Por el P. Arturo Guerra, L.C.
- ¡Qué gusto
verte, cuánto tiempo! ¿Cómo te va todo?
- Bien.
- ¿Sigues en
el mismo trabajo? ¿Qué tal?
- Normal.
- Oye, ¿en que acabó
lo del accidente de tu perro en la cocina?
- Fatal.
-
¡Qué pena, hombre! Oye…, ¿y cómo van los bonsáis?
- ¡Ah,
de maravilla! Mi abuelita me regaló el otro día un
libro que yo no tenía; y mira que encontré una
receta muy buena para lograr que la palmera aquella por
fin se rindiera y dejara de crecer a lo bruto.
Por cierto, ¿te acuerdas del olivo?...
Y casi sin dar oportunidad
de respuesta, prosiguió:
- ...Pues fíjate que empezó a dar unas
aceitunas fuera de toda proporción; pero el otro día, navegando
en Internet, encontré un sitio especializado en este problema de
la dimensión aceitunera. Lo estoy estudiando…, aunque no me fío
mucho…
Y ya no hubo quien pudiera detenerle… La entusiasta preguntadora
conocía bien a su amigo. Sabía que la pregunta de
los bonsáis era la importante, pero no perdía la esperanza
de encontrar algún otro punto de conversación. No era que
se aburría con lo de los bonsáis, pues también era
aficionada a tan japonesa ciencia; pero tenía muy claro que
en la vida había otras cosas más apasionantes e importantes.
Y
es que sacar conversación a veces cuesta. El temperamento del
interlocutor puede influir. Hay quien, por ejemplo, es de pocas
palabras. Sus respuestas sintéticas invitan a un paciente desentrañamiento del
contenido concentrado en los escasos monosílabos pronunciados.
Otras veces cuenta el
ánimo del receptor o de ambos. Si alguien está de
malas, será difícil distraerle con otro tema de conversación distinto
a la causa de su enojo.
También puede ser porque no
hemos escogido el mejor momento. Si alguien está muy ocupado,
enviará numerosos signos externos para hacérnoslo saber. Se pondrá de
pie antes de que el tema se termine, o mirará
descaradamente su reloj un par de veces, o tomará un
papel entre sus manos y tratará de leerlo mientras le
hablamos…
En otras ocasiones es porque no damos en el clavo
del tema de interés. O porque simplemente el interlocutor no
tiene ganas de compartir nuestro entusiasmo en el diálogo.
Y la
verdad es que todos estamos a veces de un lado
y a veces del otro. En ocasiones somos el preguntador
deseoso de conversación. Y en otras, somos el que no
se deja sacar conversación.
Algo parecido sucede entre Dios y el
alma: Él, que tiene muchas ganas de platicar y charlar
con nosotros; y nosotros, que no siempre le dejamos.
Pero en
estos casos, Dios no es como nosotros que ante un
receptor reticente, queremos hablar de lo que nos importa a
como dé lugar. No es como nosotros que tocamos una
puerta para explicar a bocajarro las mil maravillas del producto
que queremos vender a toda costa al precio que nos
da más beneficio…
Dios, en cambio, toma en cuenta nuestra
situación en cada momento. Si estamos enojados, por ejemplo, Él
lo sabe muy bien, y tratará de partir de nuestro
enfado. Como si no supiera nada. Se esforzará por comprender
nuestro mal humor, para de ahí sugerirnos bondadosamente nuevos horizontes.
Claro,
que si no queremos seguir el diálogo, no forzará ni
atropellará. Se esperará ahí fuera a que los ánimos se
estabilicen, pacientemente, en el frío de la noche, con la
esperanza de que mañana le abriremos. Y con un entusiasmo
increíble, lo intentará cada mañana como si fuera la primera
vez… Pero, si no hay escucha, se detendrá de nuevo
respetuosamente, para seguir esperando.
En otras ocasiones lo que sucede es
que a Dios sólo queremos hablarle de bonsáis. Sólo de
aquel típico favor que le habíamos pedido de ganar la
lotería y que lleva años sin cumplir. O sólo le
hablamos de lo mal que se comporta el vecino. O
sólo de lo insoportable que es nuestro jefe en la
oficina. O sólo de que ya es hora de que
mueva sus influencias para que podamos pagar toda la hipoteca.
O sólo del porqué se le ocurrió crear ese mosquito
que tanto molesta por las noches. En fin, que con
Dios nos ponemos monotemáticos y no hay criatura celestial que
de ahí nos saque…
Y cuando Dios nos sugiere otro tema,
le respondemos desganados o enojados con los monosílabos más breves
del mercado. O intentamos enseguida cambiarle el tema. Como cuando
Dios nos cuestiona si realmente estamos siendo generosos y sentimos
que no. O cuando nos pregunta algo sobre ese defecto
tan nuestro que sería bueno combatir. O cuando nos sugiere
que perdonemos esa injuria que tanto nos dolió. O cuando
se le ocurre que podríamos hacer ese favor que pidió
tal persona y que de entrada negamos tajantemente. O cuando
nos llama a ser menos egoístas, menos soberbios, menos vanidosos.
O cuando nos recomienda huir de esa tentación que tanto
daño nos está haciendo por no resistirla. O cuando insiste
en que pongamos en sus manos ese pecado que escondemos,
para que lo pueda Él destruir con su gracia. O
cuando nos exhorta a dar generosamente ese paso de más
que nos da miedo. O cuando nos sugiere la loca
idea de dar de comer al hambriento, vestir al desnudo,
visitar al enfermo…
A los discípulos de Emaús, Jesús se les
hizo el encontradizo, como si se tratara de un viandante
despistado. Parecía un accidente. Y así logró sacarles conversación.
Cuando el
profeta Elías estaba en aquella caverna esperando la visita del
Señor que no se realizó en el viento impetuoso, ni
en el terremoto, ni en el fuego, sino en la
brisa ligera, lo primero que le preguntó el Señor a
Elías fue: “¿Qué haces aquí Elías?” Así de espontáneo y
sencillo es Dios cuando nos quiere sacar conversación. Si Elías
hubiera sido aficionado a los bonsáis, es probable que por
ahí hubiera empezado el Señor: ¿Cómo va aquel olivito, Elías?
Otras
veces, cuando ve que un alma así lo necesita, Nuestro
Señor es más directo, como cuando saludó a Pablo en
el camino de Damasco: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”
Y en un diálogo brevísimo aquella gran alma quedó transformada
para siempre.
En fin, que a nuestro buen Dios se le
va buena parte de cada jornada en intentar sacarnos conversación…
¿Y
qué no es la oración sino hacer finalmente caso a
un Dios que lleva un buen rato intentando sacarnos conversación?
P. Arturo Guerra, LC
Director de formación del Instituto Cumbres
y Alpes Saltillo