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Dios hizo la revolución de terciopelo para mí
REPÚBLICA CHECA | REGNUM CHRISTI | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. Ji?í Brabec, L.C. (República Checa)

P. Ji?í Brabec, L.C. (República Checa)
P. Ji?í Brabec, L.C. (República Checa)


Los hombres somos libres por naturaleza; sin embargo no podemos escoger todo. Me llamo Jiøí o Jorge, en español. Nací el 21 de noviembre del 1976 en la antigua Checoslovaquia en tiempos del comunismo. La Providencia Divina lo quiso así. Soy el segundo de tres hijos. Tengo un hermano mayor y una hermana menor. Nuestros papás, católicos muy fervorosos, nos educaron en la fe. No sé cómo, pero creo que nací con la vocación. Desde muy pequeño he tenido el deseo de ser sacerdote. Me parecía que era una semilla dada por Dios, como una parte de mi ser, que aparece con el tiempo, crece y da fruto. No lo hice público hasta mis dieciocho años.

Una niñez en el comunismo

Antes de ir al colegio empecé a ser monaguillo, gracias al ejemplo de mi hermano Franti¹ek, cuatro años mayor que yo. Lo imitaba en lo que podía pero sus logros académicos sobrepasaban mis posibilidades. La primera vez que hice una genuflexión en el presbiterio fue como me lo había dicho mi hermano. Sólo que él la hizo hacia el sagrario y yo hacia la pared. Creo que distraje bastante a las señoras que rezaban el rosario.

Como acólito empezó mi amistad con Cristo Eucaristía, Víctima y Altar. Eso me llenaba de ilusión. En el tiempo del comunismo, la vida en un pueblo era monótona, lo cual es normal para un niño. Pero pronto nos dimos cuenta de que los católicos éramos considerados como distintos. Nos dejaban ir a la Iglesia donde el culto estaba permitido por el gobierno. Los niños ni nos enterábamos del sacrificio que hacían nuestros papás al saber que sus hijos nunca iban a poder “hacer una carrera”, pues para los creyentes no había lugar en las universidades. Tampoco nos dábamos cuenta que las decisiones tomadas por mis padres significaban la opción prioritaria por Cristo, la fe y la fidelidad a la Iglesia y de que algunos literalmente se sacrificaban para que la fe siguiera adelante. No veíamos la grandeza espiritual de los sacerdotes que a veces recibían “visitas” en coches de la policía secreta y no se dejaban atemorizar por las amenazas, fueran rudas o suaves, seductoras y crueles.

Un día el párroco me regaló el libro de la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis. Era el “libro del año” escogido para ser publicado, pues el régimen permitía la publicación de un libro religioso al año. Para mí era un tesoro.

Recuerdo un día en mis años de secundaria que tenía “serias” razones de no ir a la clase del catecismo. No es que quisiera dejar la fe, al contrario. Pero las preguntas “quién va a la catequesis” por parte de las maestras comunistas eran muy incómodas. Además sabíamos que los pocos que levantamos la mano estábamos predestinados de por vida a tener un puntito negro junto a nuestro nombre. Cuando le propuse a mi papá buscar algún modo de asegurar el ingreso en la preparatoria, donde
"El P. Ji?í reparte la comunión a un grupo de monaguillos durante la celebración eucarísitca presidida por el Papa Benedicto XVI, el 27 de septiembre 2009 en su ciudad natal de Brno, República Checa.<br>"
"El P. Ji?í reparte la comunión a un grupo de monaguillos durante la celebración eucarísitca presidida por el Papa Benedicto XVI, el 27 de septiembre 2009 en su ciudad natal de Brno, República Checa.
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normalmente no escogían los “marcados”, mi papá me respondió con toda la sencillez y confianza en Dios: “mira, primero la religión, después el resto”. Su fe en la Providencia me dejó atónito.

La vida medio gris de los años ochenta seguía adelante. El número y la calidad de los seminaristas era supervisada por el gobierno. Los lugares para los sacerdotes los designaba el gobierno, según la actividad y “el grado de peligro”. Los aislaban en parroquias abandonadas, no les permitían el ejercicio del sacerdocio o los enviaban a la cárcel. Las diócesis no tenían obispos pues el gobierno no permitía que la Santa Sede hiciera nombramientos. Sólo en Praga residía el cardenal Franti¹ek Tomá¹ek casi con noventa años de edad. La celebración del cumpleaños del cardenal fue una manifestación de fe. Se reunieron tantos fieles que hasta un chico como yo se daba cuenta de que formar parte de la Iglesia, ser católico era algo que nos sobrepasa.

La revolución de Dios

El 12 de noviembre 1989 el Papa Juan Pablo II canonizó a Inés de Bohemia, hija del rey, que en el siglo XIII dedicó su vida a los pobres y enfermos fundando una orden hospitalaria. Desde hace siglos, existía una promesa que anunciaba la llegada de la paz, la prosperidad y el bien a nuestro país cuando ella fuera elevada a los altares. El día de la canonización, el régimen comunista permitió la transmisión televisiva de la primera media hora de la celebración en Roma. Después cambió a cuestiones “más importantes”: la reunión general del partido comunista. Nadie se imaginaba que en cinco días iba a suceder la “revolución de terciopelo”. Esa noche, a mis trece años, seguía las noticias por la radio extranjera, obviamente prohibida. Cinco semanas después cayó el gobierno y todas las diócesis recibieron un pastor. Cinco meses más tarde llegó el Papa al país que anhelaba la libertad.

La euforia de la libertad cambió los tiempos. El país mejoraba cada día. Santa Inés y con ella todo el cielo no dejaron esperar el cumplimiento de la antigua promesa.

Al terminar la secundaria pasé a la preparatoria diocesana –el primer año que se pudo abrir de nuevo en un edificio confiscado por los comunistas cuarenta años atrás.

La semana santa en Roma

Definitivamente estaba en las mejores manos. Tuve muy buenos compañeros de clase. Algunos pensaron en el camino de la vocación sacerdotal, otros me daban ejemplo de búsqueda y esfuerzo sincero por darle a Dios el lugar que se merece, aunque no sentían el llamado a la consagración total. Mi participación en la misa, casi diaria, se intensificaba. Empezaba a descubrir lo que Dios comunica.

Un día vino un compañero de clase preguntándome si quería ir con el sacerdote encargado de la pastoral juvenil de la diócesis a Roma durante semana santa. Nunca había hecho un viaje así y por las condiciones familiares no pensé que me darían permiso. Pero por ciertas circunstancias y la credibilidad de los organizadores pude participar. El sacerdote tenía una dirección en Roma a dónde llegar, el Centro de Estudios Superiores de los Legionarios de Cristo. Nunca había escuchado de esa congregación. Allí vi un grupo de 300 seminaristas jóvenes, entusiastas por el evangelio y la misión de transmitirlo al mundo. Me impactó la seriedad con la cual se tomaban la enseñanza de Cristo y la alegría con la cual se aplicaba. La liturgia de la semana santa fue algo inolvidable.

Dios quería algo más

Ya en la primera visita y después en una serie de peregrinaciones a Roma me dije: “Si voy a ser sacerdote, quiero ser como los legionarios”. Ciertamente nunca me imaginé que podía ser legionario, con ese ideal vivido y con las exigencias de dejar mi país, mi familia, el campo, etc. Y delante de las ofertas del mundo me pregunté: “¿Quiero ser sacerdote o no? ¿Qué quiere Dios de mí?” Las palabras de Cristo sobre las condiciones del seguimiento, dejarlo todo por causa del Evangelio y el ejemplo de la Santísima Virgen en la escena de Anunciación con su fiat incondicional, me ayudaron superar mis dificultades y miedos. Cuántas veces respondí a Dios en en lugar de



















un fiat con un “déjame pensarlo”, “a ver si me perece bien” o “espérame un poco”. Decir sí a la vocación y al sacerdocio legionario presentaba otras dificultades. Quería ser un sacerdote fervoroso, pero diocesano. Por no decidirme bien, empecé el año propedéutico para entrar al seminario diocesano. Sabía que era un año para crecer en el conocimiento de la voluntad de Dios y pedirle fuerza para llevar adelante su plan. Pasé un año muy contento entre mis compañeros. Pero Dios quería algo más y me hacía ver que me llamaba a ser legionario, no sólo a “ser como legionario”.

Valió la pena

El inicio fue difícil. Entre dudas e inseguridades de si esto era el camino de Dios me encomendé a la Santísima Virgen. Ella siempre nos ha acompañado a mí y a mi familia. Mis familiares no conocían a la Legión y por no entender ninguna lengua occidental prácticamente no pudieron informarse bien. A mis amigos les dije que me iba al extranjero. Viví en una mezcla de sentimientos entre el entusiasmo inicial y la tristeza de dejarlo todo. Pero Dios nunca deja solo a nadie, mucho menos a quien llama. Tardé mucho en descubrir su amor, pero valió la pena. No hay nada mejor que vivir con Dios, vivir en su amor y transmitirlo a los demás. Con Él, el yugo se hace ligero aunque sea cada vez más grande. El camino de felicidad se encuentra en la capacidad de saber abrazar la cruz y de buscar activamente darle gusto a Dios, haciendo propias las reglas de perfección de vida cristina así como el ideal evangélico plasmado en las reglas de la congregación aprobadas por la Iglesia. A pesar de las propias debilidades uno sabe que nunca es digno de ser llamado.

Dios está con nosotros

A veinte años de la “revolución de terciopelo” y en el año sacerdotal, tengo la gracia de responder a la llamada de la Iglesia para las sagradas órdenes y arrodillarme para recibir el don del sacerdocio. Sería ilusorio pensar que Dios no quiere vernos felices, a pesar de nuestra pequeñez, y peor aún pensar que está lejos y no nos hace caso, sin embargo Él está cerca de nosotros, es más, está en nosotros. Así como mantuvo la fe y su Iglesia en tiempos de opresión, no deja que nosotros siendo templos del Espíritu Santo, desfallezcamos. Basta responder ofreciéndonos a Él que es amor. Su plan es maravilloso. Por medio de nosotros Cristo quiere amar al mundo. Con esta seguridad empiezo mi ministerio y deseo que todos experimenten lo que es vivir en su amor, providencial y cariñoso.

El P. Jiøí Brabec nació el 21 de noviembre de 1976 en Brno, antigua Checoslovaquia, actual República Checa. Después de la caída del comunismo estudió en el colegio diocesano de esa ciudad. Hizo un año de estudios propedéuticos diocesanos antes de participar en el curso de verano de discernimiento vocacional de la Legión de Cristo en Polonia. El 5 se septiembre 1996 ingresó al noviciado en Bad Münstereifel (Alemania). Cursó los estudios humanísticos en Salamanca (España). Durante cuatro años fue encargado del trabajo con niños y jóvenes en Viena (Austria). Es licenciado en filosofía por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma donde terminó sus estudios teológicos. Actualmente funge como secretario territorial en Alemania y Europa central.

Los testimonios vocacionales de los legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal el 12 de diciembre de 2009 han sido publicados en el libro "Os llamo amigos". Encomendemos en este "Año Sacerdotal" a todos los sacerdotes, para que su entrega a Dios y a los demás traiga abundantes frutos de gracia y bendición.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2009-12-12


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