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Pincel en la mano de Dios
MÉXICO | RECURSOS | TESTIMONIOS-LEGIONARIOS
Testimonio vocacional del P. José Armando Vargas Gutiérrez, L.C.

P. José Armando Vargas Gutiérrez, L.C.
P. José Armando Vargas Gutiérrez, L.C.


Cuando era pequeño siempre quise ser pintor. Mis maestras y profesores de escuela debían vigilarme porque, al primer descuido, me ponía en plena clase a dibujar caballos, leones, bestias mitológicas, paisajes o incluso retratos de ellos mismos. Cuando cursaba cuarto de primaria, uno de mis profesores citó a mi madre para relatarle mis caricaturescas travesuras de artista prematuro. Mi profesor esperaba que mi madre me reprendiera –como bien merecía– al terminar de referir sus quejas, pero quedó sorprendido cuando mi madre, hojeando una y otra vez mis cuadernos de clase, declaró: “Bueno, hijo, voy a tener que meterte a clases de pintura, pues parece que eres bueno para eso”. No he podido agradecer a mi madre tanto acierto. Desde entonces comencé a realizarme como pintor: ingresé en una excelente escuela de pintura en mi ciudad, con Ana Julia Romero, reconocida pintora en México. Pintar fue siempre mi mejor pasatiempo, aunque no por eso dejé las fiestas, el deporte, las travesuras o el tener muchos amigos.


Hoy, después de veinte años, no he dejado de pintar por completo. Me toca seguir proyectando, aunque no únicamente en lienzos. Mi tarea es pintar de algún modo el Evangelio cuando hablo a una persona; pintar, como me sea posible, la imagen de Cristo en sus corazones. El Señor que da los talentos me quiso pintor para que ilustre hoy su Palabra que salva y resulta imposible no inspirarse en quien es “imagen visible de Dios invisible”: Jesucristo.


Muchos los llamados… y también los elegidos


Mis papás, Francisco y Gemma, tuvieron tres hijos de quienes yo soy el segundo (Francisco Tadeo, yo y Héctor Miguel). Una familia de hondos valores cristianos y de asidua práctica religiosa.


Mi abuelo materno fue soldado cristero y enfrentó a las fuerzas federales del ejército mexicano cuando, siendo él muy joven, quisieron cerrar los templos y profanar nuestra religión en su pueblo, Colón, en Querétaro. No llegué a conocerlo nunca, pero su figura cincelada en mi memoria por mi madre ha sido la de modelo de coherencia cristiana, profunda piedad mariana, padre y esposo ejemplar.


Cuando Dios llama a alguien
P. José Armando Vargas Gutiérrez, L.C.
a estar con Él, lo hace haciendo partícipe de este don a la familia entera. Además de la figura proverbial e intachable de mi abuelo, he podido constatar el ejemplo de consagración a Dios de diversos miembros de mi familia: un tío sacerdote jesuita, hermano de mi abuelo cristero; dos tías clarisas, monjas de clausura; un tío lasallista, colmado de alegría y entusiasmo juvenil; y mi hermano menor que es legionario como yo, quien me ha edificado siempre con su buen ejemplo. Mi vocación en casa, gracias a Dios, nunca tuve que ocultarla y ha sido siempre motivo de alegría para la inmensa mayoría de mis familiares.


Dios, parte de mi familia


Conservo gratificantes recuerdos infantiles de mi trato con Dios y con la Virgen María. En mi casa había que saber rezar. Desde el primer momento al levantarnos, mi mamá nos enseñó a bendecir a Dios y a la Santísima Virgen con una oración sencilla dicha en voz alta: “¡Buenos días, Papá Dios!, ¡Buenos días, Mamá Pura!”, y las oraciones comunes. Mientras conducía el auto para llevarnos a mí y a mis hermanos al colegio, rezaba un himno de alabanza parecido al Te Deum. El rezo del rosario era frecuente en casa, si bien no era posible todos los días, y en él cada uno de los miembros de la familia acostumbraba dirigir un misterio. Bendecíamos la mesa en las comidas, rezábamos oraciones antes de acostarnos y, por supuesto, asistíamos a misa dominical. Los sábados iba yo con mis hermanos a la parroquia para el catecismo con unas religiosas llenas de virtud, las Hijas de San Juan Bautista. Por todo esto siempre he considerado que el día más feliz de mi vida ha sido el de mi primera comunión.


Un día se presentó en mi casa el joven encargado de los acólitos de la parroquia. Venía con la invitación de hacernos parte del grupo, pues estábamos en la edad y hacía falta una nueva generación de monaguillos. Yo no lo pensé dos veces y fui el primero en aceptar y entusiasmarme con la idea, de modo que la misa no podría ser sólo cosa del domingo sino también, con bastante frecuencia, entre semana. Fui monaguillo ayudando a mi párroco que era ya anciano, aunque la motivación fuera variopinta, como cuando al final de misa el padre dejaba caer algunas moneditas en mi mano. Creo que el Señor se valía de todo para tenerme muy cerca de Él, recibiéndolo en el altar.


Mamá, dame tu bendición


Mis hermanos y yo trascurrimos nuestra niñez muy unidos física y espiritualmente, si bien la cercanía física tenía que ver habitualmente con poner los puños sobre el otro en amplias riñas que no faltaron un solo día. Sin embargo, llegó Dios, como de costumbre, para llamar a un miembro de la familia; habría que ver a quién. Aunque no tengo muy claro el momento en que Dios me llamó, ciertamente ha sido una constante en toda mi vida, especialmente desde que me topé con los primeros legionarios de Cristo.


Visitaban cada año mi escuela y daban charlas invitando chicos de sexto de primaria y de secundaria a conocer el centro vocacional del Ajusco, en la Ciudad de México. Cuando me encontraba cursando cuarto de primaria –tendría alrededor de diez años– los vi por primera vez. Eran jóvenes, distinguidos y muy amigables. Yo, hasta entonces, sólo había tenido la experiencia de sacerdotes con cierta edad y más bien serios; además, fue la primera vez que vi a un sacerdote vistiendo de negro con distintivo sacerdotal, y mientras los veía me decía: “Como en las películas… ¡Qué padre ser un sacerdote así!”.


Mi hermano mayor ingresó al año siguiente en el centro vocacional. Cuando fuimos a visitarlo por primera vez, me di cuenta de que el centro vocacional era una escuela como nunca había conocido antes, por el buen ambiente de franca amistad y respeto, la disciplina, la organización y la orientación para llegar a ser un día, si Dios llamaba a uno de esos chicos, un sacerdote tan “padre” como aquellos dos primeros legionarios que conocí en mi escuela. Desde entonces comencé a decir que yo sería “padrecito” y que entraría al centro vocacional apenas llegara mi turno. Visité a mi hermano cerca de la navidad de ese año y pasé con sus compañeros días muy agradables. Yo tenía el deseo de ingresar al año siguiente y, para mi asombro, ¡ahí podría seguir pintando como tanto me gustaba! En mi estancia esa navidad participé en la elaboración del belén, pintando la cristalera de un ángel.


Pasó algo de tiempo y llegó la convivencia vocacional, que para mí era sólo una formalidad previa a mi ingreso tan deseado. Por fin llegó el día en que salí de casa y, como siempre, le pedí a mi madre: “Mamá, dame tu bendición”. Entré en el centro vocacional el verano de 1992, sintiéndome un pez en el agua.


La Legión: mi familia


Mis años de formación han transcurrido con velocidad, entre formadores y compañeros estupendos, que luchan por la santidad. Cuatro años en el centro vocacional; dos años de noviciado en Monterrey; un año de humanidades en Cheshire, Estados Unidos; siete años en Roma estudiando filosofía y teología, interrumpidos por un periodo de trabajo apostólico como instructor de formación en un colegio en México. Todas estas experiencias las considero un don que me han enriquecido humana, espiritual y apostólicamente, y que no soy capaz de agradecer a Dios como debiera.


Dieciocho años han pasado desde que ingresé en la escuela apostólica, con sus días de bonanza y sus días de borrasca. Los problemas y luchas cotidianos nunca han faltado, tampoco las tentaciones y a veces incluso algunas dudas contra mi fe, por culpa mía y a veces por culpa de los hombres –y no de ángeles– con quienes convivo. Sin embargo, algo que he aprendido en esta mi familia religiosa es que vale la pena luchar por el ideal de pertenecer a Cristo en la vivencia de mis votos y del sacerdocio, aun si cuesta sudor, lágrimas, sangre. Ser de Cristo, ser su instrumento, ser su soldado, ser su sacerdote no tiene punto de comparación. Sé que a los ojos de Dios todo ha contribuido para prepararme lo mejor posible para servir a la Iglesia como sacerdote legionario, dándole a conocer, impartiendo su perdón y dando su Eucaristía entre las almas que anhelan encontrarse con Él.


Sé también que, sin merecerlo, Cristo me ha regalado la gracia de ser fiel hasta este momento. Estoy seguro que, más que mi esfuerzo, han sido su amor y misericordia infinitos y las oraciones de tantas y tantos fieles católicos de todo el mundo lo que sostiene a los sacerdotes. Dios realiza su obra, Él es el Artista, y seguramente un día podremos contemplar con ojos de admiración su obra maestra en nuestras vidas. Hoy quiero ser sacerdote de Cristo, ser su instrumento, ser su pincel.


EL P. JOSÉ ARMANDO VARGAS GUTIÉRREZ nació en la ciudad de Querétaro (México), el 3 de mayo de 1980. Ingresó al centro vocacional de los Legionarios de Cristo en el Ajusco, México D.F., en 1992. Hizo su noviciado en Monterrey (México) y cursó los estudios humanísticos en Cheshire (Estados Unidos). Trabajó como instructor de formación en el Colegio CEYCA en la Ciudad de México. Ha participado en la pastoral vocacional y en cursillos de discernimiento vocacional para adolescentes y jóvenes. Es licenciado en filosofía por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Desde el verano de 2010 se encuentra en la Ciudad de México como capellán y director espiritual en el Centro Estudiantil del tercer grado del Movimiento Regnum Christi, así como asesor espiritual de jóvenes en el Colegio Irlandés.









Los testimonios vocacionales de los legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal en el año 2010 han sido publicados en el libro "Desde el corazón de Cristo".


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2010-12-23


 

 


 



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