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Un remedio milagroso
BRASIL | RECURSOS | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. Régis Beggo Silveira

P. Régis Beggo Silveira L.C.
Pe. Régis Beggo Silveira L.C.
Años de la adolescencia

Soy brasileño, nacido en el estado de Minas Gerais, un lugar desconocido para muchos, aunque se trate de una extensión tan grande como toda España y predominantemente agrícola. Tengo una sola hermana, cuatro años más joven, y un origen familiar muy variado, una mezcla típica de las naciones del “Nuevo Mundo”: mis abuelos son de descendencia italiana, española y portuguesa, europeos que huyeron de las guerras mundiales para intentar una mejor suerte en las américas.

Puedo decir que mis años de infancia y adolescencia se resumen en una frase: Fueron años muy movidos. No es el tipo de movimiento de intensas actividades o constantes aventuras, sino de “adaptación” continua. Cada dos años aproximadamente, por razones del trabajo de mi papá, cambiábamos de ciudad con todo lo que ello implica: escuela nueva, vecinos nuevos, amigos nuevos… Puedo decir que desde mi infancia Dios iba preparando en mí el “espíritu misionero”. Esa capacidad de cambiar a donde se nos envíe, de afrontar nuevas situaciones, de conseguir un pleno desapego de las cosas del mundo, de no echar raíces en ninguna parte, pero viviendo al máximo en todas ellas.

No tuve ningún pensamiento sobre la vocación durante ese período y fue escaso el contacto con los padres diocesanos; al verlos celebrando la misa lo máximo que me planteaba era cómo serían sus vidas día a día. Ellos eran hombres que parecían ser diferentes de nosotros, personas especiales, sin duda.

 

El despertar de la vocación

A los quince años participé en un concurso público e ingresé en un instituto técnico llamado SENAI, bastante conocido y concurrido en Brasil. Fue un período muy exigente en mi vida, estudiaba de las siete de la mañana a las diez  de la noche y viajaba una hora todos los días, de ida y regreso, desde mi pueblo hasta la ciudad en dónde estaba el instituto.

Se podría decir que allí me desperté para la realidad de la vida: la batalla en la que sobrevive el más fuerte. Después de lograr ser seleccionado entre muchos para ingresar al instituto, sólo los alumnos sobresalientes en los exámenes anuales gozarían el privilegio de llegar a ser empleados y patrocinados por las mejores haciendas del mercado. Más que amigos, en realidad éramos competidores entre nosotros.

Un buen día de septiembre se interrumpió una clase y eso no era nada normal. Dos personas aparecieron vestidas con trajes negros y se presentaron como padres católicos. Venían a darnos una plática de valores humanos, seguramente como una exigencia del instituto, que era aconfesional. La plática fue de valores humanos, de hecho, pero en el intervalo entre clases ellos se acercaron a nosotros para invitarnos a un retiro de fin de semana en su seminario. Nos mostraron fotos interesantes del lugar y, sobre todo, los padres parecían simpáticos. Como no tenía nada que hacer en el fin de semana, acepté.

El remedio para mis males

Llegado el día del retiro tenía dudas sobre ir o quedarme. Supe que muchos de mi clase se habían apuntado, entonces me animé y
P. Régis Beggo Silveira L.C.
decidí acudir a la invitación. Para sorpresa mía, al llegar al seminario, yo era el único de todo mi grupo de clase. Inmediatamente pensé: “Es el momento de una retirada estratégica”, pero antes de poderla actuar, me percaté de una cosa que me hizo cambiar completamente de actitud: los seminaristas que vivían allí no eran “normales”, es decir, eran muy amables y educados, se preocupaban por uno, y hasta se adelantaban y le pasaban la comida en la mesa sin necesidad de pedirla. Aquello no era común, era algo completamente diverso de la “competencia” diaria a la que estaba acostumbrado en mi Instituto.  Era muy agradable vivir aquél espíritu de caridad. Fue el remedio milagroso que me quitó toda desconfianza y prejuicio y lo que me provocó la pregunta: “¿Por qué yo no puedo ser como ellos?”.

Aquel retiro fue el mejor de toda mi vida hasta entonces. No sé cómo explicarlo, pero la llamada de Dios fue tan fuerte y el espíritu que se vivía era tan noble, que al final sólo me quedaba una duda: “¿Qué  puedo hacer para llegar a ser uno de ellos?”. Al expresarla al director del retiro, se admiró de mi rápida y firme decisión de entrar en el seminario.

Todo fue inexplicablemente rápido y sin espacio a dudas: el retiro fue en septiembre, en octubre los padres me visitaron en mi casa, en diciembre terminé el instituto técnico y en enero de 1997 estaba entrando en el seminario. Tengo que admitir que mis padres estaban muy escépticos sobre mi permanencia allí, pero lo importante es que me lo permitieron y, para su admiración, perseveré sin espacio a replanteamientos.

Los primeros años

Los años de noviciado fueron de fundación, situaciones de “cambio y adaptación” a los que yo estaba ya acostumbrado, gracias a mi vida pasada. El mes inicial discurrió en Curitiba, los siguientes dos meses, en Porto Alegre, y después pasamos a una propiedad alquilada en Itú (São Paulo). Al comenzar el segundo año, nos trasladamos a otra propiedad alquilada en Igaratá (São Paulo) y finalmente llegamos a lo que llamábamos la “tierra prometida”, el grande centro definitivo del noviciado, cuya construcción acababa de concluirse tras una alguna demora.

Los años de fundación no fueron fáciles. Además de los cambios, vivíamos siempre apretados. Nuestros cuartos tenían literas de tres niveles, el número de duchas era limitado, el agua era fría, no había canchas suficientes para que todos jugaran, la comida era sencilla, pero lo que siempre permaneció en todo aquello, a pesar de las dificultades, fue el mismo espíritu de caridad que había visto en mi primer retiro. Aquello me confirmaba cada día en mi elección.

Años de formación

He estudiado durante muchos años; tengo que admitir. Fueron más de los que me esperaba, pero tampoco puedo negar que fueron necesarios y que valieron la pena. Terminados los dos años de noviciado, me enviaron a España para estudiar humanidades clásicas, después a Roma para estudiar la filosofía, de allí regresé a Brasil para una experiencia de formación apostólica y posteriormente viajé a Estados Unidos para iniciar la Teología. Concluí mis estudios en Roma en el año de 2012. Fueron quince años en total hasta la ordenación diaconal.

Formar un sacerdote no es lo mismo que formar un profesor, un médico o un ingeniero. No “aprendemos” unos contenidos de formación, sino que nos “transformamos” y configuramos con una persona, la de Jesucristo. Nunca se puede decir que tal transformación está acabada, sino que se implementa y se renueva cada día de nuestras vidas. En este sentido, el tiempo que uno pasa en el seminario nunca es suficiente y la formación nunca se acabará, pues pretendemos, en palabras de San Pablo: “No soy yo quien vive, sino Cristo que vive en mí”.

Como decía al inicio de esta historia, Dios me preparó desde niño al “espíritu misionero”. ¿Será una mera casualidad que mi primer destino ministerial lo esté desarrollando en laa zona de misiones de la prelatura de Cancún-Chetumal? La casualidad no puede existir en los planes de la providencia de Dios, que “nos conoce desde antes del seno materno”, que todo lo sabe y todo lo rige con amor.

El P. Régis Beggo nació en Lavras, Minas Gerais (Brasil), el 02 de febrero de 1981. Concluyó el curso de electrotécnica en el instituto técnico SENAI de Brasil. El año de 1997 ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en Brasil. Cursó los estudios humanísticos en Salamanca (España). Trabajó durante cuatro años en la pastoral vocacional en Brasil. Cursó parte de los estudios de Teología en New York (EEUU). Es licenciado en filosofía por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma. Actualmente es formador en el seminario menor diocesano de la Prelatura Cancún- Chetumal en México.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-12-03


 

 


 



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