Búsqueda      Idioma 
     

¿Por qué no soy feliz? (Artículo)
P. Manuel Álvarez Vorrath, LC, nuevo director territorial en el territorio de Italia (Artículo)
Persigue tus sueños, no dejes de luchar (Artículo)
¿Qué hacen los hipócritas?
2014-10-17 (Artículo)
Brigada Internacional África 2014 (Artículo)

La llave es el amor
ITALIA | RECURSOS | TESTIMONIOS-LEGIONARIOS
Testimonio vocacional del P. Valentin Gögele L.C.

P. Valentin Gögele L.C.
P. Valentin Gögele L.C.


Un mes después de haberme ido al noviciado, en febrero de 2000, mi hermano mayor Thomas, vino a visitarme con dos amigos y el firme propósito de sacarme de allí. Nuestros caminos nunca habían tenido muchos paralelos y al irme así repentinamente de casa, sin decirle mucho, dejé al primogénito con un mal sabor de boca. Además Thomas nunca había conocido de cerca a los legionarios de Cristo, así que sentía la obligación moral de ver en las garras de qué tipo de organización sospechosa había caído su hermanito.


Allí estaba, pues, mi hermano, plantado en la puerta con una cara de interrogación y acusación a la vez. El momento era pésimo para hablar de Dios y el mundo como él deseaba, pues yo estaba a punto de salir a la parroquia cercana para ayudar en la pastoral juvenil. Entonces le dije: “Mira, voy saliendo de casa. Me da pena, pero no tengo tiempo ahora. Lo que puedes hacer con tus amigos, mientras tanto, es meterte a la plática de este sacerdote aquí que justo hoy habla a unos jóvenes sobre el sentido de la vida y unas cuantas cositas más. Luego, en cuanto vuelva, nos sentamos y platicamos cuanto quieras y de lo que quieras, ¿vale?” Todavía ni el uno ni el otro sabíamos de los planes que Dios tenía también para él.


Südtirol


Los años de la infancia y de la primera juventud los viví felizmente en la región de Südtirol, al norte de Italia y en la frontera con Austria. De hecho mi lengua materna es el alemán, y en esta región se habla mayormente este idioma. Un lugar de preciosos valles y paisajes montañosos, ideal para esquiar o hacer excursiones a las montañas, como cuando escalé en dos días de camino y a pies descalzos una montaña de tres mil metros. Ideal también para todo tipo de deportes de invierno, como el “Eisstockweitschießen” (lanzamiento del “Eisstock”, un disco con mango, sobre hielo), una disciplina deportiva en la que fui campeón nacional varias veces. Siempre me gustaron los deportes y no dejé pasar ni una sola oportunidad para jugar sobre todo fútbol. De hecho fui seleccionado tres
P. Valentin Gögele L.C.
veces para jugar en el equipo juvenil de la región Südtirol y con él participé en varios torneos internacionales. Ahí tuve también la gran dicha de crecer en un ambiente de parroquia y de amigos muy buenos, verdaderos compañeros de lucha en todo. Organizábamos campamentos e innumerables otras actividades de las más variadas para los niños de nuestro pueblo. Puedo decir que ya allí, en este ambiente de sana convivencia con los jóvenes que en la vida parroquial nos precedían y con los compañeros de mi edad pude aprender del ejemplo de todos ellos que dar es definitivamente mejor que recibir.


Con María empezó todo


Soy el segundo de cuatro hijos de una familia que está con los pies bien arraigados en la vida, pero que desde hace mucho tiempo tiene su corazón puesto en Dios y en sus cosas. Mis papás han tenido una conversión profunda ya hace casi 25 años en Medjugorje. A partir de allí empezamos a rezar diariamente el rosario en familia y ellos llegaron a ir todos los días a misa. Pero no era todo. Mis padres no podían ya quedar indiferentes ante la llamada de Dios de participar más activamente en su obra de salvación de los hombres. Desde los años ‘90, mis papás han organizado cientos de peregrinaciones, de retiros, de ciclos de conferencias y miles de personas –de nuestra pequeña región en el norte de Italia, pero también de muchas partes de Alemania, Austria y Suiza– se han beneficiado de este trabajo apostólico. Lo que había comenzado como una suave llamada personal de María, reina de la paz y del amor, a llegar a ser sus hijos fieles y agradecidos con ella, terminó en la entrega, prácticamente a tiempo completo, a Dios y a la instauración de su Reino en los corazones de los hombres. Un desarrollo que iba a tocar también la vida de toda la familia.


Uno de los setecientos


Así fue que inevitablemente también nosotros los hijos fuimos adentrándonos cada vez más en la belleza de la fe y de una vida cristiana vivida en todas sus facetas. La misa dominical era lo más normal, el rosario diario era ya una tradición familiar –aunque a veces hacíamos de todo para escaparnos o por lo menos abreviarlo– y de vez en cuando una peregrinación mariana. Al planear las vacaciones anuales hasta bromeábamos: “¿A cuál ‘lugar santo’ vamos a ir este año?”


Ciertamente conocimos también muchos sacerdotes en todos estos años. En Pascua del 1993 mi mamá tenía la gran idea de mandarme con uno de ellos a una peregrinación a Roma. Tenía yo trece años y pocas ganas de pasar mis vacaciones con un cura de unos setenta años. Menos ganas tuve aún al ver en la estación de tren solamente a un joven más que iba a acompañarnos en esta ‘peregrinación juvenil’.


Pero Don Franz no dejó que nada turbara su alegría y su ilusión. Era (¡y todavía lo es!) un sacerdote verdaderamente extraordinario. Vivía por cada uno de sus jóvenes y hacía todo lo que estuviera en su poder para que cada uno se encontrara personalmente con Jesucristo. Con él vi por la primera vez la ciudad eterna y hasta pude saludar personalmente al Santo Padre, el Papa Juan Pablo II en una misa en la Basílica de San Pedro. Pero lo que iba a cambiar mi vida –y Don Franz lo presentía ya desde hace mucho tiempo– fue mi primer contacto con los padres y hermanos de los legionarios de Cristo. Nos alojábamos en su centro, con ellos convivíamos, rezábamos y jugábamos y a través de ello Dios iba encendiendo en mi corazón la llama de la vocación sacerdotal.


Solamente diez años más tarde, Don Franz me contó su secreto. Desde hace mucho tiempo llevaba una lista que llegaba a contener hasta setecientos nombres de chicos y chicas de todo el mundo. Eran almas que él había encontrado en su vida y por las cuales estaba rezando y sacrificándose, convencido que Dios tenía un plan para cada uno de ellos. Todos los días se levantaba a las dos y media o tres de la madrugada para repasar hasta el amanecer a cada uno de sus amigos, rezando por ellos y enviándoles su bendición sacerdotal. Solamente en el período del año jubilar del 2000, treinta de ellos habían dado pasos decisivos para seguir al Señor en la vida sacerdotal o religiosa. Dos de ellos venían de mi familia. ¡Lo que puede lograr la fe, la oración y el celo sacerdotal de un solo sacerdote!


Siete años de lucha


Vinieron los años más difíciles, la adolescencia: además de muchísimo deporte aumentaron los amigos, las fiestas, los viajes, y no pocas veces me era difícil mantenerle a Dios en el primer lugar de mis valores e ideales. Sin embargo Él nunca se apartó de mí.


Por aquél entonces nos visitaba con cierta frecuencia el hermano Timothy, un joven seminarista americano –ahora ya sacerdote legionario. Un día, cuando tenía quince años me invitó a darle una oportunidad a Dios para que Él pueda decirme si me invitaba quizás a ser sacerdote. Pero yo le decía llano y tondo: “No, no quiero hacer esta experiencia del verano en el seminario menor que me propone.” Sorprendido de mi respuesta tan tajante, mi amigo volvía a insistir, preguntándome por mis razones. Entonces fui yo mismo el que me quedé sorprendido de mi propia respuesta: “Pues si voy allá estoy seguro que Dios querrá que me quede.” No pude creer lo que acababa de decir. Fue la primera vez que admitía públicamente sentir el llamado de Dios a ser sacerdote. Pero lo que más me inquietó y maravilló al mismo tiempo era que el H. Timothy respetaba mi decisión y no volvió de hablarme del tema. Mi lucha interior con Dios –y muchas veces tan solitaria– había empezado.


El gran dilema


¿Tendré vocación? ¿Sí o no? Mientras tanto yo seguía con mis propios planes. Terminé el colegio y empecé los estudios de ingeniería en Austria. Me encantó la vida allá: más libertad, más amigos, más fiestas. Al mismo tiempo se me planteó por primera vez en serio la pregunta: ¿Quiero verdaderamente vivir una auténtica vida cristiana, aún ahora que vivo solo? Pues mis papás están lejos y no pueden sacarme de la cama el domingo por la mañana para ir a misa. Además está el alcohol, las chicas, las fiestas y muchas otras diversiones que de ningún modo están en sintonía con los ideales y valores que en todos estos años habían regido la vida de mis padres y la mía también.


Experimentaba el dilema del corazón que por un lado quiere ser generoso con Dios, sabiendo en su conciencia lo que a Él debe y lo que Él con creces regresará y que por otro lado está en el mundo con sus atracciones, inclinaciones y pasiones que prometen una vida menos exigente, vivida sin mayores complicaciones, libre de todo tipo de coacción aparentemente malsana. Sentía mi conciencia como el fardo más grande que Dios había colgado de mi cuello.


En medio de esta lucha fue cuando comenzó una hermosísima amistad con el Señor que poco a poco me iba mostrando la manera de como poder conjugar por una parte una vida cristiana auténtica con todos los compromisos a veces difíciles de meter en práctica y por otro lado las ganas de vivir, de estar alegre, de disfrutar también las cosas del mundo con todo lo bello y bueno que conllevan. La llave que el buen Dios me iba mostrando poco a poco fue el amor. Amarle a Él y seguir sus indicaciones con la firme convicción que siempre quiere lo mejor para mí; esto fue lo que me cambió los esquemas y me ayudó conquistar la coherencia y la alegría auténtica en la vivencia de mi fe católica. Ahora sí que la voz de mi conciencia me empezaba a sonar cada vez más dulce, respetando en todo mi libertad, y dejaba de ser un fardo pesado.


Mirándome directamente a los ojos


En septiembre del 1999, el hermano Martin Baranowski, otro religioso de la comunidad de los legionarios, me hizo de nuevo una invitación no poco atractiva: si me gustaría acompañarle a él y a unos 50 niños en un viaje a Roma para el inicio del gran jubileo del año 2000. Le dije que sí a la primera, sin pensarlo mucho, pues a mí desde siempre me han encantado los niños y me encantaba también la idea de volver a la ciudad eterna. Lo que era problemático –para un joven rebelde de veinte años como yo– eran las fechas, justo los días del cambio de milenio. Y mientras más se acercaba la fecha, más posibilidades se me ofrecían –una mejor que la otra– para entrar con pompa en el nuevo milenio, y más excusas buscaba yo para decir que no al viaje a Roma sin encontrar al final ninguna. Esta vez los fuegos artificiales estarían reservados al Señor mismo. Y no viéndolos desde fuera, sino experimentándolos en el más profundo de mi corazón.


Uno de los momentos clave de este viaje a Roma fueron las ordenaciones sacerdotales en el seminario de los legionarios de Cristo. ¡Cuán grande fue mi sorpresa cuando vi entre los 23 diáconos que iban a ser ordenados el 1 de enero de 2000 una cara tan familiar! Era el P. Timothy, aquel amigo que desde hace años ya no le había visto. “¡Qué alegría poder presenciar ahora su ordenación!”, pensé con gratitud. Quería saborearla de manera especial y me separé en la capilla del grupo de los niños, buscándome un rincón apartado. Pero el Señor allí me halló. No pude esconderme de su Amor que desde toda una eternidad me estaba buscando.


Presencié con interés las primeras partes de la celebración, las lecturas, la llamada de los que iban a ser ungidos y la homilía. Luego llegó el momento de la postración en el suelo. Las voces de la comunidad se levantaron al unísono, invocando la intercesión de todos los santos. Los diáconos postrados en el piso parecían cristalizados. Se palpaba que en este momento todo el cielo y la tierra estaban dando gloria a Dios, invocando su gracia y bendición sobre los futuros sacerdotes. La solemnidad del momento provocó una especie de piel de gallina por mi cuerpo entero y –no sé de donde, no sé por qué– en mi mente, en mi alma hubo una sola pregunta que una y otra vez retumbaba en mi interior: “¿Y por qué no son 24?” Fue en este momento que el Señor pasó también por la ribera de mi vida. Me vio, me miró, me amó y me llamó. Me dijo: “No tengas miedo. Yo te haré pescador de hombres. ¡Sígueme!” Fue su llamada definitiva.


Luego todo fue muy rápido y dos semanas después ya estaba como huésped y luego como candidato en el noviciado de la congregación en Gozzano, cerca de Milán en el norte de Italia. Fue justamente allí donde un mes más tarde el Señor tendría su cita también con mi hermano Thomas que el mismo verano del 2000 entró al noviciado. Pero esta historia corresponde a él contarla.


Hoy –diez años más tarde– no quiero, no puedo imaginarme otra cosa más hermosa para mi vida que la de poder ser su sacerdote, su pescador de hombres, administrando su gracia y su perdón.


EL P. VALENTIN GÖGELE nació en Meran, en la región de Südtirol (Italia), el 20 de diciembre del 1979. Después de terminar el bachillerato en su ciudad natal, empezó sus estudios de ingeniería en Viena (Austria). El 5 de mayo de 2000 ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en Gozzano (Italia). Después de su primera profesión religiosa en septiembre del 2001 cursó los estudios humanísticos en Salamanca (España). Luego concluyó su bachillerato de filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Durante tres años fue asistente del maestro de novicios en el centro del noviciado de Bad Münstereifel (Alemania). Volvió a Roma para estudiar el bachillerato en teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Desde su ordenación en junio 2010 es gerente del centro del noviciado de Bad Münstereifel y formador del centro vocacional que se encuentra en la misma sede.









Los testimonios vocacionales de los legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal en el año 2010 han sido publicados en el libro "Desde el corazón de Cristo".


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2010-12-23


 

 


 



Síguenos en :   
Auspiciada por la congregación de los Legionarios de Cristo y el Movimiento Regnum Christi , Copyright 2014 , Legión de Cristo. Todos los derechos reservados.

¿Deseas agregarLa llave es el amor a tus favoritos?
  -    No