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| "Diligencia es el cuidado y el esmero en ejecutar algo. Es esa prontitud de ánimo, en hacer con amor, en hacer con gozo lo que tengo que hacer en ese momento". | |
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Por el P. Antonio Rivero, L.C.
Todos agradecemos a
la persona que es diligente, puntual a sus compromisos. Como
que tiene un algo de especial. Demuestra una madurez poco
común, y sobre todo, es una persona que transpira responsabilidad,
equilibrio y alegría.
Por eso, quiero hablar aquí de esta
virtud, la diligencia: qué es, cómo se consigue, qué campos
abarca, qué frutos aporta en la vida.
La palabra diligencia procede
del verbo latino “diligere”, que curiosamente significa amar. Pero no
un amar en general, sino un amar con delicadeza, con
cariño. Es mucho más que el simple verbo, también latino,
“amare”, que es más general, y que abarca también amar
cosas y animales. La diligencia se da para expresar este
amor de dedicación a las personas y sólo a las
personas. Es diligente el maestro que trae las pruebas de
los alumnos corregidas y además, y su materia bien preparada.
Es diligente el médico, que atiende con amor a su
paciente y no le hace esperar absurdamente o con displicencia.
Es diligente ese padre o madre de familia que aprovecha
cualquier oportunidad para formar y animar a sus hijos. Es
diligente ese líder o jefe que sabe adelantarse a las
necesidades de sus subalternos y les ayuda a crecer. Es
diligente ese entrenador de fútbol que sabe cuándo entrenar, dónde
y cómo, mirando el bien del equipo. Es diligente ese
alumno que entrega a tiempo su trabajo, y bien. Es
diligente ese hijo que obedece a sus padres en todo
lo que respecta a sus compromisos de hijo. Es diligente
ese obrero que llega puntual y hace su trabajo movido
por el amor, y no sólo por el jornal.
Esta virtud
humana formaría parte de la virtud teologal de la caridad,
por una parte, porque está motivada por el amor. Por
otra parte, está emparentada con la virtud moral o cardinal
de la fortaleza y de la prudencia. De la fortaleza,
porque requiere de mucha voluntad para llevar adelante con perfección
los compromisos espirituales, intelectuales, profesionales y apostólicos, que uno tiene
durante su vida. Y de la prudencia, porque esta virtud
nos da la pauta para obrar, aquí y ahora con
acierto y sin demora.
La diligencia se codea con otros valores
que todo hombre o mujer debe alcanzar en su vida:
coraje, valentía, ánimo y entusiasmo.
Diligencia es el cuidado y
el esmero en ejecutar algo. Es esa prontitud de ánimo,
esa agilidad interior y exterior, esa prisa apacible en hacer
bien, en hacer con amor, en hacer con gozo lo
que tengo que hacer en ese momento. Es esa laboriosidad
a la hora de realizar las tareas y encomiendas.
Lo contrario
a diligencia es el descuido, el “ahí se va”, el
más o menos, la informalidad, la impuntualidad, la desidia, la
desgana. Todo esto es síntoma de una persona que ama
poco, que ama pálidamente, que ama a cuentagotas. Que es
inmadura, en pocas palabras, y enana en su estatura moral.
¿Cómo
se consigue la diligencia?
La diligencia se consigue en gerundio, como
se dice hoy día, es decir, poniéndola en práctica aquí
y ahora, en todas las circunstancias. En ese trabajo encomendado,
en ese estudio, en ese compromiso.
Esta diligencia abarca estos campos:
con Dios, con los demás y consigo mismo.
Diligencia con Dios
significa cumplir bien y con amor mis compromisos con Él:
mi oración de cada día, mi misa dominical, mis devociones,
y las promesas que hemos hecho.
Diligencia con los demás significa
formalidad, atención, delicadeza en las tareas que realizo con ellos
o para ellos. Meter el alma en hacer las cosas.
Poner entusiasmo en cuanto emprendo. Esforzarme siempre.
Diligencia conmigo mismo
significa ser un hombre ocupado, no inactivo y perezoso. Un
hombre de metas, de superación constante, de excelencia. Un hombre
que tiene todo a tiempo y lo tiene bien.
¿Qué
frutos abarca?
A nivel personal: una gran madurez, seriedad, perfección en
todo cuanto realizo y emprendo.
A nivel familiar: todo irá a
las mil maravillas en casa. Si hay amor –y eso
significa diligencia- habrá cariño, respeto, ayuda mutua, compartir trabajos en
casa.
A nivel laboral y profesional: diligencia significa seriedad, puntualidad, perfección.
Debemos
educarnos para la diligencia. Nadie nace diligente. Nos hacemos, a
fuerza de voluntad, hábitos y esfuerzo. El miedo paraliza la
diligencia, como también la pereza, ese vicio, que nos rebaja
como hombres y nos achica.
Para vencer esa pereza debemos
tener ideales nobles en nuestra vida, mirar modelos a quienes
imitar y que nos lancen a conseguir esa diligencia. Pero
se puede. Si uno quiere, se puede. Querer es poder,
decían los clásicos.
Atrévete a cultivar esta virtud.