El Card. Robert Sarah y Mons. Giampietro Dal Toso, respectivamente
presidente y secretario del Pontificio Consejo «Cor Unum», presentaron por
la mañana del jueves 1 de febrero el Mensaje del
Papa para la Cuaresma 2013. El Mensaje del Papa aborda
en esta ocasión la relación entre la fe y la
caridad. Ofrecemos la versión en español del mensaje que puede
ser de provecho para meditar de cara a las próximas
misiones de Semana Santa que Juventud y Familia Misionera
ya están promoviendo, en el contexto especial de los primeros
20 años de esta obra de apostolado al servicio de
la Iglesia.
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«Hemos conocido el amor que Dios nos
tiene y hemos creído en él» (1Jn 4,16)
Queridos hermanos y
hermanas:
La celebración de la Cuaresma, en el marco del Año
de la fe, nos ofrece una ocasión preciosa para meditar
sobre la relación entre fe y caridad: entre creer en
Dios, el Dios de Jesucristo, y el amor, que es
fruto de la acción del Espíritu Santo y nos guía
por un camino de entrega a Dios y a los
demás.
1. La fe como respuesta al amor de Dios
En mi
primera Encíclica expuse ya algunos elementos para comprender el estrecho
vínculo entre estas dos virtudes teologales, la fe y la
caridad. Partiendo de la afirmación fundamental del apóstol Juan: «Hemos
conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído
en él» (1 Jn 4,16), recordaba que «no se comienza
a ser cristiano por una decisión ética o una gran
idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una
Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y,
con ello, una orientación decisiva... Y puesto que es Dios
quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora
el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la
respuesta al don del amor, con el cual Dios viene
a nuestro encuentro» (Deus caritas est, 1). La fe constituye
la adhesión personal ―que incluye todas nuestras facultades― a la
revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por
nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El encuentro
con Dios Amor no sólo comprende el corazón, sino también
el entendimiento: «El reconocimiento del Dios vivo es una vía
hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a
la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto
único del amor. Sin embargo, éste es un proceso que
siempre está en camino: el amor nunca se da por
“concluido” y completado» (ibídem, 17). De aquí deriva para todos
los cristianos y, en particular, para los «agentes de la
caridad», la necesidad de la fe, del «encuentro con Dios
en Cristo que suscite en ellos el amor y abra
su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el
amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así
decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende
de su fe, la cual actúa por la caridad» (ib.,
31a). El cristiano es una persona conquistada por el amor
de Cristo y movido por este amor ―«caritas Christi urget
nos» (2 Co 5,14)―, está abierto de modo profundo y
concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta actitud
nace ante todo de la conciencia de que el Señor
nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a
lavar los pies de los apóstoles y se entrega a
sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad
al amor de Dios.
«La fe nos muestra a Dios que
nos ha dado a su Hijo y así suscita en
nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que
Dios es amor... La fe, que hace tomar conciencia del
amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús
en la cruz, suscita a su vez el amor. El
amor es una luz ―en el fondo la única― que
ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la
fuerza para vivir y actuar» (ib., 39). Todo esto nos
lleva a comprender que la principal actitud característica de los
cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y
plasmado por ella» (ib., 7).
2. La caridad como vida en
la fe
Toda la vida cristiana consiste en responder al amor
de Dios. La primera respuesta es precisamente la fe, acoger
llenos de estupor y gratitud una inaudita iniciativa divina que
nos precede y nos reclama. Y el «sí» de la
fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad
con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le
da pleno sentido. Sin embargo, Dios no se contenta con
que nosotros aceptemos su amor gratuito. No se limita a
amarnos, quiere atraernos hacia sí, transformarnos de un modo tan
profundo que podamos decir con san Pablo: ya no vivo
yo, sino que Cristo vive en mí (cf. Ga 2,20).
Cuando
dejamos espacio al amor de Dios, nos hace semejantes a
él, partícipes de su misma caridad. Abrirnos a su amor
significa dejar que él viva en nosotros y nos lleve
a amar con él, en él y como él; sólo
entonces nuestra fe llega verdaderamente «a actuar por la caridad»
(Ga 5,6) y él mora en nosotros (cf. 1 Jn
4,12).
La fe es conocer la verdad y adherirse a ella
(cf. 1 Tm 2,4); la caridad es «caminar» en la
verdad (cf. Ef 4,15). Con la fe se entra en
la amistad con el Señor; con la caridad se vive
y se cultiva esta amistad (cf. Jn 15,14s). La fe
nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la
caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica (cf.
Jn 13,13-17). En la fe somos engendrados como hijos de
Dios (cf. Jn 1,12s); la caridad nos hace perseverar concretamente
en este vínculo divino y dar el fruto del Espíritu
Santo (cf. Ga 5,22). La fe nos lleva a reconocer
los dones que el Dios bueno y generoso nos encomienda;
la caridad hace que fructifiquen (cf. Mt 25,14-30).
3. El lazo
indisoluble entre fe y caridad
A la luz de cuanto hemos
dicho, resulta claro que nunca podemos separar, o incluso oponer,
fe y caridad. Estas dos virtudes teologales están íntimamente unidas
por lo que es equivocado ver en ellas un contraste
o una «dialéctica». Por un lado, en efecto, representa una
limitación la actitud de quien hace fuerte hincapié en la
prioridad y el carácter decisivo de la fe, subestimando y
casi despreciando las obras concretas de caridad y reduciéndolas a
un humanitarismo genérico. Por otro, sin embargo, también es limitado
sostener una supremacía exagerada de la caridad y de su
laboriosidad, pensando que las obras puedan sustituir a la fe.
Para una vida espiritual sana es necesario rehuir tanto el
fideísmo como el activismo moralista.
La existencia cristiana consiste en un
continuo subir al monte del encuentro con Dios para después
volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que
derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos
y hermanas con el mismo amor de Dios. En la
Sagrada Escritura vemos que el celo de los apóstoles en
el anuncio del Evangelio que suscita la fe está estrechamente
vinculado a la solicitud caritativa respecto al servicio de los
pobres (cf. Hch 6,1-4). En la Iglesia, contemplación y acción,
simbolizadas de alguna manera por las figuras evangélicas de las
hermanas Marta y María, deben coexistir e integrarse (cf. Lc
10,38-42). La prioridad corresponde siempre a la relación con Dios
y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la
fe (cf. Audiencia general 25 abril 2012). A veces, de
hecho, se tiene la tendencia a reducir el término «caridad»
a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria. En
cambio, es importante recordar que la mayor obra de caridad
es precisamente la evangelización, es decir, el «servicio de la
Palabra». Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa
hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra
de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio,
introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la
promoción más alta e integral de la persona humana. Como
escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en
la Encíclica Populorum progressio, es el anuncio de Cristo el
primer y principal factor de desarrollo (cf. n. 16). La
verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y
anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible
el desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre
(cf. Caritas in veritate, 8).
En definitiva, todo parte del amor
y tiende al amor. Conocemos el amor gratuito de Dios
mediante el anuncio del Evangelio. Si lo acogemos con fe,
recibimos el primer contacto ―indispensable― con lo divino, capaz de
hacernos «enamorar del Amor», para después vivir y crecer en
este Amor y comunicarlo con alegría a los demás.
A propósito
de la relación entre fe y obras de caridad, unas
palabras de la Carta de san Pablo a los Efesios
resumen quizá muy bien su correlación: «Pues habéis sido salvados
por la gracia mediante la fe; y esto no viene
de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco
viene de las obras, para que nadie se gloríe. En
efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden
a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que
practicáramos» (2,8-10). Aquí se percibe que toda la iniciativa salvífica
viene de Dios, de su gracia, de su perdón acogido
en la fe; pero esta iniciativa, lejos de limitar nuestra
libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean auténticas
y las orienta hacia las obras de la caridad. Éstas
no son principalmente fruto del esfuerzo humano, del cual gloriarse,
sino que nacen de la fe, brotan de la gracia
que Dios concede abundantemente. Una fe sin obras es como
un árbol sin frutos: estas dos virtudes se necesitan recíprocamente.
La cuaresma, con las tradicionales indicaciones para la vida cristiana,
nos invita precisamente a alimentar la fe a través de
una escucha más atenta y prolongada de la Palabra de
Dios y la participación en los sacramentos y, al mismo
tiempo, a crecer en la caridad, en el amor a
Dios y al prójimo, también a través de las indicaciones
concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna.
4.
Prioridad de la fe, primado de la caridad
Como todo don
de Dios, fe y caridad se atribuyen a la acción
del único Espíritu Santo (cf. 1 Co 13), ese Espíritu
que grita en nosotros «¡Abbá, Padre!» (Ga 4,6), y que
nos hace decir: «¡Jesús es el Señor!» (1 Co 12,3)
y «¡Maranatha!» (1 Co 16,22; Ap 22,20).
La fe, don y
respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como
Amor encarnado y crucificado, adhesión plena y perfecta a la
voluntad del Padre e infinita misericordia divina para con el
prójimo; la fe graba en el corazón y la mente
la firme convicción de que precisamente este Amor es la
única realidad que vence el mal y la muerte. La
fe nos invita a mirar hacia el futuro con la
virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del
amor de Cristo alcance su plenitud. Por su parte, la
caridad nos hace entrar en el amor de Dios que
se manifiesta en Cristo, nos hace adherir de modo personal
y existencial a la entrega total y sin reservas de
Jesús al Padre y a sus hermanos. Infundiendo en nosotros
la caridad, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la
abnegación propia de Jesús: filial para con Dios y fraterna
para con todo hombre (cf. Rm 5,5).
La relación entre estas
dos virtudes es análoga a la que existe entre dos
sacramentos fundamentales de la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía.
El bautismo (sacramentum fidei) precede a la Eucaristía (sacramentum caritatis),
pero está orientado a ella, que constituye la plenitud del
camino cristiano. Análogamente, la fe precede a la caridad, pero
se revela genuina sólo si culmina en ella. Todo parte
de la humilde aceptación de la fe («saber que Dios
nos ama»), pero debe llegar a la verdad de la
caridad («saber amar a Dios y al prójimo»), que permanece
para siempre, como cumplimiento de todas las virtudes (cf. 1Co
13,13).
Queridos hermanos y hermanas, en este tiempo de cuaresma, durante
el cual nos preparamos a celebrar el acontecimiento de la
cruz y la resurrección, mediante el cual el amor de
Dios redimió al mundo e iluminó la historia, os deseo
a todos que viváis este tiempo precioso reavivando la fe
en Jesucristo, para entrar en su mismo torrente de amor
por el Padre y por cada hermano y hermana que
encontramos en nuestra vida. Por esto, elevo mi oración a
Dios, a la vez que invoco sobre cada uno y
cada comunidad la Bendición del Señor.
Vaticano, 15 de octubre de
2012
BENEDICTUS PP. XVI