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| «¡Todo lo que Dios hace es perfecto, Él nunca se equivoca!». | |
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Por el P. Dennis Doren, L.C.
Los hombres somos
algo obstinados, queremos hacer nuestra voluntad y no estamos tranquilos
hasta que se realicen nuestros planes; pero es sabido que
no siempre nuestro querer es compatible con los insondables designios
divinos, solo una cosa tengo claro: Dios es perfecto y
no se equivoca. ¿Tú lo crees?, ¿lo has experimentado? Espero
que las situaciones que vivas en tu vida te lleven
siempre a esta conclusión: “Dios sabe sacar de cosas aparentemente
malas un bien”. Te comparto la siguiente historia para que
lo compruebes, pero yo sé que tu historia, aunque diferente
en situaciones y en el tiempo, es parecida.
Hace mucho tiempo,
en un reino distante, un monarca no creía en la
bondad de Dios. Tenía, sin embargo, un súbdito que siempre
le recordaba acerca de esa verdad. En todas las situaciones
decía: “¡Rey mío, no se desanime, porque todo lo que
Dios hace es perfecto. Él nunca se equivoca!”.
Un día el
rey salió a cazar junto con su súbdito, y una
fiera de la jungla le atacó. El súbdito consiguió matar
al animal, pero no evitó que Su Majestad perdiese el
dedo meñique de la mano derecha. El rey, furioso por
lo que había ocurrido y sin mostrar agradecimiento por los
esfuerzos de su siervo para salvarle la vida, le preguntó
a este:
“Y ahora, ¿qué me dices?, ¿Dios es bueno? Si
Dios fuese bueno yo no hubiera sido atacado, y no
hubiera perdido mi dedo”.
El siervo respondió: “Rey mío, a pesar
de todas esas cosas, solamente puedo decirle que Dios es
bueno, Dios siempre tiene un propósito, tal vez perder un
dedo sea para su bien. Todo lo que Dios hace
es perfecto. ¡Él nunca se equivoca!”.
El rey, indignado con la
respuesta del súbdito, mandó que fuese preso a la celda
más oscura y más húmeda del calabozo.
Después de algún tiempo,
el rey salió nuevamente para cazar y fue atacado, esta
vez por una tribu de indios que vivían en la
selva. Estos indios eran temidos por todos, pues se sabía
que hacían sacrificios humanos para sus dioses.
Inmediatamente después que capturaron
al rey, comenzaron a preparar, llenos de júbilo, el ritual
del sacrificio. Cuando ya tenían todo listo, y el rey
estaba delante del altar, el sacerdote indígena, al examinar a
la víctima, observó furioso:
“¡Este hombre no puede ser sacrificado, pues
es defectuoso! ¡Le falta un dedo!”.
Luego, el rey fue liberado.
Al volver al palacio, muy alegre y aliviado, liberó a
su súbdito y pidió que fuera a su presencia. Al
ver a su siervo, le abrazó afectuosamente diciendo:
“Querido siervo, ¡Dios
fue realmente bueno conmigo! Tú debes haberte enterado que escapé
justamente porque no tenía uno de mis dedos. Pero ahora
tengo una gran duda en mi corazón: si Dios es
tan bueno, ¿por qué permitió que estuvieses preso, que tanto
lo defendiste?”.
El siervo sonrió y dijo:
“Rey mío, si yo hubiera
estado junto con usted en esa caza, seguramente habría sido
sacrificado en su lugar, ¡ya que no me falta ningún
dedo! Por lo tanto, acuérdese siempre: ¡todo lo que Dios
hace es perfecto, Él nunca se equivoca!”.
No dejes de confiar
en Dios aunque en el presente no lo veas y
tu vida esté llena de reveces y confusiones; no olvidemos
las sabias palabras de San Pablo a los Romanos: “Y
sabemos que a los que aman a Dios, todas las
cosas les ayudan a bien” (Rm 8,28).