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| " P. Jorge Ranninger Hernández, L.C." | |
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El avión estaba despegando. La fuerza de las turbinas
hacía que sintiera una mayor presión contra el asiento.
Pero esa presión no tenía ni punto de comparación
con la que sentía interiormente. Miraba por las ventanillas. Las
señales de la pista pasaban cada vez con mayor
velocidad. No tenía con quien hablar. El silencio se
hizo notorio tanto dentro del avión como en mi interior.
Me dirigía a una ciudad, a un país, a
un continente completamente desconocido para mí. Una nueva aventura
estaba comenzando: la aventura de mi vida. Y finalmente las
ruedas del avión dejaron de tocar el suelo…
El último de seis hermanos
Soy el benjamín de la
casa. Pero no solamente eso. Soy el menor de seis
hermanos, todos varones. Y no por ser el más
pequeño fui el más consentido… Mi condición de benjamín
me ayudó a aprender siempre de mis hermanos mayores, a
quienes agradezco su ejemplo.
En
casa vivimos un ambiente muy familiar. Mis padres siempre
cuidaron que todos estuviéramos unidos. Eran raros los días
en que no comíamos todos juntos. Recuerdo con mucho
agradado como con frecuencia también venían mis amigos o
amigos de mis hermanos a casa. Siempre había alguien, con
lo que uno nunca se aburría.
Fue un clima maravilloso de unidad, de alegría,
de respeto, de ayuda y apoyo mutuo, de cercanía
con Dios y de mucha diversión. Obviamente con las discusiones
normales entre hermanos, pero nunca nada grave. Nuestros padres
nos enseñaron a vivir este ambiente familiar con su
propio ejemplo. Para ellos sus hijos siempre estaban en
primer lugar, por encima de ellos mismos. Una de las
cosas que aprendí de ellos es que ningún sacrificio
es demasiado grande cuando lo haces por aquellos a
quienes amas.
De mis hermanos,
qué decir. No ha habido nunca una dificultad o problema
que nos haya separado. Siempre hemos estado muy unidos,
a pesar de que en los juegos o deportes
había una gran competición. Y como hermano más pequeño, las
victorias no estaban fácilmente al alcance de la mano.
¡Pero cómo nos divertíamos! Recuerdo que en una ocasión
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formamos los seis hermanos un equipo de fútbol sala
y nos apuntamos a un torneo.
Agradezco a Dios este maravilloso don de mi familia,
donde nací, crecí, maduré, disfruté, pero principalmente donde empecé
a conocer y a amar a Dios.
En un momento inesperado No
hay un inicio concreto y sensible del llamado de
Dios en mi vida. Hubo diversos encuentros que apuntaban
en esta dirección, pero siempre he tenido la impresión
que todo comenzó como a los quince o dieciséis años
de una manera muy imperceptible.
Era un chico como cualquier otro. Los recuerdos que
guardo de ese tiempo son de disfrutar con mi
familia, el mundo del fútbol, los buenos ratos con los
amigos y el colegio. Mis padres cuidaron que Dios
no desapareciera de nuestras vidas. Nos llevaban a misa
los domingos y fomentaban también el que nos confesáramos
de vez en cuando. En casa siempre había algún momento
para dedicarle a Dios un pensamiento. Obviamente también hubo
algo de espacio para el estudio y demás actividades…
Pero el fútbol copaba mucho de mi tiempo.
Jugaba en varios equipos y los fines
de semana se repartían en gran parte entre partido
y partido. Con mis mejores amigos formábamos un equipo y
siempre reinó una diversión muy sana, pero al mismo
tiempo muy competitiva.
Recuerdo en
una ocasión, debió de ser como a los dieciséis años,
entre un partido y otro, un pensamiento llegó inesperadamente
a mi mente: todo el mundo tiene amigos. Yo
también. ¿Pero cuántos de los amigos que yo tengo son
verdaderos amigos, de esos que nunca fallan, que siempre
están ahí? Ahí empecé a pasar lista mentalmente. Sí,
tenía muchos amigos. Pero de esos, ¿cuántos eran de los
que nunca fallan? La lista se empezó a reducir
y se hizo muy pequeña. Quedaron muy pocos nombres.
Me quedé asombrado. Muy pensativo. Y de repente, sin tener
nada que ver, apareció un nombre nuevo en la
lista que me sacó de mis pensamientos. Estaba en
un estado de “no saber qué pensar”. No sabía qué
hacía ahí. Pero ahí estaba, en los primeros puestos
de la lista: Jesucristo.
Creo
que éste fue el inicio más consciente de mi relación
con mi mejor Amigo. A partir de aquí Jesús
empezó a subir puestos en la lista de amigos. Quería
llegar a ser el primero de la lista. Siempre
que le necesitaba, ahí estaba. Me acompañaba a todas
partes. Recuerdo hablar con Él en muchos momentos, hasta
durante algún partido de fútbol… Y le empecé a dedicar
los goles que metía.
Antes del
despegue Aunque no fue nada
sencillo, Jesucristo fue ganándole terreno al deporte y al fútbol
en mi vida. En mi interior sentía algo diferente,
que antes no había sentido o pensado. Quería ser
fiel a la amistad que Cristo me tenía. Estos pensamientos,
a mis dieciséis y diecisiete años, iban y venían.
Había confusión pero sobre todo algo de miedo. Lo
único que sabía es que la amistad con Cristo se
hacía cada vez más profunda.
Un día, no sé por qué y contra toda
mi voluntad, me lancé a hablar con un sacerdote
de mi parroquia, en Madrid. No quería hablar con nadie
del tema y tampoco le quería dar más importancia,
pero realmente necesitaba contarle a alguien lo que estaba
pasando en mi interior. El P. Ángel me acogió como
un verdadero padre. Su sencillez y su fidelidad a
Dios siempre fueron para mí el mejor consejo, consuelo,
compañero y guía. Él supo, de manera muy sencilla,
guiarme y destrabar mi corazón, para dejar que Cristo entrara.
Fuera del padre Ángel nadie sabía de esta experiencia
que iba creciendo dentro de mí.
El tiempo fue pasando y la inquietud se hacía
más profunda. Recuerdo que fui a una conferencia, no
sé de quién, y una de las reflexiones fue: ¿cómo
quisieras llegar al final de tu vida? Lo primero
que vino a mi mente fue: “Me gustaría que
al final pudiera decir: me he desgastado, he luchado, he
sufrido, lo he dado todo por algo que merezca
la pena.” Y en ese momento surgió otra vez la
sensación de la presencia de Cristo en mi corazón.
Cristo quería que fuera un amigo fiel de Él.
¡Y esto merecía la pena!
A
través de algunos de mis hermanos conocí a los
Legionarios de Cristo y los miembros del movimiento
Regnum
Christi. José María, un miembro consagrado y el P.
José Antonio, sacerdote legionario de Cristo, me fueron guiando,
hasta que después del primer año de carrera tomé la
decisión de consagrar mi vida a Dios en el
Regnum Christi.
Hablé con
mis padres y hermanos, que a pesar de la sorpresa
en ese momento, siempre me han guiado y apoyado
en mi vocación y entrega al Señor. Un 12 de
julio, día en que cumplía veinte años, mis padres
me llevaron al aeropuerto. Destino: la casa de los
consagrados que se encontraba del otro lado del Atlántico.
Después del despegue… la nueva aventura
En cuanto sentí que las
ruedas ya no tocaban el suelo, nuevamente en mi interior
Cristo se hacía presente y me agradecía la generosidad
que había tenido al lanzarme a esta nueva aventura
de consagrar mi vida totalmente a Él.
Llegué a la Ciudad de México, donde se
encuentra la casa de formación de los consagrados. El
15 de septiembre de 1996 consagré mi vida totalmente al
Señor en el Movimiento
Regnum Christi. En mi interior
tenía la certeza de que estaba correspondiendo a la
amistad de Cristo.
Pasé años
muy hermosos como consagrado, en México y posteriormente en Sudamérica.
Aprendí muchas cosas, hice muy buenas amistades, pero principalmente
crecí en mi amor al Señor. Iba aprendiendo que
Cristo nunca se deja ganar en generosidad. Que yo
podía ser generoso con Él pero Él siempre me iba
a ganar.
Después de ocho
años sentí que Dios me pedía que me preparara para
ser sacerdote. Estos años de preparación han sido maravillosos.
Con dificultades normales, con muchas alegrías, pero sobre todo
con Cristo, siempre muy cerca.
Al
final de todos estos años, sigo con la misma
certeza. Quiero llegar al final de mi vida, habiéndome
desgastado, luchado, sufrido, dado todo por algo que merezca
realmente la pena. ¡Y ser fiel a la amistad de
Cristo, realmente merece la pena!
EL P. JORGE RANNINGER
HERNÁNDEZ nació en Madrid, España, el 12 de julio
de 1976. Estudió en el Colegio Alemán de Madrid.
Se licenció en la carrera de Economía en la Universidad
Anáhuac de la Ciudad de México. El 15 de
septiembre de 1996 se consagró a Dios en el Movimiento
Regnum Christi. El 15 de septiembre de 2004 ingresó
en el noviciado de la Legión de Cristo en Salamanca,
España. Realizó los estudios de filosofía y teología en
el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en Roma. Como consagrado
fue formador en el Centro Estudiantil y posteriormente gerente de
la comunidad de consagrados en la casa de Medicina,
mientras estudiaba su carrera. Posteriormente fue asistente del director
territorial para los centros educativos en el territorio de
Sudamérica. Actualmente es el director de la sección de
jóvenes del Regnum Christi en la ciudad de Sevilla,
España y gerente del centro.
Los testimonios vocacionales de los legionarios de Cristo
que recibieron la ordenación sacerdotal en el año 2010 han
sido publicados en el libro "Desde el corazón de
Cristo". |