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| «Me toca llevar la cruz procesional. Esto quiere decir que le tocará a otros estar cerca del Papa, sosteniendo el Misal, el micrófono, llevando el incienso, lavándole las manos». | |
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Por Riccardo Garzari, L.C.
Todo comenzó la tarde del Jueves Santo.
Regresaba yo de la Basílica romana de Santa María
Mayor, donde había participado en la liturgia como acólito
durante la santa misa de la Cena del Señor.
La comunidad
estaba concluyendo la oración de completas ante el altar
de la Reposición. A medianoche nos reuniríamos nuevamente, ante
Cristo Eucaristía, para adorarlo y posteriormente continuar, en turnos, a
la adoración por toda la noche hasta la tarde
del día siguiente, a las 17:00 p.m., donde tendríamos
la acción litúrgica de la Pasión del Señor.
El silencio que
envolvía la casa favorecía el clima de la oración
interior. Cada uno sabía que en aquella noche, en la
hora de la prueba en el huerto de los
olivos, Jesús experimentó la necesidad de estar acompañado y
sostenido. Me coloqué en un ángulo apartado del refectorio para
comer algo, porque había salido rápidamente después de la
comida a los ensayos en la Basílica.
Entonces se me
acerca un hermano y me dice que la tarde
del sábado seré acólito en la santa misa de la
Vigilia Pascual, en la Basílica de San Pedro en
el Vaticano. Ayudar en la misa del Papa: de esto
le hablaría a Cristo Eucaristía en mi turno de
adoración nocturna, mientras lo acompaño en su agonía. “Jesús,
me has elegido para ayudar a tu Vicario en
la liturgia divina, en la Misa más importante de todo
el año, donde Tú resucitas, donde te muestras como
luz del mundo”.
El sábado por la mañana entramos en la
Basílica de San Pedro junto con muchos turistas, y
nos movíamos a través de las vallas que marcan
el recorrido y el sentido único. Éramos 14. Pasamos delante
de la estatua de la Piedad, de Miguel Ángel,
donde está la sacristía del Papa: desde ahí tendría
inicio la procesión esa misma tarde. Pasamos después ante el
altar ya predispuesto para recibir los restos del futuro
beato, Papa Juan Pablo II: ésta es ya la
zona de la sacristía para los cardenales, que son los
asistentes más cercanos al Papa. el recorrido pasa delante
de la cruz de Cristo, que es adorada en este
Sábado Santo en lugar de la Eucaristía, que desaparece
de los tabernáculos, como Cristo desaparece de nuestros ojos
en el sepulcro. Posteriormente pasamos delante del altar con
los restos del Beato Juan XXIII, el Papa bueno, y
llegamos al altar principal, el de la Confesión, coronado
con el inmenso baldaquino de bronce, de Bernini.
Este es
el lugar de la cita para los ensayos. Hay un
flujo constante de gente: trabajadores que preparan la fuente
bautismal, que montan los diversos palcos y los ambones,
ceremonieros que se consultan, todos con un folleto de
indicaciones prácticas que sirven para un buen funcionamiento de
la liturgia, turistas que toman fotos, que miran con admiración
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| «Estamos aquí para ayudar a la gente a que hagan una experiencia de Jesús resucitado». | |
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la belleza del arte, pero que, observando su mirada,
quizá no consiguen penetrar en profundidad el significado espiritual
del lugar en el que se encuentran: Roma es
el centro de la cristiandad.
Y nosotros ahí, un poco perdidos,
un poco emocionados, esperamos alguna indicación. Se aproxima uno
de los maestros de ceremonia y nos hace una
seña para seguirlo. Comenzamos. Nos colocamos en fila por estaturas.
Yo ya sé cómo funciona esto, los más altos
son asignados casi siempre para llevar la cruz y
las velas en la procesión de entrada y de salida,
y así resultó ser esta vez. A mí me
toca la cruz procesional. Esto quiere decir que a
los demás les tocará estar cerca del Papa, sosteniendo el
Misal y el micrófono, llevando el incienso, lavándole las
manos. ¡Paciencia! Lo importante es que estoy ahí y
que estoy ayudando al Vicario de Cristo.
Entre los pequeños servicios,
me piden que lleve las vestiduras blancas de parte
del Papa a los recién bautizados. Ellos también están
ahí, los catecúmenos, son seis, son adultos, ellos también están
emocionados. Me doy cuenta porque, cuando me aproximo haciendo
la finta de que llevo la vestidura, una de
ellas se pone roja en su rostro, se voltea para
llamar a quien tiene cerca. Ser bautizado, ser hijo
de Dios, lo damos, a veces, por descontado. Y
en cambio es la gracia más grande que Cristo nos
podía regalar. Ninguno podía salvarse después del pecado original.
Cristo, muriendo, destruyó la muerte y nos ha hecho
hijos del Dios viviente, nos ha abierto las puertas
del paraíso. Y ellos, los catecúmenos, lo saben, lo sienten
quizá más que yo.
Los ensayos continúan, cada grupito de acólitos
sigue las indicaciones del ceremoniero al que fueron confiados.
Ya casi es mediodía. Nos reunimos para que nos
dieran la cita para la tarde y viene para hablarnos
el maestro de ceremonias pontificias, Mons. Guido Marini. Este
hombre alto, delgado, serio, que en la televisión, por
sus vestimentas con encajes como se usaban antes, tiene
el aspecto de un honestísimo portador de la tradición
litúrgica eclesial, se descubre ante nosotros un vivo maestro de
oración. Con una sonrisa tranquila y una mirada profunda,
nos habla de lo que sucederá en la misma
tarde. Nos habla del misterio de la resurrección de Cristo:
haremos tantos gestos litúrgicos, tantos movimientos, estaremos al lado
del Papa, estaremos emocionados, nos tomarán fotografías, estará la
televisión, nos sentiremos protagonistas. Pero esto sólo es el
aspecto externo. Nosotros vamos a celebrar a Cristo, Él
es y será siempre el único protagonista. Su voz suave
se torna fuerte cuando habla de la centralidad de
Cristo: “Estamos aquí para ayudar a la gente a
hacer la experiencia de Jesús resucitado”, como parafraseando al
Papa Benedicto XVI que en su libro, Jesús de Nazaret,
hace algunos años, hablando a los sacerdotes y a
quienes se preparan para serlo, escribía: «Es así, nuestra
razón de ser es para mostrar a Dios a los
hombres».
Así llega la tarde. Nos estacionamos delante del Aula
Pablo VI, llamada también la Sala Nervi, por su constructor,
y esperamos la entrada a la Basílica. Varias llamadas
telefónicas y mensajes de saludos y de felicitaciones, de
“buena suerte” que llegan al teléfono, y decidimos apagarlos.
Son gestos hermosos de afecto, pero nos debemos concentrar y,
sobre todo, recogernos interiormente. Entramos. El coro está ensayando
las diferentes voces, los cantos que llenan la Basílica.
Todo está ya predispuesto, la tarde se prestó para
terminar de colocar los objetos litúrgicos que, dentro de poco,
servirán al Papa para celebrar las maravillas de Dios.
Repetimos los mismos gestos de la mañana, fijamos en
la memoria los pasajes, ahora es más fácil, no
hay que imaginar nada, todo lo tenemos a la vista.
Entramos a la sacristía. La estatua de la Piedad,
que con frecuencia la admiran a través de un cristal,
ahora está a dos pasos de nosotros, casi le
podemos dar la vuelta.
Algunos de nosotros empezamos a rezar el
Rosario y, con grata sorpresa, se une a nuestro
grupito el maestro de ceremonias, Mons. Guido Marini, como
siempre, silencioso, recogido, maestro de oración para todos nosotros.
Faltan 10 minutos. Por atrás las cortinas que dividen la
sacristía papal de la nave central de la Basílica,
se escuchan zumbidos, un vocerío emocionado, se entrevén los
flashes. Aumenta la emoción, las distracciones –y no hablo
de las confusiones mentales–. Esperamos que todo salga bien.
“¡A sus
lugares!”: no es un coronel el que nos llama, es
un ceremoniero. Ya llegó el Papa. Nos disponemos en
fila india. Cada uno de nosotros tiene en la
mano uno de los objetos para revestir al Santo Padre
durante la ceremonia. A mí me toca la estola.
Entraremos en la pequeña sala de dos en dos,
el hermano a mi lado lleva la cruz pectoral del
Pontífice. En un momento en el que parece que
ninguno ve, se inclina con presteza para besarla. Me
doy cuenta de ello con el rabillo del ojo. Bueno,
a fin de cuentas, yo también lo hubiera hecho.
Nos
dirigimos al salón. Impera un silencio dentro de esta
salita, casi abrumador. Entramos. Un acólito tiene el libro abierto
con las oraciones que pronuncia mentalmente Benedicto XVI al
revestirse de cada uno de los ornamentos. El maestro
de ceremonias se asegura que todo funcione bien desde
el principio. Está frente a mí, ligeramente al lado está
él, el Santo Padre. Sus gestos son mesurados, nada
de rumores, nada de distracciones. Mons. Marini toma de
mi hermano la cruz pectoral y, sorpresa, se va sin
esperarme. Aprovecho para dar un paso a la izquierda
y observar al Papa de lado, casi de frente.
Es un instante. Entrego la estola y debo salir también.
Para mí ya comenzó todo. Me dispongo para la
procesión de entrada y salimos.
Se abre la cortina, la gente
ovaciona, tengo que bajar un poco los ojos, los
flashes son demasiados. A mi derecha, cerca de la
valla, reconozco a dos personas que me saludan, respondo
con una mirada de comprensión y nada más. Salimos
del portón y damos inicio a la celebración desde el
atrio, donde está encendido el brasero. De aquel
fuego, que dentro de poco será bendecido por el Papa,
se encenderá el Cirio Pascual, símbolo de Cristo resucitado,
luz verdadera del mundo. Ha iniciado la ceremonia: “En
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.
Del
atrio pasamos a la Basílica, todo está oscuro, la
única luz que resplandece es la llama del cirio pascual,
del cual se van encendiendo las velas de la
asamblea. Cristo dona su luz a todas las gentes de
la tierra. El diácono proclama la venida de la
luz de Cristo y, de un golpe, se encienden
todas las luces de la Basílica. Irrumpe un aplauso. Cada
uno de nosotros toma su puesto. El Papa se
sienta, comienzan las lecturas que reproducen la historia de
la salvación, la historia de cómo, desde la traición
de Adán y Eva, Dios ha comenzado a buscar el
modo de aproximar al hombre hacia sí. Y es
en la lectura de la creación que el Santo Padre
toma pie para su homilía.
Posteriormente, el bautismo. Detrás del
altar, mi posición habitual, paso al frente, para llevar
las vestiduras blancas a los recién bautizados. El Papa
bautiza uno por uno, con la infusión del agua sobre
cada uno. Una sonrisa surge en el rostro de
los nuevos hijos de Dios. Se ruborizan, quisieran hacer
algo pero tienen que permanecer quietos, firmes. ¡Me dan
ganas de abrazarlos! Pero yo también me contengo, posteriormente las
velas a los padrinos, y regreso atrás del altar.
Prosiguió
después el ofertorio, la liturgia eucarística, la comunión. Benedicto
XVI se prepara para dar la bendición solemne, nosotros
nos preparamos para la conclusión de la Misa. Este vez
me corresponde iniciar la procesión, llevo la cruz procesional.
Delante de mí está la asamblea, la gente se
inclina sobre las vallas para ver mejor, saca fotografías, todos
hacen la señal de la cruz cuando pasa la
cruz, y ovacionan el paso del Santo Padre.
Entramos en la
sacristía, me pongo frente a la puerta santa, que
está tapiada y se abrirá hasta el próximo jubileo.
Me volteo, a mi lado están los acólitos con las
velas procesionales. Entran los cardenales y se van hacia
la parte de la sacristía destinada para ellos. Entran
los recién bautizados, se abrazan de alegría. Es un
griterío de emoción lo que hay detrás de la cortina
cuando entra el Papa, que saluda de inmediato a
los nuevos cristianos, después se voltea hacia la cruz
–que sigo sosteniendo–, y hace una reverencia, abre los brazos,
como de costumbre, y nos da las felicitaciones de
Pascua. Hace que se va, pero cambia de dirección
y se aproxima a saludar a los acólitos que le
sostuvieron el Misal en el transcurso de la ceremonia,
después saluda a los otros acólitos. Yo estoy ahí,
con la cruz, firme, ni modo que la tire.
Uno de los ceremonieros se da cuenta, me toma la
cruz y me dice que vaya corriendo a saludarlo.
Pero el secretario del Papa, Mons. Georg, mira su reloj
y se da cuenta que ya es tarde, el
Santo Padre es generoso, pero necesita descansar, a la
mañana siguiente tendrá que estar en otra celebración semejante,
y necesita descansar.
¡Es verdad…, pero… ni modo! Los guardias se
mueven haciendo un túnel para que pase por ahí
Benedicto XVI, hacia la puerta de la sacristía papal,
y él desaparece por detrás de la puerta. Se acabó…
Uno de los ceremonieros, aquel que se dio cuenta
que permanecí firme empuñando la cruz, me miró a
los ojos y comprendió. Entró en la sacristía papal, y
regresa con un rosario y me lo da. Un
rosario bendito por el Papa. ¡Bueno, ahora sí se acabó!
Nos intercambiamos felicitaciones de Pascua. Sale el maestro de
ceremonias con una sonrisa y nos felicita, todo estuvo
bien.
Entramos nuevamente a la Basílica, ya está vacía. Las
sillas están todas movidas por la multitud que salía de
la Misa. Aquí y allá están los libritos de
la celebración, no sirven más. Yo, en cambio, tengo uno
para el recuerdo. Los guardias nos dicen que la
puerta hacia el estacionamiento todavía está abierta, pero debemos
apresurarnos. Salimos, el aire está fresco, los músculos se
distienden, no sabemos qué decirnos. Las primeras palabras son
pocas: estuvo bien, qué emoción. Después subimos al auto. Partimos,
y por el camino compartimos las cosas que nos
impresionaron más, cada uno desde su lugar, había visto
la celebración de perspectivas diferentes, y esto ha sido un
enriquecimiento recíproco.
Llegamos a casa, es hora de dormir, mañana
será otro día. Pero todos tenemos hambre, y nos
dirigimos a la cocina para comer algo. Ya estamos
en silencio, la comunidad se fue a descansar, aquí la
Misa concluyó antes. Y en este silencio cada uno
de nosotros puede pensar nuevamente la gran gracia recibida.
Ninguno habla, pero la mirada, incluso mirando hacia el plato,
hace ver que el corazón está hablando, está agradeciendo
a Jesús. Todo calla, pero el alma de cada
uno bendice al Señor por las maravillas que día a
día cumple en le vida de cada uno.
¡Feliz Pascua!