Roma, 23 de febrero de 2012. El P. Álvaro
Corcuera, L.C., director general de los legionarios de Cristo
y del Regnum Christi, escribió la siguiente carta a
los miembros y amigos del Movimiento con ocasión de la Cuaresma.
La
carta en formato pdf se puede descargar en este
enlace.
*****
¡Venga tu Reino!
Roma, 22 de febrero de
2012
A los miembros y amigos del Regnum Christi
con ocasión
del inicio de la cuaresma
Muy estimados en Jesucristo:
Es un gusto
aprovechar esta ocasión para dirigirme a ustedes ahora que nos
disponemos a comenzar este tiempo de gracia que es la
cuaresma. Los periodos del año litúrgico se repiten cada año,
pero siempre son nuevos en cierto sentido, pues Dios nos
prepara las bendiciones que más necesitamos en este momento.
Cada uno
de nosotros se acerca a esta cuaresma con su propia
realidad y situación. Todos, sin duda, con un gran deseo
de crecer en el amor de nuestras vidas, que es
Jesucristo, en esta familia del Regnum Christi a la que
Él nos ha llamado. Llegamos también con nuestra cruz, con
los sufrimientos que Dios permite en nuestras vidas y que
nos unen a tantas personas en el mundo. Tenemos una
oportunidad maravillosa para unirnos de modo más intenso a Cristo
crucificado, que da sentido y esperanza al dolor. «Que la
esperanza os tenga alegres, estad firmes en la tribulación, sed
asiduos en la oración» (Rm 12, 12).
Como movimiento, acompañamos ahora
de modo especial a las consagradas y los consagrados, que están comenzando una nueva etapa del camino
de renovación. En estos momentos difíciles pero llenos de confianza
en Dios, nos sentimos y somos realmente una familia unida
en Cristo y en la Iglesia: legionarios, consagrados y consagradas,
todos los miembro y amigos del Regnum Christi, los niños
y niñas del Ecyd, etc. No estamos solos. Dios
nos llama a ser apóstoles de la misericordia, a amar
sin medida, perdonando y pidiendo perdón, siguiendo no la tendencia
natural a culpar sino dejándonos mover por la gracia y
por la ley del Evangelio, que es la caridad. Nos
|
|  | |
| «En estos momentos difíciles pero llenos de confianza en Dios, nos sentimos y somos realmente una familia unida en Cristo y en la Iglesia». | |
 |
sabemos apoyados y sostenidos mutuamente por la oración, el testimonio
y tantas muestras de afecto. Agradecemos mucho que la Iglesia
como madre nos guía y nos asiste de modo especial
en estos momentos, a través del Vicario de Cristo y
de nuestro Delegado Pontificio. Dios nos lleva de la
mano y nos hace sentir seguros, no basados en expectativas
humanas sino en la fe, la esperanza y el amor
teologales.
Junto con toda la Iglesia nos estamos preparando para el
Año de la fe convocado por el Papa Benedicto XVI,
que comenzará en octubre próximo. A esta luz, quisiera reflexionar
brevemente con ustedes sobre el llamado que Dios nos hace
a ser testigos de la fe.
1. Llamados a ser testigos de
la fe
En diciembre y enero he tenido la gracia de
encontrarme con muchos de ustedes en Chile, Estados Unidos y
México. ¡Qué alegría ha sido poder compartir estos momentos! Es
una bendición ver cómo el Espíritu Santo suscita tantos deseos
de santidad, tantas iniciativas, tantas maneras concretas de llevar el
amor de Jesucristo a los hombres. Si hoy estamos aquí,
es gracias a otras personas que creyeron y buscaron llevarnos
a Jesucristo. Al repasar nuestra historia personal, descubrimos con gratitud
la presencia de muchos hombres y mujeres que, de diversos
modos, nos han acercado y nos siguen llevando a Dios.
Antes de percibir nuestra llamada al Movimiento, hemos recibido en
la Iglesia los sacramentos, la gracia y tantos otros dones,
gracias a la generosidad de muchos que, por su fe,
han sido instrumentos para que el Evangelio llegara a nuestros
países y a nuestras familias.
En la carta apostólica en la
que convoca el Año de la fe, el Papa
nos invita a volver a recorrer la historia de nuestra
fe. Ahí nos habla de María, de los Apóstoles, de
los discípulos en la primera comunidad cristiana, de los mártires,
de los hombres y mujeres que han consagrado su vida
a Cristo y, finalmente, de tantos hombres y mujeres que
«han confesado a lo largo de los siglos la belleza
de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba
a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia,
la profesión, la vida pública y el desempeño de los
carismas y ministerios que se les confiaban» (Porta fidei, 13).
¡Cuánta gratitud brota en el alma al contemplar esta cadena
de fidelidad y entrega por la cual la fe ha
llegado hasta nosotros!
Al mismo tiempo, sabemos que la transmisión de
la fe de una generación a otra no ha sido
siempre fácil. Repasando la historia de la Iglesia encontramos que
detrás hay mucha santidad y entrega, tantas veces llegando al
heroísmo. ¡Cuántos mártires a lo largo de estos veinte siglos!
«La sangre de los mártires es semilla de cristianos», decía
Tertuliano. Si hoy estamos aquí, es también gracias al sacrificio
de tantos hombres y mujeres que han dado su vida
por Cristo y por los hermanos, que han estado dispuestos
a ser semillas podridas en el surco.
Dios ha querido llamarnos
|
|  | |
| «Al repasar nuestra historia personal, descubrimos con gratitud la presencia de muchos hombres y mujeres que, de diversos modos, nos han acercado y nos siguen llevando a Dios». | |
 |
a ser testigos de la fe en este momento de
la historia para que muchos hombres le conozcan y le
amen. Somos parte de esta gran cadena de fe, en
la que nos sostenemos unos a otros, y en la
que compartimos el compromiso de transmitir lo que hemos recibido:
«Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie
se ha dado la fe a sí mismo, como nadie
se ha dado la vida a sí mismo. El creyente
ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro.
Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa
a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es
como un eslabón en la gran cadena de los creyentes.
Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe
de los otros, y por mi fe yo contribuyo a
sostener la fe de los otros» (
Catecismo de la Iglesia
Católica, 166). ¡Cuánta confianza tiene Dios en nosotros al confiarnos
esta misión!
Además, Él ha colocado en nuestras manos el Regnum
Christi, un don del Espíritu Santo para su Iglesia, que
llegará a su plenitud en la medida en que sepamos
colaborar con Él, sin frenar su acción providencial. Cuántos testimonios
conocemos de hermanos nuestros que viven con pasión su vocación
de apóstoles en el Movimiento. Verlos nos recuerda que en
cualquier edad estamos llamados a ser testigos de la fe,
a ser santos, a irradiar el amor de Jesucristo ahí
donde Dios nos ha colocado. «Lo que el mundo necesita
hoy de manera especial es el testimonio creíble de los
que, iluminados en la mente y el corazón por la
Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y
la mente de muchos al deseo de Dios y de
la vida verdadera, ésa que no tiene fin» (Porta fidei,
15).
El domingo pasado, el Papa decía a los nuevos cardenales
que su misión era sobre todo «dar testimonio de la
alegría del amor de Cristo» (Homilía, 19 de febrero
de 2012). Cuando nuestro corazón está lleno de este amor,
no podemos vivir tristes ni encerrados, aún en medio de
grandes pruebas y sufrimientos. La fe nos da la certeza
de su amor y de esa alegría profunda brota el
testimonio que es capaz de transformar el mundo.
2. Fortalecer nuestra fe
Al
repasar la vida de los primeros cristianos, nos sorprende ver
el valor con que se lanzaron a predicar el Evangelio,
muchas veces contando con muy pocos medios y en circunstancias
adversas. Su fe y amor a Jesucristo les condujeron a
realizar obras extraordinarias, como había prometido Jesucristo a los apóstoles
en la Última Cena: «en verdad, en verdad os digo:
el que crea en mí, hará él también las obras
que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy
al Padre» (Jn 14, 12).
Ser testigos de la fe hoy,
como bien sabemos, implica tantas veces ir contracorriente. Pero no
hemos de temer las cruces que puedan presentarse, pues de
ellas no pueden venir sino bendiciones. Dios nos invita a
pensar, en primer lugar, en las necesidades de las almas,
en nuestra misión. La mejor manera de preocuparnos de nosotros
mismos es preocuparnos por los demás. Si viéramos todas las
necesidades de la Iglesia y cuánto sufre, no dejaríamos de
trabajar por llevar a Jesucristo a tantos que todavía no
le conocen; ya no sólo en tierras lejanas, sino en
nuestras mismas ciudades, entre los que están cerca de nosotros.
El mayor servicio que podemos hacerles es llevarles a la
amistad de Jesucristo.
Al mismo tiempo, experimentamos nuestra limitación humana y
vemos lo poco que podemos hacer por nosotros mismos. Por
eso, hemos de pedir a Dios la gracia de la
fe. Les propongo recordar brevemente tres medios que tanto nos
ayudan a seguir creciendo y fortaleciéndonos en nuestra fe, para
colaborar plenamente con Dios en su plan de salvación. Sólo
con mucha oración, Eucaristía y contacto con la Palabra de
Dios podremos ser auténticos testigos de la fe.
La oración
La fe
no es una serie de ideas, sino la entrega a
quien nos creó por amor: «es ante todo una adhesión
personal del hombre a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica,
n. 150). Es en el trato sencillo y cordial con
Él donde va creciendo nuestra fe. Ahí le confiamos nuestras
alegrías y tristezas, nuestras dificultades e ilusiones, pero sobre todo
le escuchamos y abrazamos de todo corazón su plan sobre
nuestra vida, en las buenas y en las malas. Decía
el Papa en una de sus últimas audiencias: «ante las
|
|  | |
| «Es en el trato sencillo y cordial con Él donde va creciendo nuestra fe. Ahí le confiamos nuestras alegrías y tristezas, nuestras dificultades e ilusiones, pero sobre todo le escuchamos y abrazamos de todo corazón su plan sobre nuestra vida». | |
 |
situaciones más difíciles y dolorosas, cuando parece que Dios no
escucha, no debemos temer confiarle a él el peso que
llevamos en nuestro corazón, no debemos tener miedo de gritarle
nuestro sufrimiento; debemos estar convencidos de que Dios está cerca,
aunque en apariencia calle» (
Audiencia general, 8 de febrero
de 2012).
Por ello, orar no es pensar muchas cosas, sino
sobre todo acoger y contemplar a Dios en nuestro interior;
convertir nuestra vida en una respuesta amorosa a Él. Identificarnos
con Él en su modo de ver, querer, actuar. Dejar
que sea Cristo quien viva en nosotros. Especialmente en este
período, hemos de preguntarle constantemente: Señor, ¿qué quieres de mí
en este momento? Y decirle con todo nuestro corazón que
queremos lo que Él quiera. Nuestra mayor fuente de paz
y de unidad está en conocer y realizar por amor
la voluntad de Dios, en construir nuestra vida sobre la
roca de su voluntad: «cayó la lluvia, vinieron los torrentes,
soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella
no cayó, porque estaba cimentada sobre roca» (Mt 7, 25).
Contemplando
la oración de Cristo en Getsemaní, decía el Santo Padre:
«debemos aprender a abandonarnos más a la Providencia divina, pedir
a Dios la fuerza de salir de nosotros mismos para
renovarle nuestro “sí”, para repetirle que “se haga tu voluntad”,
para conformar nuestra voluntad a la suya. Es una oración
que debemos hacer cada día, porque no siempre es fácil
abandonarse a la voluntad de Dios, repetir el “sí” de
Jesús, el “sí” de María» (Audiencia general, 1 de
febrero de 2012). Intensifiquemos nuestra vida de oración en esta
cuaresma para que ahí, como decía el Papa en la
misma audiencia, Él nos dé esperanza, nos haga sentir su
cercanía y nos proporcione un poco de luz en el
camino de la vida.
La vida eucarística
La Eucaristía es el «misterio
de la fe», como proclama el sacerdote después de la
consagración en la misa. Es muy hermoso ver cuántas iniciativas
de adoración eucarística han surgido en este período en la
Legión y el Movimiento. Realmente ahí Cristo transforma nuestra vida,
como recordaba recientemente el Papa Benedicto XVI: «la adoración es
ante todo un acto de fe: el acto de fe
como tal. [...] Él está allí. Y si él está
presente, yo me inclino ante él. Entonces, razón, voluntad y
corazón se abren hacia él, a partir de él. En
Cristo resucitado está presente el Dios que se ha hecho
hombre, que sufrió por nosotros porque nos ama. Entramos en
esta certeza del amor corpóreo de Dios por nosotros, y
lo hacemos amando con él. Esto es adoración, y esto
marcará después mi vida» (Discurso a la Curia Romana,
22 de diciembre de 2011).
Por ello, el mejor lugar para
crecer en la fe y para llenarnos de Cristo es
la Eucaristía. Ahí aprendemos a ver las cosas desde Él
y nos unimos profundamente, participando del mismo Pan y del
mismo Cáliz. No serán nuestras reflexiones ni nuestros trabajos lo
que más ayude a instaurar el Reino de Cristo. Ante
todo, será la acción de Dios en cada uno de
nosotros, conscientes de que Él actúa maravillas en el hombre
que cree profundamente. Detrás de un testigo de la fe,
de un santo, de un apóstol, hay siempre un hombre o
una mujer de Eucaristía. Cuando recibimos a Cristo en nuestro
corazón, encontramos la fuerza que humanamente tantas veces sentimos que
nos falta.
La lectura y meditación de la Palabra de Dios
Muchas
veces queremos escuchar a Dios y lo buscamos por todas
partes. Pero no debemos olvidar que Él nos habla sobre
|
|  | |
| «Ir al Evangelio es encontrarnos con Cristo y, así, dejar que Él vaya plasmando nuestra vida». | |
 |
todo a través de la Sagrada Escritura. Ahí tenemos su
palabra, que nos habla en el hoy de nuestras vidas.
La Palabra de Dios ha de ser el primer punto
de referencia en nuestro obrar, de manera que estemos constantemente
confrontando nuestra vida con el Evangelio, preguntándole a Cristo cómo
actuaría en este momento.
El Papa Benedicto XVI nos recuerda el
valor de escuchar la Palabra de Dios para crecer en
la fe: «la fe, con la que abrazamos de corazón
la verdad que se nos ha revelado y nos entregamos
totalmente a Cristo, surge precisamente por la predicación de la
Palabra divina: “la fe nace del mensaje, y el mensaje
consiste en hablar de Cristo” (Rm 10,17)» (Exhortación apostólica postsinodal
Verbum Domini, 25).
Ir al Evangelio es encontrarnos con Cristo
y, así, dejar que Él vaya plasmando nuestra vida. Sólo
de este modo, como dice el Papa en la misma
exhortación, «el Espíritu Santo, que ha inspirado a los autores
sagrados, es el mismo que anima a los santos a
dar la vida por el Evangelio» (Verbum Domini, 49). Pedimos
a Dios que acojamos con docilidad y fe su Palabra,
para que vaya formando en nosotros la imagen de Cristo.
Ya
termino estas líneas, agradeciéndoles de corazón su testimonio y fidelidad.
Quisiera hacer algo más por cada uno de ustedes pero
les ofrezco mis oraciones y toda mi gratitud. En este
período nos toca sembrar, nos toca ser testigos, instrumentos, confiados
en que el Espíritu Santo hará fecunda esa entrega en
los modos y tiempos que Él quiera.
Seremos capaces de dar
un testimonio creíble y transmitir el amor de Dios en
la medida en que nosotros mismos nos dejemos transformar por
Él. Así como nosotros repasamos ahora la historia de nuestra
fe, las futuras generaciones de legionarios y miembros del Regnum
Christi volverán sus ojos a nosotros para ver cómo vivimos
este momento. Pensemos en lo que será el Movimiento en
unos años, lo que hará Dios con la fidelidad de
cada uno. Nos seguimos apoyando unos a otros con la
oración y colocamos en manos de María esta cuaresma. Le
pedimos que nos ayude a crecer en la fe y
en el amor a Jesucristo para ser lo que Él
quiere de nosotros.
Afectísimo en Cristo y el Movimiento,
Álvaro Corcuera,
L.C.