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| P. André Delvaux Costa L.C. | |
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Mi familia y amigos
Soy
natural de la ciudad de Rio de Janeiro, Brasil.
Nací en una familia católica. Tengo una hermana más pequeña,
que jugó un papel importante en la vivencia de
mi fe católica. Tengo muy marcado algunos valores que
me transmitieron mis papás: la honestidad, la amistad, el
amor a la verdad, la coherencia de vida, etc. De
niño, conviví bastante con mis abuelos, tíos y primos,
de quienes también recibí mucho. Otras personas a quienes
debo mucho son mis amigos de infancia: me enseñaron el
valor de una verdadera amistad y a creer en
los propios sueños.
Mi infancia
Pasé la infancia en la calle (literalmente), jugando
con los amigos, andando de bici, saltando muros, haciendo
deporte, escuchando música, participando en fiestas con los amigos,
yendo a la playa, soñando –como cualquier niño brasileño- ser
un gran jugador de fútbol. Además, me iba bien
en la escuela.
Recibí la primera
Comunión cuando tenía 11 años; la viví con mucho
entusiasmo. Pero el entusiasmo no duró mucho. Me acuerdo
que mis papás venían a la cancha de fútbol, donde
yo jugaba los sábados por la tarde, para llevarme
a la Misa. Llegó el día en que les dije
que prefería seguir jugando. La semana siguiente pasó lo
mismo, y después igual, hasta que dejaron de insistir.
Jamás olvidé el Señor, pero ya
no era una prioridad –habías otras cosas más interesantes
que hacer en los fines de semana-.
Mi juventud
Aprendí también de mis
papás y de toda la familia a no quedar
jamás parado y a hacer muchas cosas a la vez,
al menos a empezarlas.
Recibí de
regalo mi primera computadora antes de los 10 años,
una maravillosa TK85. Con ella aprendí a programar y a
apreciar esos modernos aparatos. 2 años después, comencé con
algunos amigos a vender juegos para computadoras. Fue mi
primer negocio.
Con algunos amigos, cuando
tenía 10 ó 11 años me lancé en el
negocio de las fiestas. Organizábamos fiestas para los vecinos.
Los aparatos los tomábamos prestados de nuestras casas, hasta que
la cosa fue bien y pudimos comprar nuestros propios
aparatos profesionales. Éste fue mi segundo negocio, si no
me equivoco.
Un día escuché de
mi madrina que conocía un chico al cual le
encantaban las cosas electrónicas. En su habitación conectaba cables
por todas partes, reparaba aparatos dañados, cambiaba los electrodomésticos
de función, etc. Aquello me sonó muy interesante, así que
me puse a hacer lo mismo. Tenía una ventiladora
que sonaba la radio, alarmas para asustar a los
intrusos, etc. Esa experiencia me llevó a cambiar de colegio.
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Cuando cumplí 15 años, fui al colegio técnico, donde
cursé electrónica.
Durante el curso técnico, uno
de los trabajos que tuve fue con computadoras. Así
que volví a un área que me gustaba. Trabajé
en una compañía de informática por casi un año. Después
de ello, aproveché una oportunidad, y con mi padrino
(y su inversión), compramos la compañía, en la que
yo trabajaría hasta que Dios me llamara al sacerdocio.
El regreso a la casa del Padre Se pasaron casi 10 años desde aquél
partido de fútbol, que yo jugué en lugar de ir
a la parroquia. Mi hermana, que con el tiempo
se hizo una gran amiga, cambió de aires. Empezó a
frecuentar un grupo de la parroquia y a hacer
el curso de catequesis para el sacramento de la
Confirmación. Adquirió ciertos hábitos extraños, como, por ejemplo, leer la
Biblia, participar en círculos de estudio, etc. Incluso, un
sacerdote empezó a frecuentar mi casa.
Dada nuestra cercanía, empecé a conocer sus nuevos
amigos y amigas. Me llamó la atención que fuera gente
tan buena, agradable y normal. Alguna que otra vez,
volví a ir a Misa con ella y mis
papás, antes de alguna fiesta o actividad social. Pasado algún
tiempo, me invitaron a hacer unas “misiones” –se trataba
de salir a una ciudad en el interior, a
visitar las personas en sus casas, hablándoles de Cristo y
el Evangelio-. Por la amistad y la curiosidad, decidí
tomar parte. Mi hermana siempre me contaba que su
experiencia de misiones había sido maravillosa. Yo no podría
comprender por qué, pero me pareció que no tenía nada
que perder.
Fui. Quedé bastante asustado
al inicio. No sabía qué hacer. En los meses
precedentes, había pasado bastante tiempo de convivio con esos
nuevos amigos contradiciéndoles, cuestionándoles, desafiándoles en relación con su
fe, contraponiendo mis creencias o no creencias a su
religión. En verdad, -pienso ahora-, yo buscaba respuestas. Había
pasado mucho tiempo lejos de la fe católica, sin practicar
ninguna religión, pero a la vez, interesado en lo
que otros creían; conocí algo de diversas religiones, pero
sin comprometerme con ninguna de ellas. Y entonces, después
de un viaje de 7 horas, había llegado a un
lugar desconocido (era la ciudad de Igaratá, São Paulo),
delante de gente desconocida, y me había dispuesto, aunque
sin mucha conciencia de ello, a oír y predicar respecto
a algunas ideas desconocidas.
En esos
días, tuve un encuentro con el “Dios Desconocido” -era
desconocido para mí-. Pasé esos días en silencio, escuchando
los jóvenes misioneros a quienes yo acompañaba, y las personas
que visitábamos. Ellos me hablaron de Jesucristo, y me
dejaron fascinado. Lo más fuerte escuché en aquellos días
santos del año 1997, fue que Jesús estaba realmente
presente en la Eucaristía. ¡Yo no lo sabía!
Regresando a casa, me dispuse a hacer el
curso de catequesis para la Confirmación. Era un modo
de aprender sobre mi fe, por la que yo
entonces libremente optaba. Fue un año de cambios, de aprender
a ver la vida de modo diverso, desde la
fe. Decidí ir a Misa a diario –después que
supe que Cristo bajaba a la tierra todos los días
por mí, sentí la obligación de estar presente-.
La catequesis pasó a ser mucho más
interesante cuando empecé a salir con una de las catequistas.
Fuimos novios durante 4 años. Ella me enseñó algo
más que el catecismo -aprendí a traer la fe
a mi vida cotidiana, y a vislumbrar la posibilidad de
vivir una vida santa, un matrimonio santo-.
El llamado Durante ese año, empecé
a formar parte del Movimiento Regnum Christi, para seglares.
Participé en varias obras de apostolado y proyectos sociales.
Recibí mucho de su espiritualidad, que me ayudó bastante
en la vida de oración. Percibí que en mi vida
profesional y con mis amigos, debía ser coherente y
testimoniar mi fe. Algunas veces, les hablaba de Cristo
a mis clientes, y veía cómo eso les ayudaba. En
medio de todo eso, crecí en la fe, y,
sin que yo me diera cuenta, Dios fue preparando mi
corazón para el plan que Él tenía para mí,
desde la Eternidad.
Con el pasar
del tiempo, sentía la necesidad de hacer algo más
por las personas, de orar más, de ser mejor, de
amar más. Parecía que el camino más seguro para
colmar esa necesidad y construir una familia santa, quizá era
la vida consagrada al Señor, para anunciar al mundo
su amor. Hice ejercicios espirituales, cursos de formación, retiros,
varias actividades sociales, misiones, etc. Y necesitaba siempre más.
Decidí dedicar un año de mi
vida al Regnum Christi. Era un modo de donarme
más, devolver a Dios algo de lo mucho que
me había concedido. A la vez, mi novia decidió hacer
lo mismo, y se fue. Yo quedé en resolver
mis negocios y dejar todo en buenas manos antes de
marcharme, pero no eran los planes de Dios. A
mi familia le pareció mejor que yo me quedara,
que no era prudente abandonar todo lo que yo había
construido durante años.
En esos meses
en que decidía si irme o no a esa
misión, tuve por primera vez la inquietud o la “sensación”
de que Dios me quería sacerdote. Escuchando la historia
de la vocación de Jeremías, sentí con mucha fuerza,
como una moción interior, que también era eso que Dios
deseaba para mí. La respuesta de Jeremías había sido:
“Aquí estoy”. “No es posible”, pensé. Pasé meses, intentando
desechar la idea de la cabeza. Otras veces había
escuchado esa voz divina, especialmente en momentos de oración
delante de la Eucaristía, que me invitaba a darle
toda mi vida. Yo siempre le dije a Dios que
sí, porque creía que eso sería a mi modo:
le daría mi matrimonio, mi familia, así sería su
instrumento. Pero ahora, la cosa era diversa.
Viajé a Roma, pasé unas semanas ahí, paseando,
haciendo un curso de formación, orando, preguntándole a Dios cuál
era su plan. No hubo modo de escaparme. Ahí
mismo, en la Eucaristía, me llegó la certeza de
que era eso lo que Él me pedía –ser sacerdote
legionario-. La experiencia en el Regnum Christi me entusiasmaba
mucho, como ninguna otra cosa en mi vida. Su
carisma, su espiritualidad me fascinaban. No era una mala idea
no hacer otra cosa en mi vida que vivir
sólo eso, sólo para Dios, sólo para mis hermanos.
Luego, el plan era regresar a casa
y ordenar todas las cosas para irme al noviciado
de la Legión de Cristo. No fueron meses fáciles:
tener que decir adiós a la novia, pasar los negocios
a otros, dejar los amigos y la familia. Pero
el Señor me bendijo y me hizo sentir siempre
su cercanía y su fuerza.
La vida en
la Legión Ingresé al noviciado de la
Legión en marzo de 2002, tenía 26 años y
mucho entusiasmo de seguir fielmente a Cristo por la
senda que el Señor me había marcado tan claramente. Me
edifiqué mucho con el ejemplo de mis hermanos, aprendí
muchas cosas, recibí una formación que jamás me hubiera
imaginado. Siempre experimenté la seguridad de que ése era mi
lugar, y así, incluso humanamente, encontraría mi realización personal.
Pasé por varios lugares, distintos
países, conocí gente muy diversa y muy buena, aprendí nuevos
idiomas, tuve experiencias humanas y espirituales maravillosas. Las distintas
culturas que conocí (en España, Italia y Estados Unidos)
me enriquecieron bastante. He intentado siempre conservar lo bueno
o lo mejor de todo ello. No siempre fue
fácil caminar, pero en todo ha estado presente la mano
de Dios. Es maravilloso conocer la voluntad de Dios
y vivirla, simplemente por amor.
Hace
poco, después de 10 años de formación, recibí la
ordenación diaconal. Uno se preparada toda la vida para
ello, pero cuando el momento llega, ¿quién es digno?, ¿quién
está preparado para la misión? Durante la celebración, hay
un momento en que el candidato queda prostrado en
el suelo. Mientras la asamblea invoca la intercesión de los
santos, uno experimenta la fuerza de la oración de
la Iglesia que toca el corazón de Dios, y
el Señor se digna sostenernos más allá de nuestras posibilidades.
Espero ser siempre generoso con Él, para que Él
realice la obra, puesto que es suya.

El P. André Delvaux nació en Rio
de Janeiro, Brasil, el 21 de septiembre de 1975.
Se graduó en informática por la Universidad Estácio de Sá
en el año 2000. Ingresó al noviciado de los
Legionarios de Cristo en marzo de 2002. Hizo su
primera profesión en febrero de 2004. Realizó sus estudio humanísticos
en Salamanca, España, entre los años 2004 y 2005.
Cursó el bachillerado en Filosofía entre 2005 y 2007,
en Roma. Durante 2 años fue formador de novicios
en el Noviciado de São Paulo, Brasil. Empezó sus estudios
teológicos en New York, EEUU, en 2009. Emitió sus
votos perpetuos en febrero de 2010. Siguió con el
estudio de la Teología en Roma, y concluyó esa etapa
de formación en junio de 2012, en el seminario
Maria Mater Ecclesiae de São Paulo, Brasil. Fue ordenado
diácono en São José dos Campos (São Paulo), Brasil el
23 de junio de 2012. Actualmente es vicerrector del
Centro de Noviciado de São Paulo.