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¿Qué vendes tú, maestro?
ITALIA | ACTUALIDAD | ARTÍCULOS DE OPINIÓN
«Vendes ciencia y vendes amor. Y eso vale más que todo el oro del mundo...».

Maestro
"Cada maestro y maestra debe sentirse como un eslabón importante de nuestro mundo".

Por el P. Fernando Pascual, L.C.
Tomado de Análisis y Actualidad

A un vendedor ambulante se le puede preguntar: tú, ¿qué vendes? ¿Corbatas, relojes, paraguas, bicicletas, flores, chicles, cacahuetes? A un profesor o maestro se le puede preguntar: tú, ¿qué enseñas?

Y aquí las respuestas pueden ser infinitas. Pero antes de responderlas, convendría primero aclarar: ¿qué es un maestro?

Alguno podrá decir que es un “funcionario”: la ley dice que algunos deben enseñar, y algunos enseñan... La palabra “funcionario” suele ir acompañada de un cierto sentido crítico: uno que está ahí por obligación, sin amor. Pero no por ello podemos eliminar, de un plumazo, la organización que nos permite, por medio de “funcionarios” (empleados públicos), obtener muchas seguridades ciudadanas y regular situaciones que, sin su ayuda, serían muchas veces conflictivas. Hacen falta buenos funcionarios, y el maestro deberá estar entre ellos. Pero es algo más que un funcionario...

Otro pensará quizá que el maestro es un sabelotodo, como una especie de enciclopedia andante a la que recurrir cuando uno no sabe dónde se puede encontrar la respuesta a un interrogante difícil. Los maestros (y los niños) saben muy bien que la capacidad de preguntar supera en mucho a la capacidad de responder, y que muchas veces el poder plantear nuevos problemas parece un hábito incurable de todo ser humano, sobre todo a partir de los 6 años, pero no sólo... Cuando las preguntas son infinitas, es obvio que el maestro no será capaz de responderlas todas. Y, sin ser un sabelotodo, ¡cuánto ayuda en el camino de la vida es que alguien ofrezca una mano y nos acompañe un trecho en el viaje de la ciencia!

¿Podemos decir que el maestro es un especialista? Hoy día la ciencia está tan cuadriculada que conseguir una mínima visión de conjunto exigiría invitar a la escuela a más de 1000 expertos en cada pedacito del saber... El maestro debe tener una visión amplia para poder abrir horizontes, y ello exige que tenga una pequeña pero emocionante cultura “universal”, porque la vida no puede quedar fragmentada en los mil sectores de cada especialidad.

La idea de que el maestro sea un animador de grupo, en el que la efervescencia de los niños es regulada por la batuta armónica de un profesor o una maestra encanecidos puede ofrecer una nueva aproximación. Pero son tantos los bríos de los niños y de los adolescentes, que resulta que tienen ánimos de sobra no sólo para cansar a cualquier educador, sino hasta a los pobres y tranquilos elefantes de los zoológicos...

Las anteriores dificultades no impiden que el maestro sea un poco de todo: burócrata (y los hay buenos y malos), enciclopedista, especialista, animador y desanimado ante el bullicio de un ejército de diminutos (o ya grandecitos) oyentes. Pero no se acaba allí la tarea del maestro: también es amigo. Más aún: quizá ésta sea su misión principal.

Un amigo viene al encuentro del otro no porque pueda ganar algo, sino porque quiere ganar a alguien. Ganar al otro significa introducirlo en la propia vida, en el mundo de los mayores, porque creemos que en ese mundo hay cosas importantes que un niño debe conseguir para poder triunfar en la vida. Lo cual no quita que existan (y muchos) valores en la vida infantil. Todos nos sentimos relajados ante la sonrisa de un niño, sus caricias inocentes, su sinceridad (o sus trampas), sus juegos, sus historias interminables y su capacidad de crear y de moverse cuando los más grandes ya notamos el peso del cansancio.

Pero también sabemos que el niño que tenemos dentro ha sido enriquecido por tantas lecciones que nos permiten ser eso: un trabajador puntual, un oficinista honesto, un esposo o esposa alegre y fiel. De lo contrario, el capricho, esa volubilidad imprevisible de los niños y de no pocos mayores, puede dejar en pañales un proyecto de vida madura que termina siendo una hoja movida por el viento.

En la era de la globalización cada día todo se hace más de prisa y más competitivo. También los niños reciben un sinfín de estímulos, en la televisión, en los juegos electrónicos, en internet (con todas las ventajas y los riesgos que se esconden en el mundo virtual). Pero lo que más se queda es lo que dejan dos grupos de personas: los papás, y los maestros. Por eso cada maestro y maestra debe sentirse como un eslabón importante de nuestro mundo. A ellos les debemos mucha ciencia, pero, sobre todo, afecto. Sólo desde el amor el niño llega a ser hombre, porque amor significa compromiso y entrega alegre y entusiasta.

¿Qué vendes tú, maestro? Vendes ciencia y vendes amor. Y eso vale más que todo el oro del mundo...

[Comentarios al autor: fpa@arcol.org].


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-10-01


 

 


 



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