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Amando ante la discapacidad
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Participación social del Colegio Cumbres de Santiago en el Pequeño Cottolengo.

Alumna del Cumbres de Santiago compartiendo unos minutos de amor y generosidad.
Alumna del Cumbres de Santiago compartiendo unos minutos de amor y generosidad.

Santiago, 07 de octubre de 2009. Durante tres años las alumnas de cuarto medio del Colegio Cumbres de Santiago han realizado su participación social en un centro donde se atiende a personas con distintas discapacidades, llevado por la «Obra Don Orione del Pequeño Cottolengo». El director de este centro es el P. Alejandro Ruiz, que acaba de ser transferido a Kenya. Un día antes de partir quiso visitar el centro de las señoritas consagradas del Movimiento en Santiago. Estuvieron presentes algunas profesoras y alumnas de ese curso.


El encuentro comenzó con la celebración eucarística. En la homilía, el P. Alejandro  predicó sobre la paz que da Cristo Resucitado, esa «paz que encontramos entregarnos a su voluntad». Puso el ejemplo de sus discapacitados como personas que saben amar: «Ellos aman de verdad y nosotros seguimos tratando de decidir si amamos o no y cuándo… ¿Quiénes son los verdaderos discapacitados?, ¿qué discapacidad es peor: la física o la del amor?, hay que servir con mucha humildad». Y expresó su deseo de ir a su nueva misión en Kenya  para aprender a amar con humildad.


Presentamos algunos testimonios de las alumnas y profesoras que van al Pequeño Cottolengo:


«Cada visita a Cottolengo significa una preparación de un mes, en que las niñitas y yo organizamos los talleres en los que trabajaremos, las actividades que realizaremos, los elementos que llevaremos, pero también nos preparamos para vivir una experiencia fuerte, el encuentro con “ los más discapacitados, entre los discapacitados”, aquellos que por más que traten nunca podrán insertarse completamente en la sociedad, porque la discapacidad intelectual en estos casos es insuperable por su severidad.Las niñitas se distribuyen en los talleres que se han preparado. Mi labor ahí, es ir de taller en taller, viendo que todo funcione, apoyando a las alumnas y coordinándome con las personas que están a cargo. Me olvido de mí misma y de todos mis problemas, estoy ahí en cuerpo y alma para ellos. Me siento al
El P. Alejandro Ruiz con Araceli Delgado y algunas alumnas de cuarto medio.
El P. Alejandro Ruiz con Araceli Delgado y algunas alumnas de cuarto medio.
servicio del otro. Esta experiencia me cambia el día. El lenguaje de Cottolengo es el leguaje del amor, se olvidan los ruidos guturales, los olores, los movimientos discordantes, las salivas que corren, los golpes, etc., y aparecen con todo su esplendor  las sonrisas, los ojos brillantes, las expresiones de cariño, aparece la alegría de estar ahí. Termina la visita después de 2 horas de trabajo y salimos de allí con el corazón regocijado, infinitamente agradecida de lo que tengo y de lo que soy.
Eso es Cottolengo para mí, una experiencia de Dios, una experiencia de amor y donación» (Miss Marisol, profesora de acción social).


«Al decir que iba al Pequeño Cottolengo, la gente me preguntaba qué era eso. La respuesta, inmediata: “es la escuela especial Don Orione, donde hay niños con retrasos mentales y físicos”. Sin embargo esa respuesta no es lo que de verdad significa. Para mí el Pequeño Cottolengo ahora es Adrián, es la Alicia, es la Ale, la Paulita y así podría seguir enumerando los niños que de una u otra manera  me marcaron y me conmovieron, y que SON el Pequeño Cottolengo y me hacen recordar con real cariño la institución. Viví pequeñas experiencias con algunos de ellos, que nunca voy a olvidarcomo que te tomen la mano, se acuerden de tu nombre o que te saluden los que la vez pasada no te habían saludado. Me marcaron y lograron que ahora cada vez que veo a alguien con síndrome Down o con alguna discapacidad, lo vea con cariño y me den ganas de acercarme» (Elisa, IV° B).


«Una de las cosas que más me marcó en nuestra visita fue el trabajo desinteresado que realizan las personas que ahí trabajan y el amor con que se entregan.Cuando hicimos nuestra primera visita fue difícil dejar de lado las apariencias y los prejuicios. Pero entonces, me sorprendí  con los  padres  y las “tías” del Pequeño Cottolengo. Ellos me convencieron que todos podemos ayudar a otros sólo estando dispuestos y entregándonos totalmente. Gracias a sus ejemplos pudimos ir poco a poco descubriendo todo lo que los niños nos querían transmitir.Al ir conociéndolos me di cuenta de lo afortunadas que somos de poder movernos con facilidad y de poder hablar. Pero me llamó mucho la atención que aunque algunos niños tienen limitaciones para hacer cosas que para nosotras son muy normales, logran transmitir su felicidad de una manera muy especial. Estas personas tienen mucho que entregar, son muy cariñosas y nos hicieron ver que valía la pena estar ahí acompañándoles. Si alguno veía a un compañero en silla de ruedas sin poder bailar, tomaba su silla por atrás y lograba que éste pudiera moverse con la música. Creo que esta experiencia ha sido una de las más fuertes, más conmovedoras y enriquecedora que he vivido. El Pequeño Cottolengo me demostró que debemos confiar en las capacidades que Dios nos dio y entregarnos totalmente a los que nos necesitan. A veces no nos damos cuenta de lo que podemos entregar y al mismo tiempo de todo lo que podemos recibir de otros. Poniendo un mínimo esfuerzo, recibimos muchísimo» (M. Piedad, IV°C).



FECHA DE PUBLICACIÓN: 2009-10-07


 

 


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