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El diácono, una imagen viviente de Cristo
ITALIA | ACTUALIDAD | TEXTOS
Homilía de Mons. Josef Clemens en ocasión de las ordenaciones diaconales (Roma, 30 de junio de 2010).

Reverendísimo Padre Álvaro, Reverendísimo Padre Miguel, queridísimos hermanos en el sacerdocio, queridísimos candidatos al diaconado, queridísimos papás, parientes y amigos de los candidatos, queridísimos hermanos y hermanas en Cristo:

Ustedes saben bien que mi primer inspirador en el trabajo teológico y homilético – naturalmente después de la Sagrada Escritura y los Padres de la Iglesia – es el Card. Joseph Ratzinger, nuestro Papa Benedicto XVI.

En la homilía durante su primera ordenación diaconal como arzobispo de Munich y Frisinga en la Catedral de Nuestra Señora de Munich de Baviera – era el 17 de septiembre de 1977- el joven cardenal resaltaba que «la grandeza» del ministerio diaconal consiste en el encargo de representar el diácono Jesucristo en el tiempo de la Iglesia. Sus tareas son concretamente: hacer visible y realizar el mandato de Jesucristo en la Iglesia, y llevar adelante los signos del amor de Cristo.

Quisiera seguir en nuestra meditación de esta mañana, estas líneas guías propuestas por el Card. Ratzinger. Así nos unimos espiritualmente con nuestro Santo Padre Benedicto XVI, y estoy convencido de que no podemos hacerle en este día de los primeros mártires romanos, un regalo más grande que reflexionar y meditar sobre su pensamiento.

1. Jesucristo, el Señor y diácono

Todos conocemos la frase ya famosa del Papa en su primera encíclica Deus Caritas est: «La verdadera novedad del Nuevo Testamento no está en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo que da carne y sangre a los conceptos un realismo inaudito».

Así, el concepto de "diconein" encuentra su significado pleno partiendo de la persona de Jesús y de su Evangelio. El "diconein" de Jesús manifiesta el amor de Dios hacia el hombre, y hace ver el proyecto del hombre en su idea original.

Recordemos las palabras del Señor en el Evangelio de san Lucas: «Yo estoy en medio a vosotros como Aquel que sirve» (Lc 22, 27), y en el Evangelio de san Mateo: «El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate por muchos» (Mt 20,28). El sacrificio de Jesús vincula a sus discípulos y a sus sucesores a la diaconía, como afirma el mismo Señor (Jn 13,15).

Todas nuestras reflexiones deben partir de este dato fundamental: Jesús es el Señor, y al mismo tiempo, el diácono de todos. No existe ninguna contradicción entre la señoría y la diaconía de Jesús, al contrario, su señoría se hace ver y se realiza en su diaconía. El texto más expresivo para comprender esta identidad, lo encontramos en la narración del lavatorio de los pies que precede la última cena en el Evangelio de san Juan (Jn 13, 1-20). Me parece que esta precedencia no sea un puro hecho cronológico, sino más bien un hecho «existencial».

El lavatorio de los pies el jueves santo, este gesto inaudito, necesita una explicación que Jesús mismo ofrece: « ¿Sabéis lo que he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Si, pues, Yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que como he hecho yo, hagáis también vosotros» (Jn 13, 12-15).

El diácono, a través de su ordenación, entra en esta perspectiva del "diconein" de Jesús en modo decisivo, calificado y ministerial. Por una parte, la ordenación diaconal es el primer grado del sacramento del Orden, por así decir la «puerta de ingreso» al sacerdocio ministerial; y por otra parte, es una dimensión fundamental y permanente que no debe nunca desaparecer en la actividad apostólica, sino que debe permear toda la existencia de los ministros ordenados.

2. El diácono, una imagen viviente de Cristo-siervo en la Iglesia

El Card. Ratzinger describe en su homilía las tareas del diácono con los imperativos de hacer visible y realizar el mandato de Jesucristo en la Iglesia. Estos dos deberes van juntos y se condicionan mutuamente.

Esta visión corresponde a una definición muy comprometedora del documento sobre el diaconado de la Comisión Teológica Internacional (2003), presidida por el mismo Card. Ratzinger, que presenta el diácono como «icona vivens Christi servi in Ecclesia», es decir, un icono viviente de Cristo-siervo en la Iglesia.

Según estas indicaciones, el diácono está llamado a reflejar, a hacer visible y a vivificar la diaconía de Cristo en el tiempo de la Iglesia. El diácono está llamado a colaborar para que todas las actividades de la Iglesia estén permeadas por el espíritu de Cristo-siervo.

El Santo Padre, en la Deus caritas est, resalta la unidad y la necesidad de las tres dimensiones fundamentales de la vida de la Iglesia, es decir, el anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), la celebración de los sacramentos (leiturgia), y el servicio de la caridad (diakonia). El diácono está llamado a dar su contribución en los tres deberes de la Iglesia, pero en particular, en la diaconía.

3. El diácono lleva adelante los signos del amor de Cristo

El tercer elemento que el Card. Ratzinger pone de relieve en su homilía del año 1977, se refiere a la tarea del diácono de llevar adelante los signos del amor de Cristo. Esta responsabilidad es un trabajo muy dinámico y pide gran dedicación y creatividad.

En la ordenación diaconal de hace tres años, he visto la necesidad del “ver bien”, del ver aquello que los demás, a causa de su reducido campo visivo, no ven o no quieren ver. Y esto valía particularmente para las necesidades del hombre en sentido físico. He hablado del “ars vedendi” que lleva al “ars bene vivendi”. He sugerido instituir “escuelas de la buena vista” para enseñar el arte del ver bien.

Hoy, quisiera añadir otro signo del amor de Cristo que es el trabajo por el crecimiento de la vida interior de los demás, que es una tarea igualmente no fácil. Sí, el amor de Jesús se dirigía muchas veces a las necesidades del cuerpo (hambre, sed, enfermedad, abandono, exclusión), pero Jesús veía al mismo tiempo las profundas necesidades interiores.

La educación actual tiene como ideal el hombre perfecto, tanto desde el punto de vista físico, como intelectual y profesional. Pero, detrás del cuerpo y detrás del intelecto, se encuentra el hombre interior, el hombre en su unidad, en sus necesidades más profundas y fundamentales, más existenciales.

El Catecismo de la Iglesia Católica (CCC 2447) distingue entre las obras de misericordia espirituales y corporales. Quisiera dirigir nuestra atención sobre las obras de la misericordia espiritual: instruir, aconsejar, consolar, confortar, perdonar, soportar con paciencia, y se añade orar por los vivos y muertos.

Me parece que entre estas obras se encuentra en el primer puesto, en el clima espiritual de hoy, la quinta obra espiritual, es decir, la necesidad de perdonar y de ser perdonado, o en otras palabras, la necesidad de la reconciliación con Dios y con los hombres. Me parece que la quinta obra de misericordia espiritual es una especie de resumen de las otras obras. Despertar el sentido del perdón, la necesidad del perdón, también ésta es una diaconía, la «diaconia reconciliationis»: guiar y acompañar a los hombres hacia la reconciliación interior.

Para poder llegar a la reconciliación interior, se necesitan algunos pasos preparatorios. Como primer paso, es necesaria una toma de conciencia del verdadero estado interior, y así surgen huecos y lagunas, y sigue la necesidad del perdón, la necesidad de un nuevo inicio. Acompañar este “iter” espiritual es una verdadera diaconía, la «diaconia reconciliationis».

Muchas personas se encuentran en una especie de jaula interior, de círculo cerrado del cual no logran salir. Porque el sentido del pecado ya no existe, ya no existe el perdón, ya no existe el nuevo inicio, no se llega ya a la reconciliación. Para muchos, sólo existe el error, pero no el pecado.

Si bien el diácono no puede administrar el sacramento de la reconciliación, puede ejercitar esta diaconía particular, que es un verdadero signo del amor de Cristo, ayudando a encontrar el camino hacia la reconciliación. Estoy siempre más convencido que el perdón y el ofrecimiento de la reconciliación son el corazón del pensamiento y del obrar de Jesús.

¡Queridos diáconos!

Vuestra Congregación está muy comprometida en el campo educativo y formativo. Recordad siempre, donde quiera que os encontréis en vuestro futuro apostolado, que más allá de las necesidades intelectuales y espirituales (en sentido estricto), también  están las necesidades escondidas del hombre interior. Pero, para desarrollar este tipo de diaconía interior, se necesita una gran sensibilidad, un gran tacto. ¡Y estos presupuestos se encuentran sólo si el diácono de la reconciliación es él mismo un hombre reconciliado!

¡Queridos hermanos y hermanas!

Oremos en esta santa celebración por los nuevos diáconos, para que Jesucristo permanezca siempre para ellos el Señor y el modelo de su diaconía. Oremos para que los nuevos ordenados se conviertan en imagen de Cristo-siervo en la Iglesia. Oremos para que lleven adelante los signos del amor de Cristo en el ámbito del apostolado que les será confiado.

Amén.

*****

(Palabras de Su Eminencia, antes de la bendición final)

Queridísimos hermanos y hermanas:

Antes de la bendición, quisiera decir tres cosas: la primera, gracias por la invitación a esta celebración que tiene raíces profundas tanto en lo alto como en lo bajo; en lo alto, como don del Espíritu Santo, y en lo bajo, en el día de los primeros mártires de la Iglesia de Roma. Debería ser un motivo para los nuevos diáconos para agradecer en modo especial por este día. Segundo, no puedo no felicitar al P. Álvaro que celebra hoy el 25º aniversario de su ordenación diaconal; dentro de esta celebración se ha incluido la oración por él. Y la tercera, como no puede ser de otra forma, el Papa sabe que estoy esta mañana aquí, porque él sigue todos mis movimientos, con un ojo alguna vez también crítico, y él ha puesto en mis manos sus felicitaciones, su saludo y su bendición. Y todo esto quisiera, por así decir, inserir en esta bendición final del Señor que Él nos da a todos nosotros.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2010-06-30


 

 


 



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