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La vigencia de los derechos humanos
MÉXICO | ACTUALIDAD | TEXTOS
Escrito de Mons. Enrique Sánchez Martínez, obispo auxiliar de Durago (22 de marzo de 2010).

“La fuente última de los derechos humanos no se encuentra en la mera voluntad de los seres humanos,  en la realidad del Estado o en los poderes públicos, sino en el hombre mismo y en Dios su Creador”

En este momento es de suma importancia hablar sobre los Derechos Humanos, ya que estos concretizan la realidad de la persona humana. Existe una problemática actual al plantear el fundamento de los derechos y cuáles son tales derechos. Es importante hablar de este tema, sobre todo por el momento que se vive en México; existen en nuestro país hechos concretos que exigen la vigencia de los derechos humanos: es un hecho el empobrecimiento de nuestra nación, este último año de crisis han aumentado drásticamente el número de pobres y más aún el número de mexicanos en extrema pobreza; otro hecho en nuestro país es la marginación social económica y cultural; otro hecho palpable es la inseguridad y la violencia; otro hecho es la discriminación; otro hecho en el que se manifiesta más clara y profunda la negación de los derechos humanos, es la negación de la libertad y de las libertades, la libertad de conciencia, de pensamiento, a la libertad de comunicación con los demás, libertad de expresión, libertad de organización social, etc. Últimamente se discute sobre el estado laico, y sobre la legitimidad de intervención de la Iglesia en las cuestiones sociales, algo que no se puede entender sin la libertad religiosa que es un derecho humano fundamental y universal.

La Iglesia ve en estos derechos la extraordinaria ocasión que nuestro tiempo ofrece para que se consoliden, y así, la dignidad humana sea reconocida más eficazmente y promovida universalmente como característica impresa por Dios Creador en su criatura. El Magisterio de la Iglesia no ha dejado de evaluar positivamente la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, proclamada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, que Juan Pablo II ha definido “una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad”.

La raíz de los derechos del hombre se debe buscar en la dignidad que pertenece a todo ser humano.  Esta dignidad, connatural a la vida humana e igual en toda persona, se descubre y se comprende, ante todo, con la razón. El fundamento natural de los derechos aparece aún más sólido si, a la luz de la fe, se considera que la dignidad humana, después de haber sido otorgada por Dios y herida profundamente por el pecado, fue asumida y redimida por Jesucristo mediante su encarnación, muerte y resurrección.

Estos derechos son “universales e inviolables y no pueden renunciarse por ningún concepto”. Universales, porque están presentes en todos los seres humanos, sin excepción alguna de tiempo, de lugar o de sujeto. Inviolables, en cuanto “inherentes a la persona humana y a su dignidad”  y porque “sería vano proclamar los derechos, si al mismo tiempo no se realiza todo esfuerzo para que sea debidamente asegurado su respeto por parte de todos, en todas partes y con referencia a quien sea”. Inalienables, porque “nadie puede privar legítimamente de estos derechos a uno sólo de sus semejantes, sea quien sea, porque sería ir contra su propia naturaleza”.

Los derechos del hombre exigen ser tutelados no sólo singularmente, sino en su conjunto: una protección parcial de ellos equivaldría a una especie de falta de reconocimiento. Estos derechos corresponden a las exigencias de la dignidad humana y comportan, en primer lugar, la satisfacción de las necesidades esenciales (materiales y espirituales) de la persona: “Tales derechos se refieren a todas las fases de la vida y en cualquier contexto político, social, económico o cultural. Son un conjunto unitario, orientado decididamente a la promoción de cada uno de los aspectos del bien de la persona y de la sociedad... La promoción integral de todas las categorías de los derechos humanos es la verdadera garantía del pleno respeto por cada uno de los derechos”. Universalidad e indivisibilidad son las líneas distintivas de los derechos humanos: “Son dos principios guía que exigen siempre la necesidad de arraigar los derechos humanos en las diversas culturas, así como de profundizar en su dimensión jurídica con el fin de asegurar su pleno respeto”.

Las enseñanzas del Papa Juan XXIII, del Concilio Vaticano II, del Papa Pablo VI, han ofrecido amplias indicaciones acerca de la concepción de los derechos humanos delineada por el Magisterio de la Iglesia. El Papa Juan Pablo II ha trazado una lista de ellos en la encíclica “Centesimus annus” (No. 47): “El derecho a la vida, del que forma parte integrante el derecho del hijo a crecer bajo el corazón de la madre después de haber sido concebido; el derecho a vivir en una familia unida y en un ambiente moral, favorable al desarrollo de la propia personalidad; el derecho a madurar la propia inteligencia y la propia libertad a través de la búsqueda y el conocimiento de la verdad; el derecho a participar en el trabajo para valorar los bienes de la tierra y recabar del mismo el sustento propio y de los seres queridos; el derecho a fundar libremente una familia, a acoger y educar a los hijos, haciendo uso responsable de la propia sexualidad. Fuente y síntesis de estos derechos es, en cierto sentido, la libertad religiosa, entendida como derecho a vivir en la verdad de la propia fe y en conformidad con la dignidad trascendente de la propia persona”.

El primer derecho enunciado en este elenco es el derecho a la vida, desde su concepción hasta su conclusión natural,  que condiciona el ejercicio de cualquier otro derecho y comporta, en particular, la ilicitud de toda forma de aborto provocado y de eutanasia. Se subraya el valor eminente del derecho a la libertad religiosa: “Todos los hombres deben estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y ello de tal manera, que en materia religiosa ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, solo o asociado con otros, dentro de los límites debidos”. El respeto de este derecho es un signo emblemático “del auténtico progreso del hombre en todo régimen, en toda sociedad, sistema o ambiente”. 

+ Enrique Sánchez Martínez
Obispo Auxiliar de Durango

[Tomado de la página de la Conferencia del Episcopado Mexicano]


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2010-03-22


 

 


 



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