.
Fue un obispo pobre, que vivió y murió pobre, confiado
en todo momento en la providencia de Dios. Su pureza
de cuerpo y de corazón le permitió encauzar su apasionado
corazón para amar a Dios por encima de todos y
de todo.
Pero quizás la virtud que vivió de modo más
eximio fue la caridad pastoral que le hizo vivir en
todo momento como obispo evangelizador y misionero. Porque quería dar
lo mejor a sus fieles, además de las numerosas ayudas
materiales que les procuraba, quiso darles a conocer el amor
de Dios. Fue Mons. Guízar un obispo eminentemente misionero y
evangelizador que, al estilo de San Pablo, no podía vivir
sin predicar la palabra de Dios a sus hermanos, como
el mayor y más delicado acto de caridad hacia ellos.
Vivió predicando y quiso continuar después de su muerte su
labor misionera, cosa que realiza actualmente a través de su
intercesión desde la gloria celeste. De este modo la providencia
divina, al permitir que un obispo misionero como Mons. Guízar
sea el primero en recibir el honor de los altares,
presenta un elevado programa de santidad apostólica y misionera para
todos los obispos, sacerdotes y fieles del continente americano.