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| «Lo único que ellos tienen es exposición pública, admiración masiva, conocimiento casi universal. Pero eso no les hace mejores, solo los hace conocidos». | |
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Por el P. Cipriano Sánchez, L.C.
Tomado de
ciprianosanchez.blogspot.com
«Los medios de comunicación convierten a los futbolistas,
y a otras estrellas, en alguien tan próximo y tan
familiar como los objetos y casi como las personas de
casa. Ellos son parte de nuestra vida y de nuestros
sueños, son nosotros. La vida de cada uno ha de
dar sentido a lo que le ocurre. Pero, por el
contrario, el sentido de la vida de mucha gente depende
de lo que le ocurre, de lo que hace su
ídolo» (Manuel Mandianes).
Un particular fenómeno de nuestra época es la
adoración casi sagrada de nuevos ídolos encarnados en artistas o
en deportistas.
La vida de estas personas es casi más importante
que la nuestra. Seguimos sus amores, sus duelos, sus éxitos,
son como si los viviéramos nosotros. Una prenda con su
firma se convierte en el amuleto garantía de éxito. Estos
personajes son imanes que atraen multitudes dondequiera que vayan.
Obviamente no
quiero desprestigiar ni el trabajo artístico ni el esfuerzo o
la habilidad deportiva. Pero un actor, cantante, deportista no tiene una
implicación determinante para que nuestra existencia supere los problemas, disuelva
las dificultades, concilie las rencillas, o simplemente nos ayude a
llegar a final de mes. Realmente la cuestión no es
lo banal de unos cotilleos, sino la falta de sentido
que invade muchas de nuestras vidas hasta el punto de
preferir vivir las vidas ajenas que la propia, hasta el
punto de poner en objetos que otros han usado para
su éxito, las fuerzas que a nosotros nos faltan para
nuestra plenitud.
Es muy grave poner en manos de otros la
plenitud de la vida propia, esperar que otros me resuelvan
la existencia. Es una forma de alienación bastante curiosa en
una época que exalta el individualismo y la autoafirmación en
la realización desde las propias fuerzas.
Durante mucho tiempo el ser
humano puso su esperanza en las fuerzas de la naturaleza
a las que divinizó en panteones sobrepoblados de las religiones.
En la fusión de la razón y de la revelación,
el ser humano supo que había un Dios y que
desde la revelación cristiana, ese Dios venía a liberarlo de
las esclavitudes que el miedo le había hecho adquirir. Hace
unos cuatrocientos años, el ser humano pensó que ya no
necesitaba de una relación trascendente y rompió los vínculos con
quien le hacía libre, dándole un puesto particular en esta
compleja selva que es el cosmos. Al hacerse autónomo, se
hizo pequeño, y volvió a necesitar de alguien grande al
que referirse. Como no estaba dispuesto a que ese grande
fuera su creador y su redentor, decidió hacerlo a su
medida. El horizonte se volvió a llenar de ídolos un
poco más triviales que los iniciales, porque los que vivían
en los diferentes Olimpos daban de comer, o eso se
creía.
Los ídolos de hoy no dan nada. O quizá sí.
Dan el sueño de una plenitud que se tiene al
alcance de la mano y que no sabe cómo alcanzar.
Dan la ilusión de una trascendencia que ya cada uno
tiene en su interior y que busca frenéticamente en su
exterior. Dan el espejismo de ser grande por haber tocado
a alguien que uno mismo hizo grande, olvidando la grandeza
que habita en el propio interior.
Los ídolos de hoy día
son personas que han puesto en su vida lo que
muchos de nosotros no nos atrevemos a poner: esfuerzo, dedicación,
sacrificio, inteligencia, sentido de proyecto, superación de las cualidades que
se tienen o descubren. Lo único que ellos tienen es
exposición pública, admiración masiva, conocimiento casi universal. Pero eso no
les hace mejores, solo los hace conocidos. Mejores podemos ser
nosotros, aunque no seamos conocidos, porque no se es mejor
por ser un ídolo al que todos aplauden. Se es
mejor por ser hombres y mujeres que descubren en otros
lo bueno que uno mismo puede conseguir trabajando