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| "No dejes de luchar y trabajar, haz crecer la semilla que Dios ha colocado en tu corazón". | |
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Por el P. Dennis Doren, L.C.
El Señor siempre
ve el corazón del hombre y sabe perfectamente lo que
pasa dentro de él. Hoy, la sociedad nos va imponiendo
un modo de vivir cuya característica es la apariencia, vivir
con una máscara de forma que nadie vea lo que
verdaderamente pasa por dentro, y nos obliga a comportarnos contrariamente
a nuestro estatus natural de bondad, comprensión y sensatez. En
reconocer los dones de Dios y tantas cosas maravillosas que
nos ha dado y nos da cada día, está la
sabiduría de la vida, es la semilla que Él ha
puesto y que nos toca a cada uno hacer crecer.
Una
mañana una mujer bien vestida se paró frente a un
hombre desamparado, quien lentamente levantó la vista y miró claramente
a la mujer que parecía acostumbrada a las cosas buenas
de la vida. Su abrigo era nuevo. Parecía que nunca
se había perdido de una comida en su vida. Su
primer pensamiento fue: Sólo se quiere burlar de mí, como
tantos otros lo habían hecho.
"Por Favor déjeme en paz” -gruñó
el indigente. Para su sorpresa, la mujer siguió enfrente de
él. Ella sonreía, sus dientes blancos mostraban destellos deslumbrantes.
"¿Tienes hambre?"
-preguntó ella. "No", -contestó sarcásticamente. "Acabo de llegar de cenar
con el presidente ... Ahora vete".
La sonrisa de la mujer
se hizo aún más grande.
De pronto, el hombre sintió una
mano suave bajo el brazo. "¿Qué hace usted, señora?" -preguntó
el hombre enojado. “Le digo que me deje en paz”.
Justo
en ese momento un policía se acercó. "¿Hay algún problema,
señora?" -le preguntó el oficial. "No hay problema aquí, oficial”,
-contestó la mujer. "Sólo estoy tratando de ayudarle para que
se ponga de pie”.
¿Me ayudaría? El oficial se rascó la
cabeza. "Si, el viejo Juan ha sido un estorbo por
aquí por los últimos años”. ¿Qué quiere usted con él?"
-preguntó el oficial.
"¿Ve la cafetería de allí?" -preguntó ella. "Yo
voy a darle algo de comer y sacarlo del frío
por un ratito".
"¿Está loca, señora?" -el pobre desamparado se resistió.
“Yo no quiero ir ahí”. Entonces sintió dos fuertes manos
agarrándolo de los brazos y lo levantaron.
"Déjame ir oficial, yo
no hice nada". "Vamos viejo, esta es una buena oportunidad
para ti" -el oficial le susurró al oído.
Finalmente, y con
cierta dificultad, la mujer y el agente de policía llevaron
al viejo Juan a la cafetería y lo sentaron en
una mesa en un rincón de la cafetería. Era casi
medio día, la mayoría de la gente ya había almorzado
y el grupo para la comida aún no había llegado.
El
gerente de la cafetería se acercó y les preguntó: "¿Qué
está pasando aquí, oficial?". "¿Qué es todo esto?”. “¿Y este
hombre está en problemas?".
"Esta señora lo trajo aquí para que
coma algo," -respondió el policía.
"¡Oh no, aquí no!" -el gerente
respondió airadamente. "Tener una persona como este aquí es malo
para mi negocio”.
El viejo Juan esbozó una sonrisa con sus
pocos dientes. "Señora, se lo dije. ¿Ahora si van a
dejarme ir? Yo no quería venir aquí desde un principio".
La
mujer se dirigió al gerente de la cafetería y sonrió.
"Señor, ¿está usted familiarizado con Hernández y Asociados, la firma
bancaria que está a dos calles?".
"Por supuesto que los conozco",
-respondió el administrador con impaciencia. "Ellos tienen sus reuniones semanales
en una de mis salas de banquetes".
"¿Y se gana una
buena cantidad de dinero con el suministro de alimentos en
estas reuniones semanales?" -preguntó la señora.
"¿Y eso que le importa
a usted?”.
“Yo, señor, soy Penélope Hernández, presidenta y dueña de
la compañía".
“¡Oh Perdón!” dijo el gerente.
La mujer sonrió de nuevo.
"Pensé que esto podría hacer una diferencia en su trato"
-le dijo al policía que fuertemente trataba de contener una
carcajada:. "¿Le gustaría tomar con nosotros una taza de café
o tal vez una comida, oficial?". "No, gracias, señora", -replicó
el oficial. "Estoy en servicio".
"¿Entonces, quizá, una taza de café
para llevar?".
"Sí, señora. Eso estaría mejor".
El gerente de la cafetería
giró sobre sus talones como recibiendo una orden. “Voy a
traer el café para usted de inmediato señor oficial".
El oficial
lo vio alejarse y opinó: "Ciertamente lo ha puesto en
su lugar".
"Esa no fue mi intención” -dijo la señora. “Lo
crea o no, tengo una buena razón para todo esto".
Se
sentó a la mesa frente a su invitado a cenar.
Ella lo miró fijamente.
"Juan ¿te acuerdas de mí?".
El viejo Juan
miró su rostro, el rostro de ella, con los ojos
lagañosos "Creo que sí, se me hace familiar".
"Mira Juan, quizá
estoy un poco más grande, pero mírame bien" -dijo la
señora. "Tal vez me veo más llenita ahora, pero cuando
tú trabajabas aquí hace muchos años, vine una vez, y
por esa misma puerta, muerta de hambre y frío".
Algunas lágrimas
posaron sobre sus mejillas.
"¡Señora!" -dijo el oficial. No podía creer
lo que estaba presenciando, ni siquiera pensar que la mujer
podría llegar a tener hambre.
"Yo acababa de graduarme de la
Universidad en mi pueblo", -la mujer comentó. "Yo había llegado
a la ciudad en busca de un trabajo, pero no
pude encontrar nada”, -con la voz quebrantada la mujer continuaba:
Pero cuando me quedaban mis últimos centavos y me habían
corrido de mi apartamento, caminaba por las calles, y era
en febrero y hacía frío y casi muerta de hambre,
vi este lugar y entré con una poca posibilidad de
que podría conseguir algo de comer". Con lágrimas en sus
ojos la mujer siguió platicando: Juan me recibió con una
sonrisa.
"Ahora me acuerdo" -dijo Juan. "Yo estaba detrás del mostrador
de servicio. Se acercó y me preguntó si podría trabajar
por algo de comer”.
“Me dijiste que estaba en contra de
la política de la empresa" -continuó la mujer-“entonces, tú me
hiciste el sándwich de carne más grande que había visto
nunca. Me diste una taza de café y me fui a
un rincón a disfrutar de mi comida. Tenía miedo de
que te metieras en problemas. Luego, cuando miré y te
vi poner el precio de la comida en la caja
registradora, supe entonces que todo iba a estar bien".
"Así que
usted comenzó su propio negocio"-el viejo Juan dijo. "Sí, encontré
un trabajo esa misma tarde. Trabajé muy duro y me
fui hacia arriba con la ayuda de mi Padre Dios.
Eventualmente empecé mi propio negocio que, con la ayuda de
Dios, prosperó”. Ella abrió su bolso y sacó una tarjeta.
"Cuando termines aquí, quiero que vayas a hacer una visita
al señor Martínez, él es el director de personal de
mi empresa. Iré a hablar con él y estoy segura
de que encontrará algo que puedas hacer en la oficina".
Ella
sonrió. "Creo que incluso podría darte un adelanto, lo suficiente
para que puedas comprar algo de ropa y conseguir un
lugar para vivir hasta que te recuperes. Si alguna vez
necesitas algo, mi puerta está siempre abierta para ti Juan".
Hubo
lágrimas en los ojos del anciano. "¿Cómo voy a agradecer?”
-preguntó.
"No me des las gracias", -respondió la mujer. "A Dios
dale la gloria. Él me trajo a ti”.
Fuera de la
cafetería, el oficial y la mujer se detuvieron y antes
de irse por su lado dijo la Sra. Hernández: "Gracias
por toda su ayuda, oficial". “Al contrario”, -dijo el oficial".
"Gracias. Vi un milagro hoy, algo que nunca voy a
olvidar. Y ... Y gracias por el café".
No dejes de
luchar y trabajar, haz crecer la semilla que Dios ha
colocado en tu corazón, que tu bondad, generosidad, reconocimiento, gratitud,
entusiasmo, honradez, comprensión, tolerancia, sean al final de tu vida
el fruto de una vida buena.