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¿Soy verdaderamente feliz?
FRANCIA | RECURSOS | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. Luis Bernardo Rebollo Arana

P. Luis Bernardo Rebollo Arana L.C.
P. Luis Bernardo Rebollo Arana L.C.
Deja tus redes y sígueme

« “Síganme y los haré pescadores de hombres” (Mt 4, 19). Estas palabras de Jesús, que hemos escuchado, se repiten a lo largo de la historia y en todos los rincones de la tierra. […] Ciertamente Cristo llama a algunos de ustedes a seguirlo y entregarse totalmente a la causa del Evangelio. ¡No tengan miedo de recibir esta invitación del Señor! ¡No permitan que las redes les impidan seguir el camino de Jesús! Sean generosos, no dejen de responder al Maestro. Síganle para ser como los Apóstoles, pescadores de hombres».


Estas palabras de nuestro querido Beato Juan Pablo II atravesaron mi alma como una flecha. Cuando estaba escuchando su homilía junto con casi dos millones de fieles presentes en la Misa del domingo 24 de enero de 1999 en el Autódromo Hermanos Rodríguez, la voz del Papa hizo resonar en mis oídos un llamado que por varios años venía tocando las puertas de mi vida. Era un joven de 18 años estudiante de Economía con muchos planes y sueños cuando Cristo me invitó a “dejar las redes” y seguirle.

Una luz en mi camino


Juan Pablo II ha tenido siempre un lugar muy especial en mi vida. Todo comenzó unos meses antes de mi nacimiento cuando mis papás fueron a Roma y participaron en una audiencia con el Papa. Al ver venir al Papa caminando por el pasillo, mi mamá se acercó a la valla; Juan Pablo II se dio cuenta que mi mamá estaba esperando un bebé, así que se acercó para saludarla y me bendijo. Desde niño me impactó mucho este hecho y la foto que conservamos de ese momento. A lo largo de mi vida tuve varias oportunidades de ver al Papa y siempre ha sido un gran ejemplo para mí.

La primera llamada


Cuando llegué a 6° de primaria, uno de mis primos entró al Centro Vocacional de los legionarios en México, D.F. Me llamó mucho la atención el paso que dio mi primo; recuerdo que nos comentó porqué había tomado esta decisión a sus trece años: “Dios me ha dado mucho y le quiero corresponder”. Durante ese año fuimos a visitarle con frecuencia y ahí tuve mi primer contacto con el centro vocacional. Participé en algunas convivencias y retiros para conocer el lugar y me la pasaba bastante bien. Al final del año me invitaron al curso que se realiza en el verano para los chicos interesados en ingresar al centro. Tenía ganas de ir, pero al final no estaba muy decidido y no fui.


El año siguiente ingresó otro primo mío y también me invitaba a visitarle. Seguí participando en algunas convivencias en el centro vocacional, pero a finales de 1°
P. Luis Bernardo Rebollo Arana L.C.
de secundaria me cerré a la posibilidad de entrar al seminario y  traté de olvidarme de todo esto, pero Dios no se olvidó de mí.

Preparando el camino


A los catorce años me incorporé al movimiento Testimonio y Esperanza que busca formar católicos comprometidos que den testimonio de su fe. Participé en campamentos, peregrinaciones, congresos, grupos juveniles y en misiones de Semana Santa durante cinco años. Estoy muy agradecido por la formación que recibí, por tantas oportunidades de evangelizar y por los amigos tan valiosos que encontré allí.


En 1997 tuve la gracia de ir a la Jornada Mundial de la Juventud en París junto con muchos amigos míos. Me impactó mucho ver que la Iglesia es tan grande, tan hermosa y tan viva. Juan Pablo II llegó al corazón de todos nosotros y nos lanzó el reto de abrir las puertas a Cristo y de compartir con el mundo el tesoro de nuestra fe.


Pasaron un par de años y llegó el momento de elegir qué carrera estudiar. En ese entonces me gustaba la política y tenía mis esperanzas juveniles en entrar en ese ambiente para ayudar a la sociedad y servir a nuestro país. Al final opté por estudiar economía en el ITAM (México, D.F.) y a la vez cursaba a medio tiempo la carrera de ciencias políticas en la UNAM.

¿Soy verdaderamente feliz?


Todo parecía ir muy bien con mi familia, mis amigos y la universidad, pero un día estaba en clase sentado al fondo del salón y tuve un momento de reflexión profunda. Me puse a pensar qué estaba haciendo con mi vida, me cuestioné si verdaderamente era feliz; se estaban cumpliendo todos mis planes pero sentía que me faltaba algo, había un vacío que no podía llenar.


Me di cuenta que me faltaba acercarme más a Dios, ya no tenía la Comunión diaria, la confesión, los retiros, ni los padres legionarios que me ayudaban en el colegio y a la vez tenía más responsabilidades y distracciones. Decidí comenzar a ir a Misa también entre semana y al terminar me quedaba un tiempo más en oración para pedirle luz a Dios. Cristo desde la Eucaristía me ayudó mucho a encontrar orientación en mi vida y a tomar fuerzas para lo que me esperaba.

Una visita muy especial


En ese curso escolar, asistía a una conferencia semanal sobre el Catecismo con un numeroso grupo de jóvenes. El P. José Victor Ortíz, cruzado de Cristo Rey, nos daba las conferencias de una manera muy interesante y atractiva. En ese tiempo, el padre era el secretario particular del arzobispo de la Ciudad de México, así que un día le encomendaron conseguir un grupo de jóvenes que ayudaran como edecanes a los obispos, cardenales e invitados especiales que participarían en la visita de S.S. Juan Pablo II en enero de 1999. Sin dudarlo, nos apuntamos casi todos los jóvenes del grupo y durante algunas semanas nos preparamos para ofrecer este servicio.


Llegó la fecha esperada, era el 22 de enero de 1999 cuando el Papa aterrizó por cuarta ocasión en suelo mexicano. Tuve la oportunidad de asistir a los eventos más importantes con el Papa, a la Misa en la Basílica de Guadalupe, a la Misa en el autódromo y a un evento muy emotivo en el estadio Azteca.


La Misa en el autódromo Hermanos Rodríguez fue una experiencia que dejó una huella profunda en mi vida. Llegamos al autódromo cerca de las ocho de la mañana acompañando a los obispos y nos encontramos con un mar de personas cansadas e inquietas porque muchos habían llegado desde el día anterior y pasaron una noche bastante fría y ajetreada. De repente comenzaron a escucharse cantos, gritos y porras a lo lejos; el Papa había llegado al autódromo y provocó una especie de resurrección: las caras largas desaparecieron y su presencia nos llenó de alegría. Me impresionó cómo la sola presencia del Papa transformó por completo el ambiente, nos traía una felicidad que sólo Dios puede dar. Hacia el final de la homilía, el Papa pronunció esas palabras que tanto me llegaron: “síganme y los haré pescadores de hombres…” En ese momento percibía que Dios me estaba hablando a través de su Vicario.

Encontrando la felicidad


Pasaron unos meses y tenía cada vez más claro que Dios me llamaba a entregarle mi vida pero todavía no sabía cómo, cuándo ni dónde. Llegó la Semana Santa y por quinto año consecutivo fui de misiones en la sierra de Hidalgo. Fui como responsable de mi equipo y me nombraron ministro extraordinario de la Comunión para esa semana, dado que el párroco no podía visitar nuestro pueblo. Recuerdo mucho el descenso de dos horas por la montaña para llegar al pueblo; tuve la gracia de llevar conmigo a Cristo Eucaristía para reservarlo en el sagrario de la iglesia. Durante el camino fui platicando con Cristo sobre mi vida, preguntándole qué quería de mí y pidiéndole fortaleza para poder seguir el camino que Él me trazara.


La gente del pueblo de Acahuasco comenzó a llamarme “padre Luis” porque me veían siempre en las ceremonias en la iglesia y poco a poco esto iba también calando en mi alma, me hacía sentir que esto iba en serio. Comencé a ver que realmente era feliz dedicándome a Dios y ayudando a los demás a acercarse a Él.

Dudas y señales


Terminadas las misiones tenía un gran entusiasmo por entregar mi vida a Dios, pero no faltaron las dificultades, dudas y obstáculos en el camino. A veces pensaba que quizá debía cambiar de carrera o que debía esperar un poco más, también me atraía mucho la idea de tener una familia como la que Dios me había regalado a mí, etc.


Unos meses después llegó el periodo de exámenes en la universidad y me desvelé demasiado en esos días. El sábado fui a una corrida de toros con mis amigos y de regreso a mi casa, cerca de las diez de la noche, me quedé dormido manejando. Sólo recuerdo que me desperté, vi un coche delante del mío, frené con toda la fuerza que pude y choqué en seco. Estaba completamente desconcertado, no entendía qué había pasado. Después del impacto, el dueño del taxi que choqué se acercó a mí; le pregunté si él estaba bien y le dije que yo me encargaría de solucionar todo esto. Un par de minutos después, una señora se acercó llorando a mi ventana y me dijo que su hijo estaba llorando en el coche a causa del golpe; su coche fue el primero que golpeé y se encontraba unos cincuenta metros más abajo. El taxista me comentó que se estacionó allí porque su taxi estaba fallando; su amigo estaba revisando el motor del Volkswagen (tiene el motor en la parte de atrás) y se acordó que debía comprar una medicina al ver la farmacia que estaba justo a un lado; cuando se dirigió a la farmacia llegué yo y choqué precisamente en el lugar donde estaba el señor, pero gracias a Dios él se había apenas movido. También me dijo el taxista que Dios me cuidó porque justo una semana antes un compañero suyo murió en un accidente precisamente porque se quedó dormido en esa pendiente que termina con una curva muy pronunciada y se volcó. Al final, gracias a Dios, nadie quedó herido. Esta experiencia me ayudó a ver que la vida no es un juego; ese accidente pudo haberme dañado gravemente a mí o a alguien más y no pasó nada. De ahora en adelante mi vida le pertenecía a Dios.

En buenas manos


A pesar de todas estas reflexiones y acontecimientos, las dudas y tentaciones no terminaban, pero también Dios me iba ayudando a ser más firme en mi deseo de entregarme a Él. Mi último examen final fue el 31 de mayo, día de la Visitación de la Santísima Virgen. Salí de la universidad y me fui directo a la Basílica de Guadalupe para entregarle un ramo de flores y encomendarle mi vida y mi vocación. Aproveché la oportunidad para confesarme, ir a Misa y para pedirle a mi Madre del Cielo que me guiara en el camino.

Cambio de planes


Tenía planeado pasar esas vacaciones de verano viajando con mis primos a diversos lugares de México, comenzando en Monterrey para ir a la graduación de uno de ellos. Mi primo regiomontano es uno de los que estuvieron en el centro vocacional. Uno de los novicios conocía a mi primo y le llamó para invitarlo a visitar el noviciado justo el fin de semana que llegábamos a Monterrey. Llegamos allá el jueves 10 de junio y mi primo nos preguntó si queríamos visitar el noviciado. No nos lo esperábamos, pero yo veía que Dios me estaba señalando el camino y quise aprovechar la oportunidad.


El viernes por la tarde llegamos al noviciado de Monterrey. Esperamos unos minutos en la recepción y de pronto salieron los novicios de la capilla; me impactó ver a tantos jóvenes alegres vestidos en sotana. Después llegaron unos hermanos legionarios que nos atendieron con gran caridad y nos compartieron su experiencia del seminario. En una de las conversaciones me enteré que precisamente allí era el lugar donde se realiza el programa de discernimiento vocacional para jóvenes y, para mi sorpresa, comenzaba sólo una semana después, el 21 de junio. Yo no podía creer esto, no esperaba que iniciara todo tan pronto, pero vi que Dios literalmente me llevó hasta la puerta del seminario y no quería evadir más esta invitación.


Mi plan de estar toda esa semana en Monterrey, ir a la graduación de mi primo y hacer nuestro viaje de vacaciones se acabó; yo sentía que esto era lo que estaba buscando y no quería dejar pasar un día más. La tarde del domingo terminó la convivencia en el noviciado y decidí regresar a México esa misma noche. Le pedí a mi tía que llamara a mis papás para avisarles que me regresaba y que les pida leer una carta que había estado escribiendo para ellos con todas mis experiencias y reflexiones de esos meses.


En el trayecto de Monterrey a México iba pidiéndole a Dios que me ayude, iba pensando qué pasaría, cómo explicaría a mi familia y a mis amigos que dentro de una semana entraría al seminario, pues nadie sabía nada de esto más que yo. Llegué a México por la mañana y mi mamá fue por mí a la central de autobuses. Noté que mi mamá comprendió bien lo que estaba pasando. Me dijo que mi papá estaba fuera por un viaje de trabajo pero que en la noche le llamó para saludarla y por teléfono leyeron mi carta entre lágrimas. Era una noticia inesperada pero me apoyaban al cien por ciento. En esa semana me despedí de mis familiares y de varios amigos que también me dieron todo su apoyo. El P. Jesús Cardier, LC tuvo la bondad de visitarnos y me ayudó a preparar lo necesario para ir al candidatado.


El domingo 20 de junio tuvimos una Misa con nuestras familias en el Colegio Cumbres de México y el 21 por la mañana salimos al noviciado de Monterrey. Así comenzó la gran aventura de mi seguimiento de Cristo en la Legión.

Semilla en tierra fértil


No podría explicar mi vocación sin referirme a mi familia. Soy el mayor de ocho hermanos, tres hombres y cinco mujeres, a quienes quiero con toda el alma y a quienes agradezco su apoyo incondicional en mi vocación. Por gracia de Dios, tengo un hermano que también es legionario de Cristo y un hermano y una hermana consagrados en el movimiento Regnum Christi. Hemos sido bendecidos con unos papás maravillosos que nos han enseñado a amar y que nos han transmitido el tesoro de la fe sobre todo con su testimonio de vida. También tengo un tío abuelo sacerdote, el P. Juan María Lomelí, que se entregó plenamente a Cristo como misionero en la sierra de Veracruz. A causa de su esfuerzo por promover la vida cristiana, lo amenazaron en varias ocasiones. Un día un militar golpeó fuertemente al padre Juan y como consecuencia, el padre murió poco tiempo después. Este testimonio me impactó mucho desde niño, lo veía como un héroe que dio su vida por Cristo y por las personas que Él le encomendó.


Otro ambiente que me ayudó mucho a crecer como persona fue el colegio. Tuve la oportunidad de realizar todos mis estudios, hasta terminar la preparatoria, en un colegio que pertenece a los legionarios de Cristo, el colegio CEYCA. Desde niño me llamó la atención ver a los padres legionarios, eran muy alegres, les gustaba el deporte, hablaban varios idiomas y se veían muy entusiasmados por vivir como misioneros que nos ayudaban a acercarnos a Dios. El ejemplo que recibí de muchos de esos sacerdotes fue una gran motivación para descubrir mi propio llamado.

Algunos regalos de Dios


Durante todos estos años de preparación al sacerdocio he sido muy feliz y estoy agradecido mis superiores, con mis hermanos legionarios y con tantas personas que me han apoyado con su cercanía y sus oraciones. Ciertamente hemos pasado momentos difíciles en estos últimos años, pero me da mucha paz la certeza de que Dios es siempre fiel y sólo nos pide colaborar y confiar en Él. Me parece una época maravillosa para ser sacerdote y le pido a Dios que me conceda la gracia de serle siempre fiel.

El P. Luis Bernardo Rebollo nació en Rennes (Francia), el 25 de julio de 1980. Realizó sus estudios de primaria y bachillerato en el colegio CEYCA de los Legionarios de Cristo. Cursó un año de economía en el ITAM (México, DF). En de septiembre de 1999 ingresó al noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México). En octubre del mismo año fue transferido al noviciado en Cheshire, CT (Estados Unidos) donde terminó los dos años de noviciado y cursó dos años más de estudios humanísticos. Durante un semestre colaboró con la pastoral juvenil en Steubenville, OH (Estados Unidos). Por tres se dedicó a la pastoral vocacional y a la pastoral juvenil en Saltillo y el norte de Coahuila (México). Por un año fue miembro del equipo de formadores del centro de estudios superiores en Thornwood, NY (Estados Unidos). Cursó sus estudios de filosofía y teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, Roma (Italia). Actualmente colabora en la pastoral juvenil y vocacional en Coahuila (México).


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-12-03


 

 


 



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