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Dios siempre se sale con la suya |
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ESPAÑA | RECURSOS
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Testimonio vocacional del P. Santiago Jerez García
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| P. Santiago Jerez García L.C. | |
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Nací en la ciudad de Granada
pero siempre he vivido en Chauchína un pueblo cercano a
la ciudad. Aunque llama la atención el nombre del
pueblo, sin embargo, es uno de los pueblos que
embellecen la Vega de Granada con su devoción a Ntra.
Sra. Del Espino. Aquí viví con mi familia y
pasé mi infancia antes de irme a la escuela
Apostólica (seminario menor).
La familia
siempre se convierte en el primer factor que Dios pone
para que germine la semilla del llamado. Nací en
una familia católica y practicante. Una familia sencilla que
aunque no teníamos todo lo que otros tenían, sin embargo,
nunca nos faltaba nada. Soy el último de ocho
hermanos, cuatro hombres y cuatro mujeres, de los cuales
soy el único consagrado. Al hablar que soy el último
de los hijos siempre me dicen que soy el
más mimado y la verdad nunca lo vi así.
Al menos no recuerdo un trato especial. Aunque todos estuvimos
muy cercanos a la Iglesia, sin embargo, me tocó
a mí seguir más de cerca el camino de Dios.
Hoy agradezco de corazón la cercanía y el apoyo
que siempre han tenido a lo largo de este
camino.
La historia de mi
encuentro con Dios y la respuesta a su llamada, la
puedo resumir tomando las líneas de una carta que
escribía a mi familia durante mi período de la escuela
apostólica (seminario menor) en Valencia y que decía más
o menos así: “…mamá yo estoy aquí para poder
ayudar muchas almas”. Aunque a la edad de 12 años
uno no tiene claro lo que puede ser de
su vida, sin embargo, esta idea la tenía muy clavada
y ha sido lo que me ha mantenido interiormente
firme para no sucumbir ante las pruebas y dificultades
que se me han presentado.
La
idea de la vocación y de un seguimiento más
de cerca a Cristo viene a la edad de
8 años. Me estaba preparando para recibir la primera comunión
y fue cuando me invitaron a ser monaguillo del
santuario de Ntr. Sra. Del Espino en Chauchina- Granada.
Con la ilusión de todo niño me preparé para poder
recibir a Jesús y le prometí ser su amigo
y estar cerca de Él. Al mes, junto con otro
de mis hermanos, formaba parte del equipo de monaguillos
del santuario. Aquí, es donde comenzará toda la aventura
del llamado de Dios y de mi respuesta.
A decir verdad, mi encuentro con Dios
se fue dando solo; sin necesidad de eventos especiales,
de apariciones, ruidos o signos extraordinarios. Creo que fue algo
muy sencillo, y en esta sencillez, lo único que
me pedía Dios era responderle con generosidad.
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La idea de ser sacerdote fue dándose
en la medida que me dedicaba más a las cosas
del santuario. Las mismas religiosas, la familia, la gente,
los amigos…etc. me decían que yo iba para sacerdote,
que debería de ir al seminario, que se necesitaban
buenos sacerdotes. Fue así como a lo largo de esos
cuatro años de monaguillo fui conociendo la figura del
sacerdote. Conocí a muchos y muy buenos sacerdotes. Nace
pues, en este contexto, la inquietud y la pregunta de
¿Por qué, yo no? ¿Por qué no ser uno
de ellos que pueden hacer tanto por los demás? Pero
solo se quedaba en pregunta y en ilusión, pues
la realidad era que a la edad de 10 y
11 años no pensaba que podría dar ese paso.
En mayo de 1994, antes de
terminar el curso escolar, las MM. Capuchinas me dieron
la noticia de que unos sacerdotes legionarios llegarían al santuario
y que los tenía que recibir muy bien pues
venían de lejos. Llegaron por eso de las 5:30
pm, hora de la bendición del Santísimo. Desde que entraron
en la capilla del santuario no les quité el
ojo de encima. Todo de ellos me llamaba la atención
(muy jóvenes, vestidos de negro, sonrientes) no veía la
hora de hablar con ellos. Las religiosas me dijeron,
avisa a tus padres que van a ir a hablar
con ellos. Fui de inmediato.
Mi
mamá los recibió con mucha ilusión pero se llevó
una gran sorpresa cuando le propusieron la idea de
invitarme a la escuela apostólica (seminario menor) en Valencia.
Pues para ella, que siempre había pensado en un hijo
sacerdote y rezaba para que alguno de mis hermanos
diera el paso, no se imaginaba que fuera a mí
al que me estaban invitando y menos que me
mostrara tan lanzado e interesado cuando respondía sí a
todo lo que proponían.
Llegó el
verano, y con el verano los preparativos para salir de
viaje a Valencia e iniciar una aventura que no
ha tenido ni tendrá límites. Para un niño de
pueblo, el salir de la propia ciudad, el hacer un
viaje de unas 6 horas aproximadamente y el estar
con gente que no conocía de nada… era todo un
sueño. A lo largo de los preparativos para mi
adiós, me llamó la atención la insistencia de las
MM. Capuchinas que me decían constantemente “estamos rezando mucho
por ti”, mi familia que me animaba a portarme bien
y tener mucho cuidado y el de mis amigos
que aprovechara esta experiencia y me la pasara bien.
Llegó el día esperado. El 17 de
julio a las 10 de la mañana, después de una
despedida emotiva, salíamos rumbo a Moncada-Valencia. El viaje se
hizo muy ameno. Me llamó la atención que entre
chistes, anécdotas y juegos de adivinanzas, en un ambiente
con sacerdotes, uno se lo pasara tan bien. Eran las
5 pm cuando paramos a las puertas de la
escuela apostólica (seminario menor) de Moncada. Apenas me decidí
abrir la puerta vinieron a mi encuentro dos jóvenes, también
de mi edad, para saludarme y ayudarme con las
maletas. Mientras saludábamos a los que nos recibieron en
la puerta, en la terraza se entonaba una porra-mexicana
para darnos la bienvenida.
En la
Biblia leemos que Dios pide a Abrahán, “levántate, sal de
tu tierra y ve a la tierra que Yo
te mostraré”. El primer paso ya estaba dado; el segundo
paso estaba por darse, iniciar el camino de todo
aquel que se enfila en seguir las huellas del
Amigo. Aquí comenzó el contacto más concreto, amplio y profundo
con la vida, la espiritualidad y la disciplina de
la Congregación de los Legionarios de Cristo. Comento esto
porque, a decir verdad, en Granada la Legión de
Cristo no era para nada conocida. Esta era una de
las razones por las cuales mi familia estaba algo
preocupada.
El curso de verano
de la escuela apostólica me transformó totalmente, me llenó de
ilusiones y me di cuenta que no era el
único que sentía esa inquietud por ser sacerdote. Por
lo tanto era muy común comentar quien nos había invitado,
cómo dimos el paso para llegar allá, que fue
lo que más nos movía para dejar todo…etc. Todas
estas experiencias las compartía con mi familia por carta o
por teléfono y fue lo que serenó mucho a
mis padres ante el desconocimiento de la Legión de
Cristo y la distancia que nos separaba.
Después de terminar los cursos de 7°- 8° EGB
y 1°- 2° BUP la cosa ya iba más en
serio, el paso al noviciado. Cambio de etapa y
también cambio de ciudad, Salamanca. Creo que fue un
paso muy normal, por todo el conocimiento que ya tenía
de la congregación, pero aún así imponía mucho la
sotana, el silencio y saber que esta nueva etapa
traía más responsabilidad. Fueron dos años muy hermosos y que
siempre los recordaré con mucho cariño. Los puedo resumir
en crecimiento, paz y entrega. Lo alcanzado en el
noviciado me llevó a dar el siguiente paso más
comprometido que era mi profesión religiosa temporal.
Después de unos largos años de formación, me tocó
hacer una experiencia en la ciudad de Monterrey (México).
Me pidieron ayudar como instructor de formación en el
Bachillerato Anáhuac del colegio Irlandés. Como todo período de formación,
me ayudó a entrar en contacto más directo con
las personas que Dios estaba poniendo en mi camino.
Fue cuando se me abrieron los ojos y pensé en
“esas almas de las cuales unos años atrás escribía
en la carta a mi familia”. Almas que ya
iban tomando rostro, nombres y apellidos y de los cuales
estoy totalmente agradecido por haberme ayudado a amar más
a Dios, a entregarme en mi camino y a
servirle con entusiasmo.
A unos meses de ser
ungido como
Alter Christus, de recibir este Don tan
maravilloso de Dios a una creatura frágil, he podido contemplar
los rostros que me han acompañado en esta aventura.
Rostros donde he leído el gozo, la felicitación, el
apoyo sincero, la cercanía, el amor, la amistad, el cariño,
el asombro, la confianza, la fortaleza, el desinterés. Ante
unos y otros rostros, miro el rostro Cristo; el
rostro del Amigo, del verdadero Compañero y del Hermano
desinteresado. Desde el rostro de Cristo es donde hoy, más
que nunca, puedo medir mi amor, mi entrega y
mi donación total.

El P.
Santiago Jerez García nació en Granada (España), el 29
de julio de 1982. Estudió en el colegio diocesano
Ntra. Sra. Virgen del Espino en Chauchina Granada. En
1994 entró en la escuela apostólica (seminario menor) de
los Legionarios de Cristo en Moncada, Valencia. En el 1998
ingresó en el noviciado de la Legión de Cristo
en Salamanca (España). El 15 de agosto de 2000
emitió su profesión religiosa. Cursó los estudios humanísticos en Salamanca.
Interrumpió sus estudios para ayudar como Instructor de formación
en el colegio irlandés de Monterrey (México), colaboró como
auxiliar de los grupos juveniles del club Faro de
Monterrey (México) y del club Faro Valencia (España) y
trabajó como promotor vocacional en Monterrey (México). Ha cursado
su licenciatura en filosofía y sus estudios de teología
en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma). Actualmente trabaja
ayudando en la Parroquia de Cristo Resucitado en Cancún
(México).