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| "Cuántas veces llega: si estamos atentos, no hay minuto en que no percibamos la venida de Cristo a nuestra vida". | |
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Por el P. Antonio Rivero, L.C.
Adviento. Sí, llegada
de Alguien importante, para algo importante, por algo importante, a
un lugar importante. Descubramos el sentido profundo de este tiempo
litúrgico tan sencillo, austero y propicio para la meditación y
la esperanza.
En cada adviento revivimos, con la fe, y volvemos
hacer presente en la esperanza la primera venida de Cristo
en su carne sencilla, prestada por María, hace más de
dos mil años. Y al mismo tiempo ese adviento, todo
adviento, nos lanza y nos proyecta y nos hace desear
la última venida de Cristo al final de los tiempos
en toda su gloria y majestad, como nos describe san
Mateo en el capítulo 25: “Ven, Señor Jesús”. Pero también
en cada adviento, si vivimos en clave de amor y
de fe, podemos recibir y descubrir la venida intermedia de
Cristo en su Eucaristía –detrás de ese pan y vino,
que ya no es pan ni vino, sino el Cuerpo
y la Sangre de Cristo-, en el prójimo necesitado –pregunten,
si no, a san Martín de Tours cuando dio la
mitad de su manto a ese pobre aterido de frío
en pleno invierno francés hace ya muchos, muchos años, y
en la noche Cristo se le apareció vestido con esa
mitad del manto para agradecerle ese hermoso gesto de caridad-,
o también descubrir el rostro de Cristo detrás de ese
dolor o adversidad de la vida. Cristo continúa viniendo. El
adviento es continuo y eterno. El hombre vive en perpetuo
adviento. Cristo viene siempre, cada año, cada mes, cada semana,
cada día, cada hora y cada minuto. Basta estar atento
y no embotado en las mil preocupaciones.
Quién llega: Es
Jesucristo, nuestro Señor, nuestro Salvador, el Redentor del mundo, el
Señor de la vida y de la historia, mi Amigo,
El Agua viva que sacia mi sed de felicidad, el
Pan de vida que nutre mi alma, el Buen Pastor
que me conoce y me ama y da su vida
por mí, la Luz verdadera que ilumina mi sendero, el
Camino hacia la Vida eterna, la Verdad del Padre que
no engaña, la Vida auténtica que vivifica.
Cómo llega: Llegó
humilde, pobre, sufrido, puro hace más de dos mil años
en Belén. Llega escondido en ese trozo de pan y
en esas gotas de vino en cada Eucaristía, pero que
ya no son pan ni vino, sino el Cuerpo sacrosanto
y la Sangre bendita de Cristo resucitado y glorioso. Y
llega disfrazado en ese prójimo enfermo, pobre, necesitado, antipático, a
quien podemos descubrir con la fe límpida y el amor
comprensivo. Y llega silencioso o con estruendo en ese accidente
en la carretera, en esa enfermedad que no entiendemos, en
esa muerte del ser querido, para recordarnos que Él atravesó
también por esas situaciones humanas y les dio sentido hondo
y profundo.
Por qué llega: porque quiere hacernos partícipes de
su amor y amistad. Quiere renovar una vez más su
alianza con nosotros. El amor es el motor de estas
continuas venidas de Cristo a nuestro mundo, a nuestra casa,
a nuestra alma. No hay otra razón.
Para qué llega: para
dar un sentido de trascendencia a nuestra vida, para decirnos
que somos peregrinos en este mundo y que hay que
seguir caminando y cantando. Llega para enjugar nuestras lágrimas amargas.
Llega para agradecernos esos detalles de amor que con Él
tenemos a diario. Llega para hablarnos del Padre, a quien
Él tanto ama. Llega para alimentar nuestras ansias de felicidad.
Llega para curar nuestras heridas, provocadas por nuestras pasiones aliadas
con el enemigo de nuestra alma. Llega para recordarnos que
no estamos solos, que Él está a nuestro lado como
baluarte y sostén. Llega para pedirnos también una mano y
nuestros labios y nuestro corazón, porque quiere que prediquemos su
Palabra por todos los rincones del mundo.
Dónde llega: llega a
nuestro mundo convulso y desorientado y hambriento de paz, de
calor, de caridad y de un trozo de pan; a
nuestras familias tal vez divididas o en armonía; a nuestros
corazones inquietos como el de san Agustín de Hipona, corazón
que sólo descansó en Dios. Quiere llegar a todos los
parlamentos internacionales y nacionales para dar sentido y moralidad a
las leyes que ahí se emanan. Quiere llegar al palacio
del rico, como a la choza del pobre. Quiere llegar
junto al lecho de un enfermo en el hospital, como
también a ese salón de fiestas, dónde él no viene
a aguar nuestras alegrías humanas sino a purificarlas y orientarlas.
Quiere llegar al mundo de los niños, para cuidarles su
inocencia y pureza. Quiere llegar al mundo de los jóvenes,
para sostenerles en sus luchas duras y enseñarles lo que
es el verdadero amor. Quiere llegar al mundo de los
adultos para decirles que es posible la alegría y el
entusiasmo en medio del trabajo agotador y exhausto de cada
día. Quiere llegar a cada familia para llevarles el calor
del amor, reflejo del amor trinitario. Quiere llegar al mundo
de los ancianos para sostenerles con el báculo del aliento
y la caricia de la sonrisa. Quiere llegar al mundo
de los gobernantes para decirles que su autoridad proviene de
Dios, que deben buscar el bien común y que deberán
dar cuenta de ella.
Cuántas veces llega: si estamos atentos,
no hay minuto en que no percibamos la venida de
Cristo a nuestra vida. Basta estar con los ojos de
la fe bien abiertos, con el corazón despierto y preparado
por la honestidad, y con las manos siempre tendidas para
el abrazo de ese Cristo que sabe venir de mil
maneras. Por tanto, podemos decir que siempre es adviento. Es
más, nuestra vida debe ser vivida en actitud de adviento:
alguien llega. No vayamos a estar somnolientos y distraídos.
Cómo prepararnos:
nos ayudará en este tiempo leer al profeta Isaías, meditar
en san Juan Bautista que encontramos al inicio de los
evangelios y contemplar a María. Isaías con su nostalgia del
Mesías nos prepara para la última venida de Cristo. San
Juan Bautista nos prepara para esas venidas intermedias de Cristo
en cada acontecimiento diario y sobre todo en la Eucaristía.
Y María nos hará vivir, rememorar en la fe ese
primer adviento que Ella vivió con tanta esperanza, amor y
silencio, para poder abrazar a ese Niño Jesús sencillo, envuelto
en pañales y recostado en un pesebre.
Adviento, tiempo de gracia
y bendición. Llega alguien, sí. Llega Dios. Y Dios es
todo. Dios no quita nada. Dios da todo lo que
hace hermosa a una vida. Y hay que abrirle la
puerta y Él entrará y cenará con nosotros y nosotros
con Él. Y nos hará partícipes de su amor y
felicidad. ¡Qué triste quien no le abra la puerta a
Cristo, dejándolo fuera, helándose y despreciado, con sus Dones entre
sus Manos benditas! ¿Habrá alguien así, desalmado y sin sentimientos?
¡No lo creo! Al menos no lo quiero creer.