Por el P. Arturo Guerra, L.C.
Vivimos de estereotipos.
México es el cactus, el tequila y el sombrerote. China
es lo lejano, lo indescifrable. España es el chorizo, el
sol y los toros. Alemania es la cuadrícula, la búsqueda
de la perfección aritmética...
La Iglesia católica, para muchos, es una
extraña institución que se atreve a contradecir gigantescas opiniones públicas,
a desdeñar leyes diseñadas por pueblos de primer mundo ejemplarmente
democráticos. Una organización regida totalitariamente por un anciano vestido de
blanco, anticuado, conservador, aferrado al pasado...
Ir más allá del prejuicio
y del estereotipo es un deporte intelectual muy sano. Requiere
su esfuerzo. Hay que ir más allá de las apariencias
externas. Significa detenerse, ver, observar, escuchar, profundizar, abrirse... antes que
etiquetar con prisas una realidad. Implica acercarse y asomarse al
corazón que late escondido ahí dentro... Se puede ser radicalmente
distinto, se puede aborrecer tal realidad, pero ponerse en zapato
ajeno nunca hará daño a nadie.
Para la Iglesia hay un
Dios que existe, creador de todos, que se hizo hombre
para dar su vida en rescate de muchos. Un Cristo
que viene a destruir con amor, con generosidad, con desinterés,
el mal más terrible que aqueja a los hombres, más
terrible que el ébola, el cáncer, el ántrax o que
el síndrome de inmunodeficiencia adquirida: el pecado, el egoísmo. Porque
el pecado es el único mal capaz de destruir el
alma y el corazón de una persona. Ningún otro mal
lo puede lograr.
Un Cristo que trajo un Evangelio: la Buena
Noticia capaz de transformar a la Humanidad, corazón por corazón.
Un Dios que ofrece su amistad y que es capaz
de satisfacer los anhelos más profundos de felicidad que tienen
los seres humanos. Que ofrece el sentido más hondo de
la propia vida y que invita abiertamente a una felicidad
eterna que la muerte no puede aniquilar.
Un Dios hecho hombre
que revela también la verdad sobre el hombre. Que sabe
lo que hay dentro, muy adentro, del corazón de todo
ser humano. Que está en condiciones de decir al hombre
lo que le hace más hombre, más pleno, más feliz;
al mundo, lo que le hace más planeta, más sociedad,
más familia...
Esas profundas convicciones están muy clavadas en el corazón
de la Iglesia y es ahí desde donde busca iluminar.
Para ella, su mensaje no es suyo. Es un mensaje
prestado. Un talento depositado en sus manos frágiles y temblorosas
y que se muere por compartir. Un tesoro que va
en vasija de barro y que quema por dentro. Una
responsabilidad por hacerlo fructificar, por comunicarlo, por transmitirlo, por dar
gratuitamente lo gratis recibido. La Iglesia cree con todas sus
fuerzas que Alguien le ha encomendado la custodia y salvación
de ese ser tan frágil, tan misterioso, tan imprevisible, tan
agónico, tan capaz de lo peor como capaz de lo
mejor. Por ese hermano herido y por ese hermano heridor,
es que la Iglesia levanta su voz lo mismo en
la selva que en el desierto. Y camina, se detiene,
se inclina, se descalza, se moja, con tal de rescatar
un alma más...
Son los zapatos de la Iglesia. ¿Te
los quieres probar un minuto solo?
P. Arturo Guerra, LC
Director de formación del Instituto Cumbres y Alpes Saltillo