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MÉXICO | RECURSOS | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. José Eduardo Sánchez Álvarez

P. José Eduardo Sánchez Álvarez L.C.
P. José Eduardo Sánchez Álvarez L.C.

Ahora que me siento unos minutos para contar la historia de mi vocación, vuelvo la mirada hacia tras y contemplo con gran alegría y gratitud la manera tan suave, y a su vez firme y constante con la que Dios fue llevándome de la mano para mostrarme el camino que debía seguir en mi vida.

Nací el 29 de octubre de 1981 en la Ciudad de México. Soy el primogénito de la familia. Después de mí vienen dos hermanos varones. Entre los tres no había mucha diferencia de edad, dos años. La poca diferencia de edad nos permitió estar muy unidos y tener en todo momento alguien con quien jugar. De hecho recuerdo que los mejores momentos los pasábamos cuando nuestros papás salían a cenar y nos dejaban solos en casa.

Dios plantó la semilla en tierra fecunda

Dios comenzó a preparar el terreno de mi vocación desde muy temprana edad con un hecho muy simple. Al terminar preescolar mis papás tuvieron que buscar un nuevo colegio para mí, pues el colegio en el que hice preescolar era de niñas a partir de la primaria. Comenzaron a buscar colegio por la zona y, después de dar varias vueltas, terminaron por escoger el Instituto Cumbres Lomas, el primer colegio de los legionarios de Cristo. De esta forma Dios había plantado la semilla en tierra buena donde la planta de mi vocación comenzaría a crecer.

Aunque la semilla estaba plantada, ésta tomó su tiempo en germinar. Mi infancia trascurrió de forma muy normal entre escuela, amigos y familia. A decir verdad nunca pensé en ser sacerdote. Ni siquiera lo pensé cuando mi hermano Federico en algún momento de su temprana edad manifestó que quería ser sacerdote. Si bien nunca lo pensé, recuerdo que Dios ya estaba actuando en mi corazón sin yo percibir que era él quien actuaba. ¿Cómo actuaba? Varias veces me sucedió que al acercarse la noche del domingo, y pensar que al día siguiente tenía que ir al colegio, me venía una sensación de tristeza. Me había divertido tanto el fin de semana que me preguntaba ¿por qué tenía que terminar? De alguna forma me estaba preguntando por la caducidad de las cosas y que la felicidad de este mundo es limitada, finita. Esto yo lo considero como un indicio de que Dios estaba preparando mi corazón para la vocación al sacerdocio.

La semilla comienza a germinar

Fue en el sexto año de primaria cuando Dios comenzó a regar con gracias abundantes el terreno de mi vocación. Fue en ese curso (1993 – 1994) cuando ingresé al club del Ecyd que llevaban los legionarios en el mismo colegio. Debo confesar que no fue tanto el compromiso con Cristo lo que me llevó a incorporarme al club, sino el ambiente de amistad y sana diversión que había en él. El Ecyd me ayudó a crecer en todos los aspectos. De forma especial recuerdo que fue allí donde aprendí a rezar y a hablar con
P. José Eduardo Sánchez Álvarez L.C.
Dios a través los retiros y diálogos con los padres que llevaban el club. Humanamente me ayudó a salir de mí mismo para darme cuenta de las necesidades de los demás. En este sentido recuerdo las visitas que hacíamos a orfanatos y casas de ancianos. Además, en el club pude ver en los legionarios un tipo de sacerdote muy diverso a como yo lo imaginaba. De hecho, tal fue la impresión que me dejaron que recuerdo haber dicho, “si soy sacerdote quiero ser legionario”.

En mi año como miembro del Ecyd hubo dos actividades que tuvieron gran influencia en mi vocación. Entre las muchas actividades que los padres organizaban estaba la de visitar el seminario menor de los legionarios que se encuentra en el Ajusco. La visita era para hacer un retiro y conocer desde dentro qué es un seminario. Al final nos preguntaron qué nos había parecido el retiro y si nos había gustado convivir con los seminaristas. Yo dije que sí. Sin embargo, en ese momento ni se me pasó por la cabeza el que yo podía ser sacerdote. En este retiro fuimos unos quince niños.

Habría después un segundo retiro en el que participarían sólo cinco niños. Aunque yo nunca había dicho que quería ser sacerdote estoy seguro que el padre había visto en mí una posible vocación al sacerdocio. Terminó este segundo retiro y todo seguía igual. Me había gustado mucho, pero aún no sentía el llamado al sacerdocio. Sin embargo, cada vez me sentía más amigo del padre y el espíritu que se vivía en la apostólica me había llamado fuertemente la atención. Esto tendría un peso muy fuerte cuando tiempo después me invitarían a participar en el cursillo de verano en el seminario.

La segunda actividad que considero que influyó en mi vocación fue la convención nacional del Ecyd en Cotija. Yo le dije al padre que no podría asistir porque mis papás en ese momento no podían pagar todo el viaje. Sin embargo, el padre quería que yo fuese así que me dio media beca. De esta forma pude asistir a la convención. Allí fue donde pude ver lo grande que era el Ecyd y conocer otros sacerdotes legionarios y el Movimiento Regnum Christi.

Dios transplanta la pequeña planta al invernadero.

Semanas antes al periodo de exámenes finales en el colegio, el padre José Pedroza, LC me llamó para preguntarme si quería ir al cursillo de verano que se organizaba en el seminario menor. Para ese entonces ya sabía que la invitación no sólo era para pasar un verano, sino para ver si me quería quedar y si era mi vocación. Por un lado quería decir que no, pues no quería ser sacerdote; por el otro no quería rechazar la invitación que el padre me hacía. Al final le dije al padre que sí iría. Además ¿Qué era un mes? Terminado el cursillo volvería a casa y como si nada.

Días después que dije que sí al padre, el director del colegio citó a mis papás. Yo no sabía nada de la cita. En ella el director habló con mis papás sobre la apostólica y les dijo que yo había dicho que sí quería ir a la invitación que me había hecho el padre. Una vez que puso en contexto a mis papás me mandó llamar para preguntarme en frente de ellos si efectivamente quería ir. Yo ahí confirmé que sí quería ir. De esa forma se formalizó mi participación al cursillo.

A partir de ese momento la idea de participar en un cursillo de verano en el seminario menor no me dejó tranquilo. Sabía que sólo era un verano y que me la pasaría muy bien. Pero tenía miedo de que Dios me llamase a seguirlo. Está inquietud hizo que un día, ya en periodo de exámenes, fuese con mi mamá para decirle que quería que cancelase mi participación en el cursillo. Recuerdo que fui al cuarto de mis papás donde estaba ella con mi hermano menor estudiando para los exámenes y le dije: “mamá podemos hablar, tengo algo que decirte sobre la ida al seminario”. Y ella me respondió “José Eduardo, ¿no ves que estoy estudiando con tu hermano? Si quieres hablamos después”. Esta respuesta  me quedo tan gravada, que seis años después, cuando hice mi profesión religiosa le dije de broma a mi mamá: “Mamá, ya podemos hablar”. Ciertamente hablamos después, y me motivo a ir. Ella me conocía y sabía cuánto me costaba comenzar una experiencia nueva, pero al mismo tiempo sabía que una vez dentro me gustaría.

Así pues, el día llegó y mis papás me llevaron a la apostólica. El viaje lo hicimos prácticamente en silencio. Yo iba muy nervioso y pensativo. Al llegar a la apostólica sólo vi un compañero del colegio y a nadie más. Me dijeron que los otros chicos estaban viviendo en el colegio Ceyca, nosotros dos, en cambio, nos quedaríamos en la apostólica para estar con los apostólicos. Esto sólo duró una semana, pues mi compañero se fue de la apostólica a los cuatros días. Nunca supe por qué. Sin embargo, me di cuenta de que yo no encontraba ninguna razón para irme, me encontraba muy a gusto. Al día siguiente de que se fue mi compañero dejé la apostólica para irme con los chicos del cursillo de verano.

Déjame probar

El cursillo trascurrió muy rápido y me encontraba muy a gusto. Prácticamente todo el cursillo lo pasé con la idea de que al final volvería a casa, por eso creo que lo disfruté muchísimo. Pero hacia el final del cursillo hubo algo que cambio mis planes. Dios me quería y no dejaría que yo me fuese sin más.

Recuerdo que en el cursillo los formadores nos motivan mucho para hacer visitas a Cristo y a María. No recuerdo qué me llevo un día a la capilla. Lo único que sé es que en un tiempo libre se me ocurrió hacer una visita. Estaba de rodillas ante Cristo Eucaristía y escuche en mi interior una voz que me decía: “aquí vas a ser verdaderamente feliz”. Salí de la capilla muy pensativo, ¿en verdad Dios me quería en el seminario? Después de la estar en la capilla pasé a visitar la gruta de la Virgen. No recuerdo lo que le dije. Lo único que sé es que al final de la visita sentí una gran paz. Con esta disposición le dije a Dios que me quedaría un año para ver qué era lo que quería de mí. Tenía miedo de pensar que podría durar toda mi vida en el seminario. La idea de ser sacerdote todavía no me convencía. Sin embargo, no quería ir contra lo que Dios había pensado para mí.

Al final del cursillo llegaron mis papás. Ellos venían con la idea de recogerme para regresar a casa.  No sé que pensaron cuando me vieron con el uniforme del seminario. Lo único que recuerdo es la cara de asombro que pusieron cuando les dije que quería probar un año para ver si era lo mío. Ellos me preguntaron si en verdad quería quedarme, y cuando confirmé mi decisión, ellos no hicieron más que apoyarla. En esto tengo que agradecer mucho a mis papás. Ellos siempre fueron un apoyo en las decisiones buenas que iba tomando en la vida. Ellos fueron siempre conciente de que mi decisión no era definitiva, era sólo un niño de 12 años, pero quizás es por lo mismo que no se opusieron a mi decisión. Ellos simplemente me acompañaron para que yo fuese descubriendo mi verdadera vocación.

Y vino el temporal

El año pasó, y al igual que éste pasaron otros dos años. Yo estaba muy contento en el semanario y no veía el por qué dejarlo. Pero al final del tercer año, cuando cursaba tercero de secundaria, me llegó una gran crisis. Para esas fechas tenía 15 años, estaba en plena adolescencia, y tenía las inquietudes típicas de esta etapa. En la apostólica yo era feliz, pero quería experimentar la vida que muchos de mis antiguos compañeros de colegio llevaban. Esperé a terminar el curso para hablar con mis papás sobre esto. Durante las vacaciones no me anime a contarles a mis papás el problema que traía. Fue sólo al final, cuando ya estábamos de vuelta en el seminario, cuando les dije a mis papás que no quería seguir. Cuando dije esto mis papás hicieron que mi hermano Federico, el también era seminarista, entrara en el seminario, y me quedé hablando con ellos. De toda la conversación sólo recuerdo que mi papá me dijo: “hijo, yo siempre te voy a apoyar en toda decisión buena que tomes, también si quieres dejar el seminario. Sólo te voy a pedir una cosa. Ve con el padre José Antonio (rector de la apostólica) y le das las razones por las cuales quieres salir, y le das las gracias por todo lo que ha hecho por ti, al igual que a todos tus formadores”. Estas palabras me desarmaron. Yo en el fondo sabía que lo que me pasaba era un sentimiento propio de la edad, y que en realidad no tenía ninguna razón para dejar el seminario. Ciertamente, la tormenta no termino con estas palabras, sin embargo me ayudaron para madurar en mi vocación sacerdotal.

Al final fui con el padre José Antonio y le expuse todo lo que sentía en ese momento. El padre con gran caridad me escuchó y me ayudó a salir de ese momento de crisis, y me acompañó muy de cerca en ese último año en el seminario. Después de esto pude dar el paso al noviciado, seguro de que Dios me estaba llamando a seguirle más de cerca.

El P. José Eduardo Sánchez nació en México, DF, el 29 de octubre de 1981. Cursó la primaria en el Instituto Cumbres Lomas, en la Ciudad de México. Ingresó al seminario menor de la Legión de Cristo en Ajusco (México) el 14 de agosto de 1994.  El 15 de septiembre de 1998 ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México). Cursó los estudios humanísticos en Salamanca, España. Durante tres años fue miembro del equipo de formadores del seminario menor de la Legión de Cristo en San Pablo (Brazil). Es licenciado en filosofía por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. En la misa sede cursó los tres años de teología. Desde agosto de 2012 colabora en la atención pastoral de los fieles en la parroquia de santa María de Betania, Buenos Aires (Argentina)


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-12-03


 

 


 



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