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| «Con una meta clara y con pistas para el camino, estamos listos para ponernos a trabajar, si bien no faltarán dificultades». | |
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Por el P. Fernando Pascual, L.C.
Tomado de
Análisis y Actualidad
Es uno de los grandes retos de toda
educación: acompañar a alguien hacia una meta buena.
Sin embargo, no
todos tienen clara la meta. Otras veces conocen la meta,
pero no están seguros de que sea buena. Y muchos
no saben cómo realizar el acompañamiento para que sea eficaz
y adecuado a quien desean ayudar en su camino educativo.
A
pesar de las dificultades, es posible iniciar el acompañamiento educativo.
Lo primero será ver modos concretos para que la meta
se convierta en algo claro y válido. En ese sentido,
el cristianismo cuenta con una luz maravillosa: la meta ha
sido manifestada por el mismo Dios, que nos enseñó el
camino, la verdad y la vida.
Pero la meta, para llegar
a ser concreta y viva, debe convertirse en luz que
ilumina el camino, en ideal acogido cordialmente por el corazón.
De lo contrario, puede quedar reducida a una propuesta entre
tantas otras, incapaz de llegar al educando y empobrecida en
la misma mente del educador que no comprende la belleza
de lo que maneja entre manos.
Cuando la meta llega a
ser algo claro y vibrante, la segunda etapa consistirá en
ver cómo presentarla y hacerla aceptable a esta persona concreta.
No pensemos sólo en los niños: también hay que saber
presentar la meta a jóvenes y a adultos, muy necesitados
de manos amigas y de compañeros de camino en tantos
cruces y situaciones en las que perderse se ha convertido
en una experiencia casi habitual.
Con una meta clara y con
pistas para el camino, estamos listos para ponernos a trabajar,
si bien no faltarán dificultades. La aventura educativa implica momentos
de éxito y momentos de fracaso, avances y retrocesos.
El educador,
si sabe serlo de verdad, no se desanimará. Una caída
puede causar graves daños, pero el hombre conserva en su
corazón energías y capacidades que permiten cambiar de ruta en
todas las edades y situaciones.
Algunos, por desgracia, no se sentirán
con fuerzas para reiniciar el camino. Pero más allá de
los fracasos, siempre es posible un paso nuevo y decidido
hacia el destino final de la existencia humana con la
ayuda más radical y profunda que podamos recibir: la que
viene desde la gracia de Cristo Salvador.
Será entonces cuando brille
de modo más intenso no sólo la meta buena que
da sentido a la tarea educativa, sino esa certeza de
que estamos acompañados, en todo momento, por una mano amiga
que viene de lo alto y que nos conduce, suavemente,
a la plenitud de toda existencia humana: vivir como hijos
en el Hijo.
[Comentarios al autor: fpa@arcol.org]