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| P. Marco Zaccaretti, L.C. | |
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Un día mi papá, viéndome con mi camiseta de
fútbol me dijo: “¿quieres inscribirte también tú a la
escuela de fútbol?” Yo, con una gran sonrisa, consentí en
seguida. Y así, a los siete años de edad,
comenzaron mis sueños de futbolista.
Crecí
en una familia muy unida. Mi mamá me ayudó
a madurar en mi relación con Dios. Mi papá,
por otro lado, nos contagió a mi hermano y a
mí la gran pasión por el fútbol. Cualquier lugar
era bueno para jugar fútbol: la habitación, el jardín,
la zona parroquial o el campo deportivo. Como todo hermano
menor quería imitar a mi hermano mayor, Amedeo, que
ya jugaba en un equipo.
Siempre
fui abierto y alegre, y tuve muchos amigos. Era
particularmente extrovertido y quería siempre estar en buena compañía.
¡Hacía mil cosas y ya tenía otras mil en
la mente!
Frecuenté el kínder y
la primaria con las hermana ursulinas de Sesto Calende, cerca
de Milán. Era un poco travieso, muy vivaz y a
veces desobedecía. Recuerdo que una vez una monja, durante
el mes de mayo, nos propuso poner una estatua
de la Virgen con algunas flores cerca de nuestra
cama, tradición que conservé por muchos años, y por la
noche nos reuníamos a rezar todos juntos en mi
cuarto. El domingo iba a misa con mi familia y
a menudo ayudaba como monaguillo. Percibía que la misa
era algo importante, aunque no entendía totalmente su significado.
Mucho fútbol y poco estudio
Los años de juventud los puedo
resumir así: mucho fútbol y poco estudio. Los entrenamientos
me quitaban varias horas de la tarde; volvía a casa
muy cansado y estudiaba tarde, luchando contra el cansancio
y el sueño. Y entre el fútbol y el
poco estudio encontraba también tiempo para salir con amigos y
amigas, como muchos jóvenes, buscando diversión, vivir, y regresar
muy tarde a dormir. Después del examen final de
preparatoria, fui a la universidad en Varese, al norte
de Italia, cerca de la frontera con Suiza, y ahí
me esforcé poco, puesto que dedicaba demasiado tiempo a
los entrenamientos de fútbol con un equipo de alto
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nivel. Todo esto se vio reflejado en los resultados académicos.
Fue entonces cuando acepté el consejo de mi familia:
trasladarme a la universidad de Castellanza, cerca de Milán.
Aquel raro sentido de vacío En aquellos meses sentía una gran
insatisfacción. Una sensación de vacío que deseaba llenar con
algo importante y que diera plenitud a mi vida. Buscaba
aquí y allá… ¡no sabía qué hacer! Hablé con
mi párroco, Don Franco Bonatti, quien me aconsejó buscar
dentro de mí: buscar ahí la voluntad de Dios para
mi vida.
¡Un mes en México
transformó mi vida! En
Castellanza coincidí con un compañero de estudios que me invitó
a unas misiones de evangelización en México durante la
semana santa de 1999. También en esta época tenía
una novia, pero no estaba seguro de la autenticidad de
nuestra relación, y para buscar una respuesta al vacío
que sentía en mí, acepté la propuesta de ir
de misiones a México.
El
contacto con el pueblo mexicano, tan sencillo y generoso, me
llegó al corazón. Era increíble ver la alegría y
la fe de las personas, a pesar de las
dificultades de la vida. Los momentos de oración y el
grupo de chicos con los cuales compartía los días
de misiones, me llevaron a crecer en la amistad con
Jesús y la Virgen María. Jesús había llegado a
ser un verdadero amigo íntimo de mi corazón y
había descubierto la cercanía y el cariño de una Madre
que conoce los secretos más íntimos de mi alma.
El camino hacía Jesús En las misiones el Señor me regaló
una gracia especial de conversión que me llevó a
cambiar mi estilo de vida: ayudaba a mi mamá en
los trabajos en casa, sentía la necesidad de orar
cada día, buscaba estar disponible para los demás, iba a
misa entre semana y hasta mantenía mi cuarto ordenado.
Conocí y mantuve amistad con
un grupo de compañeros que estaban en el
Regnum Christi.
Compartí con ellos un camino espiritual a través de
las diversas actividades de formación, las misiones, los retiros
y las sanas diversiones.
En
un momento dado me pregunté espontáneamente: “¿será que Dios quiere
algo más de mí?” Y así fue como me
decidí a participar en un curso de discernimiento vocacional
en Roma, durante el verano del 2000, junto con otros
chicos que venían de diversas partes de Italia. ¡Qué
vértigo sentí al inicio de este curso! ¿Y si
Dios verdaderamente me llamase a seguirle? Luchaba conmigo mismo y
por ello las dudas eran cada vez más frecuentes.
Al final del curso pensé: “Menos mal, ¡no tengo
vocación!” No percibí ningún estímulo y deseo de dejar
todo para seguir a Cristo. Una vez terminado el curso
pude participar en la Jornada Mundial de la Juventud
en Roma con algunos amigos, pero no me sentía
plenamente en paz conmigo mismo.
¡Noche
oscura… y luego una luz! Cuando
regresé a la vida cotidiana empecé a percibir dentro
de mí muchas dudas y una gran insatisfacción que
no entendía. Como ya había hecho el curso de
discernimiento para quitarme estas incertidumbres, ¿qué hacer ahora? Busqué refugiarme
en la oración y en el silencio; a menudo
iba a la iglesia para pedir al Señor luz
para entender qué quería de mí.
Recuerdo que un día mientras estaba haciendo una pausa
en el estudio, en mi cuarto, en un momento
dado sentí una voz interna que me decía: “¿por qué
no te entregas a mí por completo, en vez
de darme sólo los recortes de tu tiempo, que no
nos dejan felices ni a ti ni a Mí?”
En ese momento tuve la certeza moral de que
debía acoger esta invitación y entré en el seminario el
23 septiembre del 2000.
El gozo
de hacer la voluntad de Dios
Cuando pienso en cómo Dios ha cambiado mi
vida, me quedo sin palabras y lleno de admiración
por su modo de actuar. ¡Nunca habría pensado entrar en
un seminario! Cuán cierta es la frase del profeta
Isaías cuando dice: “Porque mis pensamientos no son vuestros
pensamientos, ni vuestros ca
minos
son mis caminos” (Is 55,8). ¡El Señor es capaz de
hacer grandes cosas con nosotros!
Siento en el corazón el gozo de estar respondiendo
al proyecto que Él ha pensado para mí, a
pesar de mis defectos y límites. ¡Qué bonito es despertarse
cada día sabiendo que uno es un humilde instrumento
en sus manos! Estoy infinitamente agradecido con Dios porque
reconozco haber recibido un gran don, el sacerdocio, que
al mismo tiempo es un misterio lleno de amor. Confío
en su ayuda y en su gracia para cumplir
cada día sus planes con mucho amor y alegría.
EL P.
MARCO ZACCARETTI nació en Angera, en la región
de Varese (Italia) el 8 de marzo de 1977. Estudió
la primaria con las hermanas ursulinas y la secundaria
y la preparatoria en la escuela pública de Sesto
Calende, Varese. Cursó dos años de economía en la Universidad
de Varese y otros dos en la Universidad de
Castellanza. Jugó por cuatro años en el campeonato regional
“Eccellenza”, un año con el equipo de Castelletto Ticino
y tres años en el Gavirate. En el 1998
jugó un partido amistoso con el Milan. El 23 de
septiembre del 2000 ingresó al noviciado de la Legión
de Cristo en Gozzano, en provincia de Novara. Cursó los
estudios humanísticos en Salamanca (España) en el 2003. Durante
dos años trabajó en la pastoral juvenil y vocacional
en Santa Caterina y después en la provincia de
São Paulo (Brasil). Terminó el bachillerato en filosofía y
teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en Roma.
Desde septiembre del 2010 es asesor espiritual de la
capellanía de la Universidad Europea de Roma.
Los testimonios vocacionales de los
legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal en el
año 2010 han sido publicados en el libro "Desde
el corazón de Cristo". |