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| Adriana Villa realizando la prueba de una silla de ruedas-verticalizador que ayuda a poner de pie a las personas con lesión medular. | |
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Presentamos a continuación el testimonio de Adriana Villa Moreno, estudiante
de la carrera de Ingeniería Biomédica, de Medellín (Colombia), quien
dedicó seis meses para realizar su práctica profesional trabajando en
México en los Centros de Rehabilitación Infantil Teletón (CRIT).
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La Ingeniería en Rehabilitación, una de las esferas de acción de
la carrera que estudio -Ingeniería Biomédica- ha despertado un especial
interés en mí desde que empecé a ver que en
ella se articulaban perfectamente las dos cosas que sueño para
mi futuro profesional: ejercer la carrera que estudié –la que
amo, diría yo– y trabajar junto a muchos miembros del
Regnum Christi en la gran obra de los CRIT.
Cuando
estaba cerca del noveno semestre era el momento de decidir
en cual institución quería realizar mi práctica profesional. La Ingeniería
Biomédica es una carrera relativamente nueva en Colombia y no
todos los campos de acción están muy abiertos, como es
el caso de la Ingeniería en Rehabilitación que se refiere
principalmente a diseñar, implementar y adaptar soluciones tecnológicas relacionadas con
la discapacidad motora y sensorial que permitan habilitar-rehabilitar y mejorar
la calidad de vida de los seres humanos. Por esta
razón no había muchas posibilidades de encontrar en Colombia un
lugar como el que quería, pero yo sí sabía donde
estaba ese lugar: en México.
En varias ocasiones había oído hablar
del evento TELETÓN, es más, había llegado a ver
algunos reportajes sobre éste que realmente me habían impactado. Además
de las historias que mostraban, era increíble ver los centros
de rehabilitación que construían con el dinero recaudado. Empecé a
buscar por todos los medios el modo de hacer mi
práctica profesional allá, lo cual se facilitó gracias a algunos
de los que trabajan ahí son miembros del Regnum Christi.
Una vez que fui aceptada tenía que buscar los medios
económicos para mantenerme allá, porque mi trabajo sería voluntario, y
conseguí la familia más generosa que prácticamente me adoptó y
me hizo parte de ella.
Así me fui y estuve 6
meses que realmente fueron un constante “dar y recibir”, no
solo en el aspecto profesional sino en todos los sentidos,
ahora en mi trabajo podía vivir “en vivo y en
directo” los reportajes que había visto, y ahí junto a
mí tenía a los protagonistas de las historias más conmovedoras.
En una ocasión, llegó al taller de prótesis un niño
que al momento de nacer le faltaban sus cuatro extremidades,
cada uno trabajó sin medir esfuerzos por darle la mejor
solución, y le entregaron sus prótesis. Aunque sus brazos y
piernas no eran de carne y hueso, él, a pesar
de su corta edad, sabía que lo importante no era
de qué estaban hechos, sino para qué servían. Cuando llegó
al taller para que se las midieran, lo primero que
hizo fue abrazar a sus padres. Él aunque no tuviera
brazos sabía abrazar, sólo necesitaba a alguien que le ayudara
a poner los medios para lograrlo, y es entonces cuando
reflexioné: ¿quién está realmente en situación de discapacidad?, ¿qué pasa
con todos aquellos que aún con su cuerpo completo no
han aprendido lo que este pequeño aprendió? No hay duda
de que la única discapacidad real es la incapacidad de
amar. No hace falta vivir muchos días rodeados de estas
situaciones para darse cuenta que una persona no es lo
que tiene, sino lo que lleva en su corazón. Sólo
hace falta mirar al alma y darse cuenta de que
siempre hay mucho por dar, y mucho por aprender.
Y como
las experiencias del Movimiento no llegan solas, el estar allá
me abrió también la posibilidad de cumplir otros sueños que
nunca pensé que llegarían tan pronto: las misiones de
evangelización, conocer Cotija y visitar a mis amigas consagradas
del Regnum Christi de Monterrey. Seguir contando esta historia podría
extenderse mucho, pero siendo ya justo concluir les dejo este
pedacito de mi vida junto con la promesa de que,
si Dios así lo quiere, no pasarán muchos años más
sin que tengamos en Colombia este apostolado que como diría
otro miembro del Movimiento es realmente un “dispensador de abrazos
del cielo”.
Adriana Villa Moreno
Medellín, Colombia