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Un misterio del amor de Dios
COLOMBIA | RECURSOS | TESTIMONIOS-LEGIONARIOS
Testimonio vocacional del P. Julio César Chaparro Salcedo

P.  Julio César Chaparro Salcedo
P. Julio César Chaparro Salcedo
 


La vocación es un regalo de Dios y un misterio del amor de Dios que aceptas con libertad y generosidad. No es el único regalo que Dios puede dar a los hombres, pero sí uno muy especial. Sí, un misterio del amor, ya sea por parte de quien llama: Dios, como de quien responde: el hombre.



Nací el 15 de septiembre de 1979 en una ciudad que se llama Duitama, dentro del departamento de Boyacá, en Colombia. En mi familia percibí siempre un gran ambiente de religiosidad que me ayudó a crecer en el amor a Dios y a sus cosas. Mi padre se llama Ernesto y mi madre Elvira. Soy el hermano mayor. Después de mí, están mi hermana Melina, quien también ha consagrado su vida a Dios en el Movimiento Regnum Christi, y luego mi hermano Juan Pablo, quien fue seminarista menor durante un año, y ahora es profesor de preparatoria.



Estudié siempre, desde preescolar a último grado de bachillerato, en el Colegio Seminario de Duitama, un colegio del Estado dirigido por un sacerdote diocesano, el P. Carlos Humberto García. Como rector vi en él a una persona de gran piedad, autoridad y carácter, necesarios para poder inculcar los valores religiosos y cristianos en los alumnos. Era el colegio más distinguido académicamente en el departamento y ocupaba el octavo lugar en distinción académica a nivel de toda Colombia. Ante ello era todo un orgullo terminar allí el bachillerato para continuar casi directamente en una excelente universidad.



La verdad, a mí me gustaba estudiar. No tanto por facilidad o cualidades personales, sino por corresponder a mis padres, y porque quería un futuro próspero. De esta manera estuve casi todos los años entre los cinco primeros de la clase, hasta que en mi último año de bachillerato me gané el primer lugar y obtuve medalla honorífica por haber mantenido siempre un promedio sobre 9.0.



Sin embargo la escuela no lo era todo. Me encanta el ciclismo y el atletismo. Nunca competí, pero el ciclismo era mi pasión, tanto, que creo que el haber obtenido el primer lugar en mi último año de bachillerato fue también por la motivación que estaba de por medio: mi papá me prometió una bicicleta profesional de ruta ¡a mi medida! En el año 1996 se había realizado el mundial de ciclismo de ruta en mi ciudad. Después del mundial quedó la ruta, en la que entrenaba con la ilusión de llegar algún día a competir. Un Mundial de ciclismo, mi paso a la universidad y una vida profesional exitosa en el extranjero constituían el horizonte de un mundo por delante.


¿Por qué no darle una oportunidad a Dios? Quería estudiar Ingeniería Electromecánica en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia que se encontraba en mi ciudad. Esta carrera estaba sólo en esta universidad en aquellos años. Sin embargo, tenía también las puertas abiertas en la Universidad Industrial de Santander (UIS). Todo iba saliendo según lo planeado hasta que un día llegó al colegio un joven seminarista, vestido de negro, alegre, entusiasta, que nos habló de la situación del mundo y del gran reto de hacer algo por Dios y por los hombres; era el P. Jorge. Realmente, y lo recuerdo con tanta claridad, me dije: “¿Cómo es posible que Dios me da la oportunidad de querer ser ciclista, ingeniero, profesional, padre de familia, y no le he dado una oportunidad a Él?”

No estaba en mis planes ser sacerdote; pero recuerdo dos momentos de mi adolescencia en que de alguna manera se me pasó por la mente serlo. Recuerdo que el día de mi primera comunión a los trece años, al terminar la misa, comenzaron a acercase para felicitarme familiares, amigos y personas cercanas. Entre estas personas se encontraba Gabrielita, amiga de mi abuelita. Antes de darme un regalo y su felicitación, me preguntó con confianza y alegría en su rostro: “¿No te gustaría ser sacerdote?” Tomé el regalo antes de responder, pues primero había que asegurar las cosas –pensé– luego le dije que no me gustaría ser sacerdote, aunque mi corazón me decía con toda claridad: “¡No seas mentiroso, sí que te gustaría!” Ahí quedó todo. El otro sucedió en mi salón de clases. Allí había un compañero al que le decíamos “el padrecito”. Tenía los días contados para ir al seminario. Entre comentarios y bromas ante su deseo de ser sacerdote,
P.  Julio César Chaparro Salcedo
El P. Julio César Chaparro, con sus padres, su hermana consagrada y su hermano, el día de su ordenación diaconal.
siempre me quedaba reflexionando en que el sacerdocio debería ser algo grandioso, maravilloso, pero que seguramente no era para mí. Hoy, este compañero está por terminar su carrera de medicina, está casado, tiene dos hijas; y quién les escribe, ha recibido el don inmerecido del sacerdocio. ¿Quién lo iba a decir? Sólo Dios que conoce y lee las fibras más íntimas de nuestro corazón.



Entre los medios que Dios fue poniendo para darme cuenta de que el sacerdocio era algo más grandioso de lo que normalmente tenemos en mente, sin duda alguna fue la presencia de dos ejemplares sacerdotes en mi vida: mi tío el P. Juan Israel Salcedo y Monseñor José Raymundo Pérez. Mi tío fue religioso salesiano y luego se ordenó como sacerdote diocesano. En ese tiempo de seminarista salesiano me envió revistas y libros de las aventuras de san Juan Bosco, como también, de santos de la familia salesiana: santo Domingo Savio y Miguel Magone. Estos sí que eran héroes, mucho más que Superman, Batman, Capitán América o Linterna Verde. Pero ha sido más la vida de mi tío sacerdote, su ejemplo y sencillez, la que me ayudaron a ver el sacerdocio como opción cuando llegó el momento de decidir. Así mismo, Mons. Pérez con su bondad de padre, su firmeza a la hora de enseñar y predicar el evangelio, marcaron en mi alma un ideal muy alto de lo que significa dar la vida por los demás.


Mi respuesta fue “Sí” Entonces decidí darle una oportunidad a Dios. En esa misma semana que conocí al P. Jorge, participé de una convivencia de discernimiento vocacional. Asistimos seis compañeros del colegio. Recuerdo con emoción el video que nos mostraron sobre la visita de Juan Pablo II a Colombia en el año de 1986, meses después de que una erupción y una avalancha del Volcán Galeras sepultara toda la ciudad de Armero con miles de sus habitantes. Me ha quedado grabado el mensaje de esperanza y fortaleza con el que robusteció los corazones de los colombianos; pues también Colombia ha llevado la cruz de la violencia, el narcotráfico, la guerrilla y la pobreza; no sin la cercanía y fortalezas de la fe y cercana en Dios.

Pensé, que después de esta experiencia de la convivencia a todos mis compañeros y otros amigos les encantaría hacer una experiencia más larga de discernimiento en el verano, pero no fue así. En el cuestionario final nos preguntaban con toda espontaneidad: “¿Te gustaría ir al programa de verano de discernimiento vocacional?” Dije que sí, claro, pensando también en la piscina, los paseos y el ambiente. Cuando lo comenté con mis amigos me dijeron que ellos habían respondido que no. Creo que a estas alturas me estaba quedando solo, pero en realidad, descubría que la vocación es algo más personal: era algo entre Dios y yo.

Me ayudó bastante el seguir en dirección espiritual el tema de la vocación. Seguí dedicando mi tiempo al estudio, a la familia y al trabajo en este último año de preparatoria. Trabajé como mesero en un restaurante de un tío. Fue una experiencia enriquecedora que luego se convirtió en prueba para no ir al curso de discernimiento vocacional. Mi tío, al ver mi trabajo y lo contento que estaba, terminó ofreciéndome el puesto de administrador para las vacaciones con un buen sueldo, esto brilló bastante a mis ojos. Esta nueva experiencia como administrador era al mismo tiempo del curso de discernimiento del verano, pero, aun siendo atractivo, seguía con la ilusión de darle una oportunidad a Dios.



Al terminar mi bachillerato en noviembre de 1996 y con la alegría de haber alcanzado mis metas en el estudio, partí para el curso de discernimiento del verano. No dejó de pesarme el dejar mi familia y mi bicicleta nueva hecha a mi medida. Aunque le decía a mi familia que sería por quince días, bien sabía que en mi corazón llevaba la puerta abierta a Dios para darle mi vida, claro, si Él así me lo pedía. La tarde anterior a mi partida, mi bicicleta lució mejor que nunca ante los rayos del sol y luego ante las lámparas de las avenidas de la ciudad. Pero bueno, tenía que desprenderme.




¡Tú, lo mereces todo! Llegué a la Estrella, Antioquia, lugar del noviciado de los Legionarios de Cristo en Colombia y donde se realizaría el curso de discernimiento vocacional. Percibí inmediatamente que ese era mi lugar. Comenzamos a vivir esta experiencia vocacional en un ambiente de alegría, oración y amistad con los demás jóvenes que participaban. Recuerdo que estábamos en diciembre, mes navideño cercano al año nuevo, y de fiestas familiares. Ante las llamadas de mi familia para que regresase a casa a pasar la navidad, con alusiones a la fiesta y a la rumba (fiesta alegre en familia con baile) que en estas épocas también se ofrecía, sólo tenía este pensamiento: He pasado diecisiete navidades con mi familia, ¡Cómo no voy a darle una a Jesús! Cuando mi familia vio que la cosa iba en serio fueron a buscarme al noviciado, y para sorpresa de ellos, no tuve que decirles que me iba a quedar, sino que al ver que el sastre me estaba tomando las medidas para la sotana y no ya para una bicicleta, comprendieron que mi respuesta a Dios había sido un “sí” a seguirle: Aquí estoy para hacer tu voluntad, no por imposición, o por no tener escapatoria, sino porque se trata de responder libremente, con fe y amor a tu llamada. Hasta el día de hoy he seguido una respuesta libre y amorosa cada día, no sin ausencia de dificultades o caídas, pero llena de una entrega de Dios para conmigo y mi familia.



¿Qué me ha ayudado a perseverar, a enamorarme de mi vocación y a seguir adelante? Sin duda la cercanía con Cristo Eucaristía. Él, presente siempre en el sagrario ha sido mi fiel amigo, mi fiel confidente. Recuerdo que desde los trece años, antes de entrar a clases, pasaba todos los días por la capilla del colegio, abría la puerta, pasaba, me arrodillaba y dialogaba con Él en silencio. Lo que me llama la atención, es recordar que era algo espontáneo que hacíamos más de treinta estudiantes. Es más, si estaba cerrada la capilla, íbamos por la llave, porque queríamos estar con Cristo dentro de su casa y no afuera de ella. Creo, sin duda alguna, que su cercanía ha sido clave para seguir adelante. Esto me ha ayudado a perseverar.


Amar más y mejor Han sido quince años de formación en la Legión los que he vivido hasta el día de hoy. Dos años de noviciado en Colombia donde aprendí a enamorarme de Cristo, fue como el noviazgo con Cristo para que al término de estos años decidiera con mayor confianza y amor seguirle en la vida religiosa en la Legión de Cristo.

Un año en Salamanca, España, haciendo mis humanidades, abriéndome horizontes dentro de la misión que se me encomendaba. Dos años en Roma, en los que aprendes a valorar el ambiente de familia en la Iglesia junto al Papa y mis hermanos legionarios de Roma. Siete años en México, entre el trabajo como formador de seminaristas, promotor vocacional y administrador, que me han ayudado a ver la misión que tengo encomendada, la necesidad de Dios entre las personas, la alegría y generosidad del pueblo mexicano con el que me he sentido como en casa.



Fui ordenado diácono el pasado 22 de junio, y como nunca, experimenté la cercanía de tantas personas que estuvieron presentes en la ordenación, y quienes de alguna manera, estuvieron también muy presentes con sus oraciones desde donde las circunstancias les permitieron acompañarme. Todos hicieron que ese día Dios los hiciera parte de la felicidad que Él me quiso regalar. Aprovecho para agradecer de manera muy especial a Mons. Marcelino Hernández por haber recibido el diaconado de sus manos. Así mismo, a su Eminencia Cardenal Velasio De Paolis, nuestro Delegado Pontificio, y al P. Álvaro, nuestro director general, por darme la oportunidad de ser aceptado a las órdenes del sacerdocio para servir a mis hermanos los hombres, para amarles más y mejor.


 


EL P. JULIO CÉSAR CHAPARRO SALCEDO nació en Duitama (Colombia) el 15 de septiembre de 1979. Estudió la primaria y el bachillerato en el Colegio Seminario de Duitama. Ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en La Estrella (Colombia) en 1997. Cursó los estudios de humanidades clásicas en Salamanca (España). Durante un año fue miembro del equipo de formadores del seminario menor de la Legión de Cristo en Guadalajara (México). Tres años estuvo como promotor vocacional en los estados de Veracruz, Puebla, Michoacán, Estado de México y Querétaro. Obtuvo la licenciatura en filosofía y el bachillerato en teología por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum en Roma. Actualmente desarrolla su apostolado como auxiliar de secretaría y administrador de la oficinas de la dirección
territorial de los Legionarios de Cristo en México D.F.









Los testimonios vocacionales de los legionarios de Cristo que recibieron la ordenación sacerdotal en el año 2011 han sido publicados en el libro "Dios lo da todo".


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2010-12-12


 

 


 



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