Búsqueda      Idioma 
     

Señor mío y Dios mío
Jn 20,19-31 (Artículo)
La Cena de los misterios
Jn 13,1-15 (Artículo)
“Mi decisión de colaborar es una respuesta al llamado de Dios” (Artículo)
El Dios de los vivos.
2014-04-10 (Artículo)
"Ven, siervo fiel, al encuentro de tu Señor" (Artículo)

Empresario de Dios
BRASIL | RECURSOS | TESTIMONIOS
Testimonio vocacional del P. André Delvaux Costa

P. André Delvaux Costa L.C.
P. André Delvaux Costa L.C.

Mi familia y amigos


Soy natural de la ciudad de Rio de Janeiro, Brasil. Nací en una familia católica. Tengo una hermana más pequeña, que jugó un papel importante en la vivencia de mi fe católica. Tengo muy marcado algunos valores que me transmitieron mis papás: la honestidad, la amistad, el amor a la verdad, la coherencia de vida, etc. De niño, conviví bastante con mis abuelos, tíos y primos, de quienes también recibí mucho. Otras personas a quienes debo mucho son mis amigos de infancia: me enseñaron el valor de una verdadera amistad y a creer en los propios sueños.

Mi infancia


Pasé la infancia en la calle (literalmente), jugando con los amigos, andando de bici, saltando muros, haciendo deporte, escuchando música, participando en fiestas con los amigos, yendo a la playa, soñando –como cualquier niño brasileño- ser un gran jugador de fútbol. Además, me iba bien en la escuela.


Recibí la primera Comunión cuando tenía 11 años; la viví con mucho entusiasmo. Pero el entusiasmo no duró mucho. Me acuerdo que mis papás venían a la cancha de fútbol, donde yo jugaba los sábados por la tarde, para llevarme a la Misa. Llegó el día en que les dije que prefería seguir jugando. La semana siguiente pasó lo mismo, y después igual, hasta que dejaron de insistir.


Jamás olvidé el Señor, pero ya no era una prioridad –habías otras cosas más interesantes que hacer en los fines de semana-.

Mi juventud


Aprendí también de mis papás y de toda la familia a no quedar jamás parado y a hacer muchas cosas a la vez, al menos a empezarlas.


Recibí de regalo mi primera computadora antes de los 10 años, una maravillosa TK85. Con ella aprendí a programar y a apreciar esos modernos aparatos. 2 años después, comencé con algunos amigos a vender juegos para computadoras. Fue mi primer negocio.


Con algunos amigos, cuando tenía 10 ó 11 años me lancé en el negocio de las fiestas. Organizábamos fiestas para los vecinos. Los aparatos los tomábamos prestados de nuestras casas, hasta que la cosa fue bien y pudimos comprar nuestros propios aparatos profesionales. Éste fue mi segundo negocio, si no me equivoco.


Un día escuché de mi madrina que conocía un chico al cual le encantaban las cosas electrónicas. En su habitación conectaba cables por todas partes, reparaba aparatos dañados, cambiaba los electrodomésticos de función, etc. Aquello me sonó muy interesante, así que me puse a hacer lo mismo. Tenía una ventiladora que sonaba la radio, alarmas para asustar a los intrusos, etc. Esa experiencia me llevó a cambiar de colegio.
P. André Delvaux Costa L.C.
Cuando cumplí 15 años, fui al colegio técnico, donde cursé electrónica.

Durante el curso técnico, uno de los trabajos que tuve fue con computadoras. Así que volví a un área que me gustaba. Trabajé en una compañía de informática por casi un año. Después de ello, aproveché una oportunidad, y con mi padrino (y su inversión), compramos la compañía, en la que yo trabajaría hasta que Dios me llamara al sacerdocio.

El regreso a la casa del Padre


Se pasaron casi 10 años desde aquél partido de fútbol, que yo jugué en lugar de ir a la parroquia. Mi hermana, que con el tiempo se hizo una gran amiga, cambió de aires. Empezó a frecuentar un grupo de la parroquia y a hacer el curso de catequesis para el sacramento de la Confirmación. Adquirió ciertos hábitos extraños, como, por ejemplo, leer la Biblia, participar en círculos de estudio, etc. Incluso, un sacerdote empezó a frecuentar mi casa.


Dada nuestra cercanía, empecé a conocer sus nuevos amigos y amigas. Me llamó la atención que fuera gente tan buena, agradable y normal. Alguna que otra vez, volví a ir a Misa con ella y mis papás, antes de alguna fiesta o actividad social. Pasado algún tiempo, me invitaron a hacer unas “misiones” –se trataba de salir a una ciudad en el interior, a visitar las personas en sus casas, hablándoles de Cristo y el Evangelio-. Por la amistad y la curiosidad, decidí tomar parte. Mi hermana siempre me contaba que su experiencia de misiones había sido maravillosa. Yo no podría comprender por qué, pero me pareció que no tenía nada que perder.


Fui. Quedé bastante asustado al inicio. No sabía qué hacer. En los meses precedentes, había pasado bastante tiempo de convivio con esos nuevos amigos contradiciéndoles, cuestionándoles, desafiándoles en relación con su fe, contraponiendo mis creencias o no creencias a su religión. En verdad, -pienso ahora-, yo buscaba respuestas. Había pasado mucho tiempo lejos de la fe católica, sin practicar ninguna religión, pero a la vez, interesado en lo que otros creían; conocí algo de diversas religiones, pero sin comprometerme con ninguna de ellas. Y entonces, después de un viaje de 7 horas, había llegado a un lugar desconocido (era la ciudad de Igaratá, São Paulo), delante de gente desconocida, y me había dispuesto, aunque sin mucha conciencia de ello, a oír y predicar respecto a algunas ideas desconocidas.


En esos días, tuve un encuentro con el “Dios Desconocido” -era desconocido para mí-. Pasé esos días en silencio, escuchando los jóvenes misioneros a quienes yo acompañaba, y las personas que visitábamos. Ellos me hablaron de Jesucristo, y me dejaron fascinado. Lo más fuerte escuché en aquellos días santos del año 1997, fue que Jesús estaba realmente presente en la Eucaristía. ¡Yo no lo sabía!


Regresando a casa, me dispuse a hacer el curso de catequesis para la Confirmación. Era un modo de aprender sobre mi fe, por la que yo entonces libremente optaba. Fue un año de cambios, de aprender a ver la vida de modo diverso, desde la fe. Decidí ir a Misa a diario –después que supe que Cristo bajaba a la tierra todos los días por mí, sentí la obligación de estar presente-.


La catequesis pasó a ser mucho más interesante cuando empecé a salir con una de las catequistas. Fuimos novios durante 4 años. Ella me enseñó algo más que el catecismo -aprendí a traer la fe a mi vida cotidiana, y a vislumbrar la posibilidad de vivir una vida santa, un matrimonio santo-.

El llamado


Durante ese año, empecé a formar parte del Movimiento Regnum Christi, para seglares. Participé en varias obras de apostolado y proyectos sociales. Recibí mucho de su espiritualidad, que me ayudó bastante en la vida de oración. Percibí que en mi vida profesional y con mis amigos, debía ser coherente y testimoniar mi fe. Algunas veces, les hablaba de Cristo a mis clientes, y veía cómo eso les ayudaba. En medio de todo eso, crecí en la fe, y, sin que yo me diera cuenta, Dios fue preparando mi corazón para el plan que Él tenía para mí, desde la Eternidad.


Con el pasar del tiempo, sentía la necesidad de hacer algo más por las personas, de orar más, de ser mejor, de amar más. Parecía que el camino más seguro para colmar esa necesidad  y construir una familia santa, quizá era la vida consagrada al Señor, para anunciar al mundo su amor. Hice ejercicios espirituales, cursos de formación, retiros, varias actividades sociales, misiones, etc. Y necesitaba siempre más.


Decidí dedicar un año de mi vida al Regnum Christi. Era un modo de donarme más, devolver a Dios algo de lo mucho que me había concedido. A la vez, mi novia decidió hacer lo mismo, y se fue. Yo quedé en resolver mis negocios y dejar todo en buenas manos antes de marcharme, pero no eran los planes de Dios. A mi familia le pareció mejor que yo me quedara, que no era prudente abandonar todo lo que yo había construido durante años.


En esos meses en que decidía si irme o no a esa misión, tuve por primera vez la inquietud o la “sensación” de que Dios me quería sacerdote. Escuchando la historia de la vocación de Jeremías, sentí con mucha fuerza, como una moción interior, que también era eso que Dios deseaba para mí. La respuesta de Jeremías había sido: “Aquí estoy”. “No es posible”, pensé. Pasé meses, intentando desechar la idea de la cabeza. Otras veces había escuchado esa voz divina, especialmente en momentos de oración delante de  la Eucaristía, que me invitaba a darle toda mi vida. Yo siempre le dije a Dios que sí, porque creía que eso sería a mi modo: le daría mi matrimonio, mi familia, así sería su instrumento. Pero ahora, la cosa era diversa.


Viajé a Roma, pasé unas semanas ahí, paseando, haciendo un curso de formación, orando, preguntándole a Dios cuál era su plan. No hubo modo de escaparme. Ahí mismo, en la Eucaristía, me llegó la certeza de que era eso lo que Él me pedía –ser sacerdote legionario-. La experiencia en el Regnum Christi me entusiasmaba mucho, como ninguna otra cosa en mi vida. Su carisma, su espiritualidad me fascinaban. No era una mala idea no hacer otra cosa en mi vida que vivir sólo eso, sólo para Dios, sólo para mis hermanos.


Luego, el plan era regresar a casa y ordenar todas las cosas para irme al noviciado de la Legión de Cristo. No fueron meses fáciles: tener que decir adiós a la novia, pasar los negocios a otros, dejar los amigos y la familia. Pero el Señor me bendijo y me hizo sentir siempre su cercanía y su fuerza.

La vida en la Legión


Ingresé al noviciado de la Legión en marzo de 2002, tenía 26 años y mucho entusiasmo de seguir fielmente a Cristo por la senda que el Señor me había marcado tan claramente. Me edifiqué mucho con el ejemplo de mis hermanos, aprendí muchas cosas, recibí una formación que jamás me hubiera imaginado. Siempre experimenté la seguridad de que ése era mi lugar, y así, incluso humanamente, encontraría mi realización personal.


Pasé por varios lugares, distintos países, conocí gente muy diversa y muy buena, aprendí nuevos idiomas, tuve experiencias humanas y espirituales maravillosas. Las distintas culturas que conocí (en España, Italia y Estados Unidos) me enriquecieron bastante. He intentado siempre conservar lo bueno o lo mejor de todo ello. No siempre fue fácil caminar, pero en todo ha estado presente la mano de Dios. Es maravilloso conocer la voluntad de Dios y vivirla, simplemente por amor.


Hace poco, después de 10 años de formación, recibí la ordenación diaconal. Uno se preparada toda la vida para ello, pero cuando el momento llega, ¿quién es digno?, ¿quién está preparado para la misión? Durante la celebración, hay un momento en que el candidato queda prostrado en el suelo. Mientras la asamblea invoca la intercesión de los santos, uno experimenta la fuerza de la oración de la Iglesia que toca el corazón de Dios, y el Señor se digna sostenernos más allá de nuestras posibilidades. Espero ser siempre generoso con Él, para que Él realice la obra, puesto que es suya.

El P. André Delvaux nació en Rio de Janeiro, Brasil, el 21 de septiembre de 1975. Se graduó en informática por la Universidad Estácio de Sá en el año 2000. Ingresó al noviciado de los Legionarios de Cristo en marzo de 2002. Hizo su primera profesión en febrero de 2004. Realizó sus estudio humanísticos en Salamanca, España, entre los años 2004 y 2005. Cursó el bachillerado en Filosofía entre 2005 y 2007, en Roma. Durante 2 años fue formador de novicios en el Noviciado de São Paulo, Brasil. Empezó sus estudios teológicos en New York, EEUU, en 2009. Emitió sus votos perpetuos en febrero de 2010. Siguió con el estudio de la Teología en Roma, y concluyó esa etapa de formación en junio de 2012, en el seminario Maria Mater Ecclesiae de São Paulo, Brasil. Fue ordenado diácono en São José dos Campos (São Paulo), Brasil el 23 de junio de 2012. Actualmente es vicerrector del Centro de Noviciado de São Paulo.


FECHA DE PUBLICACIÓN: 2012-12-03


 

 


 



Síguenos en :   
Auspiciada por la congregación de los Legionarios de Cristo y el Movimiento Regnum Christi , Copyright 2014 , Legión de Cristo. Todos los derechos reservados.

¿Deseas agregarEmpresario de Dios a tus favoritos?
  -    No