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Quién soy y qué estoy llamado a ser
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Testimonio vocacional del P. Michael Vanderbeek, L.C.

P. Michael Vanderbeek, L.C.
P. Michael Vanderbeek, L.C.


 “¿Habías pensado en ser sacerdote?” La verdad, sí. De hecho había estado dándole vueltas al pensamiento desde hacía tiempo, pero realmente nunca había resuelto la posibilidad hasta que me lo preguntaron directamente.


¿Otro doctor diácono?


Nací el día de la memoria de santa Teresa de Ávila, el 15 de octubre de 1975 en un pequeño pueblo en el norte de Nebraska (Estados Unidos). Tuve problemas al nacer, pues venía en mala posición, pero el “doctor diácono” me pudo doblar y ayudar a nacer primero por los pies probablemente un procedimiento que aprendió con becerros en su rancho. Mi mamá dice que hablaba mucho sobre querer ser sacerdote, pero también quería ser muchas otras cosas: astronauta, piloto de la Fuerza Aérea y doctor. Tenía unos siete u ocho años, cuando pregunté a mi mamá si los sacerdotes se pueden casar. Ella me explicó que los sacerdotes no se pueden casar, pero que un casado puede ser diácono. Esto parecía aclararlo todo: ¡sería otro doctor diácono! Esta aventura por mi identidad fue mi ocupación durante toda mi adolescencia hasta la preparatoria. Realmente estaba buscando algo a lo que me pudiera dar totalmente.


En busca de una identidad


Soy el más joven de 4 hijos y a pesar de que mido más de dos metros, soy el más bajo de todos. No es necesario decir que todos empezamos a botar balones de basquetbol poco después de empezar a caminar. Tan pronto como cumplimos la edad requerida, participamos en los campamentos locales de basquetbol. Mi papá nos entrenó desde la primaria, y cada uno comenzó en el equipo del colegio, al iniciar la preparatoria. Mi hermano llegó a jugar con la segunda división de basquetbol universitario, y a pesar de que yo también tenía potencial como jugador, no me sentía satisfecho, y tenía la profunda necesidad de una identidad que llenara mi corazón.


Estaba muy involucrado en actividades extracurriculares y estaba abierto a participar en casi todas las actividades que me interesaran. Cuando estaba en sexto de primaria comencé a aprender a tocar la batería. Toqué durante toda la preparatoria y fui elegido para la
P. Michael Vanderbeek, L.C.
orquesta estatal de Nebraska como percusionista. Durante mi primer año en la Universidad de Nebraska en Kearney (Estados Unidos), disfruté participando tocando el tambor de marcha en la banda. Pero sabía que no estaba hecho para ser percusionista.


Me gustaba cantar –y todavía me gusta– como un tipo de pasatiempo. Mi mamá estudió música y nos enseñó a todos a cantar desde que estábamos todavía en su vientre. Éramos como un tipo de familia Patridge que formaba un coro y cantaba en la iglesia para la misa de Navidad y de Pascua. Me gustaba cantar en los diversos coros escolares y me invitaban a participar en coros estatales. Sin embargo, no me consideraba un cantante. No podía imaginarme dedicando toda la vida a cantar.


Me gustaban los deportes, me gustaba tocar la batería, me gustaba cantar, pero estas cosas no definían mi persona. No me podían dar lo que estaba buscando. Estaba buscando una identidad, un propósito, algo por lo cual dedicar toda mi energía y vivir al mismo tiempo en plenitud.


La respuesta de Dios


Un día Dios me mando una respuesta. Estaba todavía en la Universidad de Nebraska estudiando comunicaciones y computación (otra cosa que me gustaba pero a lo que no quería dedicarme totalmente) becado al cien por ciento. Todo iba excelentemente bien en el área académica –tan bien que de hecho me gradué summa cum laude en 1998–. La industria de computadoras estaba floreciendo y los puestos de trabajo eran abundantes, pero elegí un trabajo local de menor paga, como administrador de sistemas en un banco: había algo todavía en mi mente que tenía que aclarar antes de continuar.


Hacía dos años que un sacerdote había entrado en mi vida, y me retó por primera vez a encontrar en Dios la identidad que buscaba. Era un legionario de Cristo. Lo conocí en un retiro local organizado por el Movimiento Regnum Christi. Me acuerdo haberlo visto celebrar misa. Cuando alzó la hostia en la consagración, me dije a mí mismo: “Este hombre sabe lo que es. Él tiene una identidad”. Él tenía lo que yo estaba buscando.


Pudimos conocernos mejor durante mis últimos años de universidad, y después me hizo la pregunta que cambió mi vida para siempre: “¿habías pensado alguna vez en ser sacerdote?”, y le respondí: “Sí”. No me di cuenta de lo que había dicho. Sonrió y me dijo: “Deberíamos de hablar de eso”. El pensamiento ya no estaba escondido en mi mente, sino que estaba abierto. Ahora había que solucionarlo.


Después de mucho pensarlo y de mucha oración, decidí ir al curso de verano de discernimiento vocacional de los Legionarios de Cristo en Cheshire, Connecticut. Sabía que no sería justo de cara a una futura esposa o de cara a mi familia dejar este asunto sin resolver. Fui al examen médico requerido, deseando secretamente que me encontraran alguna enfermedad (no tan seria) que evitara el ser aceptado al sacerdocio.


Finalmente llegué a Cheshire, pero después de seis días estaba convencido que no tenía vocación y debería volar a casa. El director del programa me sonrió y me preguntó si lo había consultado yo con el Señor a ver qué opinaba Él. Me di cuenta de que no yo había hecho ningún discernimiento serio y que más valía quedarme todo el verano. Poco a poco me fui danto cuenta de que Dios en realidad no quería forzar la vocación: me hizo una propuesta. Estaba ofreciéndome un plan que era un reto, que era hermoso, y mi respuesta debía ser de amor generoso, que sólo se puede dar libremente. Mi respuesta sería un regalo libre.


Dejé de discernir mi vocación como si estuviera yo escogiendo una nueva póliza de seguro o comprando un coche. Dejé de darle vueltas en mi cabeza y lo puse por fin en las manos de Dios. Me sentí como si me hubieran quitado un gran peso de encima. Comencé a darme cuenta de que Dios me había guiado hasta este punto y que sólo me pedía que lo siguiera dando un paso a la vez.


Y así es como entré por la puerta abierta a un viaje que ha durado once años. Y apenas es el inicio. Mi corazón está en paz, como dice san Agustín, porque está descansando en Dios. Finalmente puedo darme totalmente y sin reserva, sin temor a quedarme vacío o seco. Encontré lo que soy y lo que estoy llamado a ser.


EL P. MICHAEL VANDERBEEK nació el 15 de octubre de 1975 en Valentine, Nebraska (Estados Unidos). De 1994 a 1998 asistió a la Universidad de Nebraska en Kearney, donde logró el título de bachiller en sistemas computacionales con una especialización en administración de empresas. Ingresó el noviciado de los Legionarios de Cristo en Cheshire en 1999, donde estudió tres años. En el 2004 obtuvo el grado de bachiller en filosofía en Roma en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Del 2004 al 2007 trabajó como instructor de formación en la academia Canyon Heights en San José, California y en pastoral juvenil en la zona de San Francisco. En 2010 se graduó como bachiller en teología en Roma. Fue ordenado diácono el 7 de agosto de 2010 en Waterbury, Connecticut, Estados Unidos, donde actualmente trabaja con jóvenes, con base en Houston, Texas.









Los testimonios vocacionales de los legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal en el año 2010 han sido publicados en el libro "Desde el corazón de Cristo".


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2010-12-23


 

 


 



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