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| "En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa". | |
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Por el P. Dennis Doren, L.C.
El silencio es
parte integrante de la comunicación y sin él no existen
palabras con densidad de contenido; en el silencio escuchamos y
nos conocemos mejor a nosotros mismos, nace y se profundiza
el pensamiento, comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir
o lo que esperamos del otro, elegimos cómo expresarnos. Callando
se permite hablar a la persona que tenemos delante, expresarse
a sí misma, y a nosotros a no permanecer aferrados
solo a nuestras palabras o ideas sin una oportuna ponderación.
Se abre así un espacio de escucha recíproca y se
hace posible una relación humana más plena.
En el silencio,
por ejemplo, se acogen los momentos más auténticos de la
comunicación entre los que se aman: la gestualidad, la expresión
del rostro, el cuerpo como signos que manifiestan la persona.
En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento,
que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente
intensa. Del silencio, por tanto, brota una comunicación más exigente
todavía, que evoca la sensibilidad y la capacidad de escucha
que a menudo desvela la medida y la naturaleza de
las relaciones. El silencio es precioso para favorecer el necesario
discernimiento entre los numerosos estímulos y respuestas que recibimos, para
reconocer e identificar asimismo las preguntas verdaderamente importantes (Papa Benedicto
XVI para la 46 Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
a celebrar el 20 de mayo de 2012).
HABLAR oportunamente, es
acierto.
HABLAR frente al enemigo, es civismo.
HABLAR ante una
injusticia, es valentía.
HABLAR para rectificar, es honradez
CALLAR miserias
humanas, es caridad.
CALLAR a tiempo, es prudencia.
CALLAR de
sí mismo, es humildad.
CALLAR palabras inútiles, es virtud.
HABLAR
para defender, es compasión.
HABLAR ante un dolor, es consolar.
HABLAR para ayudar a otros, es caridad.
HABLAR con sinceridad,
es rectitud.
CALLAR cuando acusan, es heroísmo.
CALLAR cuando insultan,
es amor.
CALLAR las propias penas, es sacrificio.
CALLAR en
el dolor, es penitencia.
HABLAR de sí mismo, es vanidad.
HABLAR restituyendo fama, es honradez.
HABLAR aclarando chismes, es estupidez.
HABLAR disipando falsedades, es conciencia.
CALLAR cuando hieren, es santidad.
CALLAR para defender, es nobleza.
CALLAR defectos ajenos, es benevolencia.
CALLAR debiendo hablar, es cobardía.
HABLAR de defectos, es lastimar.
HABLAR debiendo callar, es necedad.
HABLAR por hablar, es tontería.
HABLAR de Dios, significa mucho amor.
El silencio del hombre. «Hay
tiempo de callar y tiempo de hablar» (Ecl 3,7). Esta
máxima se puede entender a diferentes grados de profundidad. En
la sucesión de los días el silencio puede significar la
indecisión (Gén 24,21), la aprobación (Núm 30, 5-16), la confusión
(Neh 5,8), el miedo (Est 4,14); el hombre acentúa su
libertad reteniendo su lengua para evitar la falta (Prov 10,19),
sobre todo en medio de palabrerías o de juicios inconsiderados
(Prov 11,12s; 17, 28; cf. Jn 8,6).
Por encima de esta
sabiduría que pudiera parecer puramente humana, es Dios quien funda
en el hombre los tiempos del silencio y de la
palabra. El silencio delante de Dios traduce la vergüenza después
del pecado (Job 40,4; 42,6; cf. 6,24; Rom 3,19; Mt
22,12) o la confianza en la salvación (Lam 3,26; Éx
14,14); significa que ante la injusticia de los hombres, Cristo,
como “fiel” siervo (ls 53,7), puso su causa en manos
de Dios (Mt 26,63 p; 27,12.14 p), así es, Jesús
callaba.
El silencio es la primera piedra del Templo de
la sabiduría: PITÁGORAS.
El que sabe callar es siempre el
más fuerte: AMADO NERVO.
Es mejor ser rey de tu
silencio que esclavo de tus palabras: WILLIAM SHAKESPEARE.
El hombre
entra en la multitud para ahogar el clamor de su
propio silencio: RABINDRANAT TAGORE.
De los hombres aprendemos a hablar;
a callar, solo de los dioses: PLUTARCO.