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Hacer memoria de Dios.
2014-08-15 (Artículo)
«El camino para ser creativos es a través de la oración» (Artículo)

P. Álvaro Corcuera, L.C.: Acompañar a Cristo Rey en la oración
INTERNACIONAL | REGNUM CHRISTI | ESPIRITUALIDAD
Día del Regnum Christi 2008: «La oración santifica las jornadas, cada segundo, y nuestra vocación es ser santos».

«En ese diálogo amoroso, íntimo, de corazón a corazón con Jesucristo, Él irá realizando la obra de la transformación de nuestras almas».
«En ese diálogo amoroso, íntimo, de corazón a corazón con Jesucristo, Él irá realizando la obra de la transformación de nuestras almas».

El P. Álvaro Corcuera, L.C., director general de la Legión de Cristo y del Regnum Christi, nos presenta la siguiente carta con motivo de la solemnidad litúrgica de Cristo Rey, fecha en que el Movimiento celebra también el día del Regnum Christi.

La carta en formato pdf puede descargarse en este enlace.

La lista de las ciudades donde se celebrará el día del Regnum Christi, se puede ver aquí.

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¡Venga tu Reino!

17 de noviembre de 2008

A los miembros y a los amigos del Regnum Christi
con ocasión de la solemnidad de Cristo Rey

Muy estimados en Jesucristo:

Próximamente celebraremos la solemnidad de Cristo Rey, día en el que el Movimiento nos invita a renovar nuestro amor y nuestra total adhesión a Jesucristo. En este día recordamos que no somos cristianos «por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona» (Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 1); y este encuentro diario con Cristo es lo que da un nuevo horizonte a nuestra vida y, con ello, una orientación decisiva (cf. ibid).

Le agradecemos a Dios la oportunidad de celebrar a Cristo Rey y le pedimos que Él siempre reine en cada momento del día, ayudándonos a pensar, hablar, actuar y amar como Él, según su corazón. Por eso le pedimos siempre que venga su Reino, para que Él llene de paz y de luz cada rincón de nuestras personas. Es la primera fiesta que celebramos después del fallecimiento de Nuestro Padre, y para todos nosotros es un compromiso vivo para llevar lo que Dios nos ha pedido, bien centrados en Cristo. Dios nuestro Señor nos llama a amar con pasión a Cristo, y todo lo demás nace de ese amor.

En esta oportunidad quisiera reflexionar con ustedes sobre la vida de oración, un tema en que el Espíritu Santo no ha dejado de insistirnos, recordando las palabras de san Pablo, que debemos orar sin intermisión (cf. 1Ts 5, 17). Orar siempre, hablar y escuchar, poner en práctica lo que nos dice con tanto amor. Muchos de ustedes me suelen referir las dificultades que encuentran diariamente para vivir su vida cristiana con coherencia y practicar una caridad auténtica en el mundo actual. Es necesaria una gran fortaleza de espíritu y de no pocos sacrificios, a veces incluso heroicos, para testimoniar a Cristo en el trato amable con todos sus familiares y conocidos,
Viacrucis juvenil
«Somos conscientes de que solamente Dios es quien nos puede conceder la fortaleza necesaria para superar las diversas pruebas que se presentan en nuestra vida».
en el trabajo honesto, en la fidelidad matrimonial, en las relaciones profesionales y de negocios, en el respeto del noviazgo, en la benedicencia, etc. Incluso a veces experimentamos que, mientras más nos entregamos a Cristo y a trabajar por la extensión de su Reino, más interés tiene el enemigo de nuestras almas en apartarnos de Dios y sembrar confusión y división a nuestro alrededor. La oración es el alimento de nuestras vidas, y daremos a los demás, lo que escuchemos en oración. A veces nos puede parecer muy difícil orar, pero Dios nos creó para orar, porque la oración es vivir siempre en su presencia; Él habita en nosotros y nos conoce mejor que lo que nos podemos conocer a nosotros mismos. El que ora, vive; el que no ora, ve cómo su vida va perdiendo sentido y convirtiendo lo accidental y los medios en fines. Su alma va muriendo y llenándose de tristeza. El que ora ve todo como Dios lo ve, y su corazón se llena de paz y de una felicidad que no podemos encontrar fuera de nosotros mismos. Dios es amor, y Dios está en nosotros; el que ora, vive en el amor. Debemos orar sin desanimarnos, porque Dios es el primero que se inclina hacia sus hijos, los sostiene con el cariño de una madre y lo acompaña con la firmeza y el amor de un padre, de un hermano y un amigo fiel.

Somos conscientes de que solamente Dios es quien nos puede conceder la fortaleza necesaria para superar las diversas pruebas que se presentan en nuestra vida, y que sólo Él puede remediar algunas situaciones personales o familiares que humanamente parecerían perdidas. Sin embargo, todos notamos que en ocasiones, aun siendo conscientes de esta realidad, nuestro trato con Dios no llega a ser tan frecuente y profundo como debería. A veces sólo acudimos a Dios cuando ya no nos queda otro recurso en nuestras manos. O simplemente podemos limitar nuestra oración a pedirle cuentas a Dios por el mal que encontramos a nuestro alrededor.

Para el que ama, todo contribuye al bien, como leemos en la carta a los Romanos (cf. 8, 28), y cuando hay oración, nuestra vida se llena de esperanza porque para Dios, no sólo no hay nada imposible, sino que todo lo llevará hacia un bien mayor. Aun las penas humanas más grandes, las caídas y derrotas, las tristezas y los fracasos. La oración no es un recurso de emergencia, sino una respuesta de amor, a Dios que es amor. La oración que nos hace hablar con quien sabemos que nos ama, y sobre todo, es escucha del Dulce Huésped del alma, que solamente nos quiere decir lo mucho que nos ama y lo mucho que quiere que lleguemos al cielo. El que ora, adelanta el cielo, porque el cielo es estar con Dios. Al finalizar la vida, la pregunta del juicio final será sobre el amor, no sobre nuestras cualidades o logros humanos, sino sobre nuestro corazón. La pregunta que sintetizará todo es: «¿amaste?» Y cuando amamos, nos donamos, nada nos frena, ningún obstáculo es imposible, al revés, todo contribuye al bien. Es donación a Dios y, así, donación al prójimo. «Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso», dice san Juan (cf. 1Jn 4, 20), y por eso, el que ora, vivirá siempre en la caridad. Dios le dirá en su corazón: «ve y ama a tu hermano, sin excepción, como yo lo amo. Lo amo en Ti, desde tu corazón». El que ama no teme, porque Dios es su escudo, fortaleza y sostén. A mayor oración, mayor amor; a mayor amor, mayor santidad y menor temor.

Esta fiesta de Cristo Rey nos invita a meditar sobre este aspecto fundamental de nuestra vida cristiana. A todos nos conmueve el testimonio de tantos hombres y mujeres, tanto miembros del Regnum Christi como de otras realidades eclesiales, que han logrado forjar un sólido hábito de oración y que son para  nosotros un ejemplo vivo de la pureza del alma que está unida a Cristo. Ese trato asiduo, constante y delicado con Cristo en la oración y en la Eucaristía, ha sido para ellos y para sus
Jornada Mundial de la Juventud en Colonia
«La oración es el lugar donde estos grandes apóstoles han conquistado sus mayores éxitos en su servicio a la Iglesia».
familias el remedio más eficaz contra todas las enfermedades del cuerpo y del alma. La oración es el lugar donde estos grandes apóstoles han conquistado sus mayores éxitos en su servicio a la Iglesia, profundamente convencidos de que, con Dios, todo se puede. Recordamos el testimonio de Juan Pablo II y los largos ratos que pasaba ante el Sagrario. Eso nos hace preguntarnos de dónde sacó las fuerzas para realizar lo que parecía imposible, para nunca tener miedo, para guiarnos a todos nosotros. De dónde nacieron tantas iniciativas, las jornadas mundiales de la juventud, los encuentros de diverso tipo, su sabiduría y decisión cuando cayeron los muros que cambiaron la situación del mundo. Es innumerable el bien que hizo, y todo surgió de una actitud de escucha constante, y así, de poner en práctica, en obras, aquello que el Amigo le decía.

Cristo, en el evangelio de san Juan, nos enseña la alegoría de la vid y los sarmientos: «el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí». Y añade más adelante: «el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 4-5). Estas palabras nos ayudan a comprender que la vida de oración no es algo que puede reducirse a unos momentos accidentales o accesorios, sino que debe llegar a ser una actitud interior permanente de nuestra alma, que permea cada instante de nuestra vida. Es rezar sin desanimarnos, orar sin interrupción, estar siempre con el Amigo fiel.

En la oración, en ese diálogo amoroso, íntimo, de corazón a corazón con Jesucristo, Él irá realizando la obra de la transformación de nuestras almas. «El contacto con Dios a través de la oración es fuente de certezas y convicciones, de actitudes y comportamientos concretos. Quien ora percibe la necesidad de conformar su mente, su corazón, su voluntad y su acción con el querer santísimo de Dios, que le ha salido al encuentro: “Señor, ¿qué quieres que haga?” Por eso, la oración, además de la gloria de Dios, tiene como primer fruto la escucha y la acogida serena, alegre y amorosa de la voluntad de Dios por parte del hombre» (Manual del miembro del Movimiento Regnum Christi, n. 106). La oración es tomarnos de la mano de Jesús y dejar que Él nos guíe, y que Él haga lo que quiera en nuestras vidas. Es también estar atentos para escuchar la voz del Espíritu Santo, dulce huésped de nuestra alma quien, con sus innumerables gracias, nos va guiando para crecer en nuestra vida de oración. Sin su ayuda, será casi imposible que podamos hacer oración porque, como nos recuerda el apóstol, «nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!” sino con el Espíritu Santo» (1Co 12, 3).

Con estas ideas presentes, a continuación quisiera ofrecerles algunos puntos que, Dios quiera, les puedan ayudar a mejorar su relación personal con Jesús, a escucharle, a hablar con Él, de modo especial durante la meditación y en las visitas espontáneas a Cristo Eucaristía en el transcurso del día.

1. La oración como una invitación personal de Cristo a estar con Él

Al iniciar nuestro diálogo con Jesús, lo primero que tenemos que hacer es pedirle la gracia de entender la oración como una verdadera invitación que nos hace a estar con Él. Es Él quien toma la iniciativa en la oración y me invita. Por eso procuramos siempre dedicar un momento al inicio de la misma para ponernos en la presencia de Dios. Ayuda pensar que Él me ama tanto que quiere hablar conmigo, que quiere estar conmigo, que quiere transformar mi corazón haciéndolo más como el suyo. De aquí debe brotar un diálogo sincero con Dios: «Señor, yo sé que en esta oración Tú eres el que me estás invitando a dialogar, porque me amas. Y yo confío en ti, Señor, y por eso acepto con todo mi corazón tu invitación a colocar mi mente, mi corazón, mi vida en tus manos». Es Dios el que se inclina y nos habla, con el cariño y la ternura de una madre, como dicen los salmos. En la Imitación de Cristo, en el capítulo II del libro segundo dice: «Dios protege al humilde y lo salva, lo ama y lo consuela; se inclina, por decirlo así, al hombre humilde». Al humilde, le llena de paz, porque su presencia es su consuelo.

De esta apertura inicial a la invitación de Jesús a orar nacen, casi de modo espontáneo, las actitudes fundamentales de fe, esperanza y caridad. «La oración supone el ejercicio de las virtudes teologales. La fe, la esperanza y la caridad son expresión privilegiada de la relación de cada persona con Dios. Ellas son la fuente de su vida interior y apostólica» (MMRC, n. 111). Una
Oración en familia
fe que me hace entregarme no a unas ideas, sino a la persona amada de Jesús, el amigo de mi alma, que por amor a mí se encarnó y me rescató. Una fe que nos hace ver mucho más allá de la oscuridad, las preocupaciones, las tristezas; y que nos hace caminar siempre hacia adelante, en cualquier circunstancia, iluminando todos los acontecimientos de nuestra vida con la luz de Dios, y nos ayuda a ser fieles y perseverantes hasta la muerte.

Con estos sentimientos puede seguir nuestro diálogo con Dios: «Señor, tú sabes que creo en ti, que espero en ti y que te amo. Te agradezco Señor el don de mi fe. Te agradezco porque has sido tan bueno que me haces creer en ti y experimentarte. Señor, confío en ti y te amo con todo el corazón. Ayúdame a amarte más, a quererte más, a buscar solamente lo que a ti te agrade. Señor, confío en ti porque eres tan bueno que lo único que quieres de mí es que sea feliz, que llegue un día al cielo para estar contigo. Porque Tú eres el cielo, Señor».

Y llega un momento en que tal vez ya ni diálogo se requiere, sino que se está simplemente en su presencia, contemplándolo y expresándole nuestro afecto y gratitud.

2. La oración como una oportunidad para agradecer, pedir perdón y suplicar

Creo que siempre podemos acercarnos a la oración con mucha gratitud. Es lo primero que debe brotar de una manera natural en nuestra oración: «Señor, gracias». Y agradecerle todo lo que nos pasa. «Gracias, Señor, en primer lugar porque me has invitado a estar aquí. Señor, ¿quién soy yo para que Tú me invites a estar contigo? ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? Estás todo el día tocando la puerta de mi corazón, pasando noches de invierno, esperando a que yo te abra. Y siempre estás ahí porque me amas». En este momento es oportuno agradecerle por mi familia, por mi esposa(o), hijos, padres. Agradecerle por el don de la vida, por el don de la fe católica. Y continuar repasando poco a poco los demás dones particulares que a cada quien ha querido regalar: la salud, los talentos artísticos, deportivos o intelectuales, los éxitos en el trabajo y en los estudios, nuestros formadores en el Movimiento, etc. Todo esto lo hemos recibido de Él. Agradecerle incluso las pruebas, los dolores, los contratiempos. Si cultivamos esta actitud de acción de gracias, poco a poco lograremos percibir la mano bondadosa de Dios Padre en todos los demás acontecimientos de nuestra vida, incluso en aquellas cruces que a primera vista parecerían costarnos o dolernos más.

Otra actitud que debe estar presente en nuestra oración es el perdón. Pedirlo con mucha humildad. No solamente por nuestras faltas, sino por nuestras omisiones. Por todo aquello que le haya podido lastimar o entristecer su corazón. «Perdón por las veces que me he olvidado de ti, Señor. Te pido perdón por todo aquello que ni siquiera me doy cuenta y que te ha podido lastimar. Porque te he podido herir en mi hermano. Te pido perdón si en mi vida diaria no he pensado como Tú; no he hablado como Tú; no he amado como Tú. Pero Señor, Tú sabes que es un perdón que no me tiene que entristecer, desanimar o desalentar; sino que es un perdón que me hace confiar más en ti, amarte más. Que me hace sujetarme a ti, que no me produce tristeza, aunque mi alma se duele; sino me llena de confianza por tu bondad infinita». Y esta actitud de humildad nos dispondrá a
Cristo es condenado a muerte.
«En la oración vemos que reinamos con Él, desde la humildad y la bondad. Su corona fueron el perdón, la misericordia y la grandeza del alma».
escuchar de Cristo aquellas palabras: «Hijo, no quiero que te preocupes más; no quiero que le des más vueltas a esta debilidad tuya. ¿No crees en mi perdón? ¿En lo mucho que te amo? ¿Tú crees que te quiero triste? ¿Tú crees que te quiero preocupado? ¿O que te quiero con dudas? ¿No estoy yo aquí que tanto te amo? ¿Qué más te falta?».

De esta oración brota la imitación de Cristo. Al celebrar la fiesta de Cristo Rey, vemos que lo importante no es tanto la celebración, sino la vivencia del sentido de esta vida. En la contemplación vemos que Cristo, cuando le preguntan si es rey, responde diciendo que sí, y que su Reino no era de este mundo (cf. Jn 18, 36). Cuando dijo que era rey, lo decía con una corona de espinas, con el cuerpo llagado y con todo su ser lleno de heridas físicas y, sobre todo, morales. En la oración vemos que reinamos con Él, desde la humildad y la bondad. Su corona fueron el perdón, la misericordia y la grandeza del alma. No fue un reinado de poder, o del tener más, el reinado de las apariencias, el protagonismo y de la vanidad. No fue un reinado que buscaba que le sirviesen, o que buscaba la pura justicia por la justicia, como quien es justiciero, sino la verdadera finalidad de una justicia que reina en la caridad. Un reinado que nos hace unirnos a Él en las pruebas y dolores de cada día, en las cruces silenciosas, grandes y pequeñas que nos llenan de dolor, pero que no nos abaten sino que nos hacen abrazarnos más a Él, para ser los primeros en reflejar, como en un espejo, la bondad de Cristo.

En tercer lugar, les invito a cultivar la actitud de súplica en su vida de oración. A veces nos puede entrar un poco de vergüenza al pensar que a Dios le moleste que le estemos suplicando todo el día. Pero no es así. A Dios realmente le agrada que le pidamos. En el evangelio de la vid y los sarmientos, Cristo dice a sus discípulos: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis» (Jn 15, 7). Él quiere darnos lo que le pedimos. Quiere que le pidamos, porque para Él es un gozo y una alegría poder ofrecernos todo. Pedirle, como decimos en una hermosa oración colecta de la Santa Misa, incluso aquello que no nos atrevemos a pedir (cf. Oración colecta del XXVII domingo del tiempo ordinario). Si a veces no nos atrevemos a pedir es porque olvidamos que lo único que Él desea es nuestra felicidad. Él quiere que le pidamos, como las personas que aman, gozan sabiendo que pueden hacer felices a sus hijos. «Señor, vence mis temores, vence mis miedos, vence mis tristezas. Señor, ayúdame a ser lo que tú esperas de mí, lo que tú quieres que yo sea. Detén mi corazón, detén mi mano cuando vayan a herir a mi hermano. No permitas Señor que me separe de ti; no permitas que pueda alejar a las almas de ti». Una oración de súplica para que nuestro corazón sea como el de Él, manso y humilde; para que siempre hagamos el bien, para que no nos cansemos de hacer el bien (cf. 2Ts 3, 13).

De aquí brota el auténtico celo apostólico, que no es un crecer por crecer, tener resultados a toda costa, medirnos por lo cuantitativo, etc. Todo esto nos ayuda, pero no es sino un medio, y cuando no es así, entonces, hiere al corazón de Cristo y nos hace herir el auténtico sentido del crecimiento, que es un puro servicio de amor, en donde comunicamos el amor de Dios en nuestras vidas por medio de la oración, palabra, ejemplo y obras. El que ora, por tanto, nunca puede salir igual y sabe que el fuego del amor de Cristo no puede contener en su corazón. Es la experiencia de los primeros cristianos.

3. La oración se renueva ante la Eucaristía y en la lectura de la Palabra de Dios

La Eucaristía, junto con la Sagrada Escritura, son los lugares privilegiados para nuestro encuentro con Cristo. En el
Custodia en la parroquia de Guadalupe, en Roma.
«Cuánto nos puede ayudar, por ejemplo, acudir durante el día a hacer una visita al Santísimo Sacramento para consolar a Jesucristo y pasar unos momentos de paz con Él».
Sagrario Él está realmente presente, esperando que le visitemos. También allí Él nos invita a encontrarle. Él anhela que le visitemos; es más, en un cierto sentido, podríamos decir que nos extraña, porque quiere ofrecernos sus dones. Y cuando entramos en la capilla Él nos dice: «Hijo, gracias por estar aquí, de verdad que te extrañaba». Ojalá que vivamos siempre muy cerca del Sagrario. Cuánto nos puede ayudar, por ejemplo, acudir durante el día a hacer una visita al Santísimo Sacramento para consolar a Jesucristo y pasar unos momentos de paz con Él. Quien ama a Cristo y cree que se ha quedado con nosotros hasta el final de los tiempos, encuentra el medio, el momento y el lugar para acompañarle. Y si no tenemos la oportunidad de visitarlo físicamente, cuánto nos ayuda unirnos a Él por medio de una comunión espiritual o una jaculatoria, recordando tantos Sagrarios en los que, estando Él allí presente, nadie lo visita.

La Sagrada Escritura es también fuente de continua meditación y diálogo con Cristo. Cuántas gracias y luces hemos recibido tras leer unas frases de la Biblia. Basta recordar cómo muchos puntos esenciales de nuestra espiritualidad brotan de una atenta mirada al Evangelio: Encarnación, Getsemaní, la misma parábola de la vid y los sarmientos, etc. Del 5 al 27 de octubre pasado tuvo lugar en el Vaticano el Sínodo de Obispos sobre la Palabra de Dios. Dios quiera que este evento nos ayude a todos a valorar aún más el don que Dios nos regala en las Escrituras. En su mensaje conclusivo, los obispos nos invitaban a tener siempre la Biblia en nuestras casas, a leer, profundizar y comprender plenamente sus páginas, para poder transformarla en oración y vida. Ojalá que la Biblia, y en especial el Evangelio, resuene al comienzo del día en nuestros hogares, para que Dios tenga siempre la primera palabra; y la dejemos resonar cada noche para que la última palabra también sea de Dios. Creo sinceramente que todos podemos vivir aún más la riqueza del Evangelio. Cuántas veces leemos el Evangelio y no cambia nuestra vida. Si creemos en el Evangelio, pidiendo al Espíritu Santo que sea su Palabra viva y eficaz, encontraremos en él todas las respuestas a los interrogantes de nuestra vida. Si nos metemos a fondo en el Evangelio, nuestra vida se transforma y toca lo más concreto de nuestras vidas.

Finalmente, recordamos que durante el día podemos transformar también nuestro trabajo cotidiano en una oración agradable a Dios. No podemos orar sin trabajar, ni trabajar sin orar. Si oramos sin trabajar, quizá le falte a Dios el conducto por el que ha de comunicar sus gracias; si trabajamos sin orar, nuestro trabajo difícilmente será fecundo en frutos para el Reino de Cristo. Por ello, busquemos entablar diálogos de amistad con Cristo y con el Espíritu Santo, en medio de nuestras actividades ordinarias: necesitamos ser contemplativos para poder conquistar las metas que nuestro amor a Cristo y a los hombres nos proponen (cf. MMRC, n. 112).

Nunca oramos solos sino que lo hacemos unidos a toda la Iglesia. El mismo Jesús nos dijo que «donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Los invito a aprovechar las ocasiones que tengan para orar en familia y a vivir también con sentido de oración las diversas actividades típicas de la vida del Regnum Christi como son los Encuentros con Cristo, los círculos de estudio y casi todas las actividades de equipo. Es por ello que siempre las iniciamos con una invocación al Espíritu Santo. Les recomiendo sobre todo que pongan los medios para que el «Encuentro con Cristo» sea en verdad un encuentro personal y comunitario con la persona de nuestro Señor Jesucristo.

Pidamos mucho para que seamos hombres de oración, y que lancemos las redes, como los apóstoles, lo más lejos posible, hacia la eternidad y hacer el bien en todo momento. La oración santifica las jornadas, cada segundo, y nuestra vocación es ser santos. Pidamos con confianza a nuestros directores de sección, a nuestros orientadores y directores espirituales que nos ayuden a aprender de Cristo a orar, y que nuestros ambientes sean unas verdaderas escuelas de oración. Los triduos, los cursillos e incluso una dirección espiritual pueden llegar a ser momentos muy aptos para tener un momento de oración junto con nuestros formadores, y aprender de ellos el arte de orar.

No quisiera terminar sin antes dirigir mi mirada a la más grande maestra de oración de la historia.
María Mater Ecclesiae
«Quien realmente quiera aprender a orar es necesario que se haga como niño en manos de María».
Quien realmente quiera aprender a orar es necesario que se haga como niño en manos de María. Seguramente fue ella quien enseño a Jesús, durante los años ocultos de Nazaret, a rezar sus primeras oraciones. Hace unas semanas, en el santuario de Nuestra Señora de Pompeya, el Santo Padre decía que «es necesario ante todo dejarse conducir de la mano por la Virgen María para contemplar el rostro de Cristo: rostro gozoso, luminoso, doloroso y glorioso. Quien, como María y juntamente con ella, conserva y medita asiduamente los misterios de Jesús, asimila cada vez más sus sentimientos y se configura con él» (Benedicto XVI, meditación del 19 de octubre de 2008).

Pidamos a María la gracia de nunca dejar de impresionarnos ante tanta bondad de Dios. Si pudiésemos darnos cuenta de lo bueno que es, de veras que no tendríamos problemas. Es irresistible tanta bondad. Entonces todo pasa a un segundo plano y nos parece tan poco. Sin oración nuestra alma va muriendo y nuestra tierra se torna árida y sin frutos. Con la oración, la tierra da frutos para la vida eterna. Con Ella estamos seguros de que no tenemos nada que temer. ¡Cuánto nos ayudan las palabras de la Virgen de Guadalupe, pidiendo que no nos aflijamos: «¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?».

Con una profunda gratitud por su amistad y cercanía y con un especial recuerdo en mis oraciones, quedo de ustedes afectísimo en Cristo,

Álvaro Corcuera, L.C.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2008-11-20


 

 


 



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