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Testimonio vocacional del P. Jaime Rodríguez Díaz, L.C. (España)

P. Jaime Rodríguez Díaz , L.C.
P. Jaime Rodríguez Díaz , L.C.

Me había puesto una fecha límite: antes del final de enero, tenía que decírselo a mis padres, sin atrasarlo un día más. Por fin llegó el momento, un domingo por la tarde. Siendo el cuarto de seis hermanos, no era fácil encontrarlos solos. Al tercer intento, logré que las palabras me salieran: “Tengo que hablar con vosotros”. El tono debió ser muy solemne, a juzgar por la cara que pusieron. “Creo que Dios me llama para que sea sacerdote y me quiero ir al seminario”. No había terminado de hablar y ya estábamos los tres llorando. La inesperada noticia dejaba un sabor agridulce: creo que les llenaba de alegría y orgullo, pero al mismo tiempo, les pesaba que pensara en irme tan pronto de casa. Tenía 17 años. Decírselo a mis padres era un paso definitivo. Ya era una decisión.

Yo era un chico como los demás y vivía una vida normal y feliz en Monteclaro, una urbanización a las afueras de Madrid. Desde los ocho años había estudiado en el colegio Everest, dirigido por los Legionarios de Cristo, y llegaba ya la hora de salir del cascarón. Tenía una familia estupenda, muchos amigos, planes y sueños, como cualquier chico que está a punto de entrar a la universidad. Me divertía salir con los amigos e ir a fiestas. Me iban bien los estudios, me gustaba leer, aprender idiomas, jugar baloncesto e ir a esquiar.

¿Me faltaba algo? ¿Por qué ser sacerdote? ¿Cómo descubrí mi vocación? Muchas veces se compara la historia de una vocación con la historia de una semilla. El sembrador busca tierra buena, deposita la semilla, la riega, y la ve crecer y dar mucho fruto. También en mi caso fue así.

La tierra buena

La tierra buena para que germinara mi vocación fue una familia cristiana y numerosa. Mi padre es un hombre de principios firmes y de voluntad férrea, fervoroso y santo. Mi madre es una mujer alegre y divertida, abnegada y santa. Siendo seis hermanos, aprendimos desde pequeños a convivir, compartir y disfrutar en familia. Libros, juguetes, ropa… todo lo íbamos heredando los pequeños de los mayores. No teníamos lujos ni caprichos, pero no nos faltó nunca nada. Mi padre trabajó mucho para darnos la mejor educación que pudo. Las vacaciones preferidas, en familia. Los mejores amigos, mis hermanos. Las fiestas más divertidas, las reuniones familiares con tíos y primos.

En mi familia la fe no era heredada, sino vivida: normalmente bendecíamos los alimentos; cuando éramos pequeños, rezábamos juntos antes de dormir tres avemarías y un “Jesusito de mi vida, eres niño como yo…”; corríamos a misa los domingos, porque a pesar de la presión de mi padre, nunca conseguíamos salir a tiempo... Todo con mucha sencillez y naturalidad.

Esta fue la tierra buena. Pasó un día el Sembrador y… ¡sembró tres semillas! Me llamó primero a mí y luego a dos hermanas mías, Marta y Gloria, que hoy son consagradas en el Regnum Christi, felices y santas. Y al resto de mis hermanos, también los
P. Jaime Rodríguez Díaz , L.C.
El P. Jaime y el párroco Don Esteban Díaz después de una misa en la parroquia de su familia, Beato Manuel Domingo y Sol en Majadahonda, Madrid.
ha llamado a ser felices y santos en sus familias y trabajos: Nicolás como abogado, Begoña como profesora de universidad y Blanca como enfermera. Los seis nos queremos mucho.

El sembrador

No basta la tierra buena. Hace falta que el Sembrador, con mayúscula, deposite la semilla. ¿Cómo fue?

“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Encíclica Deus caritas est n.1). Yo estoy convencido de que la vocación no es una idea buena o una decisión altruista; no es tampoco una carrera universitaria. Es un encuentro. Una llamada y una respuesta.

Mi vida giraba en torno al colegio, a los campamentos de verano y a las actividades del ECYD, que es el grupo juvenil del Regnum Christi. No sé desde cuándo entró en mí la idea de que quería ser como los padres de mi colegio. Todos eran simpáticos y amables conmigo. En todos se podía confiar. Recuerdo todo tipo de convivencias, excursiones, torneos, obras de caridad cristiana… Alfonso Triviño, nuestro responsable, era un joven universitario lleno de entusiasmo y con una paciencia casi infinita, con su bici siempre a cuestas y su maillot amarillo. Fuimos juntos caminando a Santiago, al Pirineo a esquiar, a Lourdes en furgoneta, a Peñalara en tiendas de campaña…

En 1992 me invitaron a pasar la semana santa en el noviciado de los Legionarios de Cristo en Salamanca. Desde que entré me impresionó mucho ver a 200 jóvenes en sotana, el ambiente de silencio y oración, la pobreza… pero sobre todo la alegría y la caridad. Me impresionaba mucho cómo se trataban. Durante la vigilia Pascual experimenté, con mucha fuerza, que Jesucristo me llamaba a dejarlo todo y a seguirlo a Él. Es difícil explicarlo. No era la conclusión lógica de un silogismo, ni era fruto de un discurso racional. Era una intuición del corazón, real como el amor mismo, acompañada de mucha paz y alegría.

Me faltaban dos años para empezar la universidad, que era el momento natural para tomar este camino, así que decidí esperar. Y a medida que pasaba el tiempo, la idea de la vocación sacerdotal empezaba a pesar. Como a cualquier chico, me atraían otras cosas, quería pasarlo bien y divertirme, me influían las modas y el ambiente, tenía la cabeza llena de sueños y proyectos. Empecé a pensar que yo podía hacer mucho bien a la Iglesia como un buen cristiano, que no es poco. Dios me había dado tanto en la vida… No terminaba de entender ni de aceptar por qué me pedía que lo dejara. Cuando venía a mi mente la idea de la vocación, la aparcaba para después. No quería pensar en ella. Era un caminar diciendo: “no quiero”.

El agua

Tampoco basta la tierra buena y la semilla. Esta idea podría haber quedado olvidada, como tantas otras ocurrencias. De hecho, la semilla estaba entrando en agonía...

En agosto de 1993 fui como monitor a un campamento de Mano Amiga, una organización promovida por el Regnum Christi, que brinda apoyo y educación a personas con pocos recursos.

Teníamos un grupo de 60 chicos de 9 a 15 años. Al inicio, no fue fácil. Nos costó mucho formar un buen ambiente de vida de equipo y de espíritu de campamento. Descubrimos que debajo de su caparazón de rebeldía, había chicos muy buenos, con vidas muy duras: familias rotas, problemas de delincuencia, drogas... Poco a poco se fueron motivando y abriendo. Yo dejé de vivir encerrado en una burbuja y empecé a entregarme a los demás.

Entre los monitores reinaba un ambiente inmejorable. Nos acompañaba Alberto Reyes, un seminarista cubano, alumno del Colegio Internacional Maria Mater Ecclesiae. Tenía una fuerza especial, que sacaba de su vida de oración. Se entregaba siempre y a todos, con alegría. El último día, se nos hacía un nudo en la garganta al despedirnos. Creo que todos lloramos un poco. Nadie quería irse de allí.

Esta experiencia fue como echar ríos de agua a mi vocación. Experimenté lo que dijo Jesús y que se recoge en el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Hay más alegría en dar que en recibir”. Descubrí que el hombre más feliz es el que más da, el que más se da; que todo lo que no se da, se pierde. No podía volver a vivir pensando sólo en mí mismo y en cómo triunfar en la vida y divertirme. Durante esos quince días yo había sido la persona más feliz del mundo. ¿Por qué dar quince días y no un mes? ¿Por qué un mes y no un año? ¿Por qué un año y no toda la vida?

Yo quería cambiar el mundo. Me había vuelto muy sensible a los problemas y sufrimientos de los demás. Me daba cuenta de que no estaba en mi mano cambiar las estructuras, pero sí podía cambiar los corazones, empezando por el mío. Al fin y al cabo, el mundo no se cambia desde arriba, sino desde dentro. Cristo nos pide ser levadura que fermenta la masa para instaurar su Reino. Ya no veía la vocación como una carga. El mensaje de amor de Jesucristo es la respuesta a todos los problemas del mundo y de los hombres.

Y dio mucho fruto

Han pasado casi quince años desde aquel domingo por la tarde en que dije a mis padres que quería irme al seminario. Miro con gratitud a Dios que me ha dado la gracia de perseverar hasta hoy. Afronto el porvenir lleno de ilusión, con el deseo de poner mi grano de arena, grande o pequeño, para que cada vez más hombres y mujeres conozcan a Jesucristo y se amen unos a otros. Sé que la vida es una y el tiempo será breve, muy breve, en comparación con las necesidades de la Iglesia y de los hombres. Yo tengo unas cualidades. Los demás tienen otras. La Legión de Cristo y el Regnum Christi son sólo una parte de un Cuerpo más grande, que es la Iglesia, rico en vocaciones y carismas. Todos sus miembros nos completamos mutuamente, unidos en la común misión de llevar la alegría del Evangelio a todos los hombres.

El P. Jaime Rodríguez nació en Madrid (España), el 15 de octubre de 1976. Estudió en el colegio Everest de los Legionarios de Cristo. El 14 de septiembre de 1994 ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en Salamanca (España), donde también realizó los estudios humanísticos. Trabajó durante tres años con grupos juveniles en Valencia (España), como encargado del Club Faro y profesor de formación católica en el Colegio Cumbres. De 1995 a 2001 fue director del campamento de verano de Santa María del Monte en Burgohondo, Ávila (España). Es licenciado en filosofía por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. En la actualidad, colabora en la secretaría general de los Legionarios de Cristo en Roma, mientras prosigue sus estudios de licencia en teología.

Este testimonio vocacional forma parte del libro "Vivir para Cristo"


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2008-12-20


 

 


 



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