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| P. Fernando Morales Lugo, L.C. | |
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Tenía unos nueve años cuando, durante unas vacaciones, me
encontré en una reunión de adolescentes protestantes, aun sin
ser uno de ellos. Yo era el más pequeño de
entre los cien muchachos presentes, y no distinguía muy
bien entre lo que era católico y lo que
no. El pastor de aquella asamblea nos contó cómo es
la vida de un predicador del evangelio y, después
de dirigir una oración, pidió que levantaran la mano
aquellos jóvenes a quienes les gustaría seguir ese estilo de
vida, como el suyo. Como si fuera lo más
normal, levanté muy entusiasta la mano. Nunca imaginé que
yo sería el único.
Entonces
el pastor me llamó aparte. “¿Cómo te llamas?, ¿quiénes son
tus padres?”, etc. Y no lograba identificarme. – “Pero…
¿asisten al templo los domingos?” – “Sí”, le dije.
– “Pero… ¿a cuál templo?” – “¡A María Inmaculada!”, respondí.
Qué decepción para aquel amable
señor. Sólo una vocación y… era católico. Se trataba
del primer síntoma de algo que llevaba tiempo incubándose dentro
de mí.
Una enfermedad crónica
¿Sacerdote? No había antecedentes de esta
“enfermedad” en el historial clínico de mi familia. Ni
un cura ni una monja. Una familia pequeña: papá, mamá,
una hermana mayor y yo… ¿cómo pude haberme contagiado?
A finales de 1978 fue
consagrada una nueva iglesia dedicada a María Inmaculada en
la ciudad de Mérida, Yucatán, mi ciudad natal. Se celebró
allí por primera vez la santa misa, y Dios
se hizo presente en su nueva casa. Poco después se
celebró allí el primer bautismo, y Dios se hizo
presente en una nueva alma, la mía. El agua
que aquel día corrió sobre mi cabeza estaba regando una
semilla que el Sembrador ya había plantado en mi
pobre tierra, pero que nadie podía sospechar en aquel
momento: la semilla de la vocación sacerdotal. Años después,
ante el mismo altar y de las manos del mismo
sacerdote, Mons. Álvaro García, recibí el Cuerpo y la
Sangre del Señor por primera vez, y luego muchas veces
más. Tiempo después comenzaron a notarse los brotes de
la semilla de Dios.
Mi
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adolescencia transcurrió en una gran cercanía a los grupos juveniles
de mi parroquia, misiones y catequesis en zonas rurales.
El responsable de estas actividades parroquiales, el padre Jorge
Herrera, era un sacerdote muy cercano y alegre que
me dio siempre un testimonio muy positivo del sacerdocio.
Tendría unos quince años cuando comencé
a frecuentar también un nuevo grupo de jóvenes que
pensaban en el sacerdocio, guiados por un sacerdote diocesano que
se caracterizaba por su gran bondad, el padre Javier
Bacelis.
Despistado… por gracia de Dios
Fue en 1996 cuando recibí
una invitación para participar en las misiones organizadas por
“Juventud Misionera” en Mérida. Allí escuché por primera vez
acerca de los Legionarios de Cristo y el Movimiento
Regnum
Christi. Asistí, y durante la misa conclusiva de las
misiones, el Domingo de Resurrección, por el micrófono pidieron que
pasasen adelante aquellos que iban a incorporarse al Movimiento
Regnum Christi, –yo del
Regnum Christi no sabía mucho
más que el nombre y que eran ellos quienes habían
organizado toda la misión– sin embargo vi que varias
personas se pusieron de pie. Entonces pensé que podían
pasar todos los que quisieran y me dirigí hacia
el altar. En realidad, los que se habían levantado lo
hicieron para dejar pasar a los cuatro jóvenes que
debían incorporarse al movimiento ese día. No sé si
fue por compasión, pero el padre Benito Aguilar me permitió
incorporarme allí mismo, y así inició mi vida en
el
Regnum Christi. Como aquella vez en que levanté
la mano en medio de la asamblea protestante, de
nuevo actué sin saber del todo de qué se trataba.
Menos mal que Dios sí lo sabía.
Contra todo pronóstico Se
acercaba el momento de entrar en la universidad, de escoger
una carrera. Siempre tuve una gran afición por la
informática –hasta el día de hoy– y quien me
conocía podía apostar que ese sería mi futuro. Sin embargo
para mí estaba claro que mi vida no la
dedicaría a eso. Había algo mucho más grande en mi
corazón, y ninguna profesión parecía satisfacerme.
Yo había estado siempre muy cercano a sacerdotes
diocesanos, en grupos parroquiales y estudiaba en un colegio
diocesano, fundado también por mi párroco. Sin embargo tenía
un amigo que había estudiado siempre con los legionarios
de Cristo, y había sido él quien me había invitado
a aquellas misiones. Él estaba pensando muy seriamente en
ser legionario de Cristo y decidí acompañarle al curso
de discernimiento vocacional en Monterrey.
Salí
de casa el 3 de julio de 1997, y
ya no volvería allí sino de visita. En ese
curso pude ver con más claridad el llamado de Cristo
a ser su legionario y, para mi sorpresa, mi
amigo descubrió que Dios le llamaba a ser sacerdote
diocesano. Años después nos reencontraríamos en Roma, estudiando en la
misma universidad, para servir a la Iglesia cada cual
en donde Dios le ha llamado.
Los años pasaron: noviciado y estudios de humanidades en
Salamanca, España; bachillerato de filosofía en Roma; tres años
de apostolado en el colegio Cumbres de Valencia, España;
licenciatura en filosofía y estudios de teología de nuevo
en Roma. Trece años que no han sido fáciles, pero
en los que nunca me ha faltado la gracia
de Dios, la ayuda de mis superiores y el apoyo
incondicional de mi familia.
Más
sorpresas de Dios Y por
fin llegó el gran día: la ordenación diaconal, que me
fue conferida por Mons. Emilio Berlié, arzobispo de Yucatán.
Dios quiso que la recibiera ante el mismo altar
en que me adoptó como su hijo por el bautismo
y que las mismas manos que me bautizaron y
me dieron por primera vez la comunión ahora me
ayudaran a vestirme con los ornamentos diaconales. Y, sin haberlo
planeado, fui ordenado diácono también un 3 de julio,
la misma fecha en que salí de casa para
seguir a Cristo.
Ahora, como
sacerdote, subiré al altar de Dios para levantar mis manos
en oración, por todos los hombres. Pido al Señor
que, al igual que mi párroco, yo también pueda
un día acompañar a las gradas del altar a alguno
de los niños que bauticen mis pobres manos.
EL
P. FERNANDO MORALES LUGO nació en Mérida, Yucatán (México),
el 27 de octubre de 1978. Estudió en el Instituto
Patria. Ingresó a la Legión de Cristo en Monterrey
(México) el 15 de septiembre de 1997 y días
después viajó a Salamanca, España, para hacer el noviciado. Cursó
un año de estudios humanísticos en el mismo centro
de Salamanca. Durante tres años fue administrador del colegio
Cumbres en Valencia (España). Es licenciado en filosofía por
el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Actualmente cursa los estudios
de licencia en teología en el mismo Ateneo. Recientemente
publicó, con la ayuda de otros legionarios, el libro
“100 historias en blanco y negro”, que recopila experiencias de
sacerdotes diocesanos y religiosos de diversas partes del mundo.
Los testimonios vocacionales
de los legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal
en el año 2010 han sido publicados en el libro
"Desde el corazón de Cristo". |