Búsqueda      Idioma 
     

¿Por qué no soy feliz? (Artículo)
¿Qué hacen los hipócritas?
2014-10-17 (Artículo)
Es bueno estar aquí (Artículo)
Aquí bulle mucha fuerza espiritual escondida, que puja por emerger (Artículo)
Quiero ser tu amigo de verdad (Artículo)

Ser testigos de la fe
ITALIA | REGNUM CHRISTI | ESPIRITUALIDAD
Carta del P. Álvaro Corcuera, L.C., con motivo de la Cuaresma 2012: «Dios ha querido llamarnos a ser testigos de la fe en este momento de la historia para que muchos hombres le conozcan y le amen».

Año de la fe

Roma, 23 de febrero de 2012. El P. Álvaro Corcuera, L.C., director general de los legionarios de Cristo y del Regnum Christi, escribió la siguiente carta a los miembros y amigos del Movimiento con ocasión de la Cuaresma.

La carta en formato pdf se puede descargar en este enlace.

*****

¡Venga tu Reino!

Roma, 22 de febrero de 2012

A los miembros y amigos del Regnum Christi
con ocasión del inicio de la cuaresma

Muy estimados en Jesucristo:

Es un gusto aprovechar esta ocasión para dirigirme a ustedes ahora que nos disponemos a comenzar este tiempo de gracia que es la cuaresma. Los periodos del año litúrgico se repiten cada año, pero siempre son nuevos en cierto sentido, pues Dios nos prepara las bendiciones que más necesitamos en este momento.

Cada uno de nosotros se acerca a esta cuaresma con su propia realidad y situación. Todos, sin duda, con un gran deseo de crecer en el amor de nuestras vidas, que es Jesucristo, en esta familia del Regnum Christi a la que Él nos ha llamado. Llegamos también con nuestra cruz, con los sufrimientos que Dios permite en nuestras vidas y que nos unen a tantas personas en el mundo. Tenemos una oportunidad maravillosa para unirnos de modo más intenso a Cristo crucificado, que da sentido y esperanza al dolor. «Que la esperanza os tenga alegres, estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración» (Rm 12, 12).

Como movimiento, acompañamos ahora de modo especial a las consagradas y los consagrados, que están comenzando una nueva etapa del camino de renovación. En estos momentos difíciles pero llenos de confianza en Dios, nos sentimos y somos realmente una familia unida en Cristo y en la Iglesia: legionarios, consagrados y consagradas, todos los miembro y amigos del Regnum Christi, los niños y niñas del Ecyd, etc. No estamos solos. Dios nos llama a ser apóstoles de la misericordia, a amar sin medida, perdonando y pidiendo perdón, siguiendo no la tendencia natural a culpar sino dejándonos mover por la gracia y por la ley del Evangelio, que es la caridad. Nos
Reuniones de consagrados.
«En estos momentos difíciles pero llenos de confianza en Dios, nos sentimos y somos realmente una familia unida en Cristo y en la Iglesia».
sabemos apoyados y sostenidos mutuamente por la oración, el testimonio y tantas muestras de afecto. Agradecemos mucho que la Iglesia como madre nos guía y nos asiste de modo especial en estos momentos, a través del Vicario de Cristo y de nuestro Delegado Pontificio. Dios nos lleva de la mano y nos hace sentir seguros, no basados en expectativas humanas sino en la fe, la esperanza y el amor teologales.

Junto con toda la Iglesia nos estamos preparando para el Año de la fe convocado por el Papa Benedicto XVI, que comenzará en octubre próximo. A esta luz, quisiera reflexionar brevemente con ustedes sobre el llamado que Dios nos hace a ser testigos de la fe.

1. Llamados a ser testigos de la fe

En diciembre y enero he tenido la gracia de encontrarme con muchos de ustedes en Chile, Estados Unidos y México. ¡Qué alegría ha sido poder compartir estos momentos! Es una bendición ver cómo el Espíritu Santo suscita tantos deseos de santidad, tantas iniciativas, tantas maneras concretas de llevar el amor de Jesucristo a los hombres. Si hoy estamos aquí, es gracias a otras personas que creyeron y buscaron llevarnos a Jesucristo. Al repasar nuestra historia personal, descubrimos con gratitud la presencia de muchos hombres y mujeres que, de diversos modos, nos han acercado y nos siguen llevando a Dios. Antes de percibir nuestra llamada al Movimiento, hemos recibido en la Iglesia los sacramentos, la gracia y tantos otros dones, gracias a la generosidad de muchos que, por su fe, han sido instrumentos para que el Evangelio llegara a nuestros países y a nuestras familias.

En la carta apostólica en la que convoca el Año de la fe, el Papa nos invita a volver a recorrer la historia de nuestra fe. Ahí nos habla de María, de los Apóstoles, de los discípulos en la primera comunidad cristiana, de los mártires, de los hombres y mujeres que han consagrado su vida a Cristo y, finalmente, de tantos hombres y mujeres que «han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban» (Porta fidei, 13). ¡Cuánta gratitud brota en el alma al contemplar esta cadena de fidelidad y entrega por la cual la fe ha llegado hasta nosotros!

Al mismo tiempo, sabemos que la transmisión de la fe de una generación a otra no ha sido siempre fácil. Repasando la historia de la Iglesia encontramos que detrás hay mucha santidad y entrega, tantas veces llegando al heroísmo. ¡Cuántos mártires a lo largo de estos veinte siglos! «La sangre de los mártires es semilla de cristianos», decía Tertuliano. Si hoy estamos aquí, es también gracias al sacrificio de tantos hombres y mujeres que han dado su vida por Cristo y por los hermanos, que han estado dispuestos a ser semillas podridas en el surco.

Dios ha querido llamarnos
misiones
«Al repasar nuestra historia personal, descubrimos con gratitud la presencia de muchos hombres y mujeres que, de diversos modos, nos han acercado y nos siguen llevando a Dios».
a ser testigos de la fe en este momento de la historia para que muchos hombres le conozcan y le amen. Somos parte de esta gran cadena de fe, en la que nos sostenemos unos a otros, y en la que compartimos el compromiso de transmitir lo que hemos recibido: «Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros» (Catecismo de la Iglesia Católica, 166). ¡Cuánta confianza tiene Dios en nosotros al confiarnos esta misión!

Además, Él ha colocado en nuestras manos el Regnum Christi, un don del Espíritu Santo para su Iglesia, que llegará a su plenitud en la medida en que sepamos colaborar con Él, sin frenar su acción providencial. Cuántos testimonios conocemos de hermanos nuestros que viven con pasión su vocación de apóstoles en el Movimiento. Verlos nos recuerda que en cualquier edad estamos llamados a ser testigos de la fe, a ser santos, a irradiar el amor de Jesucristo ahí donde Dios nos ha colocado. «Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin» (Porta fidei, 15).

El domingo pasado, el Papa decía a los nuevos cardenales que su misión era sobre todo «dar testimonio de la alegría del amor de Cristo» (Homilía, 19 de febrero de 2012). Cuando nuestro corazón está lleno de este amor, no podemos vivir tristes ni encerrados, aún en medio de grandes pruebas y sufrimientos. La fe nos da la certeza de su amor y de esa alegría profunda brota el testimonio que es capaz de transformar el mundo.

2. Fortalecer nuestra fe

Al repasar la vida de los primeros cristianos, nos sorprende ver el valor con que se lanzaron a predicar el Evangelio, muchas veces contando con muy pocos medios y en circunstancias adversas. Su fe y amor a Jesucristo les condujeron a realizar obras extraordinarias, como había prometido Jesucristo a los apóstoles en la Última Cena: «en verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre» (Jn 14, 12).

Ser testigos de la fe hoy, como bien sabemos, implica tantas veces ir contracorriente. Pero no hemos de temer las cruces que puedan presentarse, pues de ellas no pueden venir sino bendiciones. Dios nos invita a pensar, en primer lugar, en las necesidades de las almas, en nuestra misión. La mejor manera de preocuparnos de nosotros mismos es preocuparnos por los demás. Si viéramos todas las necesidades de la Iglesia y cuánto sufre, no dejaríamos de trabajar por llevar a Jesucristo a tantos que todavía no le conocen; ya no sólo en tierras lejanas, sino en nuestras mismas ciudades, entre los que están cerca de nosotros. El mayor servicio que podemos hacerles es llevarles a la amistad de Jesucristo.

Al mismo tiempo, experimentamos nuestra limitación humana y vemos lo poco que podemos hacer por nosotros mismos. Por eso, hemos de pedir a Dios la gracia de la fe. Les propongo recordar brevemente tres medios que tanto nos ayudan a seguir creciendo y fortaleciéndonos en nuestra fe, para colaborar plenamente con Dios en su plan de salvación. Sólo con mucha oración, Eucaristía y contacto con la Palabra de Dios podremos ser auténticos testigos de la fe.

La oración

La fe no es una serie de ideas, sino la entrega a quien nos creó por amor: «es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 150). Es en el trato sencillo y cordial con Él donde va creciendo nuestra fe. Ahí le confiamos nuestras alegrías y tristezas, nuestras dificultades e ilusiones, pero sobre todo le escuchamos y abrazamos de todo corazón su plan sobre nuestra vida, en las buenas y en las malas. Decía el Papa en una de sus últimas audiencias: «ante las
Adoración por las vocaciones.
«Es en el trato sencillo y cordial con Él donde va creciendo nuestra fe. Ahí le confiamos nuestras alegrías y tristezas, nuestras dificultades e ilusiones, pero sobre todo le escuchamos y abrazamos de todo corazón su plan sobre nuestra vida».
situaciones más difíciles y dolorosas, cuando parece que Dios no escucha, no debemos temer confiarle a él el peso que llevamos en nuestro corazón, no debemos tener miedo de gritarle nuestro sufrimiento; debemos estar convencidos de que Dios está cerca, aunque en apariencia calle» (Audiencia general, 8 de febrero de 2012).

Por ello, orar no es pensar muchas cosas, sino sobre todo acoger y contemplar a Dios en nuestro interior; convertir nuestra vida en una respuesta amorosa a Él. Identificarnos con Él en su modo de ver, querer, actuar. Dejar que sea Cristo quien viva en nosotros. Especialmente en este período, hemos de preguntarle constantemente: Señor, ¿qué quieres de mí en este momento? Y decirle con todo nuestro corazón que queremos lo que Él quiera. Nuestra mayor fuente de paz y de unidad está en conocer y realizar por amor la voluntad de Dios, en construir nuestra vida sobre la roca de su voluntad: «cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca» (Mt 7, 25).

Contemplando la oración de Cristo en Getsemaní, decía el Santo Padre: «debemos aprender a abandonarnos más a la Providencia divina, pedir a Dios la fuerza de salir de nosotros mismos para renovarle nuestro “sí”, para repetirle que “se haga tu voluntad”, para conformar nuestra voluntad a la suya. Es una oración que debemos hacer cada día, porque no siempre es fácil abandonarse a la voluntad de Dios, repetir el “sí” de Jesús, el “sí” de María» (Audiencia general, 1 de febrero de 2012). Intensifiquemos nuestra vida de oración en esta cuaresma para que ahí, como decía el Papa en la misma audiencia, Él nos dé esperanza, nos haga sentir su cercanía y nos proporcione un poco de luz en el camino de la vida.

La vida eucarística

La Eucaristía es el «misterio de la fe», como proclama el sacerdote después de la consagración en la misa. Es muy hermoso ver cuántas iniciativas de adoración eucarística han surgido en este período en la Legión y el Movimiento. Realmente ahí Cristo transforma nuestra vida, como recordaba recientemente el Papa Benedicto XVI: «la adoración es ante todo un acto de fe: el acto de fe como tal. [...] Él está allí. Y si él está presente, yo me inclino ante él. Entonces, razón, voluntad y corazón se abren hacia él, a partir de él. En Cristo resucitado está presente el Dios que se ha hecho hombre, que sufrió por nosotros porque nos ama. Entramos en esta certeza del amor corpóreo de Dios por nosotros, y lo hacemos amando con él. Esto es adoración, y esto marcará después mi vida» (Discurso a la Curia Romana, 22 de diciembre de 2011).

Por ello, el mejor lugar para crecer en la fe y para llenarnos de Cristo es la Eucaristía. Ahí aprendemos a ver las cosas desde Él y nos unimos profundamente, participando del mismo Pan y del mismo Cáliz. No serán nuestras reflexiones ni nuestros trabajos lo que más ayude a instaurar el Reino de Cristo. Ante todo, será la acción de Dios en cada uno de nosotros, conscientes de que Él actúa maravillas en el hombre que cree profundamente. Detrás de un testigo de la fe, de un santo, de un apóstol, hay siempre un hombre o una mujer de Eucaristía. Cuando recibimos a Cristo en nuestro corazón, encontramos la fuerza que humanamente tantas veces sentimos que nos falta.

La lectura y meditación de la Palabra de Dios

Muchas veces queremos escuchar a Dios y lo buscamos por todas partes. Pero no debemos olvidar que Él nos habla sobre
Biblia Peregrina
«Ir al Evangelio es encontrarnos con Cristo y, así, dejar que Él vaya plasmando nuestra vida».
todo a través de la Sagrada Escritura. Ahí tenemos su palabra, que nos habla en el hoy de nuestras vidas. La Palabra de Dios ha de ser el primer punto de referencia en nuestro obrar, de manera que estemos constantemente confrontando nuestra vida con el Evangelio, preguntándole a Cristo cómo actuaría en este momento.

El Papa Benedicto XVI nos recuerda el valor de escuchar la Palabra de Dios para crecer en la fe: «la fe, con la que abrazamos de corazón la verdad que se nos ha revelado y nos entregamos totalmente a Cristo, surge precisamente por la predicación de la Palabra divina: “la fe nace del mensaje, y el mensaje consiste en hablar de Cristo” (Rm 10,17)» (Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, 25).

Ir al Evangelio es encontrarnos con Cristo y, así, dejar que Él vaya plasmando nuestra vida. Sólo de este modo, como dice el Papa en la misma exhortación, «el Espíritu Santo, que ha inspirado a los autores sagrados, es el mismo que anima a los santos a dar la vida por el Evangelio» (Verbum Domini, 49). Pedimos a Dios que acojamos con docilidad y fe su Palabra, para que vaya formando en nosotros la imagen de Cristo.

Ya termino estas líneas, agradeciéndoles de corazón su testimonio y fidelidad. Quisiera hacer algo más por cada uno de ustedes pero les ofrezco mis oraciones y toda mi gratitud. En este período nos toca sembrar, nos toca ser testigos, instrumentos, confiados en que el Espíritu Santo hará fecunda esa entrega en los modos y tiempos que Él quiera.

Seremos capaces de dar un testimonio creíble y transmitir el amor de Dios en la medida en que nosotros mismos nos dejemos transformar por Él. Así como nosotros repasamos ahora la historia de nuestra fe, las futuras generaciones de legionarios y miembros del Regnum Christi volverán sus ojos a nosotros para ver cómo vivimos este momento. Pensemos en lo que será el Movimiento en unos años, lo que hará Dios con la fidelidad de cada uno. Nos seguimos apoyando unos a otros con la oración y colocamos en manos de María esta cuaresma. Le pedimos que nos ayude a crecer en la fe y en el amor a Jesucristo para ser lo que Él quiere de nosotros.

Afectísimo en Cristo y el Movimiento,

Álvaro Corcuera, L.C.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-02-23


 

 


 



Síguenos en :   
Auspiciada por la congregación de los Legionarios de Cristo y el Movimiento Regnum Christi , Copyright 2014 , Legión de Cristo. Todos los derechos reservados.

¿Deseas agregarSer testigos de la fe a tus favoritos?
  -    No