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2014-11-05 (Artículo)

Siguiendo una voz conocida
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Testimonio vocacional del P. Jeremy Desmond Lambert

Fr. Jeremy Desmond Lambert LC.
P. Jeremy Desmond Lambert L.C.
 

Mirando el camino por el que Dios me ha traído hasta este momento,  me identifico con la visión del profeta cuando escribió: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te consagré,  te puse por profeta a las naciones. Yo dije: «¡Ah, Señor Dios! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho». Y me dijo el Señor: No digas: «soy un muchacho», pues adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás. No les tengas miedo, que contigo estoy yo para salvarte , declara el Señor” (Jeremías 1, 5-8)

Cada vez nos reunimos en familia para recordar, siempre acabamos maravillados por la providencia de Dios nos ha mostrado. En mi caso, considero mi vocación al sacerdocio legionario como una iniciativa suya - algo que salió de la nada. Sin embargo, en retrospectiva, quizá sea el único camino hecho para mí. Al mismo tiempo, la disposición del alma para responder a una llamada como esta proviene, en parte, del entorno que vivía en casa. En una familia, cuanto más centrada está en la fe y más generosa es al responder a los planes de Dios, tanto más probable es que los oídos del alma logren escuchar su llamada.

Creciendo en una familia de seis hijos nunca se tiene un momento aburrido. Mis padres se mudaron desde Atlanta a una pequeña ciudad textil en el centro de Georgia cuando yo era todavía un niño. Éramos una familia tradicional del sur con sólidos principios, tanto humanos como religiosos. Pero a la vez había una sana jovialidad y espontaneidad que hacía del tiempo en familia una agradable prioridad. Mi padre era un capitán en el Cuerpo de Infantería de Marina y recibió una  condecoraciónen la batalla de Hue City, Vietnam.

Hasta donde puedo recordar siempre he vivido en el campo, como al aire libre. La casa estaba ubicada al fondo de dos hectáreas de terreno a las afueras de la ciudad. Detrás de nuestra propiedad, la empresa Georgia-Pacific poseía unas 13 000 hectáreas de bosques maderables que, naturalmente, se convirtieron en todo un mundo por explorar. Entre la caza y la pesca, constantemente encontraba el tiempo para estar a solas, en silencio, contemplando la naturaleza y muy pronto Dios comenzó a hacerse presente en ese silencio. Estas experiencias fueron de la mano con una vida social activa, sobre en los deportes. Yo también era un miembro activo de los Boy Scouts de América, algo que considero muy útil para la formación de muchas virtudes humanas.

Cuando tenía once años, una evento trágico marcó mi vida, y me hizo darme cuenta de que Dios me protege con su mano. Durante una actividad con mi tropa scout, me vi envuelto en un juego brusco y fui empujado por detrás. Me caí contra una ventana y rompí el cristal atravesándolo con mi brazo. Los cortes en el antebrazo fueron graves y empecé a perder sangre abundantemente. Entonces entró
Fr. Jeremy Desmond Lambert LC.
en juego la preparación de mis compañeros scouts y recibí y conté con ayuda por todos lados. Gracias a Dios, la sala de emergencias local estaba cerca y pude llegar sólo cinco minutos después. El único cirujano vascular de la región estaba justamente de guardia aquella noche en el hospital y pudo atenderme de inmediato. Después de tres horas de cirugía y doscientos cincuenta puntadas, el médico le dijo a mi madre que algunos “poderes milagrosos” estaban trabajando. Si yo hubiera llegado sólo unos segundos más tarde, me habría simplemente desangrado hasta la muerte. Esto me ayudó a valorar mi vida y ver que Dios seguramente tenía un plan especial para mí.

La imagen del sacerdote era algo que siempre se respetó en mi familia. Mi parroquia, una pequeña comunidad compuesta por un centenar de familias, era atendida por los padres Redentoristas. En realidad vivían en una ciudad ubicada a más de 60 kilómetros, e iban a mi ciudad a celebrar la Misa los domingos. El contacto limitado con los sacramentos y la falta de acompañamiento pastoral nos dificultó el crecimiento en nuestra identidad como católicos. Aprendí el catecismo sobre todo de mis padres. Viviendo en una zona de mayoría cristiana era puesto a prueba constantemente y llamado a dar testimonio de mis creencias. De hecho, decir que los católicos éramos una minoría es casi un eufemismo. En la escuela media y secundaria había alrededor de cuatrocientos alumnos, cuatro de los cuales éramos católicos. Desde muy joven esto despertó en mi un espíritu similar al de los primeros cristianos: un santo orgullo por mi fe y un deseo de conocerla mejor para poder defenderla.

En el verano de 2006, el Movimiento Regnum Christi entró en la vida de mi familia. Mi hermana mayor estaba de visita en casa después de su primer año de universidad y quería ir a un retiro espiritual con mi mamá. Se inscribieron en la única opción que ofrecía la diócesis: tres días de retiro Ignaciano en silencio, en Atlanta, a dos horas de distancia. De vuelta a casa, todo su tema de conversación era el sacerdote “santo y dinámico” que había predicado el retiro. Convencieron a mi papá de apuntarse también para la sesión del fin de semana siguiente, predicada para varones. Lo siguiente que conocí fue a dos legionarios que fueron a cenar a mi casa. Por entonces yo tenía trece años y encontré en estos dos sacerdotes un estilo de vida atractivo que respondía a todas mis aspiraciones. En mi interior escuché débilmente el primer susurro de Dios que me llamaba a dejarlo todo y seguirlo. El  entusiasmo, la caridad y el celo por servir la Iglesia que vi en esos hombres dejó una profunda impresión en mí.
Pocas semanas después empecé a recibir invitaciones para participar en diferentes actividades del ECYD de Atlanta. Al principio las rechacé todas. Con todos el deporte que hacía y las actividades con los scouts, no tenía ningún interés para adquirir otro compromiso. Todo cambió en el tiempo de Navidad, cuando el sacerdote legionario me invitó a un viaje para esquiar en New Hampshire. ¡Ese fue el “gancho”! Lo que encontré en el centro vocacional me convenció: más de un centenar de chicos de mi edad, viviendo en un ambiente católico armonioso y saludable.

Unos meses más tarde volví a ese lugar para participar en el programa de verano durante un mes, al final del cual decidí, con ayuda de una dirección espiritual, que debía probar un año para ver si aquello era lo que Dios quería de mí. Este paso requirió mucha generosidad por parte de mis padres. Yo no lo supe en ese momento, pero fue difícil para ellos el dejarme ir. Me imagino que vieron lo feliz que yo era con mi decisión y el entusiasmo que irradiaba.

En el Evangelio, Cristo habla de los diferentes tipos de tierra que recibieron la semilla sembrada. Para los jóvenes, el entorno en que viven y el ejemplo de virtud que reciben juegan un papel muy importante en la forma de prepararse para el encuentro inicial con la llamada de Cristo. La vocación no se puede imponer a nadie; se presenta como una invitación sutil de Cristo. Recuerdo muy claramente el primer despertar de la llamada al sacerdocio legionario en mi interior. Digo despertar, porque veo que Cristo repite la invitación todos los días. Sucedió después del primer mes de ingreso a la escuela apostólica. Durante una visita a la Eucaristía, que resultaba rutinaria para todos nosotros, algo me impulsó a permanecer más tiempo de lo habitual y en vez de reunirme con mis amigos en el recreo. Debo haber pasado en la capilla una media hora, cuando sentí que una interrogante tomaba forma en lo más profundo de mi corazón: "¿Vas a seguirme como mi sacerdote legionario; irás a donde yo quiera que vayas?" En ese momento y en ese lugar, yo sabía que mi respuesta marcaría el resto de mi vida. El plan de Cristo para mí sería el cumplimiento de todos los deseos de mi corazón, a pesar de que el camino no iba a ser siempre fácil. Le dije, con la mentalidad de un niño de trece años de edad: "Sí, Señor, yo te seguiré". Todos los días desde entonces ese “sí” ha madurado y ha adquirido diferentes dimensiones. Sin embargo, siempre ha sido la misma voz conocida, familiar, la que me invita y plantea la pregunta.

Cada año y cada nueva etapa de formación trajo consigo nuevas lecciones que aprender y pruebas a superar. Lo que siempre me ha dado paz y ánimo es el espíritu de familia que nos envuelve a los Legionarios. Participar en los mismos ideales  de servir y edificar a la Iglesia y salvar almas; alimentarnos por la misma fuente de gracias que Cristo nos da en los sacramentos y la Escritura; y vivir la caridad abnegada, creativa y auténtica, a ejemplo de Cristo, nos une a todos en un cuerpo, en una unidad monolítica de apóstoles. En esta perspectiva, la historia difícil que hemos heredado como congregación y las exigencias de la nueva evangelización de la sociedad, me dan la seguridad de que Dios nos está guiando con su mano amorosa. Al igual que en la historia de mi propia vida, sólo puedo recurrir a Él con gratitud y confianza.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-12-03


 

 


 



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