|
|  | |
| Representación de la caridad, la esperanza y la fe, una obra de Christian Daniel Rauch. | |
 |
Les compartimos a continuación la carta del P. Álvaro
Corcuera, L.C., director general de los Legionarios de Cristo
y del Regnum Christi, que envió a los legionarios
y miembros consagrados reflexionando sobre las virtudes teologales.
El contenido
de la presente carta puede ser de interés para todos
los miembros y amigos del Movimiento.
*****
¡Venga tu Reino!
Roma, 20 de octubre de 2011
A los legionarios de Cristo
y miembros consagrados del Regnum Christi
Muy estimados en Jesucristo:
Desde
hace tiempo quería escribirles para mostrarles, una vez más, toda
mi estima y gratitud por su entrega generosa a Dios
en la Legión y el Movimiento. Puedo asegurarles que el
pasado 2 de octubre, cuando pude recibir los votos perpetuos
de algunos hermanos nuestros en el centro de estudios, me
vino a la mente la idea de que esos hermanos
se sumaban al gran número de religiosos, consagrados y consagradas
que alrededor del mundo viven su consagración a Dios con
fidelidad y alegría. Y también me vino a la mente
el ejemplo de fidelidad de esa religiosa española que hizo
su profesión el mismo día que nació el Papa. ¡Toda
una vida con Cristo, ofrecida por la salvación de las
almas!
Ahora, como hermano y al inicio de este curso –en
el hemisferio norte–, quisiera compartir con ustedes algunas reflexiones que
pueden ayudarnos a caminar más cerca de Dios durante este
periodo de discernimiento y purificación que estamos viviendo como familia.
Es normal que a veces sintamos inquietud, turbación, y que
en nuestra alma surja incontenible un anhelo de paz y
serenidad. Yo les invito a llevar todas esas perplejidades y
anhelos a la oración. Allí, en la intimidad de nuestra
alma, pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine y fortalezca,
y que nos conceda la gracia de dejarnos guiar confiadamente
por la mano maternal de la Iglesia. Incrementemos por tanto,
en cantidad y calidad, los tiempos que dedicamos a la
oración y a la reflexión. Aquí en la comunidad de
la dirección general, por ejemplo, están teniendo espontáneamente adoración por
turnos a lo largo del día. ¿Cómo no va a
escucharnos Dios, si todos nosotros, cada uno en el lugar
que le ha asignado la obediencia, se une a este
|
|  | |
| «Quien de verdad cree en Dios y en su amor infinito, se entrega totalmente a Él. Y en esa entrega plena encuentra la paz y la certeza que anhela su corazón». | |
 |
río de oración?
La oración, el contacto íntimo con Dios, irá
alimentando en nuestros corazones las virtudes teologales, que son las
únicas que nos sostendrán en el proceso que estamos llevando
a cabo. Y no sólo nos sostendrán, sino que nos
ayudarán a crecer espiritual y apostólicamente, pues «todo contribuye al
bien de los que aman a Dios, de quienes han
sido llamados según su designio» (Rm 8, 28). Estas virtudes
–lo hemos aprendido desde niños– son dones de Dios, nos
han sido infundidas por el Espíritu Santo el día de
nuestro bautismo, y tienen al mismo Dios como objeto. Creemos
en Dios, esperamos en Él, y a Él lo amamos.
Por eso, no dejemos de pedirle como los apóstoles: «Señor,
auméntanos la fe» (Lc 17, 5).
En primer lugar, tenemos la
fe, que no sólo es creer en lo que Él
nos revela y la Iglesia nos trasmite, sino que va
más allá. La fe es adhesión de toda nuestra persona
a Dios, verdad suprema, amor supremo. La fe nos permite
ver en todos los acontecimientos de la vida su presencia
amorosa. Pueden ser situaciones agradables o duras, pero quien tiene
fe puede entrever en todas ellas la providencia divina y
exclama convencido con el salmista: «Porque es eterna tu misericordia»
(Sal 136). Por otro lado, la fe no es una
virtud pasiva. Quien de verdad cree en Dios y en
su amor infinito, se entrega totalmente a Él. Y en
esa entrega plena encuentra la paz y la certeza que
anhela su corazón. Esa fe y esa entrega se fortalecen
y purifican en los momentos de prueba, cuando nos falla
todo lo humano y sólo podemos asirnos a la mano
de Dios, el único necesario, nuestra única Roca.
El Papa ha
anunciado recientemente un «año de la fe», que sin
duda será una hermosa oportunidad y una bendición para la
Iglesia. ¡Cuánto tenemos que pedirle a Dios que nos conserve
y nos acreciente la fe! Pidamos con insistencia este don
para no dejarnos vencer por actitudes que nos pueden llevar
a reducir nuestra visión a sólo aquello que alcanzamos a
ver con la razón humana. La fe no nos pide
cerrar los ojos a lo que la razón humana ve
con claridad, nos pide abrirlos más, mucho más, para descubrir
la realidad más profunda, que es la omnipresencia del amor
de Dios. La fe nos abre a Dios y a
nuestros hermanos.
La esperanza es la segunda virtud teologal. Precisamente porque
creemos en el amor infinito que Dios nos ha revelado
en Cristo, ponemos en Él toda nuestra confianza, toda nuestra
seguridad. La esperanza nos impulsa a anhelar el reino de
los cielos, que es nuestro fin último. Y nos impulsa
también a caminar por la vida apoyándonos, no en nuestras
fuerzas humanas, sino en las promesas de Cristo y en
su gracia. Decía san Pablo: «Olvidando lo que he dejado
atrás, me lanzo hacia delante, en busca de la meta»
(Flp 3, 13-14). ¡La meta de nuestra vida! La meta
|
|  | |
| «La esperanza nos impulsa a anhelar el reino de los cielos, que es nuestro fin último». | |
 |
es llegar a Cristo, alcanzarlo definitivamente en el cielo, y
el camino es la vivencia humilde y generosa de nuestra
consagración a Él. Qué hermoso es el proceso que estamos
realizando ahora, en la Legión y en el Movimiento, para
crecer en la esperanza y lograr una mayor unión con
Cristo pobre y casto, que con su obediencia hasta la
muerte redimió al mundo del pecado. Hace unos días, el
Santo Padre, comentando el salmo 126, nos invitaba a «considerar
más a menudo cómo, en los sucesos de nuestra vida,
el Señor nos ha protegido, guiado, ayudado y así alabarlo
por todo lo que ha hecho por nosotros. Debemos estar
atentos a las cosas buenas que el Señor nos da».
Y continuaba: «Esta atención, que se convierte en gratitud, es
muy importante para nosotros y nos crea un recuerdo del
bien que nos ayuda también en las horas de oscuridad»
(
Audiencia, 12 de octubre de 2011). Si nuestra vida
es un acto constante de gratitud, todo nuestro ser se
llenará de paz y estaremos siempre abiertos a servir al
prójimo con todo nuestro corazón.
Todo esto no es algo que
podamos alcanzar con nuestras propias fuerzas, sino acogiendo la gracia
de Dios y colaborando con el Espíritu Santo. Las dificultades
y tristezas, que nunca faltan en la vida humana y
tampoco en la vida consagrada, tienden a quitarnos la paz
y la alegría. Pero la esperanza nos trasmite una fuerza
capaz de afrontar esos momentos como oportunidades de oro para
unirnos más a Dios y para caminar con mayor decisión
hacia el cielo. «Quien a Dios tiene, nada le falta…
Sólo Dios basta», dijo santa Teresa. Y también el Papa,
durante su reciente viaje a Alemania, quiso tener como lema
esta frase: «Donde está Dios, hay futuro, hay esperanza».
Y por
último, la caridad, la virtud reina, la virtud que nunca
acaba, que nunca pasa (cf. 1Co 13, 8). Ella nos
lleva a amar a Dios por encima de todas las
cosas, y a nuestros hermanos como Cristo los ama (cf.
Jn 13, 34). Esa es la virtud distintiva del cristiano,
y por lo mismo tiene que ser la virtud que
más nos caracterice como legionarios y miembros consagrados en el
Regnum Christi. Quien ama, vive en Dios y vive de
Dios, pues Dios es amor (cf. 1Jn 4, 7). La
caridad tiene una dinámica interna: el amor a Dios lleva
a amar a quienes son hijos suyos. Esta actitud que
se va convirtiendo en hábito, nos lleva a vivir con
amor las palabras de San Pablo: «Manteneos unánimes y concordes,
con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis
por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad
y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis
en vuestros intereses, sino buscad todos los intereses de los
demás» (Flp 2, 2-4).
¡Cuánto necesitamos llenarnos del amor de Cristo!
Hoy más que nunca debemos pedir este amor y manifestarlo
todos los días a quienes viven a nuestro alrededor. Que
el amor nos impulse siempre al respeto mutuo, a la
comprensión, al diálogo y a la paciencia, a la ayuda
desinteresada, a superar los sentimientos negativos que llevan a condicionar
nuestras relaciones con los demás. Pidamos insistentemente esta virtud. Y
que la Eucaristía vaya trasformando nuestros corazones, y los llene
de un santo celo por la salvación de las almas.
El celo apostólico nace y se nutre de la caridad.
Es ahí, también, donde brota el testimonio como un acto
|
|  | |
| «La caridad tiene una dinámica interna: el amor a Dios lleva a amar a quienes son hijos suyos». | |
 |
pleno de caridad, y que se manifiesta en nuestras palabras
y acciones, como también decía san Pablo: «Lo que digáis
sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien los que
lo oyen. No pongáis tristes al Espíritu Santo de Dios.
Desterrad de vosotros las amarguras, la ira, los enfados e
insultos y toda clase de maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos
unos a otros como Dios os perdonó en Cristo» (
Ef
4, 29-32).
Espero que estas reflexiones puedan serles de ayuda. Se
las envío con el vivo deseo de estar cerca de
cada uno de ustedes y de manifestarles toda mi gratitud.
Créanme que es una bendición contar con hermanos y hermanas
como ustedes.
Pidamos mucho por todos los consagrados y las consagradas,
ahora que inician una nueva etapa tras la visita apostólica,
para que Dios les siga guiando en la realización de
su plan sobre el Movimiento. Y no dejemos de pedir
al Señor de la mies que nos bendiga con muchas
vocaciones para el tercer grado, para poder servir mejor a
las almas y a la Iglesia.
Que la Santísima Virgen, mujer
de fe, esperanza y caridad, les acompañe siempre en su
camino de entrega. Les encomiendo en mis oraciones y les
pido también las suyas.
Afectísimo en Jesucristo,
Álvaro Corcuera, L.C.