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| «Cuánto nos estimula y consuela contemplar a Cristo, verdadero Rey universal, cuyo inmenso amor siempre es más fuerte que todas las formas de mal en el mundo». | |
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El P. Álvaro Corcuera, L.C., director general de los Legionarios de Cristo y del Regnum Christi, envía esta
carta a los miembros y amigos del Movimiento reflexionando en la fiesta de
Cristo Rey -que este año se celebra el 20 de
noviembre-, y que es también el "Día del Regnum Christi".
En
diversas localidades donde el Movimiento está presente se tendrán momentos
de oración y convivencia familiar presididos por la celebración eucarística. En este enlace podrás consultar la localidad más cercana a
tu ciudad.
La carta en formato pdf se puede descargar
aquí.
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¡Venga tu Reino!
Roma, 20 de noviembre de
2011
A todos los miembros y amigos del Regnum Christi
en ocasión de la solemnidad de Cristo Rey
Muy estimados en
Jesucristo:
Siempre es un gusto dirigirme a ustedes, queridos miembros y
hermanos del Regnum Christi, ante todo para agradecerles el testimonio
de su entrega generosa, sus oraciones y tantas muestras de
apoyo. Este día, tan querido por toda la Iglesia y
la familia del Movimiento, me ofrece la oportunidad de compartir
con ustedes algunas reflexiones que pueden ayudarnos a seguir viviendo
nuestra vocación cristiana y de apóstoles, como Dios espera de
nosotros.
Sabemos que el Movimiento es una obra del corazón de
Cristo. Es Él quien nos ha invitado personalmente a ser
testigos de su amor y a extender su Reino entre
nuestros hermanos. Hoy fijamos en Él nuestra mirada agradecida por
todas sus bendiciones, por todo el bien que hace a
través de cada uno de ustedes. Cuánto nos estimula y
consuela contemplar a Cristo, verdadero Rey universal, cuyo inmenso amor
siempre es más fuerte que todas las formas de mal
en el mundo. Como a los primeros discípulos, nos asegura
su presencia real en medio de nosotros hasta el final
de los tiempos. Él es, en verdad, el culmen de
nuestras aspiraciones, quien revela plenamente la dignidad de cada hombre
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| «Es ahí, en la unión con Dios donde el Papa encuentra la luz y la fuerza para guiar a la Iglesia». | |
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a los ojos de Dios y quien nos asegura el
triunfo definitivo de su amor.
Su reinado es muy diferente a
los de este mundo. Cristo se nos presenta como verdadero
Rey de la paz, manso y humilde de corazón. Ejerce
su soberanía desde el trono de la Cruz. Con su
humildad nos llena de su paz y nos pide imitar
su corazón, manso y humilde. Fijamos en Él nuestra mirada
para revestirnos de sus mismos sentimientos, para dejarnos penetrar de
su amor hacia todos los hombres. Queremos aprender de su
ejemplo a servir a nuestros hermanos, como el camino seguro
para llegar a reinar con Él.
Dado que la oración es
la que nos lleva a asemejarnos a Cristo cada vez
más, quisiera reflexionar con ustedes sobre este tema. Nuestra vida
personal es un reflejo de lo que es nuestra oración.
El Papa Benedicto XVI está ahora ofreciendo una serie de
catequesis sobre la oración. En ellas nos presenta muy valiosas
enseñanzas, pero sobre todo nos abre su corazón, pues es
ahí, en la unión con Dios donde encuentra la luz
y la fuerza para guiar a la Iglesia. También nosotros
estamos llamados a hacer de la oración no sólo un
medio de crecimiento espiritual y de santificación, sino una necesidad
vital, algo sin lo que realmente no podríamos vivir.
1. Encuentro
con Dios que nos transforma
La oración cristiana es, ante todo,
un encuentro con Cristo en el que contemplamos su amor
por nosotros. Es necesario nuestro esfuerzo para disponernos adecuadamente a
entrar en su presencia, pero sabemos que el protagonista de
la oración es Dios y a nosotros nos corresponde permanecer
en una actitud de escucha y acogida. San Agustín lo
expresa con estas hermosas palabras: «La oración es el encuentro
de la sed de Dios con la sed del hombre.
Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de
Él» (San Agustín, De diversis quaestionibus octoginta tribus 64, 4).
Este
encuentro con Cristo, si nosotros acudimos abiertos y bien dispuestos,
nos transforma en lo más profundo de nuestro ser. La
oración cambia nuestro modo de ver, de pensar, de sentir.
En la oración, Dios nos da un corazón nuevo, capaz
de amar, de perdonar, de entregarse. Y esto porque la
oración, al ser un encuentro con Cristo, nos permite tocar
su corazón y que Él haga poco a poco el
nuestro como el suyo (cf. Mt 11, 29), nos hace
conocer y asumir sus sentimientos (cf. Flp 2, 5), pero
al mismo tiempo enjuga nuestras lágrimas (cf. Is 25, 8).
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| «Estar en contacto con el amor apasionado de Dios nos lleva también a vivir la auténtica pasión por Cristo y por la salvación de las almas». | |
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Ésa es la transformación más misteriosa: donde toca nuestro corazón,
lo sana, lo libera, lo lanza, haciéndolo semejante al suyo.
En
este periodo especial que estamos viviendo, Dios nos invita a
vivir muy cerca de Él, a dejar que sea Él
quien sane las heridas del alma, quien nos consuele y
nos siga mostrando su proyecto de amor sobre el Movimiento
y sobre cada uno de nosotros: la santidad. En la
ceremonia de canonización que presidió el Papa hace algunas semanas,
el rasgo que más destacó de los tres nuevos santos
en la homilía fue este dejarse transformar por el amor
de Dios y ser reflejo de ese amor para nuestros
hermanos, hasta poder decir como san Pablo «No soy yo
el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga
2, 20). Comentaba el Santo Padre: «se dejaron transformar por
la caridad divina y según ella moldearon su vida. En
situaciones distintas y con diversos carismas, amaron al Señor con
todo el corazón y al prójimo como a sí mismos»
(Homilía, 23 de octubre de 2011).
Esta transformación no es principalmente
fruto de una decisión o esfuerzo personal, sino de nuestra
apertura a la gracia, en la oración y en los
sacramentos. Estar en contacto con el amor apasionado de Dios
nos lleva también a vivir la auténtica pasión por Cristo
y por la salvación de las almas. Cuando oramos, crece
nuestro entusiasmo por la misión. Como le sucedió a san
Pablo; para él, predicar a Cristo era la ilusión que
marcaba toda su vida. El entusiasmo no es un sentimiento
superficial o pasajero, sino la actitud profunda y convencida de
quien sabe lo que trae entre manos: un tesoro que
no podemos guardar para nosotros mismos.
2. Humildad y confianza
La humildad
es la puerta que nos permite entrar en la presencia
de Dios. Sabemos que Dios se complace en las almas
humildes y les concede su gracia. La humildad nos ayuda
a vivir en la verdad y nos libra del amor
propio, principal obstáculo para contemplar a Dios. Cuando acudimos con
humildad a la oración, dejamos que Dios actúe en nosotros
y con Él todo lo podemos.
La humildad nos ayuda a
poner nuestra confianza en Dios y abandonar en sus manos
nuestras inquietudes y dificultades. Decía el Papa en una de
sus audiencias: «Dirigirse al Señor en la oración implica siempre
un acto de confianza, con la conciencia de confiarse a
un Dios que es bueno, rico en amor y fidelidad.
[…] Bajo la guía del Señor debemos estar seguros de
que ésos son los senderos justos para nosotros, que Él
nos guía, está siempre cerca y no nos faltará nada»
(Audiencia, 5 de octubre de 2011).
Así, la humildad y la
confianza son como las llaves que nos permiten entrar en
ese dinamismo de contacto transformante con el corazón de Jesús
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| «La humildad y la confianza son como las llaves que nos permiten entrar en ese dinamismo de contacto transformante con el corazón de Jesús que es la oración». | |
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que es la oración. Ante Él, cae todo lo que
no sea de Él y nos libra del peligro del
personalismo individualista Si la humildad es la verdad con la
que nos vemos a nosotros mismos, la verdad es lo
que Dios ve en cada uno de nosotros: esa visión
auténtica es un fruto de la oración porque es participación
de esa visión divina. Pero esta sinceridad no lleva al
desaliento, porque nos descubre que lo que se nos pide
es confiar, echar las redes (cf.
Lc 5, 5), ponernos
y poner a los demás en situación de encontrarse con
Jesús (cf.
Mc 2, 3-12).
Cuando la oración es humilde, es
también agradecida. Cristo mismo nos da muestra de ello cuando
se dirige a su Padre: «Te doy gracias, Padre, porque
Tú siempre me escuchas» (Jn 11, 41), «Gracias, Padre porque
has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y
las has revelado a los sencillos» (Mt 11, 25). La
gratitud nos ayuda a reconocer la acción de Dios en
nuestra vida, sus intervenciones en los pequeños o grandes acontecimientos.
Para el alma agradecida, no pasan desapercibidos los dones de
Dios, y por eso comunica paz y gozo, aún en
medio de las oscuridades y pruebas de la vida. La
gratitud, así, nos abre a la esperanza y nos hace
sentir más cercana la presencia de Dios, «pues en realidad
Él no está lejos, Tú eres el que hace que
esté lejos. Ámalo y se te acercará: ámalo y habitará
en ti» (San Agustín, Sermón 21, 3-4).
3. Súplica e intercesión
Con
frecuencia nos acercamos a la oración para presentar a Dios
nuestras necesidades o las de nuestros hermanos. Ante una prueba
especial, una situación dolorosa o ante las dificultades cotidianas para
vivir fielmente nuestra vocación cristiana, sabemos que en la oración
encontraremos la paz del alma y la luz necesaria que
ilumine nuestro camino. La verdadera oración nos enseña a reconocer
el proyecto de amor que Dios tiene sobre nosotros en
medio de esas situaciones inesperadas. Esa oración y apertura normalmente
no dan una comprensión intelectual o un convencimiento racional que
dé tranquilidad, sino más bien hacen que emerja experiencialmente una
certeza de fe: Dios ha escogido la cruz como medio
de Redención y nos asocia, de maneras muchas veces misteriosas,
a esa dinámica. Nos hace ver el sentido del sufrimiento,
a ejemplo de Cristo, que nos amó hasta el extremo.
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| «Contemplar a Cristo crucificado nos deja sin palabras y nos llena de amor y gratitud». | |
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Contemplar a Cristo crucificado nos deja sin palabras y nos
llena de amor y gratitud.
En el Padrenuestro encontramos el modelo
para presentar nuestras peticiones a Dios. Cuando acudimos a Él
con pureza de intención, buscando agradarle en el cumplimiento de
su voluntad para establecer su Reino, aprendemos a elevar nuestro
corazón y a pedir como nos conviene. Descubrimos que sus
caminos no son nuestros caminos, y que sus caminos son
mucho mejores. Él conoce mejor que nosotros las cosas que
necesitamos: al presentarlas con confianza nos disponemos a acoger mejor
los dones que Él, Padre bueno, desea concedernos.
Dios se conmueve
cuando pedimos por los demás. Sin duda que la mejor
ayuda que podemos ofrecer a una persona es rezar por
ella para acercarla a Dios. El Papa Benedicto, en la
preparación para el encuentro de Asís, nos recordaba que la
mejor contribución del cristiano para la paz en el mundo
es la oración. Ante tantas situaciones que nos desconciertan y
nos hacen sufrir porque son contrarias al plan de Dios,
lo más importante es la oración. Es ahí donde aprendemos
a entrar en el corazón de Dios y ver los
problemas con sus ojos. Aprendemos a mirar el mal en
el mundo con el corazón redentor de Cristo, que no
vino a juzgar ni condenar sino a salvar.
4. La oración
y la paz
Por otra parte, la oración también permite al
Espíritu Santo concedernos sus frutos, los que san Pablo nos
recuerda en su carta a los Gálatas: «En cambio el
fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad,
fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Ga 5, 22-23). Hoy contemplamos
a Cristo Rey del universo, pero, como nos recordaba Benedicto
XVI recientemente, es «un rey manso que reina con la
humildad y mansedumbre […], Él es rey de paz, gracias
al poder de Dios, que es el poder del bien,
el poder del amor. Es un rey que hará desaparecer
los carros y los caballos de batalla, que quebrará los
arcos de guerra; un rey que realiza la paz en
la cruz, uniendo la tierra y el cielo y construyendo
un puente fraterno entre todos los hombres» (Audiencia, 26 de
octubre de 2011). Esos conflictos y guerras también anidan en
el interior del corazón: allí también –por medio de la
contemplación y el diálogo continuo– el Señor va poniendo paz
y confortando. Así, en la medida en que nosotros mismos
tenemos paz en el corazón, seremos «instrumentos de su paz»
para nuestros hermanos, como pedía san Francisco de Asís.
Queridos amigos,
he querido ponderar con ustedes y repetir temas que seguramente
ya saben o viven, pero que nos hacen ir a
lo esencial de la vida del apóstol y, por ello,
conviene repasar y examinar dentro de ese mismo diálogo con
Jesucristo. Que Él mismo haga fructificar estas ideas en sus
almas y siga haciendo del Movimiento una familia unida en
Cristo, en la que nos llena de confianza saber que
tenemos a María como Madre, a cuya protección maternal nos
acogemos.
Cuenten siempre con mis oraciones por todos ustedes. Afectísimo en
Cristo y en el Movimiento,
P. Alvaro Corcuera, L.C.