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P. Álvaro Corcuera, L.C.: Carta a los sacerdotes diocesanos
INTERNACIONAL | REGNUM CHRISTI | ESPIRITUALIDAD
Solamente un sacerdote santo puede ser testigo transparente de Cristo y de su Evangelio

El P. Álvaro Corcuera, L.C., director general de la Legión de Cristo y del Regnum Christi, nos presenta la siguiente carta dirigida a los sacerdotes diocesanos.

La carta en formato pdf puede descargarse en este enlace.

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¡Venga tu Reino!

1º de noviembre de 2008
Solemnidad de todos los santos

A los los sacerdotes diocesanos
miembros y amigos del Regnum Christi

Muy estimados en Jesucristo:

Hace pocos días terminó, en Roma, la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”. El Santo Padre lo calificó como “un sínodo conmovedor” por el espíritu de comunión que se vivió entre los participantes. Estamos seguros de que será una auténtica bendición para la Iglesia, que busca nutrirse de la Palabra de Dios para hacer eficaz el empeño de la nueva evangelización.

He querido aprovechar la solemnidad de todos los santos para enviarles estas líneas, que les puedan llevar mi cercanía y mi oración, como hermano en el sacerdocio, y mi aliento en su esfuerzo diario por agradar a Dios. Conmemorar a los santos nos llena de consuelo y fortaleza en nuestro camino, pues somos conscientes de nuestra pequeñez y de la trascendente misión que el Señor nos ha encomendado. «Llevamos este tesoro en recipientes de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros» (2Co 4, 7). Qué consuelo saber que los santos «no dejan de interceder por nosotros ante el Padre» y «su solicitud fraterna ayuda mucho a nuestra debilidad» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 956). Benedicto XVI confiaba esto a los sacerdotes en Frisinga, recordando el día de su ordenación sacerdotal: «cuando estaba yo postrado en tierra y en cierto modo envuelto por las letanías de todos los santos, por la intercesión de todos los santos, caí en la cuenta de que en este camino no estamos solos, sino que el gran ejército de los santos camina con nosotros, y los santos aún vivos, los fieles de hoy y de mañana, nos sostienen y nos acompañan» (14 de septiembre de 2006).

Ellos ya llegaron, con la gracia de Dios, a la anhelada meta del cielo, han cumplido su misión y nos han dejado un ejemplo muy estimulante. Pienso especialmente en tantos sacerdotes mártires que ofrecieron su vida en las persecuciones del siglo XX. Pienso también en Juan Pablo II, que celebraba el aniversario de su ordenación sacerdotal el 1 de noviembre. ¡Cuánto nos ayuda recordar su testimonio! Él fue, ante todo, un hombre profundamente unido a Dios. De esa amistad, de esa experiencia, brotaba el celo incansable que le llevó a recorrer el mundo predicando a Cristo y, al final de su vida, a unirse más íntimamente al sacrificio redentor del Señor. En su libro “Don y misterio” nos alentaba con estas palabras: «¡Cristo tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez más secularizado, testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad».

Queridos sacerdotes, el camino que debemos recorrer se nos presenta a veces arduo y difícil. Siendo pastores de almas, no basta que nosotros sigamos adelante, pues nos toca ayudar a otros en su búsqueda de Dios y su peregrinar hacia la patria eterna. Pero siempre resuenan en nuestro interior las palabras de Cristo: «No tengáis miedo» (Mt 17, 7). No debemos temer porque sabemos que la santidad no es obra nuestra. Es el don que Dios dispensa a las almas que se acercan a Él con humildad y se le entregan con generosidad incondicional.

Sólo Él es santo. Nuestra gran ilusión es parecernos a Él, para que los hombres puedan verlo reflejado en nuestro modo de vivir, de actuar, de hablar. Por eso, podríamos decir que el camino de la santidad es el de la imitación de Cristo, sobre todo en la vivencia del amor como Él nos lo enseñó. En la medida en que nos olvidemos de nosotros mismos para entregarnos a los demás, ayudándoles a caminar hacia el encuentro con Cristo, estaremos respondiendo a la especial vocación a la santidad a la que hemos sido llamados.

Estamos celebrando el año de san Pablo. Dejemos que resuenen en nuestro corazón las palabras que dirigía a los tesalonicenses: «Fiel es el que os llama y es Él quien lo hará» (1Tes 5, 24). O aquellas otras que escribía a Timoteo: «Si somos infieles, Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo» (2Tim 2, 13).

Antes de despedirme, les comparto que en este mes de noviembre celebraremos la solemnidad de Cristo Rey, ocasión anual en la que también festejamos “el día del Regnum Christi”. Como ustedes saben, nuestra espiritualidad es marcadamente cristocéntrica y en las palabras “Venga tu Reino” se sintetiza todo nuestro programa de vida. Cristo reina desde la humildad y desde la cruz, para así llevarnos a su Reino, que es la salvación eterna, el abrazo de Dios que nos lleva en su corazón. Pidamos para que formemos un corazón sacerdotal, manso y humilde a ejemplo de Nuestro Señor. Nuestra ilusión es que Él reine en el corazón de todos los hombres y de las sociedades. La oración, el apostolado, la formación y la vida entera de los miembros del Regnum Christi llevan esta dirección. Desde Cristo, nuestra vida tiene siempre el sentido de misión. Él nos llama a extender su Reino y crecer en el corazón apostólico, sabiendo que la caridad de Cristo nos urge. Que cuando las almas nos vean, vean a Cristo, y que la Santísima Virgen nos acompañe en el camino de nuestro sacerdocio, para poder decir como san Pablo:«no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20).

Les tengo muy presentes en mi oración y les agradezco el ejemplo que nos dan con su entrega. Me despido, su seguro servidor en Jesucristo,

Álvaro Corcuera, L.C.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2008-11-18


 

 


 



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