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| P. Carlos Moreno Marrón L.C. | |
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«Y dejaron en seguida La Barca y a
su padre, y lo siguieron»
(Mt 4,22)
Hablar de mi vocación es hablar también de la
vocación de mis hermanos y en definitiva de la
vocación de toda la familia. A alguien he escuchado que
mi papá de pequeño quiso ser sacerdote pero no
pudo. Sin embargo, Dios quiso llamar a cada uno
de sus cinco hijos e invitarlos a seguirlo por la
vía del sacerdocio, ya sea diocesano o religioso. Incluso
también una de mis hermanas estuvo algunos años de
religiosa. Solamente la más pequeña no recibió la llamada
a la consagración de la propia vida a Dios. Por
eso suelo decir que nuestra vocación ya estaba presagiada
en el evangelio según san Mateo, donde dice que
“dejaron enseguida la barca y a su padre” para seguir
a Jesús, y eso fue los que mis hermanos
y yo hemos hecho: hemos dejado nuestro pueblo (La
Barca) y a nuestro padre, y hemos seguido a Jesús.
Posteriormente por diversos motivos varios de mis hermanos descubrieron
que Dios no los llamaba al sacerdocio o a
la vida religiosa y actualmente seguimos solamente un hermano
menor y un servidor, ambos como legionarios de Cristo.
Los inicios
Eran altas horas de la noche del 24
de noviembre de 1981, casi por estrenar un nuevo
día, cuando mi llanto rompió la tensión y la espera
que reinaban en aquel cuarto del hospital del Sagrado
Corazón en La Barca, Jalisco. Aunque sinceramente no tengo
la más remota memoria de estos eventos, al menos me
puedo explicar el porqué se me dan los trabajos
hasta muy avanzada la noche, puesto que ya desde
pequeño se me facilitó la actividad a esas horas nocturnas.
Mis hermanos mayores (Jorge y Pedro) tenían cinco y
cuatro años, y luego tuve que esperar otros cuatro
años para recibir a mi hermanita (María Guadalupe), y
dos años después de ella siguieron los últimos tres, uno
por año, dos varones (José de Jesús y Daniel)
y una mujer (Luz Angélica). Así que en total
hacemos un número de perfección: siete, cinco hombres y dos
mujeres.
Antes de que pasaran los tres primeros meses
de mi existencia recibí el gran don de llegar
a ser hijo de Dios por medio del bautismo, el
7 de febrero de 1982.
Primera infancia
De
los primeros años de mi infancia guardo pocos recuerdos concretos.
Era un niño tranquilo y reservado, por lo general
evitaba meterme en problemas; y si alguna vez me
metía en ellos rápidamente me las ingeniaba para evitar las
consecuencias negativas que de ellos se pudieran seguir.
Mis relaciones con mis hermanos eran fraternalmente normales: diversiones,
aventuras y travesuras juntos, la negociación de los permisos con
los papás, los juegos en la calle con los
demás niños del barrio y no podían faltar también
las peleas fraternas, los llantos, quejas y acusaciones que solían
terminar con el uso del cinturón, por parte de
mi papá, para enmendar lo malo e incentivar a
crecer en la virtud. Tampoco estuvieron ausentes las motivaciones,
amonestaciones, consejos y cariño materno, junto con la presencia paterna
cercana que normalmente ejercía su autoridad moviéndonos por el
amor y el respeto, y cuando estos no bastaban
se recurría a la motivación del premio, de la
obtención del permiso largamente anhelado; o al temor del castigo,
o de la negación de los permisos.
Cuatro años
me separan de mi próximo hermano hacia arriba y cuatro
años de la hermana que me sigue, por lo
que en los juegos con los grandes normalmente yo
salía perdiendo; y con mi hermana no me gustaba jugar
a las barbies, aunque a veces jugaba con ella
a las comiditas (y aprovechaba para comerme sus golosinas…). Por
tal motivo muchas veces jugaba yo solo creando todos
los escenarios imaginables que un niño puede realizar en
un corral con diversas plantas, lonas, plásticos, cables, ladrillos,
agua… cualquier cosa servía para ambientar el entretenimiento. Además
de mis juegos solitarios solía juntarme mucho con dos
primos que somos de la edad, uno se llama Víctor,
con quien trataba sobre todo en la escuela; y
el otro Ricardo, con quien pasaba la mayoría de mis
aventuras infantiles y recientemente pude traer muchos de esos
recuerdos a la memoria al ir viendo una gran
cantidad de fotos antiguas en las que aparecemos juntos.
Ni devociones extrañas, ni revelaciones místicas
La vida espiritual
de la familia era sencilla. Participábamos en la misa
dominical: los más grandes iban a misa con los papás
temprano por la mañana y después se hacían las
compras en el mercado; los pequeños se levantaban más
tarde e iban a misa de once con una tía;
y después para la comida y el resto de
la tarde solíamos tener una salida al campo para convivir
en familia con mi abuelita, los tíos y primos
por parte de mi mamá. Fueron momentos que atesoro
con mucha gratitud por el gran espíritu de unidad familiar
que reinaba.
Un recuerdo que tengo muy presente de esas
misas dominicales era ver cómo mi mamá me enseñó,
con el ejemplo, lo que es la oración personal, al
quedarse recogida y de rodillas algunos minutos después de
la misa hablando íntimamente con Cristo para agradecerle por
la comunión. Además de la misa dominical, muchos días entre
semana nos poníamos a rezar el rosario todos en
familia. Sólo hasta haber terminado el rosario podíamos ver
las caricaturas o salir a jugar a la calle.
Al
finalizar cuarto año de primaria tuve la gracia de recibir
por primera vez a Cristo Eucaristía el 15 de
julio de 1991, un día antes de la festividad
de Nuestra Señora del Carmen. Éramos un grupo pequeño de
como 10 niños, hombres sólo éramos mi primo Ricardo
y yo. La catequista Lupita Esquivel nos daba las
clases en su casa y además de la teoría sobre
todo aprendí a valorar la Eucaristía y a aprovechar
los momentos después de la comunión para hablar con
Cristo y agradecerle por venir a mi corazón.
También
tuve que estudiar
Realicé mi kinder y primaria en
un colegio dirigido por las Siervas de Jesús Sacramentado.
Como nací en noviembre y las clases comenzaban en
septiembre tuve que esperarme para poder ingresar al kinder, pero
como demostré gran progreso en las lecciones mi mamá
se las arregló y me adelantaron al siguiente curso
a mitad de año, por lo que hice dos años
en uno. En primero de primaria tuve por maestra
a la Madre Josefina Baltazar, S.J.S. de la que guardo
recuerdos muy gratos y la impronta que ha dejado
en mi formación, no sólo intelectual, sino espiritual y
humana, ha sido muy honda. Posteriormente cuando ingresé al
seminario siempre me apoyó con sus consejos y su oración;
y sus plegarias –junto con las de una cantidad
innumerable de personas– me han sostenido a lo largo
de mi camino hasta las gradas del altar.
Gracias a
Dios nunca tuve problemas con los estudios y mi liderazgo
en el salón era más bien en el campo
intelectual que en otros campos. Por mis buenas notas
me tocaba estar en la escolta cuando se hacían los
honores a la bandera, además me escogían para algunas
declamaciones y presentaciones en eventos públicos. Por otro lado
evitaba las peleas y de hecho sólo recuerdo una sola
en la que me vi involucrado, pero no duró
más de unos cuantos golpes, además de que mi
hermano mayor hizo acto de presencia y pronto terminó el
asunto.
Por las mañanas teníamos las clases y en
la tarde, después de la comida, hacíamos las tareas
antes de podernos dedicar a nuestros juegos y demás
entretenciones vespertinas. Los fines de semana a cada uno de
los hermanos le correspondía el aseo de una zona
de la casa, una vez que eso estuviera listo ya
podríamos realizar nuestras actividades: salidas, ver la televisión…
Dios como primera opción
En este ambiente de normalidad
y tranquilidad Dios pasó por la ribera de nuestra
familia tocando a la puerta e invitando a mi hermano
mayor a seguirle en la vocación hacia el sacerdocio
diocesano. Estuvo unos años en el seminario menor en
La Barca, posteriormente en Tapalpa y luego en el seminario
mayor de Guadalajara, su ministerio lo realizó en Tequila
y luego volvió al seminario mayor de Guadalajara. Sin
embargo los caminos de Dios le llevaron por otras
sendas y ahora está felizmente casado. Su testimonio de entrega
siempre me ha alentado pues quiso darle la primera
opción a Dios, aunque después Dios le pidiera cambiar
de planes.
Posteriormente Dios volvió a llamar a la
puerta. Esta vez era el segundo varón de la
familia. Después de un intento en el verano de 1989,
ingresó finalmente al año siguiente en el seminario menor
de los legionarios de Cristo en León, donde estuvo
dos años; luego hizo un año en el seminario menor
del Ajusco en la Ciudad de México. Continuó su
formación haciendo el noviciado y los estudios humanísticos en
Salamanca, España, de donde fue trasladado a NuevaYork para
realizar su bachillerato en filosofía. Y de ahí pasó tres
años a Colombia para realizar su ministerio apostólico. Ahí
fue viendo con sus superiores que Dios lo quería
por un camino diverso y después de un semestre en
Roma regresó a casa y ahora es padre de
dos dinámicos niños (y seguramente vendrán más). A él
le debo gran parte de mi vocación pues cuando Dios
volvió a tocar a la puerta, esta vez era
para mí, se me ponían delante la opción diocesana
que me presentaba Jorge, mi hermano mayor; y también la
opción legionaria, que me presentaba Pedro, a quien también
estoy agradecido por haber dado la primera opción a
Dios en su vida y por ser él como el
anzuelo del cual Dios se valió para llevarme a
la Legión de Cristo.
Ahora tendría que seguir con
mi turno, pero antes de continuar hablando de mí
mismo quisiera hablar de mis otros hermanos que también pusieron
a Dios como primera opción en sus vidas. En
el verano de 1999 mi hermano José de Jesús
ingresó en el seminario menor de la Legión de Cristo
en Guadalajara y le tocó ser de los fundadores
de este centro vocacional. Prosiguió su formación en Monterrey y
Dublín, Irlanda donde realizó su noviciado; los estudios humanísticos
los hizo en Salamanca, España; y de ahí pasó
a Roma para su bachillerato en filosofía. Inició su
trabajo apostólico como formador en el seminario menor de Mérida,
Venezuela y después de un tiempo le asignaron la
pastoral juvenil y la promoción vocacional en Bogotá, Colombia,
donde se encuentra en su cuarto año de ministerio
apostólico este año de mi ordenación sacerdotal.
En el 2000
Dios seguía tocando a la puerta de la familia y
esta vez la llamada fue doble: mi hermana que
viene después de mí y el último hombre que
quedaba (aunque para ese entonces mi hermano mayor ya estaba
en casa). Mi hermana ingresó con las Siervas de
Jesús Sacramentado (las religiosas que dirigen el colegio donde
estudié la primaria) y mi hermano menor ingresó también en
el seminario menor de Guadalajara, donde estaba el otro
hermano. Ellos estuvieron algunos años y después se dieron
cuenta que Dios quería que sus caminos siguieran por
otra dirección. A ellos también les agradezco su testimonio de
generosidad por haberle dado a Dios la primera opción
en sus vidas.
Y Dios seguía tocando a la puerta
Volviendo unos años atrás recuerdo que cada mes íbamos a
León a visitar a mi hermano Pedro al seminario
menor. Lo que más me llamaba la atención, además
de las instalaciones del seminario y los campos de juego,
era sobre todo el ambiente de caridad, alegría, jovialidad
y el espíritu de familia que se percibía entre
los seminaristas. Durante cuarto y quinto de primaria Dios iba
regando en mi alma la semilla de la vocación
con estas visitas al seminario menor en León.
A
decir verdad no recuerdo con claridad un momento preciso, crucial,
determinante de mi vocación. No recuerdo con exactitud cuándo
decidí decirle ‘sí’ a Dios y desde que tengo
uso de razón la posibilidad de ser sacerdote era
algo que estuvo muy presente y me parecía algo muy
normal. Más bien me gusta compararlo con lo que
le pasó a Elías cuando Dios le pidió ir a
la cueva del monte Horeb para presentarse ante el
Señor (cf. 1Re 19,11-13): primero llegó un viento impetuoso
y violento que rompía montañas, pero el Señor no estaba
en el viento; luego vino un terremoto y luego
fuego, pero el Señor no estaba tampoco ahí; finalmente
se insinuó el susurro de una brisa ligera y Elías
se cubrió el rostro y salió al encuentro del
Señor. En mi vocación no tuve vientos huracanados, ni
fuego, ni terremotos; no tuve que dejar novia (a los
once años no tenía…), ni coche, ni grandes propiedades…
Dios se hizo presente como un leve susurro. Ya
desde el vientre materno había pensado en mí y me
había elegido y consagrado para ser su ministro.
Conforme iba creciendo, también crecía junto conmigo la semilla de
la vocación y así llegó el último año de
la primaria. Este año ya no íbamos cada mes
a León pues mi hermano se había trasladado al seminario
de la Ciudad de México y ese año sólo
pudimos ir a visitarlo una sola vez. Dios quiso quitarme
cualquier tipo de influencia directa para dejarme con mayor
libertad para escogerle a Él. Al terminar ese año
en el Distrito Federal mi hermano fue destinado a
Salamanca, España. Yo ya empezaba a abrirme a todas las
posibilidades que se presentan a un adolescente que está
por iniciar la secundaria. Ya había identificado a una
niña que podría haber sido mi novia. También estaba
viendo lo de las pruebas para ingresar a la secundaria.
Todos los planes se estaban montando. Y sin embargo
tenía ante mí esa plantita de la vocación que
ahí seguía creciendo.
Los padres legionarios solían visitar el
colegio para invitar a niños, sobre todo de sexto
de primaria y también a los de secundaria, a que
conocieran el seminario menor en León. Ese año ya
quedaban pocas semanas y aún no se habían presentado,
por lo que ya en mi interior comenzaba a ignorar
la plantita de mi vocación sacerdotal, pensando que Dios
quería que siguiera esos otros planes. Pero un día
de mayo, mes dedicado a María, por fin se presentó
el P. Enrique Flores y su visita al salón
hizo que mi atención se volviera a concentrar en
esa plantita.
Dios la había estado regando
Después de
la charla en el salón el padre nos sacó fuera
del salón a otro compañero y a mí y
nos mostró fotos del seminario. Era sobre todo por el
otro compañero, pues yo ya conocía el seminario por
las visitas que hacíamos mensualmente a mi hermano. Al
final el padre tomó nuestros datos y quedó de
visitar nuestras casas por la tarde. Cuando llegó el padre
a la casa estuvimos hablando y sobre todo habló
con mis papás y como ya conocían la situación por
la experiencia de mi hermano Pedro no había muchas
dudas que resolver por lo que el padre entregó
a mis papás la lista de lo que tendría que
llevar para el programa de discernimiento vocacional de verano,
me asignó el número de ropa y me citó
para el 4 de julio de 1993 en la central
de autobuses de La Barca, fecha en la que
pasaría un camión proveniente de Guadalajara con destino al seminario
de León y de camino iba recogiendo a todos
los chicos que iríamos al programa de verano.
¿Así de fácil? Mi mamá siempre me apoyó desde el
primer momento, mi papá nunca se opuso, decía que
si era lo que yo quería y me hacía feliz
él no me lo iba a impedir. Ahora que
miro hacia atrás me he dado cuenta de que no
tuve grandes dificultades porque Dios a lo largo de
toda mi vida había estado preparando el terreno para
la plantita de mi vocación y siempre la había estado
regando. La vocación no es un producto o una
creación personal, es un don gratuito e inmerecido que
Dios da a quien Él quiere, por eso Él se
encarga de ir regando esa plantita y para algunos
la ha regado tanto que las dificultades parece que
no exisiteran.
Las otras dos terceras partes de mi
vida
Cuando ingresé a la Legión de Cristo tenía once
años. Dentro de dos años tendré treintaitrés y haciendo
cuentas habré pasado dos terceras partes de mi vida
como legionario de Cristo. Han sido años muy felices, obviamente
no han estado excentos de dificultades, pero no me
arrepiento de haber respondido a Dios cuando Él me
quiso llamar.
Recibí mi uniforme de apostólico en nuestro
seminario menor de León el 14 de agosto de
1993, víspera de la Asunción de María. Después de los
tres años de secundaria pasé a la siguiente etapa
del seminario menor llamada precandidatado; y el 18 de
mayo de 1997 recibimos el uniforme de postulantes para
ingresar al noviciado.
Recibí la sotana el 14 de septiembre
de 1997, vísperas de la Virgen de los Dolores,
en el noviciado de Monterrey y a fin de mes
partí rumbo a Estados Unidos para realizar mis dos
años de noviciado en Cheshire. Emití mi primera profesión
religiosa de los votos de pobreza, castidad y obediencia el
26 de noviembre de 1999 y cursé dos años
de estudios humanísticos ahí mismo en Cheshire. En agosto
de 2001 fui destinado al centro de estudios superiores en
Roma para cursar los dos años de bachillerato en
filosofía. Y ahí renové la profesión de mis votos
el 16 de octubre de 2002.
Concluido el bachillerato
en filosofía, realicé cuatro años de prácticas apostólicas como
formador en el seminiario menor: el primer año estuve en
el centro vocacional de Guadalajara y los otros tres
en el centro vocacional de Santiago de Chile. Fueron
años intensos y agradezco a Dios la oportunidad de
ayudar a cultivar la plantita de la vocación en el
corazón de todos esos jóvenes con quienes me puso
en contacto. Además emití mi profesión perpetua el 25
de septiembre de 2005 en la capilla del centro vocacional
de Santiago, con la compañía de los seminaristas y
de los padres y religiosos que realizaban su labor
apstólica en Chile.
Volví a Roma para continuar mis estudios
en noviembre de 2007, pero esta vez me asignaron
como centro de residencia nuestra casa general, en donde
además de estudiar, realizaría trabajos de oficina; y desde entonces
ésta ha sido mi casa. Cursé la licencia en
filosofía del 2007 al 2009 y el bachillerato en
teología del 2009 al 2012. Recibí la ordenación diaconal el
27 de julio de 2012 en León, Guanajuato de
manos de Mons. José Guadalupe Martín Rábago, arzobispo de
León; de quien también recibí el sacramento de la confirmación
en 1997, cuando cursaba mi último año en el
seminario menor de León.
Todos estos años han sido para
mí una verdadera aventura y siempre he sentido la
presencia maternal de María de modo silencioso, pero perentorio. A
ella encomiendo mi vocación y la de todos los
sacerdotes para que, al subir a las gradas del
altar, nunca lo hagamos sin su compañía y para que
seamos capaces de inmolarnos en el ara de la
cruz de cada día.

El P.
Carlos Moreno Marrón nació en La Barca, Jalisco (México),
el 24 de noviembre de 1981. Ingresó al seminario menor
de los legionarios de Cristo el 4 de julio
de 1993 en León, Guanajuato. En el 1997 fue
destinado al centro de noviciado y humanidades de la Legión
de Cristo en Cheshire, CT (Estados Unidos) donde realizó
su noviciado y dos años de estudios humanísticos. Después
de cursar el bachillerato en filosofía en el Ateneo
Pontificio Regina Apostolorum de Roma se desempeñó durante cuatro años
de prácticas apostólicas como formador en el seminario menor:
un año en Guadalajara, Jalisco (México) y los otros
tres en Santiago de Chile. En el 2007 regresó
a Roma y obtuvo la licenciatura en filosofía y el
bachillerato en teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum.
Actualmente está realizando una licenciatura en derecho canónico en
la Pontificio Universidad Gregoriana en la ciudad de Roma.