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| P. Luis Ferraris Corella, L.C. | |
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Me encontraba en la facultad de Administración de Empresas
y tenía que hacer una elección de vida… No
me llenaba lo suficiente la carrera profesional. Desde adolescente conocí
a los legionarios de Cristo, sin imaginar y saber
qué eran exactamente y la influencia que Dios tendría
en mi vida a través de ellos.
Recuerdo que cuando era niño me preguntaban qué
quería ser de grande y yo siempre respondía actor,
artista. Cuando era joven decía que empresario, publicista. Los orientadores
profesionales del colegio me aconsejaban desarrollarme en una carrera
en el área de relaciones públicas.
¡Pero Dios! ¿Qué tenía pensado? Dios tenía otros
planes, se ve que no di, ni dieron en
el clavo en ningún momento hasta que Cristo entró en
mi vida. Creo que para Él yo era ya,
en su corazón, sacerdote en la Legión de Cristo. Sólo
que había un problema, yo lo tenía que descubrir
en el caminar de la
vida
con la ayuda de su Providencia, en las circunstancias
buenas y malas, en la oración. Algo de eso
es lo que voy a contar ahora. Nunca pensé que
yo estaría en este camino del sacerdocio antes de
ingresar a la Legón de Cristo y creo que las
personas que me conocieron antes tampoco lo habrían pensado.
Hay una frase famosa por ahí que dice: “Si
quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”. Pues algo
así me pasó en mi vida.
Mi
Familia: Doce hermanos, “una escuela de virtudes”
Nací en una familia numerosa. Para mí, vivir
entre muchos, es una experiencia que no cambio por
nada y la cual agradezco a Dios. Somos doce hermanos,
yo soy el décimo, es decir de los últimos,
los “pilones”, como dicen en México. Mis papás son de
personalidades muy diferentes, por eso se casaron pues se
complementan muy bien. Mi papá fue un hombre organizado,
práctico y trabajador, me ayudo a crecer en la disciplina
y la responsabilidad con un gran sentido de justicia.
Mi mamá por otra parte desarrolló en mí la
vida espiritual con su ejemplo, su oración y sus sabios
consejos, aunque no se notó en mí ese fruto
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sino hasta después de muchos años. Gracias a ella aprendí
a tener una sensibilidad para captar las necesidades de
las personas que me rodeaban. Este ambiente de familia
numerosa nos permitió crecer desprendidos, ejerciendo las virtudes humanas.
Nunca nos faltó nada, pero tampoco sobró, teníamos que aprender
a compartir entre hermanos y primos, a saber, darnos
los unos a los otros. Había cosas que eran
de todos, teníamos que cuidarlas y ser responsables. También todos
ayudábamos a mis papás, los hermanos mayores a cuidar
a los hermanitos más pequeños, los hombres en los
negocios de la familia y todos desde temprana edad teníamos
responsabilidades asignadas en casa. Así fue donde crecí.
El “trauma” del colegio: ¡superado! De
niño pase por varios colegios, los estudios no eran
mi principal afición; no sé por qué pero los
libros, los exámenes y los profesores no nos entendíamos bien.
Además mis orientadores académicos decían que tenía dificultades de
atención, aprendizaje, y para acabar era indisciplinado. Muy probablemente
era verdad, no lo niego, nunca fui un angelito…
Los cambios de colegios eran la solución para no repetir
el año y salvar mis estudios. Estas dificultades me
hacían sufrir, me desanimaba, pero luchaba por superarme y
ponía toda mi confianza sólo en Dios, así aprendí a
mejorar en los estudios.
Estudié
en un colegio del
Opus Dei, que influyó
de modo decisivo en mi formación integral y espiritual. Ahí
tuve un excelente grupo de amigos con los cuales
compartía los mismos valores, también las actividades que ahí
realice despertaron la inquietud por las cosas de Dios. Recuerdo
la sólida formación doctrinal que ahí recibí.
Dios entre fiesta, misiones y un poco de relajo... Mi mamá decía que de sus
hijos yo era el más superficial. Tenía toda la razón:
hasta el día que decidí ir al seminario deje
de ser tan vago. Antes, mi vida giraba en aparentar
más que en ser. Mis actividades preferidas eran: ir
a fiestas, discotecas, andar en moto, saltarnos las clases
para “dar la vuelta” en coche, hacer algo de deportes,
etc. Los fines de semana, si no había fiestas
en la ciudad, íbamos a algún rancho en la
montaña o a la playa para pasar la noche allí.
Pero también participé de las misiones dirigidas por el
Regnum Christi en la Semana Santa, desde que conocí
esta actividad. Gracias a las misiones descubrí lo feliz
que me sentía sirviendo a Dios en los más necesitados.
Todo esto me hizo cambiar de ideas.
Recuerdo una experiencia en mis primeras misiones.
Un día con mi amigo Roberto visitábamos casas en
un pueblo bastante pobre en el estado de Hidalgo (México);
encontramos a un anciano ciego y abandonado en una
casa en medio del bosque, necesitado de atención médica
y espiritual, pues sufría una enfermedad y no le quedaba
mucho tiempo de vida. Este señor, humilde y pobre,
nos ofreció una limonada fresca y después se puso
hablarme pensando que yo era sacerdote, lo escuchamos durante un
tiempo. Cuando vimos que él necesitaba un sacerdote para
confesarse, nos fuimos y lo conseguimos. Se le atendió
y al día siguiente por la madrugada murió. Esto me
dejó marcado, confundido en mi vida y me ayudó
a darme cuenta del bien que uno puede hacer por
los demás y por Dios cuando se presta; el
valor de la vida y cómo vivirla, pero aún no
pensaba en la vocación.
El momento de
la llamada Recibí la llamada al
sacerdocio cuando tenía 20 años, de forma inesperada. Me encontraba
participando en un congreso de valores y liderazgo humano
para jóvenes, del cual yo era uno de los
organizadores. Se invitó a grandes conferencistas, empresarios, escritores, políticos,
comediantes de televisión y algunos sacerdotes con el fin
de que nos fortalecieran en los valores cristianos.
Participaron numerosos jóvenes del estado de Sonora.
En ese momento muchas inquietudes sobre la vida pasaban
por mi cabeza. ¿Qué quería hacer de verdad con mi
vida? ¿En qué invertirla y gastarla? ¿Cómo me realizaría
y sería verdaderamente feliz?
La verdad
no creía que me faltara nada en especial para
estar satisfecho, pues tenía amigos y muy buenos, además
muchos; estudiaba administración de empresas; Dios me había dado
una familia hermosa, maravillosa, numerosa y muy unida, unos padres
excelentes, ejemplares. Sí, lo tenía todo, aparentemente lo tenía
todo, pero sin embargo, no estaba del todo feliz,
siempre tenía una inquietud en mi interior, que me decía
que la vida era para hacer algo grande, para
gastarla por un ideal noble. Mi corazón se sentía
inquieto, e incluso un poco vacío con todo lo que
se me ofrecía. Siempre busqué fuera de mí algo
que me llenara totalmente, pero no lo encontraba, me faltaba
buscarlo dentro de mí, pero no sabía cómo.
¿Qué esperas para ser feliz? Para
entonces un sacerdote legionario de Cristo dio una conferencia
sobre la felicidad. No hablaba de la vocación sacerdotal,
eso lo recuerdo bien, sino de la vocación de
todo hombre, de todo joven a ser feliz. El título
aún lo recuerdo: “¿Qué esperas para ser feliz?”. Al
P. Juan Pedro le saludé y le vi por tercera
vez en ese congreso; fue el primer sacerdote legionario
de Cristo que conocí y quedé muy impresionado.
Durante la plática acompañé al padre al
estrado y me quedé a escucharle. Hablaba de muchas
cosas: anécdotas, historias de jóvenes, de Cristo, de cuánto nos
ha amado Dios; hablaba del verdadero sentido de la
vida, de tener a Dios que es amigo, que está
contigo en las buenas y en las malas. Yo
escuchaba todo y lo absorbía como tierra seca, sedienta
de Dios, sentía que las palabras entraban en mi corazón
en ese momento, sin dificultad. Mi corazón ardía por
lo que decía, el Espíritu Santo me estaba iluminando.
Me decía a mí mismo: “Yo quiero hacer lo mismo,
mi felicidad está en Dios y en la entrega
y amor a los demás sin duda, ¿pero cómo?, ¿qué
hago?”.
No podía negar que
me daba mucha felicidad el servir a los que sufren,
en ayudar a los demás, a los pobres, no
sólo de bienes materiales, sino también espirituales. Yo quería
hacer lo mismo, pero no podía pensar en ser sacerdote.
Eso estaba a años luz. Me conmovía ayudar a
los enfermos, a los adolescentes, a los que sufrían por
desorientaciones, vicios, etc. Era un joven normal, con sus
carencias, confusiones de fe, pero con grandes deseos de
ayudar, de hacer el bien… Pero me decía en ese
momento a mí mismo: “Sacerdote no…, eso sí que
no, no me veo vestido así, olvídalo, Luis”. La vida
que yo llevaba, fiestas, bailes y un amor juvenil
no me lo podía permitir. Me sería dificilísimo, impensable;
definitivamente no quería pensar en esa opción. Yo vivía
para disfrutar de todo, tenía prisa de vivir y mi
vida no podría ser otra, y en ese momento
no parecía que un día podría ser otra. Al
día siguiente, me topé con el P. Gabriel, el responsable
de la pastoral juvenil del movimiento
Regnum Christi en
mi ciudad. Con él habíamos organizado el congreso. Me
dijo, sin imaginar la confusión interior que tenía dentro,
que venía del aeropuerto de dejar al P. Juan Pedro,
que me mandaba decir que le dio gusto verme
tan bien, trabajando por Jesucristo, que al final de
la vida lo que nos llevamos al cielo es lo
que hacemos por los demás, nuestros hermanos los hombres
y por Dios. En ese momento, se me hizo un
nudo en la garganta y rompí a llorar, pues
sentía mucha confusión, quería estar más cerca de Cristo, dedicar
mi vida a sus cosas y a los demás,
y al mismo tiempo quería escapar del compromiso con
Dios y vivir sólo para mí mismo y para mis
gustos y caprichos. Ahí decidí abrirle mi alma al
P. Gabriel, presentarle mis inquietudes y así juntos comenzamos un
camino de discernimiento vocacional, para descubrir si era eso
lo que Dios quería de mí.
Rema mar
adentro, Luis Al principio no me
atreví a entrar en el noviciado. Fui una vez a
conocerlo, y me regresé inmediatamente. Me di un año
para pensarlo mejor, pero en el fondo evitaba el compromiso
y me faltaba generosidad. A medida que pasaba el
tiempo, el ver tantos jóvenes lejos de Dios y
tantos otros necesitados de orientación, incluso yo mismo, comencé a
tomar más en serio el trabajo espiritual y a
decidirme a dar una respuesta al llamado. Dios me
llamaba constantemente por medio de los sufrimientos humanos. Era una
especie de voz interna que me decía “¿Y tú
no me ayudas, Luis?”. Ante esto, yo le decía:
“Dile a otro, ¿por qué yo?”. Fue así como muchas
veces “le saqué la vuelta” a Dios. Pero el
día que me decidí a ser generoso, a darle
a Dios la oportunidad y probar, fue el más feliz
de mi vida. Me costaba mucho dejar a mi
familia, amigos, amigas, posible novia, etc. Pero una profunda
paz invadió el interior de mi alma. Cristo era ahora
el capitán del barco, y me decía: ¡Rema mar
adentro! Qué bueno es Dios. Hasta ahora continúo diciéndome:
“Dar el amor de Cristo a los hombres, es lo
más hermoso que uno puede hacer en la vida”.
EL
P. LUIS FERRARIS CORELLAnació en Hermosillo, Sonora, el
30 de julio de 1977. Estudió en el centro escolar
Campo Grande, dirigido por la Prelatura del Opus
Dei. Cursó cuatro semestres de la carrera de Administración de
Empresas en la Universidad del Noroeste. El 15 de
septiembre de 1999 ingresó en el noviciado de la
Legión de Cristo en Monterrey, México. Cursó los estudios
humanísticos en Salamanca, España. Realizo sus estudios de filosofía en
Brasil y Estados Unidos. Trabajo en la secretaría de
la dirección territorial de Brasil y en los clubes
juveniles en São Paulo. Estudió teología en el Ateneo
Pontificio Regina Apostolorum en Roma. Actualmente está trabajando en
la pastoral familiar y promoción vocacional en Brasil.

Los testimonios vocacionales de los legionarios
de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal en el año
2010 han sido publicados en el libro "Desde el
corazón de Cristo". |