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| "Comienza hoy a sanar las heridas que hay en tu interior, en tus recuerdos y en tu corazón". | |
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Por el P. Dennis Doren, L.C.
De vez en
cuando sobreviene una herida que te deja paralizado en tu
camino; te sientes sacudido, ultrajado, reaccionas ardiendo en ira o
te quedas frío, desconcertado; lo último que se te ocurre
es volverte contra el que te ha herido, piensas que
es imposible olvidar la herida, dejar de sentir indignación; quizá
llegas a pensar que sería un error el perdonar: lo
que te han hecho, clama al cielo.
El perdón de las
pequeñas faltas de todos los días es algo que todos
damos y recibimos constantemente. Si te he pisado el pie,
tú me dices enseguida: "no ha sido nada"; si alguien
ha cometido un fallo que nos retrasa a todos el
trabajo del día, acabamos sonriendo y, aquí no ha pasado
nada. De pronto, te hiere el comentario de una amiga;
ella se da cuenta de tu gesto y, rápidamente, te
pide perdón y te hace una caricia. Es así como
perdonamos y somos perdonados, casi sin darnos cuenta de lo
que hacemos. Pero ¿qué pasa cuando llegan las grandes heridas
que no tienen fácil curación? ¿Cómo podemos perdonar? Hay algunos
que sí han encontrado respuesta a esta pregunta.
El perdón es
la base para sanar las heridas de la mente, de
la conciencia y del corazón.
El perdón es la clave para
experimentar la libertad de espíritu.
El perdón es una barrera que
debemos cruzar para ser totalmente libres, libres del pasado que
en ocasiones nos puede atormentar y que no nos deja
caminar por donde nosotros queremos. Sin perdón hay dolor, rencor,
resentimiento y amargura. Comienza hoy a sanar las heridas que
hay en tu interior, en tus recuerdos y en tu
corazón. A continuación te comparto estas 4 clases de perdón
que me acaban de llegar por Internet.
1. Perdonarse a uno
mismo.
Hay situaciones que producen una desilusión de nosotros mismos, una
expectativa que yo tenía y que de la noche a
la mañana se convirtió en un fracaso; no supe elegir,
no supe ponderar todas las circunstancias, me apresuré en decidir,
no calculé bien mis propias posibilidades, esto me llevó a
tener actitudes y hechos cometidos que me humillaron, denigraron y
me sentí avergonzado. Esta clase de fallas requieren de un
auto-perdón.
Tenemos que aprender a liberarnos de nuestras propias fallas. ¡Perdónate!
Nadie es perfecto, la misma esencia defectuosa propensa a fallar
existe en todos los seres humanos; reconoce que no eres
perfecto y que esta caída o fracaso es una oportunidad
para aprender, para crecer y madurar en la vida. Perdonarte
a ti mismo es aceptar con humildad tu condición real
de ser humano; reconoce que no eres perfecto y comienza
a mejorar. Perdonarte a ti mismo es un acto de
humildad. Perdonarte a ti mismo te hará depositar la confianza
en Dios para recibir la fortaleza y no volver a
fallar. Sana esas heridas que hay en tu corazón, perdonándote
y comenzando de nuevo.
2. Perdonar a otros.
El perdón sigue siendo
un arma secreta en la vida cristiana para conquistar corazones
y para ayudar al mundo por medio de la paz
de la humanidad. El perdón requiere una enorme fortaleza, la
única que vale; es la fuerza de quien sabe vencer
al mal con el bien. Sólo esta fortaleza es el
antídoto que podrá salvar a este mundo enfermo.
Tal vez nosotros
no tengamos mucho de qué perdonar ¡y cuánto nos cuesta
a veces decir: «déjalo, no te preocupes más, te perdono»
¡Cuántas veces nos vienen los rencores al corazón y nos
dejan un sabor amargo en la boca! «Ésta me la
paga». « ¡Que muerda el polvo!». Y no nos damos
cuenta de que la venganza y el rencor nos dañan
en primer lugar a nosotros mismos y a aquellos que
amamos. Esa angustia, esa insatisfacción que se forma en mí
cuando no sé perdonar me va secando el corazón y
me ciega ante la realidad.
Las heridas duelen y a veces
mucho; pero alguien dijo: “La mejor venganza es el perdón”
porque la falta de perdón te auto-esclaviza.
Te lastimas a ti
mismo cuando no perdonas, mientras el ofensor no se percata
de tus sentimientos.
Tu falta de perdón hacia otros te mantiene
preso y atado a esa persona. ¡Sólo serás libre perdonando!
¿Te fallaron?, bienvenido al planeta tierra.
Este es un mundo con
injusticias, con seres humanos que tienen libre albedrío, que tienen
sus propias debilidades.
Serás libre y feliz cuando cruces la barrera
del perdón.
El día que aprendas a perdonar y olvidar, poseerás
la virtud suprema.
Solo los valientes perdonan. Solo los sabios saben
perdonar al prójimo. Solo quien tiene verdadero amor, es capaz
de dar el primer paso de la reconciliación.
Tú eliges entre
permanecer preso o hallar la libertad.
Cualquier mediocre puede ser violento,
matar, abusar o lastimar, pero no cualquiera posee el supremo
valor de perdonar.
Esto solo es un rasgo de los seres
sabios e inteligentes, de aquellos que tienen grande el corazón.
Perdona
hoy lo que te hicieron, tú no tienes la culpa.
En
cada historia personal encontramos siempre momentos de gran sufrimiento ocasionado
muchas veces por quienes más queremos. Esas heridas pueden infectarse
generando una serie de rencores y resentimientos que sólo causan
mayor daño a la persona. La única medicina capaz de
curar y prevenir esa gangrena interior es el perdón. Un
perdón que no es señal de debilidad, sino de fortaleza;
que no es resignación, sino aceptación de una realidad para
poder superarla; un perdón que es el único remedio para
mantener sanos la mente y el corazón.
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