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O misiones o un concierto de Fernando Delgadillo
MÉXICO | RECURSOS | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. Ricardo Rocha Villalobos

P. Ricardo Rocha Villalobos L.C.


Mi historia vocacional se ve reflejada en este pasaje del evangelio.

“Y Jacob se quedó sólo. Entonces alguien luchó con él hasta el amanecer. Éste, viendo que no lo podía vencer, tocó a Jacob en la ingle, y se dislocó la cadera de Jacob mientras luchaba contra él. El otro le dijo: Déjame ir pues ya está amaneciendo. Y él contesto: No te dejaré marchar hasta que no me des tu bendición. El otro, pues, le preguntó: ¿Cómo te llamas? Él respondió: Jacob.” (Gn 32, 25-28)


Mi historia para descubrir mi vocación fue siempre una lucha entre mi voluntad y la voluntad de Dios.

La infancia


Soy el menor de tres hermanos. Mis papas, nos educaron en los valores cristianos y humanos. Mi papá, hombre trabajador y muy honrado. Mi mamá, responsable y muy piadosa. Estudié la primaria y la secundaria con los Hermanos Maristas, en el Colegio Pedro Martínez Vázquez de mi ciudad, Irapuato.


Lo anterior y el tener el testimonio de un tío jesuita, el P. Ricardo Himes Madero, SI, fueron sembrando en mí la semilla de la vocación. Curiosamente por él mis papás me pusieron el nombre de Ricardo.


De niño quería ser cocinero, luego cambié en nutriólogo, después hacia la Ingeniería Química y finalmente el sacerdocio.

Primeras luchas


Siempre fueron en contra de tener que cumplir las obligaciones que mis papás me imponían, pero en ellas estaba reflejada la voluntad de Dios para mí. Recuerdo como los hacia batallar para que me dignara a ir a misa. No es que fuera malo, simplemente quería hacer lo que se me pegara la gana.


En secundaria era común tener que lidiar con ellos, aún siendo cosas que no eran en sí malas, pero yo no comprendían qué tan importantes son para la vida, como lo es la familia. Recuerdo que me encontraba en un campamento, dentro de un movimiento que tienen los hermanos maristas llamado “Ciudad Nueva”, y que me prometía pasármelar “bomba”, pero ese fin de semana tuvimos que ir a la ciudad de Aguascalientes con mis tíos para ir a una comida. Me dolió muchísimo y no comprendía por qué ir, cuando lo que yo quería era ir a un campamento, y mucho más en el que me iban a poner a rezar ¿Qué tenía de malo eso? Después de muchos años comprendo lo que es el valor de la familia.

¿Sacerdocio? Una posibilidad


La primera vez que me planteé realmente la cuestión de ser sacerdote, fue en preparatoria. Recuerdo que fue un domingo, en misa de once, viendo al sacerdote cómo celebraba la misa, me vino de forma
P. Ricardo Rocha Villalobos L.C.
P. Ricardo Rocha Villalobos L.C.
espontánea la pregunta: ¿Yo puedo ser sacerdote? Creí realmente que ésta era una pregunta que por el momento no podía responder, que eso le correspondería a Dios. Así que me puse de rodillas, no rechazando de forma definitiva, pero sí le dije: “Allá tú. Es tu problema, pero si quieres aquí estoy, mientras tanto voy a vivir mi vida”.


El vivir mi vida también significaba buscar la mujer de mi vida, alguien con quien formar una familia. Total, lo anterior no era nada seguro y había pocas probabilidades de que Dios realmente me estuviera llamando.

O misiones o un concierto de Fernando Delgadillo


Lo podría llamar mi segundo round. Un año más tarde, después de que asistí a las “Megamisiones”, se me presentaba una decisión: o ir de nuevo de misiones o ir al primer concierto de Fernando Delgadillo en Irapuato. Sé que se podría escuchar ridículo, pero para un joven que quiere vivir su vida y hacer lo que se le pegue la gana, vale un montón.


Quedé muy golpeado de las megamisiones, y como no se me hizo una invitación directa ese año, dijé: “Este es mi año, no se te ocurra echármelo a perder”. Así que fui al concierto y lo disfruté, pero obviamente esto dejo un resentimiento en lo más profundo de mi ser.

Los golpes de Dios


Las misiones y los retiros, hicieron que la inquietud de la vocación creciera, a tal grado que llegarían a crear un gran conflicto interior, que se hizo muy intenso, sobre todo el último año antes de entrar al seminario.


En las primeras misiones (es decir las “Megamisiones”) un dato curioso fue que al final, en la reflexión en equipo antes de marcharse del pueblo, dije una reflexión sobre cómo las misiones habían sido para mí como el inicio de un camino hacia el sacerdocio. ¿Por qué lo dije? La verdad es que no lo sé.


Las segundas misiones fueron con los hermanos maristas, en la Cierra Norte de Puebla, en una comunidad llamada Caxiapotla. En ellas terminé bastante golpeado, por el hecho de que era yo quien les llevaba a Dios, siendo que, en realidad, yo había sido quien había recibido a Dios en esas misiones.


Las terceras fueron con un grupo juvenil de la diócesis de Querétaro. En estas misiones fui con los amigos de la universidad, y eso fue lo que las hizo especiales. Un hecho que me impactó fue la fe de un señor que tenía problemas con el alcohol. Me hice muy amigo de él. Una vez entre una amiga y un servidor, lo llevamos a que rezara por su alma a Dios en la capilla. Me impresionó la fe, con la que pedía perdón, a tal grado de que lloraba suplicando. Me sentí muy responsable, como si Dios me estuviera pidiendo mi vida por la suya. Terminé esas misiones con la sensación de tener un vacio por dentro, con una gran sed de Dios.

3-2  a favor de Dios


Mi último año de universidad, como indiqué, fue de una gran lucha interior. Después de la preparatoria en el Instituto Irapuato, entré en la Universidad del Instituto Tecnológico de Celaya. Quien conoce dicho instituto, sabe que en él se pueden encontrar personas de todo tipo. Este hecho creó en mí la necesidad de ayudar a los demás. Esto me llevó a buscar un grupo; sabía que yo sólo no podía con esto, y es así como me incorporé al Regnum Christi. Ahí conocí a los PP. Juan Carlos Cortés, Humberto Elizondo y Juan Pedro.


Un año antes, teniendo ya preparado todo para el verano. Se preveía un viaje bastante interesante a tierras que jamás había pisado: Oaxaca, Villa Hermosa y Palenque. Sitios donde no había estado. También Dios tenía sus planes.


Faltando una semana para entrar en un curso de discernimiento vocacional, en el seminario de Monterrey, el P. Juan Pedro me llamó, para invitarme. Obviamente le tuve que responder con un rotundo NO. Por los planes que ya había hecho, además la invitación se me hacia un poco presurosa. Pero tampoco le cerré la puerta en la cara. Le dije: “Padre, hagamos un trato, por esta vez no voy, pero sígame invitando a las convivencias en el seminario, puesto que me interesa”. Jamás me llamó por iniciativa propia.


Al despedirme de él, al salir de la casa y dar vuelta en la esquina, seguro de lo que estaba haciendo, sentí que una voz me decía: Pero… ¿Por qué le dijiste que no? Eso también se me quedo grabado en lo profundo de mi ser.

La gran lucha


Ahí empezaba la grande lucha. Mi interior era un caos, y no sabía ni lo que quería. En  mi casa se hacían grandes discusiones. Me empecé a distanciar de mis amigos, porque sabía que no me entenderían. Con pocos realmente podía abrirme y comentarles lo que me pasaba. Llegó ser tan grande mi lucha, que un día mi mamá, me paró en seco y me dijo: “¿Qué te está pasando?” Como a una mamá no se le puede ocultar nada le respondí: “Nada mamá…” y, acto seguido, solté todo lo que tenía por dentro. Mi mamá con toda paciencia me aconsejó que buscara un sacerdote bueno con gran vida de oración y con fama de santo, me dio algunos nombres y me lo dejó a mi libertad.


Así que empecé a tener dirección espiritual con el P. Luis Castellanos, de los salesianos. Me fue probando para ver si tenía perfil para ser sacerdote, una vez que se cercioró, concluyó que lo que me faltaba era hacer la experiencia de un mes en un seminario, lo que me hizo recordar el curso de discernimiento en el seminario de Monterrey.


Junto con esto, se acercaba la semana santa. Había dos posibilidades: o me iba de misiones otra vez con mis amigos o me iba de retiro al seminario de Monterrey con el P. Juan Pedro. Las dos nuevamente buenas, pero esta vez elegí la que me daría respuestas a mi problema. Ya no necesitaba hacer algo bueno, necesitaba respuestas. Fue así como llamé al P. Juan Pedro, que gustoso me mandó lo que necesitaba para asistir al retiro.


Fue una experiencia nueva, nunca me había sentido tan feliz. Recuerdo con gran entusiasmo las pláticas, las actividades, la adoración, me sentía como en el cielo. Regresé feliz, dispuesto a hacer el curso de discernimiento en Julio y Agosto. Pero el diablo tenía que hacer su trabajo.


El entusiasmo se me fue enfriando conforme pasaban los meses, empecé a dudar si realmente tendría que hacer el curso de discernimiento. De nuevo empecé hacer mis planes olvidándome de la idea y evitando cualquier contacto con el P. Juan Pedro. Se me presentaba la oportunidad de empezar a ganar dinero, por medio de una beca para ejercitar mis estudios.


Pero el P. Juan Pedro se hizo escuchar muy pronto y esta vez con mucha antelación. Le dije que sí me interesaba, pero que no estaba del todo seguro, que me diera una fecha límite para determinar si me iba o no. Esperaba una certeza de que realmente eso era lo que Dios quería. La respuesta tardó en llegar, hasta el último día en que podía entregar los papeles para la beca. Llegué con el Doctor Juan José Peña, un gran amigo, que trabaja en el CINVESTAV, y fue un poco complicado explicarle que no podía tomar la beca. Él, como buen hombre de fe, me comprendió y me felicitó, y además me dejo la puerta abierta para el día en que regresara.

El curso de discernimento.


Conocí grandes Padres. PP. Hernán Jiménez, Ricardo Sada, Gabriel del Valle, Nicola Tovagliari, Gabrielle Brusco, Jesús Cardier y Carlos Navarro. Un gran equipo.


Pensé que todo estaba resuelto, pero no fue así. Había tres temores dentro de mí: La certeza de que Dios me llamará, abandonar mis estudios, abandonar a mis amigos y a mi familia.


El ambiente me ayudó a cerciorarme de que realmente Dios me estaba llamando. La dirección espiritual, el silencio, los momentos de oración y de reflexión. Y claro, no pueden faltar los paseos, el conocer a chicos de tu edad que tienen las mismas inquietudes, las comidas. Excelente ambiente.


Una vez aclarando esto venía el tema de la carrera. Dios me dio la luz de ver con claridad, que si Él me llamaba, daba lo mismo terminar mi carrera o no puesto que si él me estaba llamando, el abandonar mi carrera o terminarla daba igual.


Por último la familia y los amigos. Creo que fue lo más duro que pude experimentar. De hecho tardó mucho tiempo para sanar la herida. Pero la gracia de Dios fue realmente infinita, no sólo me ha acercado más a mi familia, aunque en un plan muy espiritual, sino que ha hecho mi corazón bastante grande, capaz de amar no sólo a una persona como sería en el matrimonio, si no amar a muchas personas a la vez, buscando siempre el bien de ellas sin interesarse del propio. Es así cómo en estos diez años que tengo de legionario, Dios me ha colmado de gracias. Al final Él ganó, y yo junto con Él.

El P. Ricardo Rocha Villalobos nació en Irapuato, Guanajuato (México), el 8 de febrero de 1981. Finalizo sus estudios de preparatoria en el Instituto Irapuato en el año 1999. Entro en la carrera de Ingenieria Quimica, en el Instituto Tecnológico de Celaya. En el 2002 ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en Gozzano, Italia. Hizo sus estudios humanísticos en Salamanca (España). Terminó su bachillerato en Filosofía en el Ateneo Regina Apostolorum, en el 2007. Hizo su periodo de prácticas apostólicas en la Ciudad de México, como administrador de colegios y auxiliar de los clubes juveniles. Terminó el bachillerato en Teología en el Ateneo Regina Apostolorum, y actualmente desempeña el cargo de capellán para Oak Academy en Dublín, Irlanda.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-12-03


 

 


 



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