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| P. Marco Aurélio Mauricio, L.C. | |
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Cuando fui ordenado diácono en la catedral de Rio
de Janeiro el 15 de agosto de 2010, después
de 16 años de formación, una amiga me preguntó qué
había sentido en este día y no supe qué
responder. Me sentía como un niño que recibió un regalo
que siempre soñó y no tiene palabras para expresar
su felicidad. Estuve tranquilo hasta el momento en que
formamos la fila para la procesión de entrada. Quería
que el tiempo parase o corriese más despacio… la solución
era gozar cada segundo. Empieza la misa, llega el
rito de la ordenación, nos postramos en el presbiterio
para implorar la ayuda de todos los santos y Dios
me escuchó… el tiempo se detuvo.
Donde todo empezó
Soy el mayor de tres hermanos y vengo de
una familia católica practicante. Mi mamá dice que nosotros,
sus hijos, somos un milagro de Dios. Cuenta que cuando
era pequeño me caí de cabeza del segundo piso
de nuestra casa; según el juicio médico yo me
quedaría con varias limitaciones físicas y psicológicas, pero a
los pocos días estaba corriendo por el hospital perseguido por
las enfermeras. Mi hermano Samuel es dos años menor
y también le pasó algo semejante, se puso muy
enfermo y ya estaba desahuciado cuando una señora que no
conocíamos se enteró del caso e indicó a mis
padres un médico que salvó la vida de mi
hermano. Era con quien más jugaba o peleaba, porque si
no estábamos haciendo una cosa era la otra, pero
de todas maneras nos queremos mucho.
El alma de la casa y mi padre
Mi madre es el alma de la
casa. Desde que recuerdo siempre estaba metida en algo
de la Iglesia: catequesis, grupos de oración, organización de eventos…
Le gusta colaborar en las iniciativas que ayuden a
las personas necesitadas. Casi siempre la acompañaba en todas
las actividades de la parroquia y sin que lo
supiéramos me estaba preparando el camino del llamado de Dios.
Como toda mujer es muy comunicativa pero también es
exigente, ¡tengo varios recuerdos al respecto! Sin embargo me
acuerdo todavía más de sus abrazos, besos y las muchas
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ocasiones que pasó rezando por cada uno de nosotros
hasta altas horas de la noche.
Mi padre es una persona muy responsable con
su trabajo y no lo deja hasta que lo
termina. También se preocupaba mucho por nuestra formación, sin medir
esfuerzos para ayudarnos en el colegio. Cuando estaba en
el seminario menor tenía dificultades con matemáticas, física y
química. Varios fines de semana mi papá viajaba hasta
Curitiba para poder repasar la materia conmigo y volvía a
casa para estar lunes temprano en el trabajo. Ayudaba
a mi madre también como catequista y en la
organización de actividades de la parroquia.
Al inicio todo normal Pasé
una infancia normal y muy divertida entre juegos, televisión (mi
“deporte” preferido), colegio, lecturas, casa, vida parroquial, viajes, paseos…
Como todo niño quería ser bombero, astronauta, policía, pero
nunca había pensado en ser sacerdote. Lo que me
llamaba la atención era la electrónica, por eso varias
veces exploté los enchufes de mi casa. Mi pasatiempo preferido
era ver televisión, principalmente buenas películas, hasta que llegaba
mi mamá y me mandaba a hacer la tarea
o a lavar vajilla.
Cuando
tenía once años Dios nos mandó un regalo muy grande:
mi hermana Monique. Mis tíos fallecieron y nosotros decidimos
adoptarla. Desde que ella había nacido siempre la quise
mucho. Recuerdo la primera vez que la conocí: mi tía
la puso en mis brazos y ella ya no
quiso dejarme. Nunca la consideré como mi prima, sino
como mi hermana. Hasta jugaba a las muñecas con ella
para hacerla feliz.
Los caminos de
Dios Descubrí mi vocación gracias
a dos familias amigas con hijos legionarios de Cristo.
También otros legionarios se hospedaban a veces en sus casas
cuando pasaban por nuestra ciudad. Cuando estaba en segundo
de secundaria, estas familias llamaron a mi casa diciendo
que iban a llevar a un padre que quería invitarme
a conocer un seminario. Cuando el P. Santiago Villafaña,
L.C. bajó del coche, me causó muy buena impresión
porque nunca había visto un padre vestido de “padre”. Mi
madre me dio su autorización de visitar el seminario
menor de Curitiba, porque en esa ciudad vivían todos
nuestros parientes, y porque confiaba en el consejo de
las dos familias amigas.
El
seminario menor de Curitiba está en el campo, retirado de
la ciudad, en un lugar hermoso. En la convivencia
de discernimiento vocacional no conocía a casi nadie, pero
eso se resolvió cuando empezaron las actividades. Jugamos, hubo
torneos, competiciones, paseos y rezábamos, asistíamos a misa, plática
espiritual. Para mí fue el mejor fin de semana de
mi vida.
La decisión más difícil
Muchos ya me preguntaron por
qué entré al seminario y qué me movió a tomar
esta decisión. Yo también me he hecho esa pregunta
varias veces durante estos últimos años y veo dos
cosas de esa convivencia vocacional que me marcaron y
fueron cruciales para mi decisión vocacional. La primera fueron los
mismos seminaristas: los vi como personas normales, alegres, que
jugaban, bromeaban y también rezaban. La segunda fue el
ambiente que reinaba ahí dentro, de sinceridad y caridad,
donde uno podía ser y actuar como realmente era sin
necesidad de aparentar. Estando ahí sentí que era ése
mi lugar.
La decisión no
fue fácil, me costó tener que dejar mi familia, principalmente
el estar lejos de mi hermana y de mis
padres. También les costó bastante a mis padres, no
obstante, ellos me apoyaron desde el inicio. Era el apoyo
que necesitaba en ese momento y fue lo que
me dio fuerza para perseverar porque los primeros meses
y los años siguientes estuvieron salpicados de dificultades, titubeos,
miedos y dudas. Ellos me enseñaron a enfrentar esas dificultades,
a ver los problemas como eran en realidad y
a tomar las decisiones correctas. Agradezco a Dios por
el apoyo que ellos me brindaron durante estos años.
La vida en la Legión de Cristo
Los dieciséis años de formación
que transcurrieron desde entonces estuvieron llenos de momentos de
alegrías y tristezas, de luchas y caídas, de oración y
reflexión; pero una certeza siempre brotaba en mi corazón:
era Dios quién me había llamado. El periodo de
formación ha sido un momento de maduración espiritual y
humana, pero el momento de la renovación de mi “sí”
a Dios fue en el periodo de prácticas apostólicas,
donde ayudé al P. Peter Shekelton, L.C. trabajando en
la pastoral juvenil y en la promoción vocacional en São
Paulo, Brasil. La gracia de poder trabajar con un
sacerdote celoso en su ministerio fue fundamental para mi
formación personal y mi decisión vocacional. Tuvimos momentos buenos
y momentos difíciles, pero a pesar de nuestras diferencias,
esto no fue obstáculo para que Dios actuase en mi
vida y en la de tantos jóvenes. Palpar en
primera persona la gracia de Dios actuando en sus vidas,
transformándoles desde dentro por medio de las misiones y
la participación en el Movimiento
Regnum Christi, es
afianzar la certeza de que sólo soy un instrumento de
Dios y que Él actúa a pesar mío.
Las raíces de un árbol De regreso a Roma intensifiqué mi preparación
espiritual y vocacional para el sacerdocio. Las raíces de
un árbol quedarán más robustas si pasa también por
días de viento y tempestad. El haberme enterado de los
hechos oscuros en la vida del fundador y las
repercusiones que esto tuvo al interno de la Legión de
Cristo, fue una de las pruebas más difíciles por
las que pasé. Parecía que el mundo se me
venía abajo, como que todo en lo que creía había
dejado de existir. Todas las seguridades humanas que había
tenido hasta este momento ya no estaban, habían desaparecido.
Al inicio no lo quise creer, porque me resultaba
imposible compaginar las dos realidades que se me presentaban delante:
el fundador que había conocido y la nueva cara
de la moneda. Cristo fue lo único que quedó
en pié. Estos últimos años han sido momentos de mucha
oración y cercanía a Cristo Eucaristía. Con Cristo sé
que podremos construir una Legión y un Movimiento
Regnum
Christi como Él quiere que sea, donde resplandezca la
verdad y la caridad. Para eso hace falta humildad,
reconocer nuestros errores, sanarlos y mirar hacia delante para hacer
crecer el Reino de Cristo en el corazón de
las almas que Dios vaya poniendo en nuestro camino.
Encontré mi lugar
Gracias a Dios durante los años de formación
conocí a varios sacerdotes legionarios de Cristo y otros
sacerdotes de otras congregaciones y sacerdotes diocesanos, así como
también obispos y cardenales que me fueron dando ejemplo de
cómo debería ser un sacerdote hoy. También tuve la
gracia de haber conocido y escuchado personalmente a los
papas Juan Pablo II y Benedicto XVI. Aprendí que el
sacerdote en primer lugar tiene que ser un hombre
de Dios, de oración, que hable más con Dios
que de Dios. En segundo lugar el sacerdote tiene que
ser un hombre entregado a su misión, que trabaje
sin reservarse nada para sí, pero un trabajo lleno
de amor a Dios y a su Iglesia. Y en
tercer lugar, un sacerdote tiene que ser una persona
alegre, porque si tiene a Dios en su corazón no
puede ser un hombre triste. Ése es el sacerdote
que quiero ser, porque encontré lo que estaba buscando.
EL
P. MARCO AURÉLIO MAURICIO nació en Joinville, Santa
Catarina (Brasil), el 21 de marzo de 1980. En 1994
ingresó al seminario menor en Curitiba, Paraná (Brasil). Hizo
un año de noviciado en Itu (Brasil) y su
segundo año en Medellín (Colombia). Emitió su profesión religiosa
en 1999. Realizó sus estudios humanísticos en el Centro de
Humanidades y Ciencias de Salamanca (España). Durante tres años
trabajó en la pastoral juvenil y promoción vocacional en
la ciudad de São Paulo (Brasil). Es licenciado en
filosofía y obtuvo el bachillerato en teología en el Ateneo
Pontificio Regina Apostolorum de Roma. Actualmente trabaja en la
pastoral juvenil en la ciudad de São Paulo.
Los testimonios vocacionales de los
legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal en el
año 2010 han sido publicados en el libro "Desde
el corazón de Cristo". |