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| P. Martin Peter Baranowski, L.C. (Alemania) | |
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Observando la acción de Dios
en mi vida, me doy cuenta que el Señor despertó
en mí, desde muy pronto, la idea del sacerdocio.
Desde que recuerdo, mis papás nos llevaban a mí
y a mis hermanos a misa cada domingo. Al principio
me pareció sumamente aburrido. Para ayudarnos mi papá nos
leía de vez en cuando historias de una Biblia
para niños. Me llamaba la atención el testimonio de los
grandes héroes de la Biblia, que se esforzaban por
ser amigos de Dios, y de ahí yo también quise
ser un amigo de Dios. Durante una misa observaba
con cuidado al párroco y me dije a mi
mismo: “él seguramente es un gran amigo de Dios. Cuando
sea grande yo también quiero ser sacerdote”. Mientras cursaba
la escuela primaria pregunté a mis papás qué materias
debía estudiar para poder ser sacerdote. Más tarde, en
el bachillerato, mis compañeros y hasta los profesores decían –tal
vez por mi interés en la clase de religión–
“un día serás sacerdote”. Cuando conocidos o familiares hacían
la típica pregunta de qué quería ser de grande, me
respondía en mi interior: “quiero ser sacerdote”.
La
fe no es obvia
Faltaba mucho camino para
llegar a ser mayor, así que éste se llenó de
otros intereses: ajedrez, historia, informática y aprender ruso, entre
otros. En mi juventud fueron muy importantes las conversaciones
con un amigo miembro de una comunidad evangélica. Con
él hablaba sobre la fe y fui invitado a varias
actividades de su comunidad. Me llamaba la atención la
seriedad con que se leía la Biblia. Quedaba impresionado
por la cantidad de miembros que participaban activamente en
el apostolado. Estas conversaciones me hicieron ver que tenía un
conocimiento muy insuficiente de mi fe. Y las discusiones
que tenía me espoleaban a buscar después los verdaderos
fundamentos racionales de mi fe. Encontré valiosísimos argumentos en
los libros del cardenal Ratzinger y en el Catecismo
de la Iglesia Católica.
Un momento
clave en mi camino de fe fue la preparación a
la confirmación, que en mi parroquia se celebraba a
los 17 ó 18 años. Mientras más me interesaba y
entusiasmaba por mi fe me daba cuenta que para
no pocos compañeros de confirmación, la fe era algo
indiferente o que incluso rechazaban. Así tomé conciencia de
que la fe no es obvia. Necesita iniciativa y colaboración
propia, aunque es un regalo inmerecido. Y al mismo
tiempo sentía el deseo de dar a otros este
regalo, para que también descubrieran a Dios. Pero en mi
ambiente no veía ninguna posibilidad de poner en práctica
este propósito. Así, me quedé sólo con la buena
pero vaga intención de hacer algún día algo para transmitir
la fe a alguien. Después de la misa de
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| El P. Martin con un grupo de chicos del ECYD en Bad Münstereifel. | |
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confirmación, en la que me pidieron leer la lectura,
me fui a despedir del celebrante de la confirmación. Él
puso su mano sobre mi hombro y me dijo
en voz baja: “creo que hoy no será la última
vez que proclames la Palabra de Dios”.
El
sacerdote de Irlanda
Unas semanas más tarde, el hijo
de un profesor de religión me invitó a un retiro
predicado por un padre irlandés que era legionario de
Cristo. Había ya rechazado varias veces otras invitaciones, pues
no sabía ni qué era un retiro ni quiénes eran
los Legionarios de Cristo. Al no tener ninguna excusa
en el momento, decidí aceptar la invitación. Así conocí
al P. Eamon Kelly quien me impresionó por su
amor apasionado a Cristo, a la Iglesia y la irradiación
de su celo apostólico. En ese momento no se
me ocurrió que también podría llegar a ser legionario de
Cristo, pero lo que sí supe, fue que había
encontrado lo que había buscado por mucho tiempo.
En los siguientes meses y años continué
el contacto con los legionarios y gracias a la
motivación y dirección del padre irlandés, me lancé a involucrarme
en el apostolado en el que participaban también mis
hermanos: invitar a mis amigos a retiros, organizar misas
en la escuela, reflexiones evangélicas, rosarios en mi casa,
viajes a Roma y al noviciado de la Legión de
Cristo. En pocos meses creció el grupo de jóvenes
interesados llegando a ser más de cincuenta. No faltaron
rechazos y problemas, pero sobre todo, tuve la maravillosa experiencia
de que también los jóvenes que supuestamente estaban más
lejos de la Iglesia, se comenzaban a interesar por
temas de fe. Después de que el hijo del profesor
de religión descubriera su vocación al sacerdocio e ingresara
en el seminario diocesano, cayó sobre mí la dirección
del grupo.
Buscando mi vocación
A pesar de
encontrarme frente a tantas posibilidades de estudio, haber visitado
varias congregaciones y el seminario diocesano, después de la
preparatoria decidí inscribirme en el programa de discernimiento vocacional
de los legionarios de Cristo. Quería conocer qué es
la vocación y ver si Dios me estaba llamando. Al
final de este tiempo de oración y aprendizaje, sentí
en mí el deseo de comenzar el noviciado, pero
todavía no tenía la seguridad suficiente. Entonces sucedió que
algunos amigos y conocidos cercanos me recomendaron no entrar bajo
ninguna circunstancia con los legionarios, sino esperar, comenzar los
estudios y seguir visitando otras congregaciones. Mientras estaba yo
entre el sí y el no y sin saber
qué hacer, mi párroco me invitó a su casa, escuchó
tranquilamente mi experiencia del programa de discernimiento vocacional y
los demás planes. Al final respondió sin dudar: “Lo
que debes hacer está muy claro. Seguir buscando otras
posibilidades no te ayuda. Dios te ha mostrado ya dónde
te quiere. A ti te toca decir que sí.”
El consejo de este sacerdote piadoso me tocó el corazón
y en el noviciado necesité sólo algunas pocas semanas
para comprobar que no se había equivocado.
Durante los dos años de noviciado creció la
comprensión y el amor hacia mi vocación. La oración
diaria, el estudio de la espiritualidad de la congregación, la
bondad del instructor de novicios y el ejemplo edificante
de los hermanos maduraron en mí poco a poco
la seguridad en la vocación, de la cual san Juan
habla en el evangelio: “No me habéis elegido vosotros,
soy yo quien los he elegido, para que vayáis
y deis mucho fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn 15,
16).
Formación para servir a Dios y a
los hombres
Los estudios en Salamanca y Roma me
permitieron conocer a muchos religiosos y seglares de diversos
países. Estoy muy agradecido por esta experiencia de la grandeza
y variedad de la Iglesia. También tengo muy grabado
el ejemplo de los profesores del Ateneo Pontificio Regina
Apostolorum, que enseñan a los estudiantes de filosofía y
teología la búsqueda de la verdad y las respuestas a
tantas preguntas de la sociedad actual.
Desde los años de formación, en especial en las prácticas
apostólicas, tuve la oportunidad de hacer experiencias pastorales. Consistieron
en la dirección espiritual de niños y jóvenes, organización
de campamentos, misiones parroquiales, numerosas conversaciones con padres de
familia, párrocos, religiosos y representantes de otros movimientos. Me
encontré con la problemática de la trasmisión de la
fe en los tiempos actuales, así como con movimientos
de auténtica renovación y búsqueda de Dios y del Evangelio
de Cristo. Viendo que es Dios quien constantemente toca
los corazones y los mueve, quiero ahora como sacerdote
ser su instrumento, para servir a la Iglesia y a
los hombres.
El P. Martin Peter
Baranowski nació en Bad Homburg cerca de Frankfurt
(Alemania). Es el mayor de tres hermanos. En 1995
ingresó en el noviciado de la Legión de Cristo y
formó parte de la generación fundadora en Bad Münstereifel.
Después de su profesión religiosa en 1997 estudió humanidades
en Salamanca (España). Obtuvo el bachillerato y la licencia
en filosofía por el Ateneo Pontifício
Regina Apostolorum de Roma.
De 2000 a 2004 realizó sus prácticas apostólicas trabajando
con la pastoral juvenil en el sur de Alemania. Cuando
la Legión de Cristo fundó el territorio de Europa
central el 6 de febrero de 2007 fue nombrado
secretario territorial con sede en Düsseldorf. Actualmente trabaja en
la pastoral juvenil en Alemania.
Los testimonios vocacionales de los legionarios de Cristo
que recibieron la ordenación sacerdotal el 12 de diciembre de
2009 han sido publicados en el libro "Os llamo
amigos". Encomendemos en este "Año Sacerdotal" a todos
los sacerdotes, para que su entrega a Dios y a
los demás traiga abundantes frutos de gracia y bendición. |