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| P. Valentin Gögele L.C. | |
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Un mes después de haberme ido al noviciado, en
febrero de 2000, mi hermano mayor Thomas, vino a
visitarme con dos amigos y el firme propósito de sacarme
de allí. Nuestros caminos nunca habían tenido muchos paralelos
y al irme así repentinamente de casa, sin decirle
mucho, dejé al primogénito con un mal sabor de
boca. Además Thomas nunca había conocido de cerca a los
legionarios de Cristo, así que sentía la obligación moral
de ver en las garras de qué tipo de
organización sospechosa había caído su hermanito.
Allí estaba, pues, mi hermano, plantado en la puerta
con una cara de interrogación y acusación a la
vez. El momento era pésimo para hablar de Dios y
el mundo como él deseaba, pues yo estaba a
punto de salir a la parroquia cercana para ayudar
en la pastoral juvenil. Entonces le dije: “Mira, voy saliendo
de casa. Me da pena, pero no tengo tiempo
ahora. Lo que puedes hacer con tus amigos, mientras
tanto, es meterte a la plática de este sacerdote aquí
que justo hoy habla a unos jóvenes sobre el
sentido de la vida y unas cuantas cositas más. Luego,
en cuanto vuelva, nos sentamos y platicamos cuanto quieras
y de lo que quieras, ¿vale?” Todavía ni el
uno ni el otro sabíamos de los planes que Dios
tenía también para él.
Südtirol
Los años de la infancia
y de la primera juventud los viví felizmente en la
región de Südtirol, al norte de Italia y en
la frontera con Austria. De hecho mi lengua materna
es el alemán, y en esta región se habla mayormente
este idioma. Un lugar de preciosos valles y paisajes
montañosos, ideal para esquiar o hacer excursiones a las
montañas, como cuando escalé en dos días de camino y
a pies descalzos una montaña de tres mil metros.
Ideal también para todo tipo de deportes de invierno,
como el “Eisstockweitschießen” (lanzamiento del “Eisstock”, un disco con
mango, sobre hielo), una disciplina deportiva en la que
fui campeón nacional varias veces. Siempre me gustaron los deportes
y no dejé pasar ni una sola oportunidad para
jugar sobre todo fútbol. De hecho fui seleccionado tres
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veces para jugar en el equipo juvenil de la región
Südtirol y con él participé en varios torneos internacionales.
Ahí tuve también la gran dicha de crecer en
un ambiente de parroquia y de amigos muy buenos, verdaderos
compañeros de lucha en todo. Organizábamos campamentos e innumerables
otras actividades de las más variadas para los niños
de nuestro pueblo. Puedo decir que ya allí, en
este ambiente de sana convivencia con los jóvenes que en
la vida parroquial nos precedían y con los compañeros
de mi edad pude aprender del ejemplo de todos
ellos que dar es definitivamente mejor que recibir.
Con María empezó todo
Soy el segundo de cuatro hijos de una familia
que está con los pies bien arraigados en la
vida, pero que desde hace mucho tiempo tiene su corazón
puesto en Dios y en sus cosas. Mis papás
han tenido una conversión profunda ya hace casi 25 años
en Medjugorje. A partir de allí empezamos a rezar
diariamente el rosario en familia y ellos llegaron a
ir todos los días a misa. Pero no era todo.
Mis padres no podían ya quedar indiferentes ante la
llamada de Dios de participar más activamente en su
obra de salvación de los hombres. Desde los años ‘90,
mis papás han organizado cientos de peregrinaciones, de retiros,
de ciclos de conferencias y miles de personas –de
nuestra pequeña región en el norte de Italia, pero
también de muchas partes de Alemania, Austria y Suiza– se
han beneficiado de este trabajo apostólico. Lo que había
comenzado como una suave llamada personal de María, reina
de la paz y del amor, a llegar a ser
sus hijos fieles y agradecidos con ella, terminó en
la entrega, prácticamente a tiempo completo, a Dios y
a la instauración de su Reino en los corazones de
los hombres. Un desarrollo que iba a tocar también
la vida de toda la familia.
Uno de los setecientos Así
fue que inevitablemente también nosotros los hijos fuimos adentrándonos cada
vez más en la belleza de la fe y
de una vida cristiana vivida en todas sus facetas.
La misa dominical era lo más normal, el rosario diario
era ya una tradición familiar –aunque a veces hacíamos
de todo para escaparnos o por lo menos abreviarlo–
y de vez en cuando una peregrinación mariana. Al planear
las vacaciones anuales hasta bromeábamos: “¿A cuál ‘lugar santo’
vamos a ir este año?”
Ciertamente conocimos también muchos sacerdotes en todos estos años.
En Pascua del 1993 mi mamá tenía la gran
idea de mandarme con uno de ellos a una peregrinación
a Roma. Tenía yo trece años y pocas ganas
de pasar mis vacaciones con un cura de unos
setenta años. Menos ganas tuve aún al ver en la
estación de tren solamente a un joven más que
iba a acompañarnos en esta ‘peregrinación juvenil’.
Pero Don Franz no dejó que nada turbara
su alegría y su ilusión. Era (¡y todavía lo
es!) un sacerdote verdaderamente extraordinario. Vivía por cada uno de
sus jóvenes y hacía todo lo que estuviera en
su poder para que cada uno se encontrara personalmente
con Jesucristo. Con él vi por la primera vez la
ciudad eterna y hasta pude saludar personalmente al Santo
Padre, el Papa Juan Pablo II en una misa
en la Basílica de San Pedro. Pero lo que iba
a cambiar mi vida –y Don Franz lo presentía
ya desde hace mucho tiempo– fue mi primer contacto con
los padres y hermanos de los legionarios de Cristo.
Nos alojábamos en su centro, con ellos convivíamos, rezábamos
y jugábamos y a través de ello Dios iba
encendiendo en mi corazón la llama de la vocación sacerdotal.
Solamente diez años más tarde,
Don Franz me contó su secreto. Desde hace mucho tiempo
llevaba una lista que llegaba a contener hasta setecientos
nombres de chicos y chicas de todo el mundo.
Eran almas que él había encontrado en su vida y
por las cuales estaba rezando y sacrificándose, convencido que
Dios tenía un plan para cada uno de ellos.
Todos los días se levantaba a las dos y media
o tres de la madrugada para repasar hasta el
amanecer a cada uno de sus amigos, rezando por
ellos y enviándoles su bendición sacerdotal. Solamente en el período
del año jubilar del 2000, treinta de ellos habían
dado pasos decisivos para seguir al Señor en la
vida sacerdotal o religiosa. Dos de ellos venían de mi
familia. ¡Lo que puede lograr la fe, la oración
y el celo sacerdotal de un solo sacerdote!
Siete años de lucha
Vinieron los años más difíciles, la adolescencia: además
de muchísimo deporte aumentaron los amigos, las fiestas, los
viajes, y no pocas veces me era difícil mantenerle
a Dios en el primer lugar de mis valores e
ideales. Sin embargo Él nunca se apartó de mí.
Por aquél entonces nos visitaba
con cierta frecuencia el hermano Timothy, un joven seminarista
americano –ahora ya sacerdote legionario. Un día, cuando tenía
quince años me invitó a darle una oportunidad a Dios
para que Él pueda decirme si me invitaba quizás
a ser sacerdote. Pero yo le decía llano y tondo:
“No, no quiero hacer esta experiencia del verano en
el seminario menor que me propone.” Sorprendido de mi
respuesta tan tajante, mi amigo volvía a insistir, preguntándome
por mis razones. Entonces fui yo mismo el que me
quedé sorprendido de mi propia respuesta: “Pues si voy
allá estoy seguro que Dios querrá que me quede.”
No pude creer lo que acababa de decir. Fue la
primera vez que admitía públicamente sentir el llamado de
Dios a ser sacerdote. Pero lo que más me
inquietó y maravilló al mismo tiempo era que el H.
Timothy respetaba mi decisión y no volvió de hablarme
del tema. Mi lucha interior con Dios –y muchas
veces tan solitaria– había empezado.
El
gran dilema ¿Tendré vocación? ¿Sí
o no? Mientras tanto yo seguía con mis propios planes.
Terminé el colegio y empecé los estudios de ingeniería
en Austria. Me encantó la vida allá: más libertad,
más amigos, más fiestas. Al mismo tiempo se me planteó
por primera vez en serio la pregunta: ¿Quiero verdaderamente
vivir una auténtica vida cristiana, aún ahora que vivo
solo? Pues mis papás están lejos y no pueden
sacarme de la cama el domingo por la mañana para
ir a misa. Además está el alcohol, las chicas,
las fiestas y muchas otras diversiones que de ningún modo
están en sintonía con los ideales y valores que
en todos estos años habían regido la vida de
mis padres y la mía también.
Experimentaba el dilema del corazón que por un lado
quiere ser generoso con Dios, sabiendo en su conciencia
lo que a Él debe y lo que Él con
creces regresará y que por otro lado está en
el mundo con sus atracciones, inclinaciones y pasiones que
prometen una vida menos exigente, vivida sin mayores complicaciones, libre
de todo tipo de coacción aparentemente malsana. Sentía mi
conciencia como el fardo más grande que Dios había
colgado de mi cuello.
En
medio de esta lucha fue cuando comenzó una hermosísima amistad
con el Señor que poco a poco me iba
mostrando la manera de como poder conjugar por una parte
una vida cristiana auténtica con todos los compromisos a
veces difíciles de meter en práctica y por otro
lado las ganas de vivir, de estar alegre, de disfrutar
también las cosas del mundo con todo lo bello
y bueno que conllevan. La llave que el buen
Dios me iba mostrando poco a poco fue el amor.
Amarle a Él y seguir sus indicaciones con la
firme convicción que siempre quiere lo mejor para mí;
esto fue lo que me cambió los esquemas y me
ayudó conquistar la coherencia y la alegría auténtica en
la vivencia de mi fe católica. Ahora sí que la
voz de mi conciencia me empezaba a sonar cada
vez más dulce, respetando en todo mi libertad, y
dejaba de ser un fardo pesado.
Mirándome directamente a los ojos
En septiembre del 1999, el hermano Martin Baranowski, otro
religioso de la comunidad de los legionarios, me hizo
de nuevo una invitación no poco atractiva: si me
gustaría acompañarle a él y a unos 50 niños en
un viaje a Roma para el inicio del gran
jubileo del año 2000. Le dije que sí a la
primera, sin pensarlo mucho, pues a mí desde siempre
me han encantado los niños y me encantaba también
la idea de volver a la ciudad eterna. Lo que
era problemático –para un joven rebelde de veinte años
como yo– eran las fechas, justo los días del
cambio de milenio. Y mientras más se acercaba la fecha,
más posibilidades se me ofrecían –una mejor que la
otra– para entrar con pompa en el nuevo milenio,
y más excusas buscaba yo para decir que no al
viaje a Roma sin encontrar al final ninguna. Esta
vez los fuegos artificiales estarían reservados al Señor mismo.
Y no viéndolos desde fuera, sino experimentándolos en el
más profundo de mi corazón.
Uno
de los momentos clave de este viaje a Roma
fueron las ordenaciones sacerdotales en el seminario de los
legionarios de Cristo. ¡Cuán grande fue mi sorpresa cuando
vi entre los 23 diáconos que iban a ser ordenados
el 1 de enero de 2000 una cara tan
familiar! Era el P. Timothy, aquel amigo que desde hace
años ya no le había visto. “¡Qué alegría poder
presenciar ahora su ordenación!”, pensé con gratitud. Quería saborearla
de manera especial y me separé en la capilla del
grupo de los niños, buscándome un rincón apartado. Pero
el Señor allí me halló. No pude esconderme de
su Amor que desde toda una eternidad me estaba buscando.
Presencié con interés las primeras
partes de la celebración, las lecturas, la llamada de
los que iban a ser ungidos y la homilía. Luego
llegó el momento de la postración en el suelo.
Las voces de la comunidad se levantaron al unísono,
invocando la intercesión de todos los santos. Los diáconos postrados
en el piso parecían cristalizados. Se palpaba que en
este momento todo el cielo y la tierra estaban
dando gloria a Dios, invocando su gracia y bendición sobre
los futuros sacerdotes. La solemnidad del momento provocó una
especie de piel de gallina por mi cuerpo entero
y –no sé de donde, no sé por qué– en
mi mente, en mi alma hubo una sola pregunta
que una y otra vez retumbaba en mi interior: “¿Y
por qué no son 24?” Fue en este momento
que el Señor pasó también por la ribera de
mi vida. Me vio, me miró, me amó y me
llamó. Me dijo: “No tengas miedo. Yo te haré
pescador de hombres. ¡Sígueme!” Fue su llamada definitiva.
Luego todo fue muy rápido y dos
semanas después ya estaba como huésped y luego como
candidato en el noviciado de la congregación en Gozzano, cerca
de Milán en el norte de Italia. Fue justamente
allí donde un mes más tarde el Señor tendría su
cita también con mi hermano Thomas que el mismo
verano del 2000 entró al noviciado. Pero esta historia
corresponde a él contarla.
Hoy
–diez años más tarde– no quiero, no puedo imaginarme otra
cosa más hermosa para mi vida que la de
poder ser su sacerdote, su pescador de hombres, administrando
su gracia y su perdón.
EL P. VALENTIN GÖGELE nació
en Meran, en la región de Südtirol (Italia), el
20 de diciembre del 1979. Después de terminar el
bachillerato en su ciudad natal, empezó sus estudios de
ingeniería en Viena (Austria). El 5 de mayo de 2000
ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en
Gozzano (Italia). Después de su primera profesión religiosa en
septiembre del 2001 cursó los estudios humanísticos en Salamanca
(España). Luego concluyó su bachillerato de filosofía en el
Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Durante tres años fue asistente
del maestro de novicios en el centro del noviciado
de Bad Münstereifel (Alemania). Volvió a Roma para estudiar
el bachillerato en teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum.
Desde su ordenación en junio 2010 es gerente del
centro del noviciado de Bad Münstereifel y formador del centro
vocacional que se encuentra en la misma sede.
Los testimonios vocacionales de
los legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal en
el año 2010 han sido publicados en el libro "Desde el corazón de Cristo". |